Revista nº 906
ISSN 1885-6039

Los recintos rituales de La Tosquita y el Morro el Pajal (Macizo de Teno, Tenerife).

Martes, 11 de Mayo de 2021
Miguel A. Martín González
Publicado en el número 887

Hace más de 500 años, este espacio era muy transitado por los guanches y prueba de ello son los espacios cavernícolas habitados y sepulcrales o las huellas de grabados rupestres, canales y cazoletas que tallaron en la roca.

 

 

Uno de los terrenos más antiguos de la isla de Tenerife es el Macizo de Teno, que se localiza en el extremo noroccidental de la isla donde la erosión, a lo largo del tiempo, ha transformado este espacio de una manera muy significativa, como lo demuestran sus portentosos acantilados marinos, los profundos barrancos y abruptos lomos y laderas, haciendo que la presencia humana quede relegada a unos pocos caseríos.

 

Hace más de 500 años, este espacio era muy transitado por los guanches y prueba de ello son los espacios cavernícolas habitados y sepulcrales o las huellas de grabados rupestres, canales y cazoletas que tallaron en la roca, erigiendo verdaderos santuarios al aire libre para fundar zonas perfectamente planificadas, fijas e inalterables con el tiempo, dentro de un pensamiento que pretende conectar lo de abajo con lo de arriba.

 

Concretamente nos vamos a detener en dos almogarenes o conjuntos de canales y cazoletas separados unos 600 m de distancia. En estos recintos los guanches consagraron rincones en los cuales, y a partir de los cuales, pueden vivir su relación con lo sagrado, donde todo tiene sentido porque está ordenado.

 

Llamamos cazoletas a los hoyos excavados en la toba volcánica o sobre basalto, de diferentes tamaños y formas -redondas, ovoides y cuadradas-. Muchos se disponen asociados a canales, también de distintos tamaños y grosores, determinando un entramado aparentemente caótico. Aquí los artistas actúan desenvueltamente, adaptándose a la fisonomía y el desnivel del peñasco.

 

Los dos conjuntos se disponen al aire libre y muestran patrones de ubicación diferenciados, nos acercan a una serie de acontecimientos que tienen lugar en la naturaleza como parte o herramientas de una cosmovisión. La propia naturaleza, en el paisaje, actúa como objeto simbólico y, como tal, de comunicación, resultando coherente dentro de un sistema de creencias.

 

 

La Tosquita es una plancha de toba volcánica bastante inclinada en la que se tallaron un centenar de pequeñas cazoletas y diferentes canales que van conectando algunas de ellas. Se localiza debajo de un morrito y se dispone hacia el poniente.

 

Al suroeste del Morro El Pajal se localiza una espectacular estación rupestre con unas 40 cazoletas de todos los tamaños, y algunas son muy grandes. Presenta un conjunto de canales que le confiere una espectacular belleza. Debemos tener en cuenta la presencia de dos grabados rupestres de carácter antropomorfo cruciformes y unas diez cúpulas o cazoletas verticales en una oquedad que preside el conjunto. Todos son elementos rituales que formalizan unas prácticas sociales que se repiten en el tiempo, permitiendo ordenar, recrear, reproducir y actualizar los vínculos con lo más numinoso o hierofánico; esto es, con la manifestación de lo más sagrado.

 

En estos lugares, el ritual consiste en depositar simbólicamente algún resto de comida (carne, lapas, burgados…) en algunas de las cazoletas y/o derramar líquidos (leche, agua…), acompañados de rezos, plegarias y otros gestos que no podemos determinar. Eso sí, lo ofrecido es intermediario entre dos términos polares (humano-divinidad). Nos referimos a un intercambio de bienes y servicios, especialmente comida y bebida apreciados por los dioses a cambios del beneficio de otras ventajas.

 

Este tipo de santuarios permiten la celebración como un acontecimiento social que une al grupo, a la colectividad. El derramamiento de líquidos en las cazoletas y canales es una donación, un acto de comunión, una acción-celebración simbólica y festiva pues representa lo sagrado que se renueva y actualiza el tiempo con carácter de eternidad. Eso sí, siempre oculta alguna intención o contraprestación. El ritual, el simbolismo y la espiritualidad lo impregnan todo y toma conciencia de lo sagrado, pues nada de lo que sucede en cada uno de estos lugares es casual. Aunque no lo podamos entender en su totalidad, las señales físicas (canales y cazoletas, cúpulas y grabados rupestres) son operadoras de un discurso imaginativo y práctico con sentido manifiesto de una conducta simbólica, modelo ejemplar de la cosmología que establece orden y armonía.

 

El pensamiento simbólico pues se proyecta sobre el paisaje gracias a la orientación astronómica, es decir, a partir de que el humano se sitúa en relación con el cosmos. Todas estas premisas pasan por la orientatio como principio fundamento. Entonces, ¿podemos descubrir la manifestación de lo sagrado en determinados lugares muy singularizados en el espacio físico y sincronizado con la posición de los astros? Existen ciertos lugares que se definen por su ubicación, la sacralización del paisaje, su función espacial y su vinculación astral. Determinados accidentes topográficos fueron transformados culturalmente para organizar y unificar los principios cívicos y religiosos de los guanches. De esta manera, cada lugar sagrado (como centro) representa el punto de conexión entre la tierra y el cielo.

 

Ahora el tiempo habita en estos recintos sagrados, es visual y es atrapado en un presente eterno y continuo. Al final es la realidad de las orientaciones astronómicas el patrón sistémico de control temporal. Los guanches experimentaron el tiempo en los espacios de La Tosquita y el Morro el Pajal. No se trata de un conocimiento abstracto-teórico sino de una aplicación real y práctica en concordancia con la naturaleza. Todas las acciones ejecutadas se sitúan tanto en el espacio como en el tiempo hasta adquirir sentido socialmente; esto es, se convierten en elementos constitutivos de la práctica social.

 

Veamos como los guanches de esta parte de Teno armonizaron el espacio y el tiempo gracias a la orientatio:

1. La Tosquita. Como bien apuntamos, la plancha de toba completamente tallada de canales y cazoletas presenta una disposición hacia el poniente. Desde esta ubicación, a muy poca distancia, podemos admirar tres remarcadas elevaciones que ofrecen la zona del Granelito y El Pajal. Por el punto más alto es por donde se ocultan el sol durante el solsticio de invierno y por los montículos laterales es por donde se ocultan las lunas llenas extremas de los lunasticios de verano mayor y menor norte cada 9 años que completan el ciclo lunar de 18 años. 

2. Morro El Pajal. Desde el conjunto de canales y cazoletas apreciamos un paisaje sobrecogedor con importantes cumbres, especialmente al naciente. Aquí vamos a disfrutar del orto solar durante el solsticio de verano por los altos del Lomo de La Cruz. Ese mismo día, el sol se oculta por la cercana protuberancia montuosa de Cueva Ceja.

 

Tremendamente espectacular es contemplar la salida del sol por el altivo Morro Verde en cada equinoccio indígena. Es de una sincronía admirable. Para rematar la armonía cósmica nos queda embelesarnos con la salida de la luna llena durante el lunasticio de verano mayor sur por la esquina superior del portentoso Roque de La Fortaleza.

 

De esta manera tan natural, eficaz y resolutiva los guanches pudieron encontrar la armonía con el espacio que les rodea y el tiempo necesario para su organización sociocultural y religiosa.

 

 

 

Miguel A. Martín González es historiador, profesor y director de la revista Iruene.

 

 

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