De cuando el alumbrado electrico llegó a fraceses. Últimamente existía en Los Machines una molina de gofio que supuso un paso avanzado de progreso para el barrio de Franceses ya que, con la aparición de La Molina, los vecinos se libraron de tener que transportar el grano al molino de agua de Gallegos, con lo que ello suponía: tenían que, por una parte, atravesar con sus mulos el gran barranco que divide Franceses de Gallegos y, por otra, la gran espera en recoger el gofio, sobre todo en verano, debido a la escasez de agua, que propiciaba que el molino apenas tenía fuerza para mover la piedra. Había en aquella época en Franceses un ingeniero técnico, cuyo nombre no recuerdo ahora, que era el encargado de todo el sistema de producción de gofio.
Por aquel entonces el alumbrado de los vecinos era el tradicional de la época, es decir, la tea, la vela y por último el petróleo; pero lo de la corriente eléctrica ni se soñaba... Así que el susodicho ingeniero del barrio, una vez estudiadas la necesidades de los vecinos, armó en su celebro una brillante idea: adecuar una dinamo de corriente continua al motor de la molina, de tal manera que mientras se molía el grano se daba fluido eléctrico a los vecinos. Se ve que el sujeto en cuestión, después de pedir apoyo financiero a los pudientes, puso la idea en práctica y para ello, una vez instalado un rudimentario cableado de hilos de cobre forrado y sostenido por postes (más bien parecían palos clavados en el suelo), dotó a los vecinos de la correspondiente instalación eléctrica, previo pago de la misma… al menos es lo que creo yo.
Era una instalación la mar de sencilla. Esencialmente consistía de un cable de hilo forrado en tela con varias derivaciones de toma a los tres o cuatro bombillos que tenía la casa ya que, como se cobraba por bombillas, cuanto más tenías más pagabas. El precio, supongo, era arbitrario y no declarado ni fiscalizado por industria. Así pues, como decíamos, el sujeto instaló la aludida dinamo como anexo a la molina y… a esperar. En principio aquello parece ser que funcionaba a las mil maravillas. Al caer la tarde la molina se ponía en marcha, se molía el grano y se alumbraba el pueblo. A las diez de la noche, más o menos, se apagaba el motor y el pueblo se quedaba a oscuras, así que todo el mundo a dormir para volverse a levantar muy al amanecer, como era la costumbre en la vida campesina de aquellos ahora lejanos tiempos.
Dado el éxito alcanzado con el nuevo sistema de alumbrado, el tío Esteban vio la posibilidad de disponer de una radio en su casa, con lo cual, desde el apartado Lomo de los Castros, se podía conectar con el resto del mundo... Para llevar a cabo tan fecunda y original idea, conectó conmigo, me pidió asesoramiento, y yo, como no era ducho en la materia, conecté a su vez con un tal Patricio (hijo de Patricio), autonombrado técnico en radio y que, a la sazón, trabajaba en la casa Duque Martínez de Santa Cruz de La Palma, comercio dedicado a la venta de aparatos de radio, entre otras cosas. Así que Patricio, después de analizar el tema, nos vendió un aparato de radio de corriente continua, y al mismo tiempo de pilas, y nos idealizó el tema diciéndonos que aquello era “el último invento que el hombre ha ideado en este mundo. Lela y yo, entonces, nos trasladamos a Franceses con nuestro aparato.
Después de cargarlo cuidadosamente a través de llanos y barrancos, y ya entrada la noche, llegamos a Franceses, a la Casa de la Costa (ya que en Los Pinos Altos nunca hubo luz eléctrica) y esperamos pacientemente a que pusieran el motor de la molina en marcha y llegara la corriente. Una vez llegó la luz, conectamos nuestra radio y, ¡ah, Dios mío...! Auello no se oía nada, ni siquiera La Pirenaica (que, por lo visto, era una estación de radio no adicta al régimen de Franco), y lo poco que se oía se interrumpía constantemente. Lo peor era que ni funcionaba bien con corriente ni con pilas. Consultado el caso con Patricio, nos dijo que se debía a que la corriente era muy baja e intermitente. Vuelto a consultar por el hecho de que tampoco funcionaba con pilas, contestó que a Franceses no llegaban las ondas. O sea, como se dice hoy: “Franceses estaba fuera de cobertura”. Al final llegamos a la conclusión de que la culpa no era ni por la corriente ni por ondas: !aquel aparato era un cacharro!
El final del sistema de alumbrado, según me dijeron, fue muy triste. Entusiasmado el vecindario de las ventajas de la corriente eléctrica para uso doméstico, comenzaron a hacer nuevas conexiones al resto de las viviendas que aún no poseían luz. Así que llegó el momento en que era más la demanda que la oferta, y pasó lo que tenía que pasar: se quemó la dinamo y ya no había manera de financiar la compra de otro nueva, puesto que los inversores no se habían recuperado del gasto anterior. Otros decían u opinaban que si se ponía nueva dinamo el motor de la molina no tenía fuerza para mover la piedra y la dinamo al mismo tiempo y que, por lo tanto, todo el sistema se iba al carajo, con perdón... Y yo como me lo contaron lo cuento...
