Revista nº 892
ISSN 1885-6039

Consideraciones sobre la música popular en la prensa grancanaria (1852-1905): el artículo El Parrandista. (II)

Lunes, 04 de Agosto de 2008
Roberto Díaz Ramos
Publicado en el número 221

Después de poner en situación al lector con la primera entrega de El Parrandista, tal como se puede ver en el comentario recientemente publicado, los datos más interesantes de todo el artículo se encuentran en la segunda parte, publicada en El Porvenir de Canarias el 9 de marzo de 1853. Y es que el texto no sólo está destinado a despreciar los hábitos de personajes a los que el articulista no considera útiles para la sociedad. También es una muestra de costumbrismo sin igual en los dos primeros tercios del siglo XIX. Así, en esta ocasión se aprovecha la asistencia de Juan y Antonio, los dos personajes principales, a un baile de candil en San Cristóbal, para ofrecer una completa descripción de lugares, ambientes, maneras de actuar y costumbres.


(Viene de aquí)


En lo que respecta al último punto, conviene poner atención a dos términos que Agustín Millares Torres explica desde el principio: última y reúltima. Ambos estaban estrechamente relacionados con los ritos en torno al bautizo, de los que hablaré sucintamente en este comentario, y básicamente se diferenciaban en el momento en que tenían lugar. Así, hay que tener en cuenta cómo durante el siglo XIX (también antes de esa fecha y durante una parte del XX), la tradición establecía nueve noches de vela tras el nacimiento de un niño, durante las cuales las mujeres en teoría vigilaban que las brujas no mataran al infante antes de ser bautizado y los hombres celebraban fiestas nocturnas de baja intensidad costeadas por el padrino. Llegado el noveno día, finalmente, era bautizado el niño y por la noche tenía lugar la celebración más importante, la última. No obstante, si el padre estaba ausente de su casa esa noche, debía repetirse la fiesta a su regreso organizándose una reúltima.

Ambas palabras son prácticamente desconocidas en la actualidad, pero sirvieron para definir los bailes de candil más importantes en la sociedad grancanaria hasta el siglo XIX. Es seguro que ya a mediados del siglo XIX se trataba de tradiciones en declive, ya que Millares Torres comenta en la segunda parte aquí presentada de El Parrandista cómo ya habían desaparecido en las clases medias de Las Palmas de Gran Canaria. También es indicativo cómo Domingo José Navarro, en la década de 1890, sólo habla de la última y no hace ninguna alusión a la reúltima (abordaremos a este autor en futuras entregas). Sin embargo, se debe atender a tales denominaciones que a día de hoy se encuentran casi exclusivamente en documentos históricos, y que en algún momento formaron parte de tradiciones desaparecidas o modificadas a medida que cambiaban las propias estructuras sociales.

A través de la segunda parte de El Parrandista, por último, se puede saber cómo era el barrio de San Cristóbal en el decenio de 1850. Son especialmente interesantes las descripciones sobre la casa y sus enseres en el lugar donde Millares sitúa la acción. En la tercera parte de El Parrandista, que será comentada en la siguiente entrega de esta serie de artículos, los personajes acudirán a una reúltima en San Lorenzo.




EL PARRANDISTA - UN BAILE EN SAN CRISTÓBAL

II


Al hablar en el artículo anterior de las diversiones que habían de ocupar la velada de nuestros dos amigos, empleamos dos voces que estamos seguros no serán muy conocidas de la mayor parte de mis lectores. Deber mío es por lo tanto explicarlas con toda la claridad posible, pues no quiero incurrir en el defecto tan común entre nosotros cuando escribimos para el público, de buscar palabras estrambóticas que necesitan, si han de entenderse, la ayuda de un diccionario. Bien es verdad que todo ello se hace con el santo y loable objeto de distinguirse del vulgo, y manifestar profundos conocimientos en las cosas más sencillas, pero como yo no pretendo ser sabio ni menos parecerlo alejo de mí esa vanidosa tentación, como la pluma y paso a explicaros lo que es una última y una reúltima.

