Revista nº 820
ISSN 1885-6039

La Fiesta de Los Indianos en Las Lagunetas.

Jueves, 07 de Julio de 2011
Pedro Socorro Santana (Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida)
Publicado en el número 373

Con 103 años a sus espaldas y una celebración cada vez menos genuina, el barrio cumbrero de Las Lagunetas de San Mateo recuerda este fin de semana su ascendencia indiana por medio de una fiesta de gran tradición que se remonta a 1909, cuando las isas se mezclaban con el punto cubano y se narraban cientos de historias y anécdotas sobre la emigración local.

 

Porque la historia también se escribe en las fiestas y en los momentos de alegría, en los sueños y deseos de mejora de quienes nos precedieron en la aventura diaria de vivir.

 

A mitad de camino entre la Vega de San Mateo y Tejeda se extiende un valle que desde tiempo inmemorial adoptó el nombre de Lagunetas, porque cada vez que llovía se formaban pequeñas lagunas de agua que a los primeros pobladores debieron causar una impresión altamente sugestiva. Allí, al abrigo de sus montañas, surgió este pueblo sentado al lado de su río -La Mina-, que ha tenido el mar como horizonte colectivo.

 

Un mar que fue una puerta abierta para conectar con América, para soñar con un mundo mejor de muchos campesinos, nacidos en Las Lagunetas, que dejaron huellas de buril en el surco de los caminos. Entre aquellos vecinos merece atención especial el que se llamó en vida José Ortiz Vega (1846-1944), conocido por el sobrenombre de El Rubio. En la zona de El Vinco tenía este indiano una casa y tiendita, gracias a los pesos que había logrado trabajando duramente en las zafras de cañas de azúcar en Cuba. Su casa era paso obligado para los que viajaban entre la ciudad y Tejeda a finales del siglo XIX y comienzos del XX. A muchos paisanos ayudaría este vecino a embarcarse en los vapores con destino a las Américas, aprovechando las amistades que tenía con algunos de los armadores y a través de los que exportaba algunos de los productos agrícolas del interior de la isla, como las almendras de Tejeda.

 

En 1895 vemos figurando a José Ortiz Vega como concejal del Ayuntamiento de la Vega de San Mateo, formando parte de una comisión vecinal para dotar a su barrio de escuelas, y evitarle el largo camino de cinco kilómetros que debían recorrer los niños hasta el pueblo. Consciente de las penalidades de entonces y del gran paso que supondría para las nuevas generaciones que sus descendientes supieran las cuatro letras, don José luchaba denodadamente para que Las Lagunetas tuviera su primer centro de enseñanza y saliera de su atraso secular.

 

Sin embargo, el 2 de septiembre de 1900 el destino iba a serle adverso a la familia de José Ortiz Vega y su esposa Rosalía Vega González, natural de Juncalillo. La cuarta hija del matrimonio, María Visitación, fallecía de tifus después de varios meses de fiebres altas y temblores cuando apenas contaba con quince años de edad.

 

El fundador de la fiesta de Los Indianos de Las Lagunetas, José Ortiz, y su esposa Rosalía Vega

(Archivo de la familia Ortiz)

 

El entierro de la niña en el cementerio de la Vega de San Mateo se convirtió en una impresionante manifestación popular de dolor y solidaridad con esta familia devota del Sagrado Corazón. Curiosamente, entre los testigos que firmaron la partida de defunción del Archivo Parroquial -no consta la misma en el Registro Civil- figuraba el nombre del presbítero, Juan María Martel Alvarado (1864-1933), hijo de Las Lagunetas. Hacía poco que había regresado a su tierra tras haber ejercido el sacerdocio en Argentina, concretamente en la parroquia de Nuestra Señora del Carmen, en la localidad de Tres Arroyos, donde había sido su primer párroco (1896). Tras su aventura americana, Juan María Martel se convertiría no sólo en el primer párroco de Las Lagunetas -a partir del 3 de abril de 1910-,  y artífice de muchas obras de adelanto que se hicieron en su pago (la parroquia actual, el cementerio, las escuelas, la carretera, el intento de un juzgado municipal, etc.), sino en una especie de alcalde pedáneo de Las Lagunetas que, a partir de ese momento y con todas aquellas infraestructuras, se sintió un pueblo dentro del mismo pueblo. Todo un personaje aquel párroco Martel que con el tiempo se convertiría en Alcalde de la Villa de Ingenio durante días.

