Revista n.º 1169 / ISSN 1885-6039

Una enumeración que no termina, que siempre ensancha. Con Andrea Abreu

Miércoles, 30 de septiembre de 2026
Sandra González Reina
Publicado en el n.º 1168

Andrea Abreu no repite una tradición: genera una nueva variación dentro de ella. O, tomando prestadas las palabras que Eugenio Padorno emplea al hablar de Graciliano Afonso, Andrea, en su caso, establece una «variedad en la reafirmación». De la tradición recibimos y sobre ella actuamos.

Abreu en la solapa de 'Pajaritos preñados'

Hay realidades bregando constantemente por hacerse un huequito en la literatura. Hay autores y autoras —cocúos como ellos solos— que insisten en que estas realidades nuestras quepan en los espacios ya establecidos. Sin necesidad de limpiarlas antes de entrar, sin quitarles la tierra, sin borrarles el olor ni el sonido. Y menos mal.

Andrea Abreu abrió un huequito así. Pa nosotros. Y ahí entraron las niñas y las adolescentes. Entraron las viejas. Entraron los perros satos con la cuca fuera, las cuestas, la menstruación dolorosa, los pleitos con el propio cuerpo, la sexualidad, los guiris porríos, los años dos mil, las casas de colores, las nubes bajas, las verbenas. La oralidad, lo rural, la violencia, lo jediondo, lo marginal, lo bello. Cupo todo dentro. Y siguió caminando pa fuera. Este huequito —nada chico— ensanchó la literatura. Bastó con arrimarse, mirar de cerca, escuchar un cloquío que nos pertenece, pero al que muchas veces no queremos pegar la oreja.

Gracias a la creación de este espejo, entre tantos, en que mirarnos, a este reflejo que suena y resuena en nos, pudimos reconocernos sin que nadie nos hubiera limpiado antes la imagen. Se mostró, dentro de la literatura, una realidad canaria concreta, una más de las muchas que conviven en nuestras Islas. Una Canarias ancha —que no es un todo homogéneo— porque muestra la diferencia y deja hueco para seguir metiendo cosas dentro.

Las voces específicas que brotan de Abreu salieron de sus obras y de sus personajes y se pegaron en mi boca y en la de tantos. Mami limpiadora y papi albañil ahora eran mi papi y mi mami y los de tantos. Da igual que esas no sean las profesiones de tus padres, que no uses todas las palabras que lees, que tu pueblo tenga menos cuestas que el suyo, que no seas, incluso, de ningún pueblo. El mundo de Abreu se reconoce. Porque hay algo profundamente nuestro ahí dentro metido y algo, también, profundamente de cualquiera. Lo cercano no se hace pequeño por ser cercano. Al contrario. La autora parece entender que cuanto más se arrima una a las cosas, más cosas aparecen dentro de ellas.

Por eso, la herida que supura en su creación, la misma que supura en la tierra, supura también en las calles y en las conversaciones. Y así, muchos —aunque otros no han parado de hacerlo— volvemos a hablar de lo que sucede y a crear desde lo que nos rodea. El huequito, entonces, no termina guardado en los libros. Permanece abierto.

Andrea, poeta, narradora, goledora de lo que ocurre y no siempre se nombra, ha hecho de esa forma de arrimarse una manera de escribir(nos). Hay una coherencia entre su obra y el lugar desde el que decide mirar. Mira pa cuerpos que molestan, que sudan, sangran, desean. Mira pa una tierra atravesada por el turismo, la clase, el abandono y también por una belleza muy diferente a la de una postal.

Y quizá ahí esté uno de los gestos más valiosos: no confundir belleza con «limpieza» —lo canónico, normativo, lo que se espera—, ni con la necesidad de traducir o camuflar aspectos completamente normales que no acostumbramos a tratar con normalidad, sino mirar lo bastante de cerca —como tanto insistimos— para encontrar la belleza que ya habitaba allí.

Abreu, entonces, no traduce ese mundo para acercarlo al centro. Arrima su —y nuestro— centro al mundo.

Ese mundo abraza tal ristra de males y quereres que se nos quedarán chicas siempre las páginas de las obras. La violencia, la miseria, el abandono y la tristeza, aprendidas casi como el hablar, se mezclan con el humor, el deseo, la amistad, el golisneo y la ternura. Y esta dualidad no resulta extraña en nuestra literatura canaria. Sucede, tal y como apuntamos, en obras como la de Pancho Guerra. Así, José Miguel Perera Santana —escritor, docente e investigador—, en su charla «Entre el humor y la violencia: algunas notas sobre las Memorias de Pepe Monagas»1, señala cómo la violencia, aunque tamizada por el humor, atraviesa el lenguaje y las escenas de la obra del autor. Una violencia que permite acercarse a un mundo sicosocial concreto —el de las clases sociales históricamente empobrecidas de Canarias, especialmente las rurales y las periferias capitalinas— y soportarlo. Aquí, además, no podemos evitar reconocer cómo todos estos planteamientos recogen la luz de las reflexiones sobre nuestra identidad presentes en obras como Psicología del hombre canario (1980), de Manuel Alemán.

