El pueblo canario posee una capacidad psíquica
de rico potencial agresivo, secularmente inhibida
por la estructuración psicosocial que le ha venido impuesta.
Manuel Alemán Álamo
En los últimos meses se ha dado a conocer, desde las Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, el volumen El motín de Arucas de 1800, que lleva el elocuente y directo subtítulo Historia de una revuelta popular impulsada por el hambre, del que es autor el docente e investigador aruquense Ramón Díaz Hernández. El libro se nos aproxima con un potente diseño de portada de Sergio Hernández Peña, diáfano y sugerente en idénticas proporciones, que dispara la intuición certera de lectoras y lectores hacia el sentido del acontecimiento analizado. Estamos ante una profundización sobre un hecho del que algo se ha hablado, se ha escrito, se ha ficcionalizado y que, en definitiva, se ha subrayado desde hace décadas. No obstante, por unos u otros motivos no ha sido hasta ahora que tenemos la posibilidad de acercarnos a los sucesos de manera desmenuzada y cercana, y además a partir de una perspectiva investigadora que (me) resulta tremendamente pertinente, tan adecuada y modélicamente justa.
Para entender esta palpitante rebelión hay que ser conscientes de que a finales del XVIII la situación general en Canarias no era nada halagüeña, circunstancia que se fue extremando al arrastrarse sucesivas dificultades sociales y económicas que —en su estructura profunda, como para casi toda la historia de las Islas— serían inentendibles sin las dinámicas opresivas reiteradas, con heterogéneos rostros, tras la conquista y colonización. Hablamos, fundamentalmente, de una fragmentación social evidente entre las mayorías sociales campesinas y trabajadoras y los estamentos institucionales y minorías poderosas dueñas de las tierras y el agua, así como de las tensiones resultantes de dicha antítesis sociopolítica; a lo que se irían uniendo, como consecuencia y para mayor colmo y ahogo, sequías, cigarras, temporales varios, lluvias torrenciales, hambrunas, contagios, malvivir, supervivencia, precariedad en todos los sentidos…
En el norte de Gran Canaria las dinámicas no habían sido ni serían diferentes: terratenientes y aguatenientes se arrimaban con intereses a gente de su condición (ribeteados por esos apellidos que tanto colonizan calles, libros y monumentos), y enmarañan tejemanejes para beneficio y control de la organización de la vida cotidiana local. La situación inestable del Archipiélago se extremó y comenzaron a darse con cierta frecuencia represiones y coerciones ante la mecha prendida en las quejas y protestas de algunos grupos subalternos, una suerte de artimaña desde arriba para hacer «escarmentar a los participantes como argumento preventivo prioritario» (p. 39). Es bastante probable que el cruel abuso de poder ejercido en el presente motín tuviera que ver, no casualmente, con estas estratagemas.

En Arucas, donde las crisis populares nunca fueron frecuentes (posiblemente por el férreo control de las oligarquías locales), se sumarían otras particulares razones que abultaron el malestar, que en 1800 llegó incluso —así en otros contextos canarios, dígase acaso el majorero, y en diversas épocas— a la orilla de las necesidades básicas de alimentación. Aunque es bastante probable que detrás de los sucesos se ocultara un incontenible y larvado conflicto de clases, la cuestión fundamental residió en la desesperación por la extrema necesidad de productos básicos en la mayoría de gente, que llegaba a abastecerse, según varias voces, con yerbas, chochos, tuneras, suelas de zapatos o afrecho… El escándalo se torna mayor cuando se entiende que la función principal del Mayorazgo del Buen Suceso ante el que se rebela el pueblo era
repartir el cereal para el consumo directo o como simiente para obtener nuevas cosechas, garantizando el suministro y concediendo pequeños créditos dinerarios con módicos intereses a aquellos vecinos necesitados que demostraran tener solvencia para devolverlos. En calidad de granero comunitario y de mecanismo regulador de los precios, estaba llamado a ejercer unas funciones preventivas para evitar estallidos sociales en épocas de crisis, carestía y desabastecimiento (p. 106).
