En el corazón de Santa Cruz de La Palma, donde la historia se entrelaza con la devoción, pervive —aunque hoy en silencio— una de las manifestaciones religiosas más antiguas de la isla: el Cristo de la Portería. Su origen se remonta a los albores mismos de la presencia castellana, cuando el Adelantado Alonso Fernández de Lugo (1456-1525) mandó erigir, el 3 de mayo de 1493, una pequeña ermita dedicada a San Miguel Arcángel. Aquel modesto oratorio, sostenido con una renta perpetua, fue durante décadas un punto de recogimiento y oración.
Con el paso del tiempo, en 1530, la ermita cambió su destino. Fue cedida a la orden de los dominicos, que eligieron aquel enclave para levantar su convento y un nuevo templo de mayores dimensiones. Se obtuvo el agua y los terrenos inmediatos al recinto sagrado. El lugar creció, se transformó, y la antigua ermita quedó integrada en el conjunto conventual, denominándose San Miguel de las Victorias, patrón de La Palma. La imagen del arcángel fue trasladada a la nueva iglesia, mientras que en el muro desnudo del viejo edificio comenzó a tomar forma otra presencia: la de Cristo crucificado. Desde entonces, aquella construcción dejó de ser simplemente una ermita para convertirse en la entrada de las dependencias conventuales, en su portería. Y el Cristo pintado en su pared, nacido sin alardes ni pretensiones, pasó a ser conocido con el nombre que el pueblo le otorgó con cariño: el Cristo de la Portería.
Sobre el patronato de este oratorio ha habido disparidad de criterios. Algún historiador se lo ha aplicado al antiguo Cabildo de La Palma (hoy Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma), y otros a los descendientes del Adelantado (primero, a través de Porcia Magdalena de Lugo, Duquesa de Terranova, a los Príncipes de Asculi, y después a la Casa de los Condes de Tahara y Torralba).

Origen legendario y devoción popular. Pero aquella no fue una imagen cualquiera. La tradición, transmitida de generación en generación, cuenta que su origen está envuelto en lo sobrenatural. Un fraile dominico, habituado a la oración silenciosa en aquel lugar, tuvo un día una visión extraordinaria: Cristo aparecía ante él, clavado en la cruz, como si la pared misma se hubiera convertido en escenario de lo divino. Conmovido por la experiencia, el religioso quiso fijar aquel instante para siempre. Sin ser pintor, ni poseer grandes habilidades, tomó los medios que tenía a su alcance y dio forma al mural. Así, según la creencia popular, nació una imagen que pronto sería considerada milagrosa.
La devoción no tardó en arraigar profundamente entre los palmeros. Durante siglos, acudir al Cristo de la Portería fue un gesto casi obligado, especialmente en los días de la Semana Santa. Primero en la mañana del Jueves Santo, más tarde en la del Miércoles, los fieles se acercaban en silencio para rezar, ofrecerle flores, agradecer favores recibidos o cumplir promesas. Aquella capilla, sencilla y recogida, se convirtió en testigo de innumerables plegarias, de lágrimas discretas y de esperanzas depositadas en la imagen de un Cristo ya muerto, con la cabeza inclinada hacia su costado derecho. Estas piadosas visitas de los devotos se interrumpieron por quedar la capilla del Cristo inaccesible. Sin embargo, en la mente de todos quedó impresa aquella ancestral devoción, de tal manera que llegó a ser muy común en muchas casas el tener una fotografía del Cristo milagroso. Tampoco fue olvidado por Luisa Francisca Corral, esposa del alférez Juan Lorenzo Sicilia, al otorgar su testamento ante el escribano Antonio Vázquez, donde claramente ordena que se dijera misa ante el Cristo de la Portería.
Junto a esta dimensión espiritual, la Portería también fue escenario de gestos de caridad. En el siglo XVIII, la patricia Francisca Santos Durán, una mujer de profunda sensibilidad social, instituyó una fundación piadosa para repartir pan entre los más necesitados, elaborado con trigo y centeno, que se distribuía precisamente en aquel lugar. Así, la devoción se unía a la solidaridad, reforzando el vínculo entre el Cristo y el pueblo. Así consta en su testamento datado el 2 de junio de 1710.

