Revista nº 843
ISSN 1885-6039

Francisco Morales Padrón, el hijo del carpintero.

Martes, 16 de Noviembre de 2010
Pedro Socorro Santana (Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida)
Publicado en el número 340

Como anunciamos a eso del mediodía de ayer lunes, 15 de noviembre, fallecía este hijo de Santa Brígida, el reconocido historiador canario afincado en Sevilla. Nuestro colaborador y cronista de la Villa nos acerca su vinculación de vida a Satautey.

 

Hoy es un día triste para el pueblo de Santa Brígida (Gran Canaria), que recibe la noticia de la muerte de su hijo más ilustre: Francisco Morales Padrón. Y esta nota apresurada no pretende sino corresponder, hasta donde ello sea posible, a ese gran favor que hizo a su pueblo natal cada vez que, a través de su memoria poderosa, nos dejó testimonios de una realidad que ya no existe, rescató del olvido a seres anónimos o queridos que conformaron su vida, y contó hechos o acciones que estuvieron en la razón de su personalidad. Unas breves líneas que no serían menos sinceras, ni menos entusiastas, si no contáramos con el enorme privilegio de haberle conocido y tenerle como nuestro más ilustre vecino.

 

Si se ha dicho que en la infancia está la biografía de un hombre, el gran historiador Francisco Morales Padrón estrenó su vida en Santa Brígida hace 87 años y siempre quedó en su alma algo del niño que fue antes de convertirse en aquel humilde universitario y brillante profesor que enriqueció la historiografía de España y de América. Un niño que nació en una casita cercana a la parroquia en 1923; uno de los siete hijos de Francisco Morales Navarro, carpintero, y Carmen Padrón Roque, ama de casa.

 

La vivienda natal tiene su entrada por la calle de Enmedio, pero se asoma a la vía principal del pueblo y a su misma plaza a través de un sencillo balcón canario. Era una casa pequeña, de suelos de madera, y casi frente con frente a la casa parroquial, donde residía su abuela paterna, María Navarro Estupiñán, viuda y hermana de quienes serían curas párrocos del pueblo, Francisco y Juan Navarro Estupiñán, ambos naturales de Ingenio. Desde aquella primera morada situada en el corazón del pueblo veía el niño la Cabalgata de los Reyes Magos, las procesiones, los entierros, las fiestas y los primeros desfiles patrióticos al llegar la guerra, cuando tenía 13 años, el día, que nos dice, murió su infancia. La mató la guerra.

 

Al nacer en el seno de una familia humilde, Francisco Morales Padrón debió enfrentarse, desde muy pronto, a una serie de dificultades que le retrasaron en sus estudios de Secundaria, pero que gracias a una beca pudo culminar en el prestigioso colegio Viera y Clavijo de la ciudad, donde con resultados más que notables acabó su Bachillerato. A partir de ese momento, las palabras becas y esfuerzos irán íntimamente unidas, hasta culminar su carrera universitaria y convertirse en uno de los mayores historiadores de España y de América.

 

Su pueblo de Santa Brígida constituyó siempre su universo particular, unido a Sevilla como un cordón umbilical, el que yo llevo en mi mente, en mis ojos, en mi corazón, y adonde regresaba siempre que sus ocupaciones se lo permitían. A Morales Padrón le encantaba comprar bizcochos lustrados en la fonda Melián y pasear en silencio por las viejas calles de su pueblo, rememorando sus sabores y sus olores que nunca pudo desterrar en la colección de sus sensaciones. Muchas de sus vivencias, cuando todavía vestía pantalón corto, relató en Adviento de adolescencia (Recuerdos de un niño que dejó de serlo), un libro de obligada lectura para cualquier satauteño que se precie; una declaración de amor a su pueblo natal de un niño que aprendió a conocer aquí la belleza a través de las cosas más humildes y cotidianas. Un libro en el que el riguroso historiador, autor de tantas obras de estudios y análisis, evoca su niñez en este pueblo de una forma amena, sencilla, como se desarrolló su infancia, pero que revela, al calor del recuerdo, a un escritor de buena memoria y verbo decisivo.

 

Casa natal (foto de Pedro Socorro)

 

Su tierra natal le ha reconocido en vida sus méritos, cosa que no todos nuestros ilustres pueden decir, nombrándole hijo ilustre de Santa Brígida, poniendo el nombre a una calle y a la biblioteca municipal, e inaugurando una escultura de niños que juegan a la piola en la plaza de la iglesia, donde él también jugaba al corro, al boliche, a poyoyo, a la estampa, al escondite o a la pelota para enojo del guardia municipal, Manolito Ventura o del cura don Elías Verona, el sacerdote de su infancia. Sería exacto decir que Morales Padrón ha sido profeta en su tierra.

 

Hoy la bandera de Santa Brígida ondea a media asta sobre el pórtico del Ayuntamiento. Hay luto en la Villa por un hijo que un día partió para escribir la Historia con mayúscula, pero que jamás perdió su origen, ni su esencia. Y quiero terminar trayendo a la actualidad aquella carta que el respetado y admirado profesor envió al Alcalde, José Feo Perdomo, el 25 de septiembre de 1968, cuando el Ayuntamiento de Santa Brígida propuso nombrarle hijo predilecto. Él, desde la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Sevilla, contestó con unas breves palabras que muestran la gran calidad humana de un vecino que se llevó a Sevilla su alma satauteña.

 

 

Mi querido Alcalde: Creo que tengo derecho a considerar como mío al Alcalde del pueblo donde nací, del cual ni la distancia ni la ausencia me han separado jamás.

     Me parece normal este afecto de un hijo con su pueblo. Pero lo que no acabo de comprender es el afecto diferenciado de un pueblo con respecto a uno de sus hijos. Todos los hijos son o deben ser iguales ante sus padres. Todos deben ser predilectos. Por ello creo que no merezco el honor que el Ayuntamiento de Santa Brígida quiere -o ha querido- concederme. Todos sus hijos merecen como yo esa predilección.

     Pero también sé que cuando los hijos viven ausentes, lejanos, los padres tienen a ennoblecerlos con unas notas imaginarias, falsas, producidas por esa lejanía. Es, sin duda, lo sucedido en mi caso. Por eso, y porque los hijos no deben rechazar el honor que un padre pueda hacerle, yo acepto la distinción de mi pueblo. Distinción a la que correspondo con mi fiel recuerdo a los campos, calles, iglesia, cielos... que me vieron vivir los años más felices de la vida.

 

 

 

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