De ahí la trascendencia de lo que estaba pasando: mientras la situación cercana se tornaba extrema al no poderse conseguir cereal en el pósito de Arucas, la sospecha estaba en que se quería especular con los víveres existentes, y sobre todo llevarlos injustamente a los militares y al hospital de la capital tinerfeña, para asombro de todas y todos.
Por esto, más que nada, estalla la revuelta popular procesualmente durante unas jornadas, a comienzos de mayo del recién estrenado siglo XIX, en los barrios de La Goleta, El Cerrillo y El Tabaibal, a los que se sumaron grupos de pagos cercanos como Firgas y Moya, en similares condiciones pordioseras. El colectivo principal de amotinados, unos 400 hombres y mujeres, surge por la noche desde los márgenes de la localidad, en torno a la plaza del Calvario; y con toques de bucio convocando a la sublevación (signo tradicional de rebeldía canaria en tantos rincones y momentos), armados con garrotes, palos, cadenas… y disfrazados, se fueron desplazando hacia el centro del núcleo aruquense. En momentos y días fragmentados, durante el camino algunos llegaron a irrumpir en casas particulares como la del propio administrador del Mayorazgo: tal era la tensión por las circunstancias precarias. Los intentos de mediación de las autoridades (alcalde y cura) no fueron fructíferos, y los regentes responsables acusados tuvieron que huir. Los sublevados tomaron las llaves del granero para hacerse con los alimentos; e incluso las milicias fueron animadas, con fusiles, para aplacar la insurrección violenta, en la que llegaron a escucharse tiros y donde hubo más de una detención.
La documentación conservada del motín lleva a concluir que la coyuntura de meridiana necesidad propició que la comunidad fuera convocada de una manera más o menos espontánea, al menos sin mucha organización ni liderazgos. A pesar de que no parece que hubiera cabecillas claras, este tipo de situaciones colectivas —afirma Ramón Díaz—, y así fue argumentado por una de las partes acusadas, suele ser inentendible para algunos estamentos cuadriculados, también el de la justicia si anda abrazado con los poderosos, y más que nada si lo que pretenden es —como se dijo— disuadir de posibles actitudes paralelas en el contexto grancanario de aquellos lustros. Ante declaraciones ambiguas y enrevesadas, entre miedos e intimidaciones y rencillas vecinales, silencio y chivatazos, son acusados de animadores del cotarro algunos varios como José Antonio Rodríguez, Antonio Enríquez y, sobre todo, Gregorio Borges del Manzano, al que en el proceso judicial se le aplicaría un tratamiento verdaderamente cruel.
Sin duda, estamos ante un libro de investigación minucioso donde se palpa una madurez metodológica evidente sostenida desde al menos dos patas recias: la de alguien que, como Díaz Hernández, lleva décadas ejerciendo el análisis y la transmisión de la historia y las humanidades, particularmente desde Canarias; y la de quien sostiene el peso de una temática, la del motín de Arucas, que conoce al dedillo porque lleva conviviendo con ella media vida.

Pero todavía hay más: sus valías adquieren grado de excelencia, desde unos ojos como los míos, cuando en todo momento la exégesis del investigador que historia no se sitúa sobre la tarima de la objetividad, muletilla engañosa de la que tan cansados estamos algunos y algunas. En absoluto: una cosa es la mentira, a la que no aspira ni Ramón Díaz ni los investigadores con dos dedos de frente, y otra muy diferente la perspectiva —imprescindible e insoslayable— desde donde cada persona aborda sus estudios. Por lo tanto, ¿por qué no manifestarla? ¿Por qué ocultarla bajo un supuesto sello de verdad?