Descripción, pérdidas y testimonios históricos. La pintura mural al temple representa a Cristo, ya muerto, cuya cabeza está desplomada sobre su costado derecho. Pese a su aparente sencillez, conserva rasgos de notable antigüedad. Aún pueden distinguirse la corona de espinas y la inscripción INRI en la cartela superior, así como el modo en que el paño de pureza parece moverse en el aire, un recurso característico de la pintura de los siglos XV y XVI. Bajo la figura, una inscripción en latín recordaba el espíritu de la Orden de los Predicadores: Laudare, benedicere et praedicare (traducido del latín: alabar, bendecir y predicar). Todo en él hablaba de fe, de tiempo y de permanencia.
La desamortización de los bienes eclesiásticos se materializó en nuestra ciudad a partir de 1821, después de la autorización papal de Pío VII, cuya Bula fue fechada en Roma el 26 de junio de 1818 y el Real Decreto de Su Majestad, dado en Madrid el 5 de agosto del mismo año. Sin embargo, la historia no siempre fue benévola con este espacio. Con la desamortización del siglo XIX, muchos bienes eclesiásticos fueron inventariados y dispersados. Se sabe por un inventario de los fabulosos bienes eclesiásticos del 12 de enero de 1821 que la capilla albergaba otras pinturas —como las de la Dolorosa y san Juan— que desaparecieron con el tiempo, dejando al Cristo como único superviviente de aquel conjunto. La Virgen Dolorosa y el Apóstol se hallaban a ambos lados del Señor, enmarcadas dentro del retablo allí existente. También había un frontal de madera con las pinturas de san Luis Beltrán y santo Tomás, en análoga forma que las anteriores. Sin embargo, sin ser la del Crucificado, actualmente ninguna de estas se conserva.
Entre las descripciones más detalladas del cenobio dominico, está la que escribió Charles Edwardes en sus Excursiones y estudios en las Islas Canarias, cuya primera edición vio la luz en Londres en 1888: «(…) se podían contemplar un pequeño y refrescante jardín de palmeras y naranjos, generos y rosas, en cuyo centro se erigía una fuente de mármol. Al otro lado se hallaba el antiguo refectorio del convento, con un deteriorado fresco de Cristo en la cruz en un extremo». Para algunos historiadores, entre los que se encuentra el desaparecido investigador y artista Alberto-José Fernández García, la figura tiene cierta similitud con la que aparece bordada en un banderín que perteneció a don Juan de Austria y que se conserva en la Armería Real de Madrid. La forma en la que se pintó el perizoma o paño de pureza, flotando en el aire, constata su antigüedad. Los pintores de los siglos XV y XVI así lo reflejaban en sus obras.
Existió otro mural al dorso de la pared donde está pintado el Crucificado. Daba a una antigua dependencia conventual pero, debido al desplome del techo de su habitación y de las inclemencias del tiempo, acabó por desaparecer en los años treinta del siglo pasado.

Siglos XX-XXI: intervenciones, conflictos y estado actual. El Cabildo Insular adquirió el antiguo convento dominico para fabricar sobre su solar el Instituto de Segunda Enseñanza. En sesión de dicha corporación insular de 17 de octubre de 1931 se dio cuenta del telegrama que había enviado desde Madrid el diputado palmero Alonso Pérez Díaz en el que informaba de su aprobación por el Consejo de Ministros. Este instituto, que inició su andadura en septiembre de 1932 examinando al alumnado del Colegio de Segunda Enseñanza de Santa Catalina —fundado en 1868—, se había instalado en un edificio alquilado por el Cabildo en la calle O’Daly de la capital palmera. Justo después, en 1933, fueron adquiridos los terrenos donde se ubica en la actualidad, en la conocida como Huerta de Santo Domingo, donde se situaba, desde el siglo XVI, el convento de dominicos que, además de labores religiosas, se había dedicado a la cultura y la enseñanza.