 

Así, al despuntar el siglo XX don José ya había fundado, junto a otros vecinos de su barrio, la archicofradía del Sagrado Corazón de María. Suponemos que la imagen, donada en 1900 por una persona piadosa, fuera adquirida por el propio Ortiz, pero documentalmente no existe constancia alguna. Tras el fallecimiento de la niña que, sin duda, marcaría la existencia de esta familia, la devoción al Sagrado Corazón de María alcanzó en Las Lagunetas un gran esplendor, pues tenemos constancia que los cofrades compraron, en 1901, un vestido y un manto para la imagen, cuyo coste fue de 508,05 de las antiguas pesetas.

 

En el otoño de 1909, don José se encomendó nuevamente a la imagen y decidió celebrar una fiesta en su honor, aprovechando el regreso al pueblo de algunos indianos. El recuerdo de la hija fallecida estaba muy presente, pero también el deseo de uno de sus hijos de buscar fortuna en Cuba, como hemos de ver más adelante.

 

El domingo 26 de septiembre de 1909 se celebró la primera fiesta de Los Indianos en Las Lagunetas. Hubo función religiosa con panegírico en la ermita y la posterior procesión de la imagen del Sagrado Corazón. El jueves anterior el periódico Diario de Las Palmas se había hecho eco de la nueva festividad.

 

 

     Nos escriben de San Mateo que los indianos que acaban de regresar de Cuba celebrarán el próximo domingo en el pago de Las Lagunetas una fiesta en honor del Sagrado Corazón de María la cual seguirá celebrándose todos los años en igual fecha.

     En la ermita tendrá lugar una función religiosa con panegírico terminada la cual saldrá en procesión la imagen de la virgen.

     Se organiza una feria de ganados a la que concurrirán todos los labradores del término con sus reses y además habrá función de fuegos artificiales, músicas, bailes y otros regocijos públicos.

 

 

El carácter ganadero de las medianías se hizo sentir en estos festejos, pues una feria de ganado, celebrada alrededor de la iglesia, también se dio cita junto a una función de fuegos artificiales, isas, puntos cubanos y mucho baile del que salir airoso al son de aquellas melodías pegadizas que se trajeron de La Habana los familiares emigrados.

 

Una panorámica del barrio de Las Lagunetas en 1925 (Fedac)

 

Los fundadores de la fiesta también lo hicieron constar en un documento, de fecha 26 de septiembre de 1909, que se conservaba en el Archivo Parroquial de Las Lagunetas, que alude al inicio de esta festividad.

 

 

       En el pago de Las Lagunetas a 26 de Septiembre del año del Señor de 1909, tuvo lugar en esta ermita, una solemne fiesta en acción de gracias al Sagrado Corazón de María, por beneficios especialísimos obtenidos por su mediación (…).

   Por tanto, postrados (los Ortiz) ante la imagen de S.S. Virgen, prometen solemnemente hacer esta fiesta en lo sucesivo y hacer extensiva la consagración que ellos hacen a todos los hijos y descendientes de estas Islas Canarias que en cualquier tiempo se encontrasen en tierras americanas.


     Los que voluntariamente consientan esta congregación, podrán en cambio contribuir con una limosna todos los años para aumentar el culto que se da en este pago al Sgdo. Corazón, y hacerle todos los años una fiesta cuyo objeto sea celebrar sus glorias y pedirle especial protección para todos los canarios residentes en las Américas.

        Como los fundadores desean que esta festividad se perpetúe, y ellos no tienen la seguridad de estar al frente de estos cultos todos los años, es su voluntad nombrar una comisión de vecinos que en todos los casos representen a los fundadores en el porvenir.

