Revista nº 792
ISSN 1885-6039

Consideraciones sobre la música popular en la prensa grancanaria (1852-1905): el artículo El Parrandista (y IV).

Viernes, 28 de Noviembre de 2008
Roberto Díaz Ramos
Publicado en el número 237

Parece, pues, que el autor intenta acabar el relato dando un carácter de novela a los ataques iniciales, y matizar su postura dando a entender que también hay parrandistas buenos. El medio para ello, un personaje antes menospreciado que recibe una herencia y regala una mercería a una desconocida antes de viajar a Cuba, es un final ciertamente inesperado después de las tres lecturas anteriores.



(Viene de aquí)


La cuarta parte de "El Parrandista" es la menos interesante del conjunto. Sólo es propuesta aquí para ofrecer el artículo entero y permitir una visión global del contenido. Por lo que respecta a datos musicales, sólo se puede señalar una parranda que baja por el callejón que conduce a la calle de San Francisco antes de dirigirse a Triana (definido a mediados del XIX como barrio “populoso”), y que tocaba una malagueña. Lo demás es una extensión forzada de los diálogos de la tercera parte. Parece, pues, que el autor intenta acabar el relato dando un carácter de novela a los ataques iniciales, y matizar su postura dando a entender que también hay parrandistas buenos. El medio para ello, un personaje antes menospreciado que recibe una herencia y regala una mercería a una desconocida antes de viajar a Cuba, es un final ciertamente inesperado después de las tres lecturas anteriores.

La conclusión de "El Parrandista" fue publicada en El Porvenir de Canarias el 16 de marzo de 1853.



Triana en 1909. Fedac (Ceferino Rocafort)



EL PARRANDISTA – CONCLUSIÓN


Hay en la calle de San Francisco un angosto callejón que, en áspera pendiente, conduce hasta las casas que tornan los barrios de San Nicolás y San Lázaro. Por este callejón, pues, descendieron en bullicioso desorden al son de las guitarras, que tocaban una malagueña, nuestros alegres parrandistas y se internaron asidos del brazo por las populosas calles de Triana.

Hemos dicho que Juan, más afortunado que su amigo Antonio, había conseguido que la linda morena aceptase su brazo y oyese con benignidad los elogios que el joven prodigaba a su hermosura, pero también es cierto, había procurado cuidadosamente no ofender sus oídos con proposiciones insolentes ni con palabras de taberna. Más delicado que su compañero conoció desde la primera ojeada que no era fácil dominar aquella agreste belleza por los medios ordinarios, y que para conseguirlo sería indispensable fingir una pasión ardiente y conducirse con todas las atenciones que la buena educación exige al hablar con una señorita.

Hechas estas reflexiones nuestro digno parrandista confió a otro su guitarra y se dedicó exclusivamente a su nueva conquista.

- María -dijo después que salieron con toda ocurrencia del callejón antes mencionado-, ¿por qué se halla usted siempre triste?, ¿por qué no baila usted?, ¿por qué no se divierte como todas sus amigas?

- Me es imposible, caballero. En primer lugar porque no sé bailar, y luego porque siempre asisto a estos bailes con disgusto… más divertida estaría en mi casa…

- Es extraño ese deseo de reclusión en su edad. Pero al fin ya conseguiremos que a usted le agraden nuestras reuniones.

- No lo crea usted, ni a mí ni a Juan nos gustan.

- ¿Y quién es ese Juan, preciosa niña? Supongo que no seré yo.

- Oh, no señor… ese Juan es un novio, el que ha de ser mi marido cuando Dios nos dé los medios suficientes para podernos casar.

- ¿Y tu novio en qué se ocupa?

- Trabaja en una herrería cerca de casa y es el mejor oficial que hay en el taller.

- Lo creo sin dificultad, porque si está inspirado por esos hermosos ojos debe hacer milagros… yo mismo, aunque nunca he trabajado, si me animara una sola sonrisa de usted sería capaz de… todo lo que usted quisiera.

- Ya vuelve usted con sus amores.

- ¡Pero si me es imposible dejar de amarla! Es usted tan hermosa… Además, usted algún día ha de imitar a sus amigas, y si ha de amar a otro desearía ser yo el preferido.

- ¿Pero no le digo a usted que amo ya a mi Juan?

- No lo dudo, pero también es cierto que no le será usted fiel por mucho tiempo.



San Roque y San Nicolás, en una postal de 1900. Fedac (Jordao da Luz Perestrello)



Aquí la muchacha soltó el brazo del caballero y se llevó la mano a los ojos para ocultar sus lágrimas.

- ¿Llora usted? -continuó el parrandista arrepentido ya de haber soltado aquella imprudente frase-. Vamos, no lo he dicho por ofender a usted, tal vez yo me equivoque y se parezca usted a las mujeres con quienes vive.

- Yo vivo sola con mi tía, única parienta que resta de toda mi familia, y ella jamás me ha hablado de ese modo.

- Bien, hermosa niña, bien, pero dejemos eso que tanto la aflige y hablemos de sus amores, ya que a usted sólo le agrada esa conversación.


María volvió a tomar el brazo del parrandista y contestó:

- Esa conversación es sin embargo para mí muy triste, porque conozco que nunca podremos ser dichosos. Si al menos tuviera yo a mis padres…


Y de nuevo la joven tornó a llorar.

- Hace pocos meses y ambos murieron en un mismo día.

- Cuénteme usted eso, pues oiré con interés todo lo que tenga relación con usted.