Las inclinaciones de Díaz Hernández le llevaron desde hace tiempo a una materia y a unos hechos que le despiertan, por motivos varios —entre los que no pueden descartarse la localización del suceso y sus connotaciones populares sociopolíticas—, un gusto singular y una deferencia por abordarlos. Además, no oculta en ningún momento la perspectiva de clase, gramsciana, desde la que procura examinar y evalúa; lo que —por poner un ejemplo transparente— le lleva a concluir con fino trazo cómo las instituciones frías y burocratizadas (así las implicadas en el motín) suelen hacer oídos sordos, para mantener sus columnas y fachadas —aun forzadas o endebles—, al sufrimiento palpable y concreto de la gente, sin pizca de compasión. Es más, su posición consigue unas tinturas de interpretación infrecuentes en la historiografía tradicional clasista y colonial, de la que seguimos arrastrando —también en Canarias— no pocas herencias y sombras. Por eso la pluma de Ramón Díaz Hernández en El motín de Arucas de 1800 es original y significativamente elocuente, y además consciente de que sus procederes se tornan definitorios a la hora de hacer llegar, en la actualidad, estos hechos de hace más de doscientos años:
Con este estudio hemos intentado cuestionar el mantra historiográfico sobre el silencio de las llamadas «clases bajas», «subalternas», compuestas mayoritariamente de «analfabetos» y «semicultos», insertándolas en el relato histórico, es decir, reivindicando su legitimidad, la de los hombres, las mujeres, los niños y las niñas que hasta entonces habían sido condenados a aparecer en las historias generales bajo los deshumanizados signos del «número» y del «anonimato» y que, por consiguiente, han sido considerados, a todos los efectos, los «sin historia». Es decir, actores de una calculada marginalidad tanto social e ideológica como textual (p. 21).
La perspectiva histórica de Ramón Díaz aquí es liberadora, porque los jeitos dialécticos que aplica con sus gafas escrutadoras son capaces de atisbar, al través de las ranuras de la historia oficial, el sufrimiento de las y los más débiles. Es más: esas lentes son inseparables del momento desde el que se escribe, nuestro presente de comienzos del siglo XXI, por lo que su abordaje apunta al futuro: alienta y empuja una manera de afrontar la existencia sociopolítica canaria con otros modos diferentes a los injustamente vividos por —y aplicados a— los protagonistas aruquenses de hace siglos. Aquellos que —lo recalca el historiador como un modo otro de sus pretensiones antimitologizantes— no se comportaron como héroes humanos endiosados, sino como convecinos humildes pero necesitados de unión y solidaridad para hacer comunidad frente a la injusta y maldita supervivencia. Y esa es otra de las enseñanzas liberadoras latentes para nuestro presente y futuro próximo, hoy, cuando los heroísmos y las mitologías de todo signo siguen intentando mover el mundo a través de múltiples vías, y donde se nos hace creer que estamos necesitados de líderes sobrehumanos, violentos y sin debilidades, que queden impunes ante cualquier cosa que digan o hagan, sin diálogo, por decreto ley de sí mismos o por pretender encarnar un mesianismo mentiroso que —dicen— nos hará libres y felices.
Lo que se logra con estos procederes no es solo aplicar un punto de vista historiográfico más justo con los y las que no suelen ser tenidos en cuenta; también se alcanza la transmisión de unos hechos específicos de nuestra historia que —con todas las distancias lógicas— ejemplifican y atestiguan lo que, como grupo, somos capaces de hacer. Desde nuestra forma liberadora de interpretar, no se torna tan importante que tras el motín las condiciones no cambiaran demasiado. Lo fundamental es que, a pesar de lo que nos han querido hacer ver, la gente común canaria, y aruquense en este caso, ha sido capaz, desde hace siglos, de unirse y organizarse para protestar y rebelarse ante las injusticias, ante las estructuras de poder coloniales que han atravesado sus vidas mayormente sufrientes. Ese es el testimonio principal, la enseñanza jiribillosa de una historia que se hace carne y cobra vida en estas páginas necesarias: poner sobre la mesa hoy paradigmas palpables de rebeldía colectiva, modelos análogos de posibilidades desde donde pensar y reformular la praxis actual ante la carencia y las estructuras violentas rodeantes.


Mismos esquemas de opresión y de lucha. Poco antes de la vida pública del tomo de Ramón Díaz se presentaba en Canarias otro imprescindible libro que comparte con el anterior —amén de las exclusivas singularidades de cada volumen, en el espacio y en el tiempo— su enfoque historiográfico liberador. Valle Gran Rey. La Guerra del Agua (Centro de Estudios e Investigaciones Oroja, 2024) es un brillante trabajo colectivo de Luis Jerez Darias, Miguel Ángel Hernández Méndez y Juan Montesino Barrera que deletrea menudamente un tembloroso conflicto social por el uso y la gestión del agua, durante la primera posguerra civil, en la herida abierta del barranco de Valle Gran Rey, espacio histórico de vida que —como cada rincón canario en la raja colonial— permanece en el tiempo lleno de ecos de represiones, silencios, dolor y deseos de cambio.