 

 

La promesa ante el Sagrado Corazón se hizo extensiva a todos los que marchaban a tierras americanas. ¿Por qué? Porque fue entonces, en aquellos momentos, cuando un grupo de campesinos, entre los que estaba un hijo de esta familia, Diego Ortiz Vega (1891-1971), presente en aquel juramento, tomó la decisión de coger también la maleta y embarcarse para Cuba, dispuestos a conquistar el corazón de aquella tierra próspera que les aguardaba al otro lado del océano. Otros ya habían logrado el sueño americano, como Antonio J. Quintino que, en 1882, vino con bastante dinero y compró por 31 onzas de oro el mejor molino harinero del barranco, conjuntamente con una casa que le permitió vivir como un auténtico nuevo rico y ubicada en el lugar donde sirvió peón antes de marcharse. Este indiano se jactaba de su fortuna, acaso para impresionar al elemento femenino, y hacía uso de un cinturón de monedas de oro y plata -los famosos centenos cubanos-, por lo que pronto se ganó en el pueblo el nombrete de Antonio Monedas.

 

 

 

Fiesta titulada Los Indianos

Algún tiempo debió permanecer allí Diego Ortiz, toda vez que en 1912 fue considerado “prófugo” por el Ejército español. Desde La Habana ayudarían aquellos devotos hombres a sufragar los gastos de la fiesta iniciadas por su familia, pues una carta del párroco Martel, remitida al Obispado en 1913, aseguraba que la fiesta se titula de los Indianos porque la costean los vecinos que actualmente se encuentran en Cuba.

 

Tras su regreso a Gran Canaria, y después de cumplir el servicio militar obligatorio, el hijo de El Rubio se independiza de su familia y contrae matrimonio en la parroquia de Artenara con la joven señorita Rosario Sarmiento Vega, natural de Juncalillo (Gáldar) e hija de Benito Sarmiento Rodríguez y de Gabriela Vega Vega.

 

Diego Ortiz -continuador de las fiestas- invirtió el dinero que trajo de Cuba en unas pocas tierras, demostrando una gran fidelidad y apego a esta geografía de terrazas con terreno cultivado, sostenidas por muros de piedra laboriosamente levantados. Como su padre, fue cultivador de tierras en Las Lagunetas y tratante de ganado. La familia Ortiz iba agrandándose a medida que lo hacía el pueblo que los acogía. Un nieto de El Rubio, llamado Diego Ortiz Sarmiento, se convirtió en 1965 en el párroco de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de Los Arbejales, en la villa mariana de Teror, donde realizaría una meritoria labor entre la juventud, amén de restaurar aquella iglesia.

 

Entretanto, la festividad alcanzó pronto una gran popularidad en la isla pues en 1911 otro periódico, La Mañana, “Diario de Defensas Sociales”, calificaba la misma de tradicional y la denominaba Los Indianos. Para entonces, la fiesta de Los Indianos restaba todo el protagonismo incluso al patrón de Las Lagunetas, San Bartolomé -o San Bartolo, como le llaman aquí-, hasta el punto de que la imagen del Sagrado Corazón de María preside hoy el altar mayor de la parroquia, escoltada a ambos lados por el Patrón y San José.

 

Imagen del Sagrado Corazón de María, copatrona de Las Lagunetas (Foto: Eloy Naranjo Perera)

 

 

Actos festivos

Desde aquellos lejanos años las fiestas han dado carácter, popularidad e identidad a Las Lagunetas, siendo conocido como pueblo indiano. Tras el hundimiento del Valbanera, ocurrida en aguas del estrecho de La Florida en 1919, la festividad relanzó su protagonismo, motivada aún más por el recuerdo de los emigrantes fallecidos en la tragedia, pues los vecinos más memoriosos recordaban cómo don José Ortiz, vestido de indiano, empezaba a predicar y a contar historias del hundimiento, mientras la virgen se ubicaba en el centro de la plaza de Las Lagunetas. 23 vegueros perecieron en aquel ya histórico accidente.

 

La gente de fuera venía a la fiesta, a su feria de ganado, a sus diversiones, y el pueblo se espesaba en sus calles, concurridas por los nativos, forasteros y los puestos de chucherías, cajas de turrones y ruletas. El repicar de campana anunciaba lo que iba a ser el acto festivo más multitudinario y llamativo del año. Los actos populares eran entonces los mismos que hasta épocas recientes, celebrándose concurridísimos bailes hasta altas horas de la madrugada. La vida nocturna alcanzaba con estas fiestas cotas animadísimas.

