Revista n.º 1138 / ISSN 1885-6039

IV Jornadas del Agua. Lo que el agua no escribe

Viernes, 13 de febrero de 2026
Redacción BienMeSabe/ Eduardo Pérez González
Publicado en el n.º 1135

Este fin de semana se celebra en el particular pago de Temisas (Agüimes, Gran Canaria) la cuarta edición de las jornadas sobre uno de los elementos claves de la historia de Canarias y de la humanidad toda: el agua. Ofrecemos la atractiva programación gratuita y un texto de enganche directo del que es autor uno de los participantes: Eduardo Pérez González.

Escenas canarias del agua en el cartel de las IV Jornadas

Las Jornadas están abiertas a cualquier persona interesada, sin necesidad de conocimientos previos. Basta con la curiosidad, con la preocupación —o la intuición— de que algo importante se nos está escapando si no aprendemos a escuchar al agua… de nuevo. Serán en el Teleclub de Temisas, y su organización está a cargo de la Heredad Juncal Alto con la colaboración de la ACV Caserío Canario y el Ayuntamiento de Agüimes. Los dos días de programación ofrecerán los siguientes contenidos:

Sábado, 14 de febrero

17:00 horas: Inauguración y presentación de las jornadas.

17:10 horas: "Microislas: pequeños refugios flotantes para la diversidad". Charla del ingeniero forestal, de la Asociación Fenix Canarias, Roberto Castro.

18:00 horas: "Lo que el agua escribe". Comunicación del escritor Eduardo González.

18:30 horas: Café-descanso.

18:45 horas: "Recursos hidráulicos y cambio climático". Charla de la licenciada en Ciencias Ambientales, responsable de la Gestión de Residuos en el Departamento de Aguas del Instituto Tecnológico de Canarias (ITC), Mercedes Díaz.

19:30 horas: "Los imaginarios del agua y otras escorrentías de prácticas propiciatorias desde Canarias". Charla de la filóloga e investigadora de la cultura canaria, Carolina Pérez.

Domingo, 15 de febrero

17:00 horas: "Valle Gran Rey. La guerra del agua". Charla del biólogo Juan Montesino y del químico Miguel Ángel Hernández.

18:00 horas: "Ecosistemas de barrancos en peligro de extinción". Charla de la licenciada en Ciencias del Mar, Marian Izquierdo.

18:40 horas: Descanso-café.

19:00 horas: "Chira-Soria, la central hidroeléctrica sin caudal de agua". Charla de Eduardo Martín sobre Chira-Soria, la central hidroeléctrica sin caudal de agua.

La novela 'Guad', de Alfonso García Ramos, autor homenajeado en 2026 en el Día de las Letras Canarias

Lo que el agua nos escribe

Eduardo Pérez González

Tal vez resultaría demasiado previsible comenzar esta comunicación recordando que el agua es uno de los elementos más importantes e indispensables para la vida tal y como la conocemos. Es una cuestión que damos por hecha. Sabemos que sin agua no hay supervivencia posible, ni para los seres humanos, ni para los animales, ni para las plantas. También sabemos —porque así lo confirman estudios, porcentajes y mediciones— que nuestro propio cuerpo es, en gran medida, agua. Tal es así que podría decirse, por ejemplo, que entre el 80 y el 90 % de nuestra sangre es agua; que la piel contiene entre el 70 y el 75 %; los pulmones, alrededor del 85 %; los músculos, en torno al 70 %; los huesos, un 22 %; el cerebro, hasta casi un 85 %; y los ojos, un 95 %. En definitiva, nuestro organismo está compuesto, en términos generales, por algo más de la mitad de ese líquido —entre un 60 y un 70 %— al que apenas prestamos atención mientras fluye. 