La primera institución insular había adquirido por compraventa mediante escritura pública el 29 de abril de 1933 la capilla del Cristo y la torre de la iglesia de Santo Domingo (s. XVIII). Existe otra referencia que informa de que ambos inmuebles ya habían sido adquiridos por el Cabildo de La Palma, por escritura notarial, al sacerdote Carlos Gardeazábal en 1932. La Guerra Civil (1936-1939) y otras cuestiones retrasaron hasta 1960 la finalización de las obras de construcción del edificio, diseñado por Amós Salvador. Una vez terminadas, el instituto se trasladó desde la calle Real a las nuevas instalaciones en enero de 1961. En el proyecto inicial de las obras de acondicionamiento se contemplaba demoler la pared que alberga el mural del Cristo de la Portería; sin embargo, las dudas morales de los operarios llevaron a replantear la intervención. Las autoridades incluso habían considerado cambiar de ubicación el mural para poner fin a esa situación inusual y a la polémica asociada. Cabe recordar que, aunque el gobierno de aquella época no se adhería oficialmente a una creencia religiosa, existían diferentes opiniones entre algunos de sus dirigentes sobre el asunto. Finalmente, los fieles se opusieron al traslado por el riesgo que el mismo implicaba para la integridad del milagroso mural. Se dieron múltiples razonamientos, disputas y criterios. Al no lograr un acuerdo, volvió a imponerse la decisión inicial: demoler el recinto y hacer desaparecer la pintura. Esta determinación contundente provocó el descontento entre muchas familias.
Llegó el día marcado para la demolición. En la plaza se fue congregando un gran número de personas, mientras el reloj marcaba las primeras horas de la tarde. Uno de los presentes exclamó: «¡Al Señor no lo tocan, al Señor no lo tocan!». Efectivamente, al Cristo no lo tocaron. Se interpretó como una señal divina el hecho de que el maestro de obras, en ese preciso instante, resbalara del pequeño tejado que cubría la pintura y quedara suspendido, aferrado por su cinto a un hierro. Este suceso inesperado llenó de miedo a las autoridades y a los trabajadores, por lo que se respetó al Cristo y los planos se vieron obligados a sufrir importantes modificaciones.
A lo largo de las décadas siguientes, el mural sobrevivió entre intentos fallidos de restauración, decisiones controvertidas y actuaciones poco afortunadas. Se llegó incluso a levantar un muro semicircular frente a la pintura, ocultándola parcialmente, lo que generó nuevas protestas. También circularon relatos que hablaban de intentos de cubrir o borrar la imagen, siempre con el mismo resultado: el Cristo volvía a aparecer, como si se negara a desaparecer.
En 1969 se llevó a cabo la restauración de una parte del patrimonio artístico de La Palma, gracias a la intervención de Julio Moisés y Pilar Leal, con la aportación del Cabildo insular. Entre los trabajos previstos se contempló incluir la restauración del Señor de la Portería. Los técnicos no hallaron dificultad alguna pero, debido al escaso tiempo disponible, solicitaron la colaboración de Alberto-José Fernández García para acelerar su terminación. Para estas labores era necesario desalojar los andamios situados dentro de la pequeña capilla. Fernández García señaló que quienes debían gestionar la cuestión no lograron actuar con la debida rapidez, de modo que los restauradores no pudieron realizar la labor encomendada y se desplazaron a Tenerife para continuar con otros trabajos. El propio Alberto-José indicó que la restauración del mural no ofrecía complicaciones, aparte de las habituales propias de la materia.