 

La banda de tambores y cornetas desfila delante de la imagen del Sagrado Corazón de María

 

Desde el alba el pueblo comenzaba a desperezarse. Uno de los primeros rituales era el enramado con palmas y ramas que los vecinos se encargaban de recoger las horas previas para vestir de verde y colorines las paredes de la ermita y sus contornos.

 

La fiesta de Los Indianos arrancaba con la bajaba de la imagen del Sagrado Corazón al mediodía del sábado y a hombros de varios devotos vestidos de blanco. En este acto se quemaban varias tracas y se elevaban al aire numerosos globos. Era también la hora idónea para que aparecieran en tartana varios juerguistas procedentes de la Capital, contagiados de una pasión, o desde miles de kilómetros, desde más allá del mar. A las nueve de la noche tenía lugar la solemne novena con sermón y rosario cantado por el pueblo. Poco después llegaba el turno de los fuegos artificiales y la música, folías e isas que se mezclaban con la cadencia triste de las habaneras.

 

El domingo, día principal, se oficiaban dos misas: una rezada sin sermón, y otra cantada con música y sermón. Desde muy temprano, a las cinco de la madrugada, la Banda despertaba al pueblo de su sueño regenerador, porque a las siete, casi con el canto del gallo, ya tendría lugar una primera misa. A las 11, se celebraba una solemne función religiosa precedida de tercia y el panegírico a cargo del orador de la víspera, que pasaba el fin de semana de retiro en el caserío. A continuación, procesión alrededor de la iglesia. Ya por la tarde recorría las calles una comparsa de gigantes y cabezudos, acompañada de la Banda, y luego paseo y música que desde Cuba se introducía en los hogares al ritmo de habaneras, guajiras, puntos o canciones de América. “La Perla” fue una canción para aquellos años treinta del siglo pasado, como lo fue “Cuba, la del ardiente sol tropical…” La noche llegaba animada para, a modo de despedida, nueva quema de fuegos artificiales y concierto de la Banda.

 

Varios participantes durante la fiesta de Los Indianos (Foto: Eloy Naranjo Perera)

 

 

Polvos ajenos

Una fiesta, por tanto, profundamente relacionada con el proceso migratorio de las medianías de Gran Canaria y con el mito del indiano que retornaba de América rico y cuya escenificación tendrá lugar este viernes 8 de julio, con la Bajada del Indiano, y el domingo la procesión. La Bajada del Indiano recuerda cómo llegaban aquellos muchachotes que un día se fueron fuertes, rudos, sin trato social, pero bien intencionados, y regresaban a su tierra vestidos con sus trajes blancos, sombrero jipijapa, el reloj de cuervos y sobrino de bolsillo, un lenguaje eufórico, pegajoso, con dejes y americanismos, y un baúl cargado de plata, regalos y muchos sueños. Porque Cuba figura cual constante en la memoria de los habitantes de Las Lagunetas y hasta en la bandera que ondea hoy sobre la fachada de su iglesia, como se aprecia en la foto inferior.

 

En los últimos años, sin embargo, los participantes se han dejado dominar por ritos ajenos, como el uso de los polvos de talco, originario de La Palma, lo que está provocando una pérdida de la identidad de una fiesta centenaria, cuya única polvareda era la que levantaba los carruajes que llegaban presurosos hasta los confines de este pueblo para disfrutar de unos festejos tan famosos dentro de la isla como fuera de sus fronteras.

 

 

 

Pedro Socorro es autor del libro La Fiesta de Los Indianos en Las Lagunetas (1909-2009), editado por Anroart Ediciones. La foto de portada es de Eloy Naranjo Perera.

 

 

Noticias Relacionadas
Comentarios
Lunes, 30 de Diciembre de 2013 a las 01:15 am - Miguel Miranda

#01 Soy originario de ese lugar y la verdad es que hiciste un buen trabajo.

Un saludo.