Así surge la Guerra del Agua gomera, como una deriva de las turbulentas circunstancias precedentes que se estiran con la crisis tras la contienda civil, los desastres naturales, la sequía galopante, la precariedad sanitaria, la emigración masiva al sur de Tenerife, las propias dificultades para emigrar a otros puntos históricamente habituales… La oligarquía se envalentona, comienza a denunciar y multar y modifica los horarios de riego en la zona alta de Guadá cuando se reinicia la economía frutera de exportación y, por ende, en las zonas bajas del cauce se ensanchan los terrenos dedicados básicamente al plátano.
Ante esto, hartos y malvivientes, en torno a 1947 los regantes minifundistas de Guadá comienzan a organizarse y determinan «recuperar las dos horas de riego que consideran que les han arrebatado injustamente en el año 1941 y volver a los usos y costumbres tradicionales en cuanto al riego» (p. 87). Así como el patrón de abuso de poder es similar al del motín, también son análogas las maneras de organización del pueblo que se ve clandestinamente de noche para cortar el agua que tenía como destino la zona baja de La Calera; y se llama y avisa, cómo no, con los bucios. Ahora también se detienen a agricultores, se intenta apaciguar la disputa con la autoridad del delegado del gobierno, se consigue liberar a presos… y se instaura una paz que no convence; hasta marzo de 1948, cuando la guardia civil tirotea en dos ocasiones (tras haber sido agredida con piedras, como los antiguos gomeros, según las fuerzas del orden) a un grupo de vecinos y donde hay heridos y una fallecida: Ruperta Cruz Chinea. Por supuesto, se llevan a cabo detenciones de algunas personas, acusadas —cómo no— de agitadoras del cotarro.
Lo sucedido en la Guerra del Agua es un indicador de los primeros síntomas del agotamiento del modelo de gestión territorial explotado bajo el sistema de producción terrateniente, que mantenía a una población, mayoritariamente campesina, en condiciones de pobreza (…).
En un contexto dominado (…) en lo social por relaciones de dependencia y coerción y en lo político por una dictadura, en la que el enfrentamiento al poder significaba represión, cárcel o muerte, toda una comunidad, la constituida por los regantes de Guadá, fue capaz de rebelarse contra la injusticia para defender sus derechos sobre el agua de riego que los terratenientes locales habían alterado unilateralmente en su propio beneficio (pp. 167-168).
En este caso, y como un modo semejante a la quiebra del gánigo en la antigua Rebelión de los Gomeros (gesto alegórico secular de confrontación ante los poderes conquistantes y abusadores), los humildes propietarios recuperaron con su praxis los usos y las costumbres tradicionales del agua para regar: «sus armas fueron la unión y la solidaridad para defender el bien del que dependía su propia subsistencia» (p. 168). Y por todo ello se erigió, como otra marca de rebeldía canaria, la enraizada ermita de San Antonio, hoy símbolo modesto de lucha y promesa de todo un barrio.


Contra la inhibición, el potencial agresivo canario. En el imprescindible Psicología del hombre canario, Manuel Alemán plantea la dinámica histórica canaria en el molde —propio de situaciones desiguales de poder y de colonialismo— del siervo y el señor. Su perspicaz disección infiere que este esquema jerarquizado y violento se dio, hasta la actualidad y con heterogéneos estigmas, desde el mismo proceso de conquista europeo, donde a la mayoría de los indígenas (y su universo de vida) se le quiso adjudicar —y así mayormente se ejecutó— el papel de servidor y esclavo. ¿En todos los casos? No. En la vida pretendidamente uniformada siempre caben y se abren huecos y ranuras, desvíos imposibles de aniquilar por donde poder respirar, al menos supervivientemente. Y en aquella destrozante situación también existieron los alzados, comunidades de guanches que optaron por recluirse en las cumbres antes que acatar la sumisión, incluso con la asunción de terribles dificultades limitantes para poder subsistir.