'Pajaritos preñados' de la icodense Abreu

'Memorias de Pepe Monagas', de Pancho Guerra

Sucede algo hermano en la voz de Andrea Abreu. En su novela Panza de burro (2020), por ejemplo, la precariedad y la cuestión de clase permanecen con las manos echadas dentro de la historia. Atrapan a las madres y padres que trabajan un chorro de horas, a las niñas que esperan, que pasan tiempo sin ellos; les frotan la espaldita a los guiris que disfrutan de unas islas que otros sostienen; se colocan en una playa que queda muy lejos, aunque una sea isleña; en las cuestas de un pueblo; en la panza de burro que opaca todo; en el deseo de una niña de ser «secretaria de papeles, no limpiadora» (Abreu, 2020, p. 61)2. La clase no llega por sorpresa con un cartelito de anuncio. Ya estaba allí. Las niñas ya la viven incluso antes de tener palabras concretas para nombrarla.

Y toda esta experiencia es acumulativa. Si nos centramos solo en las niñas, cargan a su vez con el peso del género, de lo normativo del cuerpo, de vivir en una zona rural, de ser preadolescentes, de amar, de estregarse vivas; cargan con la religión y su culpa; cargan con las creencias e imposiciones sociales, con el mundo adoctrinante adulto. Cargan con tantas cosas en unos hombros tan chiquititos que no extraña que este cielo suyo aburrao también les termine pesando.

La panza de burro metafórica aprieta y ahoga. Y esto también es violencia —una forma clara de opresión—por mucho que pueda conjugarse con dosis de inocencia, ternura, juego o humor, como hemos apuntado.

Abreu no quita ningún peso. No santifica ni blanquea la infancia, sino que le da lo crudo y jediondo que le pertenece. Las deja —y nos deja— ser jarrapas. E, insisto, porfavó, menos mal, muchas gracias.

Sus niñas jarrapas no solo funcionan como sujetos desde los que trasladar esta experiencia, sino que participan también de una herramienta literaria poderosa: son capaces de establecer críticas duras precisamente porque son niñas. La mirada infantil parece estar desautorizada para hablar de determinados asuntos y, sin embargo, puede que por ese mismo motivo sea capaz de decir abiertamente lo que otros han aprendido a callar.

De este modo, mientras el mundo adulto disfraza la explotación laboral con la promesa de todo el dinero que algún día llegará, son precisamente las niñas quienes verbalizan algunas de las contradicciones que atraviesan ese mundo. La perspectiva infantil no rebaja la violencia: la deja en pelota picada.

Pero lo jarrapo en Andrea Abreu —debemos aclarar— no solo pertenece a sus niñas. Lo jarrapo parece una forma de concebir el mundo, incluso diría una forma de poder afrontarlo, igual que el uso del humor en Monagas. Abreu presenta una lengua jarrapa que desborda. Por eso, puede que la oralidad case tan bien con lo jarrapo. Esta lengua vive en la boca, en la cabeza, en el pensamiento más lejano y más bandío que tenga una. Y, ahora, vive también en la escritura, en su simulacro de oralidad.

Motivo difuminado de la portada de 'Panza de burro'

Quizá lo más curioso de este asunto sea que la palabra se mantiene escrita sin quedarse quieta. Vibra y se retuerce como si saliera de una boca con el ritmo, el disparate y la verdad que puede habitar en cada una. No hay fronteras entre narración, descripción y diálogo. No encontramos la puntuación que acostumbramos a encontrar. Hay torrente de pensamiento… Y hay términos que nacen de boca, infinidad de términos. Podemos destacar palabras del «chelismo» —nombrado por Abreu—, pero podríamos encontrar cualquier otra voz nuestra o de nuestro entorno próximo en su universo. Términos que están metidos dentro de cada una, términos que soñamos, mencionamos y que, en definitiva, nos pertenecen y a los que, a su vez, pertenecemos. No hace falta una academia que certifique que están vivos. Sin embargo, suerte que hay obras que los avivan.

