Revista n.º 1151 / ISSN 1885-6039

Gabriel Duque Acosta (1930–1987): vida y legado de un humanista (I)

Miércoles, 27 de mayo de 2026
José Guillermo Rodríguez Escudero
Publicado en el n.º 1150

Médico de profesión, alcalde de la ciudad y activo participante en la vida política, cultural, religiosa y festiva, su trayectoria permite observar la convergencia entre lo profesional, lo público y lo devocional. Un auténtico ilustrado del siglo XX.

Gabriel Duque

La excepcional figura de Gabriel Duque Acosta (1930–1987) se inserta de manera destacada en la historia contemporánea de Santa Cruz de La Palma como ejemplo de articulación entre vocación médica, compromiso cívico y sensibilidad cultural. Médico de profesión, alcalde de la ciudad y activo participante en la vida política, cultural, religiosa y festiva, su trayectoria permite observar la convergencia entre lo profesional, lo público y lo devocional en el contexto insular del siglo XX.

Gabriel Duque Acosta nació en Santa Cruz de La Palma el 15 de junio de 1930. Sus padres eran Dionisio Duque Fernández y María Acosta Hernández. Vivió su infancia en el seno de una familia marcada por las dificultades políticas de su tiempo, un contexto que, lejos de frenarlo, despertó en él desde muy temprana edad una profunda pasión por el estudio y la lectura que lo acompañaría toda su vida. Cursó el Bachillerato en el antiguo Instituto Nacional de Enseñanza Media de la calle Real, donde ya despuntaba una inteligencia fuera de lo común: obtuvo matrícula de honor en todos los cursos y una calificación extraordinaria que anticipaba su brillante porvenir. En el examen de Estado celebrado en La Laguna (Tenerife), fue distinguido con el Premio Extraordinario, confirmando así una trayectoria académica impecable.

Prosiguió sus estudios de Medicina en la Universidad de San Carlos de Madrid, donde culminó su formación en 1957 con una brillantez que dejó huella. Durante esos años, se formó como interno en la Cátedra de Patología Quirúrgica del profesor Martín Lagos, y amplió su saber en cursos especializados de Microbiología y Parasitología con el profesor Matilla, de Patología General con el profesor Bermejillo, así como en Investigación Criminal en la Escuela de Medicina Legal. En 1958 completó el Curso Médico-Quirúrgico de Patología del Aparato Digestivo en el Hospital Provincial de Madrid, bajo la dirección del profesor Jiménez Díaz y el doctor Carlos González Bueno.

De vuelta a La Palma, cumplió con sus prácticas de milicia como alférez de complemento en el Arma de Infantería, integrado en el Batallón La Palma, en 1958. Al año siguiente, inició su vocación de servicio público al asumir la Secretaría de la Asamblea Insular de la Cruz Roja, institución que más adelante llegaría a presidir. Su compromiso con la vida pública continuó creciendo: en 1961 fue nombrado consejero del Excmo. Cabildo Insular de La Palma y, en 1964, alcalde de Santa Cruz de La Palma, responsabilidad que ejerció hasta 1970. Asimismo, desempeñó el cargo de concejal por el tercio de entidades culturales, consolidando una trayectoria marcada por la dedicación y el servicio a su comunidad.

Duque, con gafas, entre sus compañeros del instituto

Brillantez académica y genio precoz. El ilustre profesor Antonio Manuel Díaz Rodríguez (1929–2011) recordaba que Gabriel había sido uno de los once compañeros que permanecían en séptimo curso de los treinta y seis que habían iniciado el bachillerato en 1941. Corrían tiempos difíciles y algunos habían sufrido en carne propia sus consecuencias. El plan de estudios de 1938, impulsado por el ministro Ibáñez Martín —siete cursos de denso contenido—, era muy exigente. Según sus palabras, se decía de él que cualquier alumno que hubiera alcanzado siquiera el cuarto curso y, ya adulto, recordara lo aprendido, sería un erudito. Gabriel y Antonio Manuel compartieron una amplia nómina de profesores y experiencias que influyeron de manera decisiva en su formación.