La clave de este cuadro interpretativo de Alemán Álamo está en que las alzadas y los alzados hoy (así fueron igualmente llamadas algunas resistencias en La Palma tras el golpe ilegal franquista), si tomados en cuenta fueran con voluntad y actitud liberadoras, analogizándolos con conflictos actuales, se pueden encarnar en modelos de conducta rebelde proclives para desparasitar la actitud pasivo-receptiva inoculada en bloque sobre las mayorías sociales de las Islas, por cada una de tantas personas canarias. Digamos que la actitud alzada —libremente elegida, en variados modos y medidas, dada la situación estructuralmente opresiva de nuestras dinámicas seculares— es una inyección y una complementación inmejorables para comenzar a caer en la cuenta de que no todo en nuestra historia fue silencio, inacción y mutismo; para engrasar de alegría e ímpetu el sí mismo y poco a poco ir desenfermándonos de los complejos y las taras que la mayoría ha asumido por medio de su violenta instrumentalización histórica (humanos tratados cual yunta, arado u objeto útil para la producción, sin pensamiento ni inteligencia); las mismas tesituras que han conformado nuestra tendencia a la indolencia, la inferiorización y la inhibición.
Sin embargo, y a pesar de todo, la historia está llena de testificaciones (desde la necesidad y contra las injusticias, a veces desde la mera supervivencia) donde se demuestra que también la persona canaria puede optar por un ademán activo «que le moviliza, le lanza y le capacita para afrontar la vida» y sus deseos (p. 143); esto es, hitos pasados en los que ha roto la imposición opresiva y colonial de quienes quisieron anular e hipertrofiar su capacidad de respiración, su propia condición de humanidad. Esa es la agresividad de la que Manuel Alemán nos habla. Defensa ante ataques piráticos, motines varios en una y otra esquina, protestas populares en Las Palmas y Tenerife por variados impuestos, causas obreras del XIX, huelgas portuarias o en sectores como el tomate o el plátano, de lecheros y panaderos, feministas, anticoloniales y descoloniales, contra la OTAN, antipetroleras, Canarias tiene un límite… Así, nos lo explica Alemán recortando la tendencia perversa a la naturalización y eternización que proclaman las mitologías dictatoriales y opresivas: «nuestro pueblo es ciertamente un pueblo inhibido. Pero la inhibición no significa carencia de potencialidades. Es, al contrario, un potencial al que no se le ha posibilitado expandirse, manifestarse, realizarse».
Por tanto, de lo que se trata es de asumir desde hoy una actitud conscientemente alzada que se inyecte de ejemplos y referentes (cercanos a las particularidades familiares, municipales, insulares… de cada cual) donde canarias, canarios y canaries han abandonado la pasividad y la sumisión, dando cauce a sus aspiraciones y afrontando su fuerza de vida, de felicidad y de esperanza desde esos propios hitos de afortunada y curativa agresividad. Es una posición anhelada que, si honda se quiere, ha de asumirse así —dialécticamente apuntando al futuro desde el pasado doloroso— por quienes intentamos derrocar liberadoramente desde Canarias la pobreza secular, o sea, quienes optamos por confrontar con todas las opresiones y violencias coloniales (territoriales, clasistas, sexistas, capacitistas, raciales…) para el intento de mejora de la existencia (íntimo-colectiva).
Para nosotrxs, que hemos elegido vivir y ejercer nuestras luchas diarias desde las Islas Canarias, momentos claves como la Rebelión de los Gomeros, el Pleito de La Aldea o la Guerra del Agua de Valle Gran Rey serán ánimo y aliciente inspirativos de acción. La gama de mojones agresivamente justos de nuestra historia no es corta, y como gesto antiunificador y desmitificante cada persona es libre de reforzarse con los que más se identifiquen: los vientos de fhondo aquí son todos relevantes y paralelos. Para alguien que, como yo, fue criado en el aruquense barrio de La Goleta, y que aprendió críticamente valores de justicia en aquel contexto, durante la adolescencia, los acaecimientos del motín de Arucas obtienen —con sus potenciales mecanismos de fuerzas utópicas para la lucha— una posición privilegiada, una autoridad especial como guía del pasado que pervive corpomentalmente transformada en mí para seguir agrietando, esperanzadamente, nuestro presente y nuestro futuro próximo.
