Revista n.º 1162 / ISSN 1885-6039

Achuras: la potencia del amor en la poesía de Katya Vázquez (incluye VÍDEO)

Lunes, 27 de julio de 2026
Sandra González Reina
Publicado en el n.º 1159

El pasado 28 de junio, dentro del X Artebirgua Literario, la mesa Poética femenina canaria acercó las figuras de Encarnación Cubas y Dolores Millares (José Miguel Perera), Pino Betancor (Cecilia Domínguez) y Katya Vázquez Schröder, esta última de la mano de Sandra González Reina con el texto que ahora les ofrecemos.

Katya Vázquez con el corazón en sus manos

Dentro de esta mesa sobre Poética femenina canaria, vamos a tratar la figura de Katya Vázquez Schröder, poeta argentinocanaria, docente, investigadora, jiribilla cultural absoluta y la voz poética más joven de las tres que presentamos aquí, con ustedes. Pero no solo esto, sino que, además, participa en esta edición del festival, por lo que tenemos la gran suerte de tenerla por aquí. Este tipo de situaciones, precisamente, son una de las cosas que más interesan sobre profundizar en las voces creadoras emergentes en Canarias, ya que, por un lado, tenemos contacto casi directo; y, por otro, tenemos la certeza de que no es necesario que pasen años y años sobre una autora para trabajarla o admirarla, como es el caso.

Katya nace en Córdoba, Argentina, en 1997. Cursa estudios de Romanística en Alemania. Es investigadora en el área de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de La Laguna. También forma parte de la Sección de Literatura y Teatro del Ateneo de La Laguna. Ha ganado varios premios; ha participado en diferentes antologías como, por ejemplo, Liberoamericanas: 140 poetas contemporáneas o Volcanes interconexos y, por supuesto, ha publicado varios poemarios como Entre los interludios (2019), De pesos (2022) y El corazón es una achura que no se vende (2023), que obtiene el Premio Valparaíso de Poesía. Esta última creación, El corazón es una achura que no se vende, será el foco de nuestra intervención.

Portada del libro de Vázquez Schröder

Para adentrarnos en esta composición, comenzamos por el título del libro centrándonos en el término achura, palabra muy común en Argentina, referida al ganado, a la carne, concretamente a los desechos de la vaca, es decir, las vísceras y en teoría todo aquello que no sirve. El título es realmente un verso de Diana Bellessi y Katya, nuestra autora, ha resaltado en alguna ocasión que desde Canarias el propio rótulo de su obra se concibe, por lo general, con una errata implícita y se coloca casi inmediatamente una “n” sobre el término: anchura en lugar de achura.

Sin embargo, la autora emplea esta palabra precisa para remarcar la idea del corazón o del amor como algo, que al igual que la achura, a priori no sirve, algo que se desecha, pero que, sin embargo, tampoco se vende. Este supuesto error que se percibe desde la mirada externa y no conocedora —el añadir una “n” sobre el término—, me gustaría vincularlo al error —este sí en mayúsculas— sobre la creencia social que muchas veces se tiene del amar como algo inservible. Contradecir esta idea precisamente, creer en la potencia absoluta del amor, ir en contra de ese error impuesto, baña todos los rincones del poemario de Katya.

Los poemas reunidos en esta ocasión se presentan como una especie de liturgia sobre un universo lleno de grietitas desde donde asoman luces a las que una consigue agarrarse para, al fin y al cabo, sanar, reconciliarse con lo que ha sentido o con lo que siente. Aquí el corazón funciona como un mantra, un guineo que una debe repetirse, una forma también de abordar el olvido.

La poesía que nace de este libro se presenta inmensamente corporal, llena de imágenes viscerales, cercana a la oralidad, pegadita a la emoción y con un lenguaje que combina la fragilidad y la fuerza como parte de una misma cosa. Es una exploración sobre cómo seguir apreciando el amor y los vínculos humanos cuando el cuerpo, la memoria y la experiencia ya han conocido la pérdida.

Las penas se colocan como reses en ganchos y es el yo poético quien las ordena en una especie de cajones mentales o cajones en el propio corazón; las ordena por importancia, por tiempo… por peso o corte, si hablásemos realmente de reses. Y entre este orden de cajones asoma uno de los elementos principales de esta obra: el recuerdo.