Si alguna vez, lector amigo, has estado en el bautizo de un recién nacido y has asistido luego durante las nueve noches que son de costumbre, a las tertulias que se ve en la dura necesidad de reunir en su casa el dichoso papá de tal criatura, y has comido de sus bizcochos y bebido de su vino; y has bailado y te has divertido con juegos de prendas u otros equivalentes, y yo te dijera en seguida que se llama última la novena reunión que se efectúa en esta casa, estoy persuadido que me entenderías. Pues bien, amigo lector, esto es cabalmente lo que se llama una última, advirtiéndote tan solo que las verdaderas últimas, en la acepción propia de la palabra, ya no se encuentran sino en los barrios más pobres de la población. La clase media ha desterrado de sus tertulias en semejantes ocasiones los bailes, los juegos y las cenas, en lo cual se conoce que entre nosotros va ganando la civilización mucho terreno. Entendido bien lo que es una última, fácilmente se comprenderá lo que es una reúltima si se reflexiona que ésta no tiene lugar sino en un solo caso, esto es, cuando el padre del recién nacido se halla ausente y no puede asistir a los nueve bailes que antes hemos hablado. Entonces la noche de su llegada o la inmediata se vuelve a festejar al parvulito con grave perjuicio del bolsillo del padrino, que sin embargo merece muchas veces este castigo por razones que me reservo de explicar en otra ocasión.

Pero dejando a un lado estas digresiones que es asunto muy delicado de dilucidar, sigamos ahora a nuestros amigos Juan y Antonio, que después de haberse reunido en la casa del primero, se dirigen a largos pasos hacia la puerta de los Reyes.

No bien han llegado a este sitio, afinan la guitarra y prosiguen sin detenerse su camino al través de las huertas que cubren la Vega de San José, llegando después de media hora de marcha al caserío que se designa con el nombre de los barquitos o San Cristóbal.



La playa de San Cristóbal a finales del siglo XIX. Fedac



Compónese este barrio de una reunión de pequeñas casas que lindan con el camino que va desde esta Ciudad a Telde extendiéndose luego hasta la orilla misma del mar, que por aquella parte forma una extensa playa con diversos fondeaderos. Las casas pasarán de ciento, y están fabricadas con tierra y piedra sin mezcla alguna de cal. Angostos pasadizos por donde apenas cabe una persona las separan entre sí, y sirven de calles a este barrio que estoy seguro desconocen muchos de mis lectores por no cuidarse como debieran de las curiosidades de su patria.

Este barrio, si tal nombre merece, se halla habitado en su totalidad por un pueblo de pescadores que pasan su vida en el mar, surtiendo a la población de todo el pescado fresco que se necesita para el consumo diario. Su vestido y su lenguaje forman una parte muy curiosa de sus extrañas costumbres, dignas por cierto de que todos las conocieran si encontrasen una pluma elegante que las hiciera pasar a la posteridad. En cuanto a mí no pretendo este honor por dos razones poderosas: la primera por mi reconocida nulidad, y la segunda porque aún no he conseguido aprender su idioma, y claro está que no entendiéndolo mal podré ocuparme de ellos.

Las diez serían cuando nuestros dos amigos se detuvieron junto a una casa de esas que pueblan este miserable barrio, cuya puerta se encontraba abierta aunque obstruida por un grupo compacto de hombres que se afanaban por descubrir lo que pasaba en su interior. Pero, cosa extraña, en medio del movimiento y de las risotadas que se percibían desde lejos, no se oía ninguno de esos instrumentos músicos que anuncian siempre la proximidad de una última. Sólo de vez en cuando el dulce canto de nuestro baile isleño, esas folías que nuestra elegante juventud se avergüenza ya de bailar, venía a herir los oídos de nuestros dos parrandistas, que sin manifestar por ello ninguna admiración avanzaban rápidamente en medio de aquellos estrechos callejones con una seguridad y ligereza que revelaban sus extensos conocimientos en tal extraña localidad.

- Hola, tío Miguel -exclamó Antonio luego que hubo llegado, y procurando romper aquella muralla que le impedía el paso-, ya estamos aquí.


