Gran Canaria, primero de noviembre de 1883. La noche había comenzado como tantas otras. Un paseo en carruaje, en apariencia inocente, parecía la ocasión perfecta para que dos jóvenes enamorados pudieran disfrutar de unas horas juntos, lejos de la vigilancia y el rigor familiar. Pero en la sociedad canaria de finales del siglo XIX, un encuentro amoroso fuera de la mirada pública podía tener consecuencias que hoy resultarían difíciles de imaginar.
Para Manuel Pícar y Morales (1855-1930), un joven alférez de Artillería de 27 años, natural de La Laguna (Tenerife), aquella salida estaba a punto de cambiarlo todo. Su acompañante era María de los Remedios del Río Falcón, una joven vecina de la ciudad, hija de José del Río León y de Ana Falcón Bethencort, con la que mantenía relaciones «lícitas» desde hacía aproximadamente nueve meses.
Pícar estaba profundamente enamorado de ella y, según declararía posteriormente, veía en María a la mujer con la que quería compartir su vida. Decía sentir por ella un cariño extraordinario, nacido de sus «excelentes dotes y cualidades morales». El problema era que María seguía viviendo en casa de sus padres. En aquella sociedad, salir con un hombre sin su permiso ya podía resultar comprometedor; hacerlo a solas, fuera de casa y sin la compañía de una hermana, una amiga, una criada o cualquier otro familiar —una carabina, como diríamos hoy— podía tener consecuencias mucho más graves que una simple reprimenda. Lo que estaba en juego era el honor y, con él, la reputación de una mujer.

Nueve meses de amor. Manuel Pícar no ocultó sus sentimientos. Y había tomado una decisión. Quería casarse y compartir su amor con el mundo. Pero convencer a María para dar determinados pasos no resultaba sencillo. El joven militar reconocería que en numerosas ocasiones le había propuesto que saliera de la casa de sus padres. Ella se había negado siempre y, según sus palabras, incluso se había mostrado ofendida ante aquellas propuestas, pues no se atrevía a desafiar las iras de su madre Ana Falcón. Hasta que llegó aquella noche.
Después de muchas súplicas, María finalmente accedió a salir. No pudo dominar su corazón cuando lo vio atravesar la calle de Vegueta con una determinación demasiado ostensible y la invitó a salir. El motivo era, aparentemente, sencillo: un ligero paseo en carruaje, una auténtica cita romántica. Nadie podía imaginar en aquel momento que aquel paseo acabaría convirtiéndose en un asunto de honor. Porque el carruaje no regresó cuando estaba previsto. La pareja prolongó el recorrido hasta llegar a Santa Brígida. Lo que para ellos podía haber sido simplemente unas horas robadas a las estrictas costumbres de la época para mantener una conversación íntima adquiría, desde la perspectiva social de entonces, una dimensión completamente diferente.
Pícar lo reconocería con una frase que ha quedado registrada en el documento: «so pretezto de un ligero paseo en carruaje lo prolongaron hasta este pueblo, sin prever las graves consecuencias de tal dezacierto».
Una sociedad que vigilaba a las mujeres. Para entender aquellas palabras hay que viajar mentalmente hasta la Gran Canaria de fines del siglo XIX. Una joven soltera de una familia respetable y devota estaba sometida a unas reglas sociales mucho más estrictas que las actuales. Los encuentros con hombres podían estar vigilados por padres y familiares y la reputación femenina constituía un patrimonio familiar. Una salida prolongada, a solas, era considerada poco decorosa si la relación todavía no estaba reconocida o si daba apariencia de una fuga o un encuentro íntimo, y, por supuesto, podía alimentar rumores. Y los rumores podían convertirse en un problema serio. Por eso aquella noche no terminó simplemente con el regreso de los dos jóvenes.
Al día siguiente, el joven oficial podía haber guardado silencio. No lo hizo. Sabía que aquella conducta irregular pudiera causarle inquietudes morales, pues había comprometido públicamente la reputación de la muchacha. Aquel 2 de noviembre de 1883, se presentó ante un escribano de la ciudad y explicó lo sucedido en una escritura. Y sobre todo dejó clara una cosa: quería casarse con María de los Remedios, de 24 años. Pícar afirmó que siempre había pensado en el matrimonio y que estaba «dominado por el mucho amor» que le profesaba.
Pero hubo algo más. El alférez comprometió su honor. Aseguró tener «palabra de hombre honrado» y se comprometió a realizar el matrimonio tan pronto como se tramitaran con diligencia los procedimientos necesarios. Aquellas palabras tenían un enorme peso en la sociedad de entonces. No era solamente una declaración de amor. Era una promesa pública. Pícar no hizo aquella declaración completamente solo. Junto a él estuvieron como testigos el teniente de Artillería Benjamín Andrés Moreno y José Pérez Alejos, vecinos de la ciudad y cómplices de aquel noviazgo furtivo. La presencia de sus compañeros mílites daba aún más solemnidad al compromiso. El joven militar estaba diciendo, ante terceros, que asumía la responsabilidad por lo ocurrido y que su intención no era otra que convertir aquella relación en un matrimonio. El paseo que podía haber provocado un escándalo encontraba así una salida aceptable para las convenciones sociales de la época.
Hay un detalle especialmente significativo en toda esta historia. María había sido quien, según el relato de Pícar, se había resistido durante meses a salir de casa con él. Y cuando finalmente aceptó, el paseo terminó llevándolos mucho más lejos de lo previsto. No sabemos qué ocurrió durante aquellas horas. El documento no lo cuenta. Tampoco sabemos qué pensaron exactamente los padres de María cuando supieron que su hija había llegado hasta Santa Brígida a solas con un hombre. Lo que sí sabemos es que al día siguiente Manuel Pícar sintió la necesidad de dar explicaciones y comprometer públicamente su futuro. Y es que, en aquel mundo, el amor podía ser privado, pero el honor era público. Contra todos los temores, fue allí donde se desataron todos los nudos de la situación.