- Es muy sencillo caballero. Yo he nacido en la Vega, donde mis padres tenían arrendada una hacienda que les producía lo necesario para vivir con decencia. Así es que, como yo era su única hija, nada escaseaba para tenerme contenta. Mas, de pronto nuestra felicidad, que yo creía tan asegurada, fue destruida para siempre. Un día vimos llegar a nuestro pueblo familias enteras, que con el semblante demudado y el miedo en el corazón buscaban un asilo donde refugiarse del cólera. Nosotros ignorábamos lo que era esta enfermedad y creímos que respetaría nuestras pobres casas… ¡Ah señor! ¡y qué mal le conocíamos! Ese terrible azote de Dios se apareció en el pueblo y en pocas horas diezmó la población…, mis padres atacados a un tiempo mismo murieron en mis brazos sin que yo supiera prestarles otro auxilio que mis lágrimas. Entonces fue cuando, [que] Juan había ido de la ciudad con su familia y que vivía junto a nosotros, viéndome sola se compadeció de mi orfandad y me llevó a su casa. Allí estuve con su madre hasta que mi tía, al saber esta desgracia, quiso partir conmigo el pan que con tanto trabajo gana porque la infeliz es tan pobre como yo.


El parrandista, que había oído con la más profunda atención la sencilla relación de la muchacha, se sintió conmovido al ver tanta sensibilidad en aquellos años y en aquella humilde clase, y olvidando su proyectos de seducción le preguntó con el mayor interés.

- Dígame usted con franqueza, María, ¿cuáles son sus esperanzas para el porvenir? ¿Hasta dónde llega la ambición de usted?

- Mi ambición quedaría satisfecha si pudiera ocuparme en alguna cosa que me proporcionara los medios de ayudar a mi tía. Tal vez por este modo podría luego casarme con Juan.

- Por ejemplo, añadió entonces el parrandista, si usted tuviera una tiendecita bien surtida y fuera exclusivamente suya, y en ella ganara lo suficiente para vivir…

- ¡Oh señor!… ¿para qué me dice usted eso?

- Qué se yo… es una idea que se me ocurrió en este momento.

- No hablemos más de ello puesto que es imposible… para los pobres no se ha hecho la felicidad.


Al llegar a este punto la conversación fue interrumpida por Antonio, que celoso de la preferencia que la joven había otorgado a su amigo venía a separarlos con el pretexto de que tomaran una parte activa de las diversiones. María buscó entonces a su parienta y Juan se alejó pensativo, recordando tal vez las sentidas palabras de la graciosa huérfana.

La parranda entretanto continuó en medio de los brindis nunca interrumpidos y de la alegre malagueña, hasta que vino a concluirse en la plazuela después de estar bailando en ella hasta las cinco de la mañana.

Ahora bien, amigo lector, si este ligero bosquejo de las costumbres de nuestros parrandistas te ha proporcionado algún rato de distracción y deseas saber qué suerte cupo a nuestra graciosa morena, sígueme por un momento hasta San Nicolás y allí te enseñaré una tienda muy aseada y vistosa, donde sentada detrás de su mostrador se descubre una joven ocupada en coser cuando no tiene parroquianos. Ella te dirá cómo un domingo, hallándose con su tía y su novio sentados en el umbral de su pobre casa, se les presentó nuestro antiguo conocido, el parrandista Juan, y después de saludarla con cariño le dijo:

- María, usted me dispensará si, conociéndola tan poco, me tomo la libertad de venir a despedirme de V.

- ¿Se marcha usted señor?

- Sí, pero no es ese solo el motivo que aquí me conduce. Ha de saber usted que desde la noche en que la vi rechazar con tanta indignación las proposiciones de mi compañero y manifestarme en seguida su triste suerte y sus modestas esperanzas, he creído que era una injusticia no contribuir a la felicidad de usted. Mañana parto para la América a recoger una herencia considerable que me ha dejado uno de mis tíos. Soy rico y quiero que usted participe de mi buena suerte. No extrañe usted mis palabras. Tal vez sea esta la única idea buena que he tenido en mi vida y quiero realizarla. Por otra parte, mis deseos sólo se limitan a que usted se digne admitir como un recuerdo de su amigo el parrandista estas llaves que pertenecen a una casa que le regalo a usted.


Diciendo esto dejó caer las llaves sobre el delantal de la muchacha, que atónica [sic] le miraba, y se alejó con precipitación de aquellos sitios. Al día siguiente había salido ya de Canaria.

El regalo de Juan se componía de una casita pequeña pero muy bonita, con una tienda surtida por completo de todos aquellos artículos que en los barrios suelen tener más fácil venta. Ambas cosas podrían valer hasta quinientos pesos.

A los pocos días los novios se casaron con el sentimiento de que su bienhechor no fuese testigo de su felicidad.

Ahora bien, amigo lector, cuando yo quise escribir esta biografía del parrandista me acordé de María y de su sencilla historia, y como tengo el placer de conocerla le pedí su licencia para publicar estos apuntes. Entonces ella me contestó con aquella sonrisa que la hace siempre tan hechicera:

- Escríbala usted si tiene gusto en ello, pero hágame usted el favor de decir que el parrandista no es un ser despreciable de la sociedad, cuando ha pertenecido a esa clase el hombre que ha sabido comprender mi triste situación, respetarla y hacerme para siempre feliz.


Yo se lo prometí sin vacilar y creo haber cumplido mi palabra. Concluyo pues, caro lector, diciéndote que si te ha agradado el crítico y el parrandista continuaré luego estos estudios de costumbres, pero si te disgustan sabré guardar silencio, cometiéndome sin murmurar a tu respetable fallo.


Agustín Millares




Las fotografías pertenecen al Archivo de Fotografía Histórica de la FEDAC.

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