A estas inesperadas palabras muchos pescadores se volvieron para mirar enojados a los que así interrumpían su diversión, pero tan pronto como fueron reconocidos un movimiento de alegría se comunicó con la rapidez de una corriente eléctrica desde la puerta hasta el interior, viéndose al mismo tiempo agitar muchas cabezas, de entre las cuales salió una que dominando a las demás hizo oír con una voz de sochantre estas palabras.

- Alantre, siñores, alantre.
- Ya lo sabemos, tío Miguel, pero no basta su permiso de usted, es preciso que nos facilite usted también un pico y un azadón para romper este muro.
- Siñores, paso franco a sus mercedes que vienen con la vigüela [sic.] a alegrar la casa.


A una noticia tan agradable y a una invitación tan cortés dirigida a los que estorbaban el paso, todos procuraron separarse aunque en disposición de volver a ocupar el mismo sitio, tan pronto como entraran los dos amigos. Así fue en efecto, no bien estos hubieron pasado, los curiosos marineros se unieron más estrechamente que al principio, dispuestos cada uno a conquistar una posición más ventajosa a costa de su vecino, durante aquellos momentos de tumultuosa anarquía. La puerta desapareció, pues, tras aquella oleada de cabezas humanas peinadas a lo fuoco, cuyos cabellos ponían en evidencia el brillante esmero con que cuidan su persona nuestros pescadores.



Mujeres y casas en la playa de San Cristóbal a principios del siglo XX. Fedac



La casa donde se daba aquella noche el baile se componía de una sola pieza que servía de sala, dormitorio y cocina, y un corralillo cercado de una muralla donde dormía el perro, compañero inseparable del tío Breca. Los muebles que adornaban esta sala eran dos sillas de pinzapo, una banqueta inválida que apoyaba uno de sus pies sobre una rolliza piedra, y dos cajas enormes con candado que ocupaban la parte más visible de la pieza. En frente descollaba majestuosamente una de esas camas monstruos que solo se encuentran ya en nuestros barrios o en las casas de nuestros labradores. Compónese por lo regular de tres o cuatro colchones que en su progresiva ascensión suelen tocar al techo, de modo que para dormir en ellas es preciso tomarlas por asalto, con grave daño de nuestras narices si hemos contraído la costumbre de dormir de espaldas, costumbre que por otras razones han sido siempre muy perjudicial.

La pieza se halla además dividida por una cortina que pendiente de una larga caña cae hasta el suelo, dejando descubierta la cabecera de la cama donde se ven dos o tres almohadones adornados con lazos de color puntó. Las paredes sin embargo forman un extraño contraste con la blancura y asco que se notan en el lecho, pues el barro y la piedra que han servido para su construcción no se oculta como en otras casas pobres tras un barniz de cal, aquí ostenta al público su fea catadura y sus innumerables agujeros, donde se anidan todas esas sabandijas que tanto miedo inspiran a mis lectoras y que por consideración a ellas dejo en este momento de nombrar.

La escena que vamos describiendo se halla alumbrada por un candil de latón sujeto con un clavo a la ennegrecida pared, y cuya mecha de algodón arroja sus inciertos resplandores sobre una docena de mujeres de diferentes edades, pero feas todas sin excepción alguna.

En el momento en que nuestros dos parrandistas se presentan en el baile, hay dos parejas en medio de la sala que con los brazos extendidos en forma de cruz, se mueven grotescamente al ruido que produce un cesto de cañas que en vez de guitarra toca uno de los convidados. Las parejas entretanto van cambiando de posición al final de cada estrofa, cantadas con ronca voz por el mismo que tan hábilmente maneja el armonioso instrumento. Concluidas las cuatro estrofas que son de costumbre las dos mujeres se sientan, y los hombres van a aumentar el grupo de la puerta, lugar favorito del sexo masculino en estas reuniones. A esto se llama bailar unas folías.

Pero tan pronto como nuestros jóvenes entraron todo cambió de aspecto. El tío Breca con una cortesanía que revelaba su fina educación los condujo hacia las cajas que decoraban el estrado, y separando bruscamente a dos muchachas de dieciocho a veinte años, de nariz arremangada, labios gruesos, y tez de aceituna que en ellas estaban sentadas, coloca a mis dos amigos no sin que éstos después de haberse asegurado que aquello es lo mejor que se encuentra en el baile, les hicieran lugar a su lado.