Fernández García, en junio de 1973, publicó recomendaciones para considerar una posible restauración de la capilla. Entre ellas proponía crear un pequeño presbiterio elevado respecto al pavimento, con tres o cuatro escalones. También sugería dejar a la vista toda la pared donde se encontraba la pintura, entonces cubierta por dos muros a los lados del Cristo. Proponía colocar una pila de agua bendita como gesto histórico y sentimental, y recomendaba revisar la verja de la puerta de acceso al oratorio. En cuanto a los materiales para enmarcar la pintura, sugería piedra. Proponía ajustar la mesa de altar, los bancos y arquibancos a las formas del siglo XVI; colocar dos faroles en los dos paños de pared situados a ambos lados del mural y, en el lateral derecho, una pintura de san Miguel, advocación primitiva de la capilla y titular del cenobio dominico. Ya fuera del recinto, junto al arco de medio punto de entrada, consideraba conveniente colocar una lápida que perpetuara el lugar como fundación del conquistador Fernández de Lugo, en honor al Arcángel, patrón de La Palma.

Pese a todo, la devoción nunca se extinguió del todo. Permaneció en la memoria colectiva, en las historias transmitidas, en las fotografías guardadas en las casas. Y, de manera intermitente, la capilla volvió a abrirse en tiempos recientes, permitiendo que nuevas generaciones contemplaran el mural y se reencontraran con esta antigua tradición. Apenas ha estado abierta al público desde entonces, hasta que en diciembre de 2014 la Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico del Cabildo decidió abrirla tras reconvertir su interior para que la imagen pudiera ser contemplada y venerada por el público los jueves y viernes durante todo el año. Más tarde, la Venerable Hermandad de Jesús Nazareno, cuya sede se encuentra en el vecino templo dominico, promovió la rehabilitación de la tradición pasionista, ligada a la devoción, la cultura y el patrimonio capitalino. Consistía en abrir la capilla durante la mañana del Jueves Santo para que los feligreses depositasen flores al Cristo muerto, le elevasen sus plegarias o cumpliesen las promesas por alguna gracia recibida, etc.
Hoy, sin embargo, el Cristo de la Portería vuelve a permanecer oculto, a la espera de una atención que lo rescate del olvido. No es solo una pintura: es un testimonio vivo de la historia de La Palma, una huella de la espiritualidad de su gente, un símbolo que ha resistido al tiempo, a las decisiones humanas y a los intentos de hacerlo desaparecer. Quizá por eso, su historia no se siente como algo concluido, sino como una espera. La espera de que vuelva a abrirse la puerta, de que la luz regrese a la capilla y de que, una vez más, el Cristo de la Portería pueda ser contemplado, no solo como una obra antigua, sino como lo que siempre ha sido: un lugar donde la fe y la memoria se encuentran.
Tras un periodo de desidia en el que volvió a cerrarse, el Cabildo reabrió las puertas de la capilla dentro de la exposición Nuestra Pasión, organizada por las cofradías de la parroquia matriz de El Salvador entre febrero y marzo de 2021. Fue un esfuerzo voluntario de personas vinculadas a dichas hermandades lo que permitió su apertura durante todo ese periodo. En la actualidad el oratorio vuelve a estar inaccesible por el desinterés general, en espera de que se rescate, se mime y se valore, y pueda ser un lugar abierto a perpetuidad para poner en valor y dar a conocer la importante presencia de este mural pictórico en la historia, en el arte y en la devoción de La Palma.
Bibliografía
EDWARDES, Charles. Excursiones y estudios en las Islas Canarias. Las Palmas de Gran Canaria: Cabildo Insular de Gran Canaria, 1998.
HERNÁNDEZ GARCÍA, Alberto-José: «Notas históricas de La Semana Santa en Santa Cruz de La Palma». Diario de Avisos (Santa Cruz de La Palma, 3 de abril de 1963), p. 7.
-Ídem. «El Señor de La Portería». El Día (Santa Cruz de Tenerife, 30 de junio de 1973), p. 4 y 8.
RODRIGUEZ ESCUDERO, José Guillermo. «El Cristo de La Portería». En: Semana Santa [Programa]. Santa Cruz de La Palma, 2004.
Quiero dar un agradecimiento especial a aquellas personas que, con su testimonio oral, han aportado datos para este artículo y que han preferido permanecer en el anonimato.
