Revista nº 797
ISSN 1885-6039

Profesores y alumnos. Pinceladas biográficas de la Universidad de San Fernando.

Jueves, 11 de Agosto de 2016
Luis Regueira Benítez
Publicado en el número 639

Una de las informaciones más detalladas que ofrece el libro es la nómina de profesores y, sobre todo, de estudiantes, de los que se reseñan año por año sus resultados académicos. De esta forma podemos hacernos una composición mental del ambiente universitario.

 

 

Hace unos pocos meses, la Universidad de La Laguna editó, en un lujoso volumen, el estudio histórico que han realizado los profesores Alfredo Mederos Pérez y Pedro Gili Trujillo sobre la antigua Sección Universitaria de La Laguna (1913-1927). Esta institución académica fue, de hecho, la antecesora inmediata de la actual universidad lagunera, de la que ambos autores fueron catedráticos, de forma que el trabajo se convierte en una especie de autoinvestigación, un estudio sobre el propio pasado que sirve como ejercicio de historia y como ejercicio de introspección.

 

Uno tiene la impresión de que este sensacional trabajo, fundamental para el conocimiento de nuestra historia académica, ha pasado desapercibido entre el público lector, tal vez porque en los estantes de las librerías puede confundirse con esos ladrillos institucionales que algunas entidades editan para darse autobombo. Sin embargo, el libro de Mederos y Gili es mucho más que eso, y lo es sobre todo porque, en contra de lo que pudiera parecer, el protagonismo del libro no corresponde a la universidad, sino que recae sobre las personas que hicieron posible su funcionamiento, ya fueran docentes o discentes. El mismo volumen nos da pistas sobre ello desde el propio título: Profesores y alumnos en la restablecida Universidad de San Fernando de La Laguna (1913-1927).

 

Esta universidad no fue la primera en ofrecer estudios superiores en las Islas, sino que fue heredera, a su vez, de aquella otra Universidad Literaria de San Fernando que comenzó a funcionar en La Laguna en enero de 1817. Su implantación fue ordenada por el rey Fernando VII, que a su vez retomaba un decreto de Carlos IV que permanecía sin ser ejecutado desde 1792. Sin embargo, aquella primera universidad no funcionó más que de forma intermitente, a tenor de los vaivenes políticos que definieron el siglo XIX español. Así, tras destacarse como defensora de la libertad intelectual en las Islas durante el Trienio Liberal (1820-1823), fue clausurada al regreso del rey absolutista, pero dos años más tarde, a finales de 1825, fue reabierta bajo un estricto control ideológico. Un nuevo cierre se produciría en 1830, y una nueva reapertura, ya bajo el reinado de Isabel II y la regencia de María Cristina, en 1835. Durante este tiempo se impartieron estudios preparatorios de Humanidades y Filosofía, además de los estudios superiores de Teología y Leyes, pero tras una última década de funcionamiento se produjo el cierre definitivo de las aulas. En 1845 se suprimió la Universidad Literaria de San Fernando, y en 1846 se creó en su lugar el nuevo Instituto General y Técnico de Canarias.

 

Aunque fueron varios los intentos de reabrir la universidad en las décadas siguientes, todos fueron infructuosos hasta 1913, cuando el Gobierno acuerda por fin restablecer los estudios universitarios en La Laguna por medio de la llamada Sección Universitaria de Canarias, dependiente de la Universidad de Sevilla. En un principio no se ofrecían más estudios que los de Filosofía y Letras y el curso preparatorio para el ingreso en Derecho, pero luego se iría ampliando la oferta con los primeros cursos de la carrera jurídica (completada en 1921) y el preparatorio de Medicina y Farmacia. Así, con estos pocos estudios, funcionó la Sección Universitaria hasta que un Real Decreto de 1927 creó la actual Universidad de La Laguna, poniendo fin una etapa de nuestra historia académica que siempre había tenido un sabor agridulce, pues la sección dependiente de Sevilla no era más que una insuficiente sustituta de la universidad completa que los canarios seguían reclamando. De hecho, el nombre de Universidad de San Fernando, que no correspondía en rigor a esta institución, siguió utilizándose como forma de reivindicar cierta independencia organizativa. La creación de la Universidad de La Laguna vendría por fin a satisfacer este sueño, aunque (todo hay que decirlo) supuso al mismo tiempo el recrudecimiento del pleito insular, pues la isla de Gran Canaria se sintió agraviada una vez más al verse privada de la más importante infraestructura cultural y científica a la que podían aspirar sus ciudadanos.

 

Momento de la presentación en la Fundación CajaCanarias

 

Es esta la etapa de la historia universitaria de La Laguna que estudian Mederos y Gili. Lo hacen repasando curso por curso los acontecimientos más relevantes del devenir institucional, un trabajo de investigación que ha requerido, sin duda, de largas horas escudriñando legajos y expedientes, no solo en los archivos universitarios sino también en otros muchos depósitos documentales dentro y fuera de Canarias. Una de las informaciones más detalladas que ofrece el libro es la nómina de profesores y, sobre todo, de estudiantes, de los que se reseñan año por año sus resultados académicos. De esta forma podemos hacernos una composición mental del ambiente universitario, pues sabemos quiénes eran los miembros de la comunidad educativa, su situación social y económica, sus intereses y sus relaciones interpersonales, pues no hay que olvidar que los estudios universitarios eran de hecho (y más en un territorio como el nuestro) un privilegio de clase.

 

Muchos de los que pasaron por las aulas para cursar estudios superiores en La Laguna estaban llamados a ser personajes relevantes en la vida de Canarias: médicos, abogados, literatos, políticos, científicos, o incluso meros rentistas, siempre con notorias influencias en la vida social. Algunos de ellos han quedado en la memoria colectiva en razón de la actividad que desarrollaron en las Islas o fuera de ellas. Otros, por el contrario, ocuparon cargos relevantes en las instituciones de su tiempo pero no gozaron de fama póstuma. Y otros, en fin, no han dejado una huella fácilmente rastreable, pero formaron parte, como los demás, de una aventura académica que habría de ser el germen del que nació la actual universidad tinerfeña.

 

El valor añadido más relevante que podemos encontrar en este libro es, precisamente, el rescate de la vida de varios cientos de estos protagonistas (926, para ser exactos), de los que los autores ofrecen unas pinceladas biográficas que vienen a humanizar la información histórica e institucional que nos ofrece este volumen. La Universidad de La Laguna, con Alfredo Mederos y Pedro Gili como anfitriones, homenajea así a los hombres y mujeres que hicieron posible aquella Sección Universitaria de Canarias de la que es heredera, una forma de reconocimiento que, lejos de pasar desapercibida en las librerías, merece el aplauso de la sociedad que estos homenajeados contribuyeron a construir.

 

 

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