El lenguaje se sitúa en su caso como un acto político consciente. Así, la autora, en su entrevista con Coello en Atlántico Hoy (6 de septiembre de 2026)3, señala directamente la desaparición que vive el léxico canario. Y este léxico desaparece, entre tantas cosas, porque ocultamos y «aplanamos» nuestra forma de hablar, como indica Abreu. Todo ello provocado, en gran parte, por un lastre histórico de vergüenza e inseguridad, en el que, de nuevo, vuelven a resonar(me) los planteamientos de Manuel Alemán en Psicología del hombre canario. En él encontramos la «conciencia neblinada», el peso de las culturas impuestas o la infravaloración de lo propio como lastre para el reconocimiento de la identidad canaria. Para Alemán, además, el paisaje, el entorno social y la cultura forman parte clave de estos condicionamientos y, por eso mismito, es tan importante lo que genera Andrea.

Pero ninguna lengua empieza solo en una. Hubo otras bocas y otros libros. Andrea abre huequito, como decimos —claro—, pero no lo hace sobre un solar vacío. Hay léxico perdido, pero mucho también heredado. Y no solo se heredan palabras: también historias, formas de contar, maneras de mirar. Esa herencia no llega únicamente del seno familiar y del entorno cercano. Aquí, como brotaría de la voz de los miembros de Calibán, entra la cuestión de la «familia en el tiempo»4: esta vez, una familia literaria. La propia Abreu ha reconocido en ocasiones algunos nombres de esta familia. Entre ellos, Víctor Ramírez, Nivaria Tejera y otros tantos autores a los que se suma también la literatura latinoamericana, donde la autora encuentra formas de contar que hermanan, de alguna manera, con la realidad canaria.

Dicho esto, queda la evidencia de que una también hereda leyendo. La autora llega a esta literatura, se sumerge, la reconoce —y se reconoce— y, finalmente, crea. Por tanto, es importante señalar cómo Abreu no solo añade numerosas cuestiones dentro de la literatura, sino que sabe mostrar también todo lo que entró en ella antes de que pegara a escribir. Y este punto resulta importante. Su literatura no solo ensancha palante, sino también patrás. Andrea abre una puerta en el tiempo y, cuando una entra en alguna de sus obras, llega también a una tradición de autores y autoras que —con una propuesta parecida o no— es absolutamente valiosa. 

Así, entra en juego lo que Eugenio Padorno denomina «tradición interna» dentro de la literatura canaria: una tradición nacida de las latencias de una periferia históricamente aislada, que funciona como lenguaje de autorreconocimiento de la propia comunidad. Frente a ella aparece también un «centro» que no ha incorporado plenamente las diferencias de esas periferias y en el que estas, por tanto, no siempre han podido mirarse y reconocerse. Esta tradición no camina en línea recta ni establece una progresión continua. Padorno la entiende desde los retornos, desde la recuperación y restitución de un pasado que vuelve y actúa sobre el presente —una vuelta al origen—. Andrea Abreu no repite, entonces, una tradición: genera una nueva variación dentro de ella. O, tomando prestadas las palabras que Padorno emplea al hablar de Graciliano Afonso5, Andrea, en su caso, establece una «variedad en la reafirmación».

Ensayo sobre 'Panza de burro' con dos clásicos sobre la identidad canaria: Manuel Alemán y Eugenio Padorno

Al decir de Antonio Bruno Pérez Alemán en su tesis Hacia la cristalización de un signo cultural canario: Miguel de Unamuno (Relato de una palinodia)6, los textos que forman parte de esta «tradición interna» de Padorno quedan vinculados entre ellos por su capacidad para intensificar la conciencia que una comunidad tiene de sí misma. Y, al hacerlo, nos vinculan también a nosotros. La tradición, entonces, no sería solo aquello que una recibe, sino también aquello sobre lo que actúa. Cada nueva voz puede devolver algo, moverlo, ensancharlo. Y ahí Andrea no solo recoge una lengua, un paisaje o unas formas de mirar que estaban antes que ella: hace que pasen por su propia boca y devuelve lo recogido distinto, vivo, otra vez nuestro. Y aquí vuelve a aparecer el concepto de espejo que mencionábamos al comienzo. Una tradición puede ser también un lugar en el que mirarse, no porque devuelva siempre la misma imagen, sino porque permite que una comunidad siga reconociéndose incluso mientras cambia.

Y esta imagen nos devuelve, de nuevo, al estudio de Pérez Alemán. El investigador se detiene en la lectura que Unamuno hace del barranco canario. Frente al río, donde el agua permite al paisaje reflejarse y adquirir «visión y conciencia de sí», el barranco seco característico de nuestra geografía carece de esa superficie especular en la que mirarse. Pérez Alemán lee en esta imagen un «desnorte identitario»: no tanto la ausencia de una identidad canaria, sino el desconcierto de una comunidad atravesada una y otra vez por transformaciones históricas, que no encuentra dónde devolverse una imagen en la que reconocerse. Como hemos dicho, nos miramos en el territorio que habitamos. Y ese territorio tampoco es estático: lo transformamos y él, a su vez, nos transforma, nos obliga a redefinir el mundo que conocemos.