Intervención de Sandra González, junto a Cecilia Domínguez, en el X Artebirgua Literario

Hay una revisión de episodios llenos de recuerdos con los que el sujeto literario lucha y se autoconvence de que siempre sirven para algo, ninguno de ellos es en vano. Hay cielos que se caen diariamente, charcos marrones de nostalgia, autoengaño, cuestionamientos sobre la pérdida de tiempo, magma dormido, pensar internamente qué pensará el otro, hacerse chiquitita con las palabras del otro, sentirse como una rama que tiembla al presentir el nombre del otro. Así, el recuerdo va de la manita de otro gran elemento como es el arrepentimiento y la idea constante de poder acabar con él, pegarle fuego, dejar de sentirlo, dejar de sentir en general.

Las menciones a la muerte en el desamor son muy frecuentes dentro del plano literario y en esta creación cobran aún más sentido por haber referencias abundantes a las mencionadas achuras, algo también muerto; algo, como decíamos, inservible. Esta idea de la muerte, además, se plantea como alivio, pero también como un pensamiento bastante fugaz a pesar de ser relativamente recurrente dentro de la obra, ya que en la complejidad del sentir planteado la idea que vence es siempre la resistencia y la sanación propia.

Otra de las columnas que atraviesa la composición se construye en el sueño. Sueño como estado fisiológico de reposo y sueño como anhelo. En ambos aparece el alivio de nuevo, pero también el autocastigo, la tortura autoimpuesta —del subconsciente en ocasiones y de la parte consciente en otros momentos— haciendo navegar al yo poético incansablemente por vivencias o recuerdos —incluso a veces modificados— que son completamente dañinos, pero que, como comentamos, el único objetivo que persiguen es sanar.

Entre esta angustia, no obstante, pasea tímidamente la idea de que una está viva, una sabe que está viva, porque siente. Y en esta concepción, nuestra autora, a través de sus versos, vuelve a enganchar/engancharse al corazón. Esta vez un corazón como una casa con humedades, un corazón cosido a la tierra, lleno de fantasmas, pero que late, que sirve. Y en este momento aparecen los mantras, los guineos del poder autoconvencerse y de la salvación propia. En ellos, asimismo, asoma la lentitud y la paciencia. La paciencia como exigencia externa al no entender lo que siente el sujeto que sufre y como acto de amor propio, a su vez, al comprender que para superar hay que ser capaz de ir todo lo lento que el corazón y el cuerpo exigen.

Sin embargo, como en todo este tipo de experiencias, así como hay avance hay retorno, hay un corazón arrancado puesto en la tarima, donde el sujeto literario es protagonista y también público. Hay un verse desde fuera, pero también compartir lo que ocurre con el resto. Tal es así que en su poema “Un paraíso llamado olvido” Katya consigue apelar al lector y plantearle lo siguiente:

Terrible lector, cómo te envidio,

vos que estás fuera de este poema

y tenés la dulce libertad de tampoco entrar.

[…] Decime, lector, allá fuera

¿pueden reunir belleza los objetos por lo que son

y no por su recuerdo?

Tras intervenir de este modo hay un regreso al orden, el orden de los cajones que mencionábamos más atrás. Ahora encontramos cada cosa colocada en su lugar, sin rastro ya de sangre, salvo en la garganta, en el lugar donde habita su palabra: un lugar significativo. Así, la voz poética confía y se entrega al dolor. Presenciamos, entonces, una transformación y un nuevo inicio, volver a la tierra, una tierra que adopta la forma del cuerpo, un cuerpo que deja huella, que encuentra cómo aceptar la materia y reconstruirse con ella,;hacer, finalmente, del hueco un llano, una herida que ya no es profunda, que no desaparece, pero que sí cambia de forma. Lo que parecía agónico y eterno encuentra la sanación.

Para cerrar todo este trote de emociones acabamos con un poema precioso de Katya que lleva como título “No me digan paciencia” y que representa perfectamente el corazón hecho víscera, su regreso al cuerpo y la falsa creencia de pensar que el corazón es una achura que no se vende.

NO ME DIGAN PACIENCIA

No es así como funciona

no es tan fácil

no se sale sin más

una debe agacharse mucho

y sufrir la flor picuda de la carencia

aunque suene fuerte

aunque digan que en realidad 

es poca cosa el rasguño.

     Insisto que no es así como funciona

no mantiene el limo siempre tu embarcación

y a veces una

solo quiere lanzarse al mar.

No se trata de esperar sin más a que pase.

     A veces el pensamiento toma la forma

de la concha del caracol

y no se sale

aunque haya una senda

no se sale

si no se sabe dónde termina.

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