Un conocido suyo solía evocar una anécdota reveladora. Corrían los años ochenta, hace ya más de cuatro décadas, cuando en una reunión entre amigos surgió una conversación aparentemente trivial sobre cómo calcular un volumen. Lo que parecía un simple ejercicio derivó en algo muy distinto: Gabriel, con absoluta naturalidad, comenzó a resolverlo recurriendo a derivadas e integrales, prescindiendo incluso de calculadora. Lo hizo con tal soltura y precisión que transformó aquel momento cotidiano en una pequeña exhibición de ingenio, dejando a todos los presentes absortos y admirados. Uno de los presentes, maestro, al ver aquella soltura matemática, no pudo evitar la sorpresa y le preguntó: «Gabriel, ¿todavía te acuerdas de eso después de tantos años?». Y con su clásica sonrisa serena, respondió sin dudar: «¡Claro que sí!».

Gabriel recordaba con especial cariño a su profesor de Latín y, posteriormente, de Literatura, José Pérez Vidal (1907–1990) —etnólogo, escritor y folklorista—, cuya bonhomía y humanidad le granjearon el respeto y la admiración de sus alumnos. Tanto Gabriel como Antonio Manuel bien pudieron haber heredado estas cualidades. Don José debió de percibir algo especial en Gabriel y en el reducido grupo de su curso, pues entre profesor y alumnos se estableció una complicidad tácita. En clase se hablaba del pasado cultural de la ciudad y de la isla, así como de los numerosos periódicos que circulaban entonces. De esa relación surgió la idea de crear un rotativo artesanal, titulado Cristal y roca, una suerte de boletín escolar elaborado por los propios estudiantes, con el propósito de despertar el entusiasmo de profesores y alumnos. Gabriel formaba parte del selecto grupo de cinco redactores que desempeñó un papel decisivo en la preparación del primer número. Lamentablemente, la publicación no obtuvo el permiso del gobernador civil y los ejemplares ya impresos no pudieron distribuirse, lo que provocó un profundo desánimo.

Se decía que no había arte ni disciplina que escapara al dominio de Gabriel, favorecido por una memoria prodigiosa y una capacidad de retención casi sobrenatural. Pérez Vidal le inculcó la pasión por la lectura como fuente esencial del conocimiento. Esa semilla germinó en él hasta convertirlo en un referente de curiosidad intelectual permanente. Gabriel puede describirse como un auténtico ilustrado del siglo XX.

Un alto en el camino: el paréntesis madrileño. Pero también corría el rumor de que tanta lucidez tenía su precio: a veces, su mente, saturada de saber, se nublaba por instantes, como si el exceso de ideas le arrebatara el hilo de la realidad. Eugenio Abreu, íntimo amigo de Dionisio, solía aconsejar que lo dejaran en paz, que Gabriel necesitaba espacio, aire, libertad para descomprimir su vasto universo interior. Así fue como recaló en Madrid durante un año sabático.

Allí, movido por su espíritu inquieto, encontraba refugio en unos descampados tras el estadio Bernabéu, donde hacía girar en el cielo pequeños aviones en la modalidad de Vuelo Circular, trazando círculos perfectos como pensamientos ordenados en el aire. La aviación no era solo una afición: era una extensión de su mente. Manitas incansable, llegó incluso a construir alguna aeronave a partir de planos, calculando con precisión la capacidad de sus depósitos mediante integrales y derivadas, como si las matemáticas fueran el idioma natural de sus manos. Cuando alguien, todavía sorprendido, se atrevía a preguntarle de dónde sacaba tanta precisión y memoria, la respuesta brotaba sin titubeos entre quienes lo conocían bien: «Gabriel es un coco». Y no dejaba de tener gracia que un vecino veterano del barrio de San Telmo, al evocar a aquel querido médico, repitiera una frase casi convertida en lema: «¿Que no sabes eso? Pues ¡pregúntaselo a don Gabriel!». Porque, en el fondo, así lo veían todos: un auténtico diccionario con piernas, siempre dispuesto a ofrecer la palabra justa, el dato preciso.