Conocemos igualmente —porque se nos recuerda con frecuencia— que para mantener ese equilibrio necesitamos beber a diario una cantidad determinada de agua, que varía según la temperatura, la actividad o la edad, pero que suele rondar los dos o tres litros. Pero el agua no solo sostiene los cuerpos. Sostiene también los sistemas que hemos construido para vivir. Es esencial para la economía, para el territorio que habitamos y para la forma en que lo transformamos. Hace años leía que para producir un kilo de plátanos eran necesarios unos cuatrocientos litros de agua. Hoy sabemos que fabricar un teléfono móvil puede requerir más de doce mil; un ordenador portátil, cerca de treinta mil; y que una simple camiseta de algodón concentra en su tejido los dos mil setecientos litros que una persona necesitaría para hidratarse durante casi tres años.

Y si hablamos de Internet podríamos pensar que la inteligencia artificial no tiene sed, que no bebe ni suda. O que no siente calor. Pero lo cierto es que se calienta y que consume agua a niveles que pocos imaginamos. Cada vez que le pides a una IA que te escriba un correo o que te resuma un libro, hay un coste oculto. No la ves, no la oyes, pero el agua está ahí, evaporándose en los sistemas de refrigeración de los servidores o gastándose en la producción de los chips que la hacen posible. Un dato sorprendente: según un estudio realizado por diferentes universidades, cada vez que generas una respuesta de 20 a 50 palabras con un modelo de IA como ChatGPT, se consumen unos 500 ml de agua. Es decir, un diálogo de unos minutos con una inteligencia artificial puede equivaler a una botella de agua. Y si comparamos, una simple búsqueda en Google requiere 0,5 ml de agua. Es decir, usar internet para obtener una respuesta puede consumir mil veces más agua que una búsqueda tradicional. El agua, aunque no la veamos, está siempre detrás de lo que consumimos.

Pero todos estos datos pertenecen al ámbito de lo visible, de lo medible, de lo cuantificable; pertenecen a ese nivel donde operan la estadística, la ciencia y la divulgación. Sin embargo, junto a ese plano de cifras, cálculos y procesos industriales, existe otro nivel menos evidente y más difícil de nombrar. Un espacio donde el agua no se expresa en litros ni en porcentajes, sino en comportamientos, miedos, deseos, disputas o recuerdos. Un lugar donde se instala como metáfora, como amenaza, como promesa o como ausencia. Y es ahí donde entra la literatura. 

Fragmento del libro 'El agua en Canarias', de Francisco Suárez Moreno (BienMeSabe.org, 2009)

Desde que el ser humano comenzó a contarse a sí mismo, el agua aparece como un límite que hay que cruzar o como una prueba que hay que soportar. En la mitología clásica, los ríos separaban mundos y estados; cruzarlos implicaba una transformación irreversible. En La Odisea, el mar no es un simple escenario del viaje, sino una fuerza que extravía, castiga y pone a prueba al héroe. El agua no acompaña: examina. Y esa condición ambigua —vida y amenaza al mismo tiempo— atraviesa toda la literatura posterior.

Con el paso del tiempo, la literatura ha ido desplazando esa mirada simbólica hacia una más concreta y material. En muchas narraciones contemporáneas, el agua deja de ser metáfora para convertirse en problema. En África, por ejemplo, donde la vida se organiza siguiendo el curso de los ríos, el agua no es una idea: es una urgencia diaria. El Nilo, arteria y frontera a la vez, ha sido contado desde dentro por quienes lo han recorrido escuchando a las poblaciones que dependen de su pulso. Entonces, el agua empieza a aparecer como medida exacta de la fragilidad humana: un baobab cargado de lluvia puede significar la supervivencia de una comunidad entera, mientras que la ausencia de agua en medio del desierto se convierte en experiencia límite, en conciencia de la propia desaparición. Y aquí el agua ya no simboliza: decide.

Porque la literatura —como la música o el arte— no se ocupa de explicar el agua, sino de escuchar lo que el agua nos dice. De leer lo que se ha ido escribiendo en los mitos, en los relatos de viaje, en las historias de supervivencia, pero también en las experiencias más cercanas: en la espera, en el reparto, en la sed y en la memoria. De eso trata esta reflexión: de atender a lo que el agua nos escribe cuando dejamos de mirarla solo como recurso y empezamos a leerla como relato.