Todo esto pasó en breves instantes y en seguida el sonido de la guitarra rasgueada con graciosa desenvoltura por Juan llenó de regocijo los corazones de todos los concurrentes que se dispusieron a continuar sin interrupción sus alegres folias. En efecto Antonio se levanta, enciende un cigarro, se ladea el sombrero con truhanería, se aprieta la faja de seda que ciñe su cintura, y hace con la mano una señal a la mujer el tío Miguel, que en pie junto a la cama y con un pañuelo atado a la cabeza velaba el sueño de su recién nacido.

Esta seña se traduce siempre en esos bailes por una invitación que nadie rehúsa y que todas admiten con placer, por la sencilla razón de que desean divertirse y que el baile no ofrece además dificultades en su ejecución. Cada uno mueve sus pies y sus manos como Dios le ayuda y sin que ninguno se cuide de examinar si estos movimientos van o no a compás, así es que toda mujer joven o vieja que no sea tullida, baila siempre nuestras folias. Pero en honor de la verdad diremos que las bailadas por Antonio perdían al punto su monótona gravedad, y dejaban de serlo para convertirse en un fandango andaluz que era la admiración de cuantos le veían. Saltos, contorsiones, cabriolas, todo era puesto en juego con pasmosa habilidad por nuestro parrandista, que había consagrado los mejores años de su vida al perfeccionamiento y mejora de las indicadas folias.

De este modo transcurrieron dos horas sin que el incansable Juan dejase de tocar la guitarra ni los convidados de bailar, hasta que separándose del grupo de la puerta, el que antes de la llegada de nuestros amigos tocaba el cesto, se acercó al candil y con el pretexto de encender un cigarro apagó la luz.



El Castillo de San Cristóbal en los años veinte del siglo XX. Fedac



Un prolongado grito de turbación en unos, de sorpresa en otros y de alegría en todos siguió a este cambio de decoración, y mientras el tío Breca con la paciencia de un hombre acostumbrado a estos lances buscaba quien le prestase un fósforo, una confusión espantosa reinaba en medio de la sala. Todos habían dejado sus asientos y se oían en medio de este tumultuoso desorden las prolongadas risas y graciosas exclamaciones de la alegre concurrencia. No podemos sin embargo atrevernos a pintar lo que allí pasó en los o tres minutos que tardó en brillar la luz, porque no tenemos el don de penetrar las tinieblas, solo diremos que cuando la mecha del candil ardió de nuevo todos se encontraban muy serios en el mismo sitio donde los sorprendió el eclipse, sólo que a Juan se le había desafinado la guitarra, a Antonio se le había perdido el sombrero, y a los demás un zapato, un alfiler, un pañuelo o cosa semejante. A pesar de esto nadie manifestó incomodarse por este incidente que se repite con frecuencia en esos bailes, con tanta más razón cuanto que gracias al celo que desplegaba el dueño de la casa aparecieron muy pronto todos los objetos extraviados.

Empero se acercaba ya el momento en que el pescador iba a perder sus dos mejores parroquianos. Antonio, cuyo sombrero se había encontrado junto a una vieja horriblemente fea, se había aproximado a Juan, que se ocupaba en volver a templar la guitarra, y le había dicho al oído con un gesto de mal humor que no se tomó el trabajo de disimular:

- Es tarde y nos esperan en San Lázaro, aquí no hay nada bueno.
- Eres injusto con esta buena gente, contestóle Juan, yo me divierto que es una maravilla.
- Ilusiones, querido, ilusiones... ese candil al apagarse me ha revelado lo contrario... estoy desengañado.
- No insisto mas... vamos pues a San Lázaro.


Dicho esto se levantaron, y despidiéndose del tío Breca que agotaba su elocuencia en probarles que un baile mejor que el suyo no era fácil encontrarlo en ningún barrio, salieron de la casa donde reinaba una atmósfera sofocante y se dirigieron con paso apresurado a la Ciudad.


(Se continuará)



Las fotografías pertenecen al Archivo de la FEDAC.


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