De acuerdo con Toledo Trujillo y Hernández de Lorenzo Muñoz, miembros de la Sociedad Canaria de Historia de la Medicina, Gabriel inició su ejercicio como médico general en un despacho ubicado en su domicilio familiar, en la calle San Telmo —denominada oficialmente calle Navarra durante buena parte del siglo XX—, señalado entonces con el número 8 y posteriormente renumerado como 14. Él mismo atendía, a solas, en su despacho, sin auxilio de enfermeros, ubicado a la derecha al entrar en la casona; contiguo, una pequeña sala de espera y, más adentro, una camilla donde recostar a los pacientes, junto a un sobrio escritorio. Aunque no siempre, la mayoría de los vecinos que cruzaban el umbral, asustados y temblorosos, barruntando lo peor, salían de allí reconfortados.

El fallecido cronista Jaime Pérez García —uno de sus compañeros de estudios— señalaba que el inmueble que habitaba correspondía a la antigua Casa Pérez de los Reyes —hoy conocida como Casa de don Gabriel, en homenaje a su memoria—, levantada sobre «los solares de varias fincas independientes adquiridas en la primera mitad del siglo XVII por el portugués Juan de Flota, piloto de la carrera de Indias». A lo largo de los siglos, sus muros han sido testigos del paso de linajes distinguidos, custodios de su historia hasta llegar a nuestros días. En la actualidad, según evocan las propias palabras de sus actuales dueños en las redes sociales, la casa —de paredes encaladas y maderas teñidas de verde— ha renacido como un refugio para huéspedes, un lugar de descanso «para creativos, curiosos y amantes de la historia», donde el tiempo parece entrelazarse con la imaginación. Muchos han sido sus visitantes atraídos por el susurro del pasado que aún habita en sus estancias.

Para el facultativo Miguel Henríquez, Gabriel fue su médico de cabecera y una figura profundamente influyente. En su recuerdo destacaban sus extraordinarias cualidades humanas: su capacidad para escuchar, la cercanía que generaba al atender el relato de la enfermedad y el clima de confianza que lograba crear con cada paciente. Considera, además, que fue pionero en su tiempo al ir más allá de lo puramente estructural u orgánico, identificando dolencias cuyo origen se encontraba en factores psicosomáticos ligados a la vida cotidiana, las experiencias personales y los problemas familiares. Su ejemplo resultó decisivo para él, al encarnar con claridad lo que hoy entendemos como un verdadero médico de cabecera o de familia. Su admiración y aprecio perduran hasta hoy.

Gabriel Duque pronto destacó no solo por la solidez de su formación, sino también por la cercanía y generosidad con las que trataba a sus pacientes. Reservado por naturaleza, este apreciado médico poseía, sin embargo, un don singular: una sencillez y una amabilidad que impregnaban de afecto su trato tanto con allegados como con pacientes. En efecto, su labor sanitaria no se limitó al consultorio, sino que se extendió a la atención domiciliaria de numerosos enfermos, a quienes asistía directamente en sus hogares, en muchas ocasiones de forma altruista. Esta actitud le valió el apelativo de el médico de los pobres —como recuerda Manuel Lorenzo Arrocha—, un título que ya había distinguido a Francisco Abreu García (1861–1912) en 1890 por razones similares: su compromiso de no cobrar honorarios a quienes más lo necesitaban, es decir, su profunda vocación humanitaria.