Franceses vista desde Santa Cruz de La Palma. Aquel Franceses era un barrio con apenas una docena de casas diseminadas a lo largo de un muy inclinado lomo o ladera. Sin agua corriente, sin luz eléctrica, sin teléfono, sin carretera; allí no se puede decir que se vivía bien, a no ser que se le tenga mucho, pero mucho amor a tu natal terruño. Así era Franceses, en aquellos años, en que yo y mis hermanos nos pasábamos algunos días de nuestra niñez allá, en Garafía, en aquel inolvidable barrio de Franceses. Sin embargo, para quienes, como nuestros queridos tíos y primos, tenían que levantarse muy temprano, casi al amanecer, no era lo mismo. Lo hacían tan pronto para arañar la tierra sacándole a veces miserables cosechas y a veces perdiéndolas todas; o cuidando cabras, vacas y ovejas allí, perdidas en el tupido monte o en la abrupta costa o transportando las cosechas a hombros propios muchas veces, y a lomos de mulos otras, por polvorientos y estrechos caminos en verano o en fríos invierno otras.
Casi helados de pies a cabeza y cruzando enormes charcas de agua por aquí y por allí. Ahora mojados, empapados en ese crudo invierno garafiano, aquella vida no era, para ellos, ni grata, ni idílica, ni pastoril, ni deseable. Era una vida dura, sacrificada, muy triste a veces, que nadie quería vivir y de la que todos querían salir. Un día y otro también, sin medico, sin medicinas, sin teléfono, sin luz , sin agua corriente. Y sin nada alcanzable, a menos a corto plazo: sacrificados existían como podían. En estas condiciones no se puede decir que, para gente mayor, aquella fue una vida tranquila y feliz en Franceses...
Recuerdos muchos, muchísimos... Veo, y casi que ahora oigo, al tío Esteban quejándose de aquella vida vivida en un inhóspito lugar y sin esperanza de poder salir de allí por carretera; por esa misma carretera que llega solo a Los Sauces desde Santa Cruz de La Palma.
-Pero la carretera llegará a Franceses algún día -le aseguraba mi padre a su hermano, el tío Esteban.
-Sí -le respondía mi tío, con cristiana resignación.
-Sí, algún día será -contestaba su hermano más que nada por dar ánimos al tío Esteban.
Y pasa el tiempo y crecen los hijos... y la carretera no llega, y las esperanzas van muriendo. Y el tío viendo cómo al amigo o al vecino enfermo lo seguían trasladando a Los Sauces en una camilla portada por cuatro hombres, subiendo y bajando laderas en los inviernos, cuando la lluvia lo empapa todo y el frío llega hasta los mismos huesos; o en aquellos calurosos días de veranos, cuando ahora el calor lo abrasa todo y te agobia tanto, y de tal manera, que apenas te deja moverte. Es entonces cuando la vida en Franceses ya no es tan idílica, pastoril y tranquila como algunos, en aquellos tiempos, creían... Y pasan los años, y al uno le sigue el siguiente y el siguiente, y la carretera no llega... y la esperanza ya cansada de tanta espera va muriendo, poco a poco, día a día... Mis tíos, cansados ya de esperar por la carretera, salen en busca de ella...
Santa Cruz de la Palma, vivir cerca del mismo puerto palmero que un ya muy lejano día lo vio salir rumbo a Cuba, lleno de ilusiones, de esperanzas, de alegrías y también de temores. Esa es ahora su mayor ilusión: escapar de aquel incomunicado Franceses ya mayor e irse a vivir allí, a Santa Cruz de La Palma, la vida que en sus años de juventud no vivió. Antonio Rodríguez López, 5 va a ser su nueva residencia. Ahora, lejos, atrás en el recuerdo, queda Franceses para que los que tras él lleguen puedan vivir una mejor vida de la que él y su familia.
Pasaron muchos años, muchos... y yo volví a Franceses. Nuestro primo José nos invitó a recorrer la isla en su coche. Y ahora sí, ahora ya la carretera llegó a Franceses. Pero, ¡ay, Dios! ¡Aquel Franceses ya no era el que era! La carretera desfiguró todo, y el paisaje perdió su natural belleza... Las pocas casitas que allí existían quedaron separadas unas de otras por la carretera y casi sepultadas bajo escombros. Pasamos por El Lomo de los Castros y apenas lo reconocí. Paramos en Los Machines y allí no había nadie... Esperamos un rato por ver si a alguien veíamos... Por fin una señora se asomó a una ventana y preguntamos por los vecinos. "Aquí casi no vive nadie", nos contestó. "La carretera llegó y todos se fueron...".