El desenlace. La promesa no quedó en palabras. Apenas quince días después, el alférez Manuel Pícar contrajo matrimonio en la parroquia de San Bernardo de Las Palmas, el 19 de noviembre de 1883, con su amada María de los Remedios del Río Falcón, de cuya unión no hubo descendencia. Así que aquel episodio terminó teniendo el desenlace que el joven alférez había anunciado. El carruaje que aquella noche había abandonado la ciudad con dos jóvenes enamorados regresó a la historia convertido en algo más que un simple medio de transporte. Fue el escenario de un momento decisivo. Una joven había aceptado salir de casa. Un hombre había prolongado el paseo. Y al día siguiente tuvo que poner sobre la mesa lo más valioso que podía ofrecer en aquella sociedad: su palabra.
La historia de Manuel Pícar y María de los Remedios no es solamente una historia romántica. Es también una pequeña ventana abierta a la vida cotidiana de la Gran Canaria del siglo XIX. Nos habla de los noviazgos vigilados, de las diferencias entre hombres y mujeres, de la importancia de la reputación y de una sociedad en la que el matrimonio funcionaba como garantía de respetabilidad.

Pero, sobre todo, nos permite contemplar algo profundamente humano. Detrás del uniforme de aquel joven alférez de Artillería había un hombre enamorado. Llevaba nueve meses cortejando a una mujer a la que admiraba. Ella se había resistido a salir de casa con él. Finalmente aceptó un paseo. El paseo se alargó y ambos acabaron en la entonces Vega de Santa Brígida. Al día siguiente, Pícar tuvo que explicar su conducta. Y lo hizo apelando al amor y al honor.
Estaba dispuesto a responder por ella. Y aquel paseo en carruaje terminó llevando a los dos jóvenes hacia el destino que Pícar había defendido desde el principio: el matrimonio. Poco después, recibió Manuel la orden de partir hacia un conflicto bélico. Inquietos por nueva separación, Manuel tuvo al poco tiempo que abandonar la isla para participar en la III Guerra Carlista, y luego en la guerra de Filipinas. En 1891 será destinado, ya con el grado de teniente, a Ronda (Málaga). Pasará a la reserva en 1902, con el grado de capitán, retirándose definitivamente en 1915. Dotado de una vasta cultura, Pícar se convirtió en el primer cronista oficial de la Villa de Teror, en donde residió durante algunos años. Dicho título le fue otorgado, el 28 de noviembre de 1904, en reconocimiento a un artículo publicado en la Revista de El Museo Canario, con el título de «A Teror. Gratitud». Una calle de la villa mariana lleva su nombre. Pero Manuel Pícar también practicó con gran maestría la pintura, la escultura y el dibujo hasta que murió en su casa del pago de Tafira el 10 de julio de 1930 cuando contaba con 75 años de edad. Había sido uno de los más singulares representantes del modernismo insular y «dejando tras de sí un legado cultural no suficientemente valorado por las generaciones presentes de terorenses y canarios», tal y como afirmara su biógrafo e historiador Gustavo A. Trujillo Yánez.
Para saber más:
-Archivo Histórico Provincial de Las Palmas. Legajo 3.489, del año 1883.
-Santana Domínguez, J. F. (2009). Manuel Pícar y Morales: Un polifacético modernista canario. Mercurio Editorial.
-Trujillo Yánez, Gustavo A (2011). Manuel Pícar y Morales, artista inédito. Anroart Ediciones.
Agradecimiento a Juan Gómez-Pamo Guerra del Río por las fotos de los personajes.