Pero hay otra literatura del agua, menos leída, más callada. No la de los grandes ríos ni la de los viajes lejanos, sino la del reparto, la del turno y la espera. La que se aprende en la infancia cuando el agua no se da por hecha. La que enseña que abrir o cerrar una compuerta es un acto cargado de consecuencias. Que regar no es solo un gesto agrícola, sino una forma de justicia —o de injusticia— heredada.

Permítanme ahora cambiar de escala y de registro. Dejar a un lado el discurso y dar paso a la voz del texto. Les leo un fragmento:

Desde la altura callada del estanque el agua descendía por la acequia con un propósito antiguo: llegar hasta la cantonera, donde la parada se transformaba en reparto. Desde allí, la calma medida de sus compartimentos —construidos matemáticamente para eso mismo— distribuía el agua hacia los cultivos, cada cual aguardando su necesario turno.

La cantonera no era más que una estructura de albañilería humilde que, aunque apenas ocupaba lugar en los mapas del mundo, se construía no solo con piedras y cal, sino también con una idea antigua de equilibrio. Era una sala de espera donde el agua se veía obligada a detenerse. Funcionaba como un corazón de cemento que, tumbado horizontalmente en el suelo, latía en los márgenes de los cercados, recibiendo, regulando y entregando sus pulsaciones de forma acompasada. En su primer compartimento, el agua —que llegaba con prisas desde el estanque— se amansaba, haciéndole entender que su viaje no había terminado. Realmente ahora comenzaba el principio de su reparto. Después, con precisión milimétrica, abría sus válvulas, al modo de bocas —todas exactamente iguales en forma y tamaño— para repartir el agua sin favoritismo alguno, como si fueran órganos de un cuerpo hidráulico, guiados por el nivel de las leyes invisibles, pero firmes, del líquido que la habitaba. A través de estas compuertas rebosaban los medidos litros hacia las diferentes secciones que las conducirían hasta los cultivos, hasta los surcos secos que esperaban por un milagro. Porque en cierto modo lo era: un milagro de piedra y cemento que sabía medir el agua para que nadie tuviera más de la que le tocaba ni menos de la que necesitaba.

Cantoneras de Arucas y Firgas en el libro de Suárez Moreno

Ese fragmento literario no pretende explicar cómo funciona una cantonera, ni describir un ingenio hidráulico. Intenta, más bien, escuchar lo que el agua hace cuando se la obliga a detenerse. Porque ahí, en ese instante de pausa, el agua deja de ser caudal y se convierte en criterio, en medida y en ley. La cantonera no reparte solo litros: reparte tiempo, espera y posibilidades. Y al hacerlo, deja al descubierto una idea antigua de justicia que no siempre fue justa, pero que organizó la vida y la memoria de quienes aprendieron a vivir pendientes de su turno.

Desde ese lugar cercano —de piedra, cal y silencio— el agua vuelve a escribir. Escribe sobre el territorio, sobre el trabajo y sobre las relaciones entre las personas. Y también sobre la herencia: sobre lo que se transmite sin palabras, sobre lo que se aprende mirando, esperando, obedeciendo. Leer el agua es leer una historia colectiva hecha de normas, de desigualdades y de resistencias discretas.

Con la literatura intentamos explicarnos por qué somos tan inconsecuentes o irracionales, tan inexplicables. Y posiblemente la literatura haya hecho más por la infortunada especie humana que toda la psiquiatría junta. Tal vez explique mejor los problemas que la sociología y la teoría de la lucha de clases intentan comprender desde sus propias categorías. Y no porque esos problemas no existan, sino porque las ciencias sociales y políticas ya lo han explicado a su manera. En cambio, la literatura nos habla de lo que aún nos queda por entender.

Quizá por eso la literatura sigue regresando al agua. Porque mientras haya que medirla, repartirla o esperarla —o desearla desesperadamente—, el agua seguirá diciendo algo de nosotros. Y porque atender a lo que el agua nos escribe —en los libros, en los mitos o en una humilde cantonera— es una manera de preguntarnos qué tipo de mundo hemos construido y qué tipo de justicia hemos aceptado como natural.

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