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Duque y el aeromodelismo, con foto de Piñero

Relatos que definen a un médico singular. Se cuenta una anécdota reveladora con uno de sus pacientes, un director de un conocido banco. Llegó a la consulta con el pulso desbocado y el ánimo crispado por el estrés, implorando la ayuda urgente de su amigo y médico. Gabriel lo examinó con calma, como quien no solo ausculta un cuerpo, sino también sus silencios, y finalmente le extendió una receta tan insólita como certera. En ella no figuraban fármacos ni dosis, sino tres palabras: «un avión, un motor y un radiocontrol». Aquella prescripción, más poética que clínica, encerraba una verdad profunda: lo que Domingo necesitaba no era medicarse, sino desprenderse del peso de la rutina, elevar la mente, reencontrarse con el juego y la ligereza. Gabriel no era únicamente un médico de cuerpos, sino un fino intérprete del alma humana, un oyente atento que sabía leer entre líneas y detectar lo que de verdad dolía. Tenía el raro don de ofrecer a cada cual justo lo que necesitaba, incluso cuando eso no cabía en un frasco ni se medía en miligramos. Todo ello refleja una continuidad en el reconocimiento social hacia quienes ejercen la medicina con un espíritu altruista. No en vano, buena parte de la población adulta de la ciudad lo recuerda de ese modo: «Don Gabriel: ¡el médico de los pobres!».

En una ocasión visitó a una señora mayor que, debido a sus dolencias, había perdido la vista. Ella, angustiada, le confesó que sentía que su final estaba cerca. Gabriel la miró con firmeza y le dijo: «¡Usted está bien!». La mujer insistía en su malestar, pero él, con tono solemne, zanjó: «¡Está bien porque se lo digo yo y punto!». Aquella convicción no era gratuita: la señora vivió aún quince años más que él. Otra escena, de la que también fue testigo uno de sus amigos, tuvo lugar en su consulta de la calle San Telmo. La sala de espera estaba llena cuando llegó un hombre mayor, visiblemente agitado. Le cedieron un asiento y avisaron a Gabriel de la urgencia. Al entrar, se percibía que médico y paciente eran viejos conocidos. Tras unos minutos, antes de abrir la puerta, se oyó la pregunta que arrancó sonrisas: «¿Por dónde subiste, por la Cuesta Matías o por la Plaza de Santo Domingo?» —preguntó Gabriel con intención clara—. Y es que la Cuesta Matías era una escalinata empinada, capaz de dejar sin aliento al más valiente, mientras que la Plaza de Santo Domingo ofrecía un acceso llano y mucho más llevadero. «Por la Cuesta Matías», respondió el hombre. Gabriel, con su ironía habitual, replicó: «¡Pero, hombre! ¿Tú crees que a estas alturas estamos para subir por ahí? La próxima vez, vienes por la Plaza de Santo Domingo». Al despedirlo, remató: «¡Anda, que estás mejor que yo!». Y ambos, junto a los presentes, no pudieron evitar sonreír.

Una madrugada, aquejado por un fuerte dolor, Gabriel caminó hasta la farmacia de Argany en busca de alivio. Desde el postigo, pidió un medicamento, pero la auxiliar —nueva y sin reconocerlo— le indicó que necesitaba la receta. Sin perder la calma, abrió su cartera, sacó su talonario y la escribió en el acto. La sorpresa fue inmediata, seguida de disculpas. Pero el dolor apremiaba. Duque, con su habitual determinación, pidió que le abrieran la puerta y, ya dentro, se administró él mismo la medicación —inyectándosela— para acelerar el efecto. Una escena que reflejaba, una vez más, su sangre fría y su dominio absoluto de la situación, incluso siendo paciente.

Sus compañeros aeronáuticos recuerdan cómo, en los ratos de esparcimiento en el Aeropuerto Viejo, mientras Gabriel disfrutaba volando aeromodelos con el grupo de amigos, no era raro que algunas personas se acercaran para pedirle que atendiera a familiares enfermos en ese mismo instante. Gabriel, con calma pero con claridad, explicaba que si se trataba de una urgencia real debían acudir directamente a urgencias, ya que él necesitaba recoger su material, volver a casa y organizarse para poder atender correctamente. No siempre era bien comprendido, pero la situación era evidente: aquel era su tiempo libre, después de una semana en la que prácticamente estaba disponible las 24 horas. Una forma honesta y firme de poner límites, sin dejar de lado su compromiso habitual con los demás.

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