Y aquí, una pregunta brota casi ella solita: ¿qué ocurre cuando una mira alrededor y cada vez reconoce menos de sí en el lugar que habita? ¿Quizá una forma de desnorte sea precisamente esta? ¿Pertenecer a un lugar que cada vez se parece menos a una cuando se mira?

Este planteamiento puede extraerse de lo escrito y ponerse a caminar por nuestras calles, dejando ver una realidad específica que escacha, estrosa y deja fuera, cada día más, a nuestras Islas. Sucede así cuando damos un paseíto por el sur de Gran Canaria y encontramos una calle, en San Bartolomé de Tirajana, con la dirección «Avenida Touroperador Tui». Ocurre cuando solo vemos un viaje de carteles en inglés, alemán y cualquier otro idioma que no sea nuestro idioma porque, como decimos, ese no es un espejo hecho para nosotros. Resulta revelador, por tanto, comprobar para quién se nombra, se ordena y se imagina determinado territorio y cómo nos afecta. Y no solo sucede esto en Gran Canaria. Ocurre así en cualquier zona canaria donde el turismo masivo y comelón pretende dejar su rastro y su intención.

Este mismo hecho —regresando a Abreu— conversa con su conocido artículo de opinión «Si esto es el paraíso», publicado en El País (2021)7, donde aparece la otra cara —la más cercana— del supuesto paraíso canario. Y vuelve entonces, como un guineo dañino, una pregunta que sigue atravesando a estas Islas: si esto es el paraíso, ¿para quién lo es?

Puede que estas realidades se parezcan un poco a ese barranco seco, sin pisco de agua, de Unamuno. A lo mejor no interesa que veamos reflejo, no vaya a ser que sepamos identificarnos.

Ahí la necesidad de seguir sumando superficies en las que mirarnos. Si Andrea recibió un lenguaje, una experiencia compartida y una mirada de quienes estuvieron antes, su escritura queda ahora ahí para quienes vengan después. Así, otra piba, otra escritora, otro lector podrá encontrarse con una palabra que creía que no cabía, con una manera de hablar que pensaba que había que esconder, con un paisaje que pocas veces había visto contado desde dentro. Por esto, tanta insistencia nuestra en la apertura del hueco y el regreso al origen. De nuevo, la «familia en el tiempo» crece y Andrea, ahora, también forma parte de la herencia, queda también en nuestro tiempo.

Claro que hay espejos. Ojalá no hubiera que hacer esfuerzo por encontrarlos, pero siempre los ha habido. Ninguno devuelve una Canarias única, porque tampoco existe, pero cada uno nos devuelve un cacho de nos. Y Andrea nos da el suyo. Un espejo que brota de una cabeza llena de historias, de voces, de pajaritos preñados. Una cabeza que guarda una enumeración inmensa de cosas chicas, medianas y grandes que no soy capaz —ni quiero— recoger entera. Una cabeza que, como su escritura, cada vez es más ancha.

Y, así, solo nos queda darle las gracias.


Notas

  1. Perera, José Miguel (2025). «Humor y violencia en la obra de Pancho Guerra», Espiral21, 6 de diciembre de 2025.
  2. Abreu, Andrea (2020). Panza de burro. Sevilla, Editorial Barrett.
  3. Coello, Tere (2026). «Andrea Abreu vuelve con Pajaritos preñados: “Me da pena que dejemos atrás esta riqueza (del léxico) por vergüenza histórica”», Atlántico Hoy, 6 de septiembre de 2026.
  4. Sobre el «Manifiesto» de la revista Calibán, véase Perera, José Miguel (2021): «La revista universitaria Calibán (1998-2002). Testimonio y huellas», Trasdemar, 6 de enero de 2021.
  5. Padorno, Eugenio (1997). «Sobre la formación de un “canario cántico”. De Cairasco de Figueroa (1538-1610) a Graciliano Afonso (1775-1861)», Philologica Canariensia, n.º 2-3, p. 511.
  6. Pérez Alemán, Antonio Bruno (2009). Hacia la cristalización de un signo cultural canario: Miguel de Unamuno (Relato de una palinodia), tesis doctoral, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.
  7. Abreu, Andrea (2021). «Si esto es el paraíso», El País, 17 de abril de 2021.
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