Revista n.º 1148 / ISSN 1885-6039

Orígenes del heraldo de la Vega de San Mateo

Sábado, 18 de abril de 2026
Pedro Socorro Santana
Publicado en el n.º 1144

Hacia 1957 comenzó la costumbre de anunciar las fiestas junto con los pregones. Entre los nombres más recordados destaca el de Pepe Cañadulce.

Pepe Cañadulce en un pueblo del Sur, durante los setenta del XX (foto: Fotos Antiguas de Gran Canaria)

Antes de la radio, de la prensa accesible y, por supuesto, de la era digital, hubo una figura imprescindible para la vida pública: el pregonero. También llamado heraldo o cérice, su función —heredada de la antigua Roma— consistía en anunciar al pueblo los asuntos civiles y religiosos. No era solo un mensajero: era la voz oficial que conectaba a las autoridades con la ciudadanía.

El término heraldo, procedente del francés héraut, define precisamente a quien transmite un mensaje o anuncia lo que está por venir. Durante siglos, su presencia fue habitual en ciudades, villas y aldeas. Bastaban el sonido de una trompeta y una voz firme para captar la atención del vecindario. A la salida de la misa mayor, en plazas y calles, comenzaban sus proclamas con una fórmula ya célebre: «¡De orden del señor alcalde, se hace saber...!».

En Canarias, este oficio llegó tras la conquista, como parte de la tradición administrativa castellana. Cabildos, ayuntamientos y la Real Audiencia contaban con su propio pregonero, con salario asignado y funciones bien definidas. Su cometido era claro: difundir edictos, ordenanzas, subastas o avisos urgentes que afectaban a la comunidad. Hasta bien entrado el siglo XX, el sonido del tambor o del cornetín seguía marcando el inicio de estos anuncios en muchos pueblos de la isla. Entonces se imponía un ritual casi escénico: el pregonero, con voz alta y ritmo medido, lograba silenciar plazas enteras para comunicar las noticias del momento. Era una forma de información colectiva, directa y profundamente arraigada en la vida cotidiana. En San Mateo (Gran Canaria), por ejemplo, esta labor recaía a finales del siglo XIX en el portero del ayuntamiento. Así lo recoge un acuerdo plenario fechado el 7 de agosto de 1884, en el que se le encarga anunciar una orden municipal relacionada con la salubridad pública, obligando a los vecinos a limpiar sus propiedades y retirar residuos y animales en un plazo determinado. El texto dice: «Que por los medios de costumbre se anuncie al público que en el preciso término de ocho días se alveen [sic] interior y exteriormente todos los edificios de la población, se extraigan los estiércoles de sus inmediaciones y se retiren de ellas los animales»1.

El heraldo en las fiestas patronales de San Mateo del 2000 (fondo: Programa de Fiestas)

Con el avance de la modernidad, la figura del pregonero fue perdiendo protagonismo. Los bandos impresos comenzaron a ocupar su lugar en puertas y tablones, mientras la prensa, la radio y, más tarde, los medios digitales transformaban definitivamente la manera de comunicar. Poco a poco, aquellas voces que habían sido pensadas para ser escuchadas se fueron apagando. Sin embargo, el pregonero encontró una segunda vida en el ámbito festivo. Durante décadas, fue el encargado de anunciar la llegada de verbenas, espectáculos y fiestas patronales.

En San Mateo, esta tradición se consolidó a partir de los años cincuenta y se mantuvo durante al menos cuarenta años, convirtiéndose en un símbolo del inicio de las celebraciones. Entre los nombres más recordados destaca el de José Santana Castro (1919-1991), conocido como Pepe Cañadulce. Vecino del barrio de San José, en la capital grancanaria, se convirtió en un referente del oficio, participando en fiestas de distintos puntos de la isla. Su imagen era inconfundible: boina negra, pipa y un tambor que marcaba el ritmo de sus anuncios. A ello sumaba el sonido característico de un fonil de hojalata con el que captaba la atención del público. Por su voz pasaron desde fiestas populares hasta la llegada de circos como el Totti o el de los Hermanos Segura, donde comenzaba a despuntar una joven trapecista conocida como Pinito de Oro. Querido por los vecinos y recordado con afecto, Pepe Cañadulce representa hoy mucho más que un oficio desaparecido: es el eco de una forma de comunicar y de convivir que marcó a generaciones enteras.

Pepe Cañadulce anunciando las fiestas de San Mateo en los sesenta del pasado siglo (fondo: desconocido)

Paralelamente, en San Mateo comenzaba a tomar forma la figura del heraldo como parte de las celebraciones locales. La iniciativa, según la tradición oral, partió de don Rafael Gómez Santos, catedrático de Lengua y Literatura, natural del pago de La Lechucilla y reconocido como Hijo Predilecto de La Vega en 1987. Su legado perdura hoy en el nombre del colegio público del municipio. Aquel primer heraldo presentaba una estética claramente quijotesca: pantalones bombachos, cubrezapatos, camisa blanca, casaca y sombrero. A lomos de un caballo, iniciaba su recorrido precisamente desde el colegio, avanzando por las calles del casco mientras daba lectura a un pergamino con el que anunciaba las fiestas en honor a San Rafael, celebradas en octubre coincidiendo con la onomástica del director del centro.

La salida del heraldo se convertía en todo un acontecimiento. Entre el bullicio y la expectación, los vecinos abandonaban sus quehaceres para acudir a puertas, ventanas y balcones. Allí, atentos, esperaban el anuncio que rompía el murmullo cotidiano: «¡Se anuncia al público en general que, mañana, fiesta de San Rafael en el colegio!».

Alumnos del colegio nacional del casco con el maestro Rafael Gómez Santos, década de 1960, zona de El Retiro (fondo: familia Quintana)

Este modo de convocar a la celebración no era exclusivo de San Mateo. En esos mismos años, en Madrid (España), la tradición de la feria de San Isidro ya contaba con un heraldo que, montado a caballo y acompañado por clarines y timbales, proclamaba el inicio de los festejos. Sin embargo, en la Vega de San Mateo, esta fórmula adquirió un carácter propio, adaptado a su realidad agrícola y ferial, y asumido con entusiasmo por un pueblo que hizo de aquel acto simbólico una expresión más de su identidad colectiva. Aquella primera salida del heraldo por las calles del pueblo no fue un hecho aislado. Sembró, casi sin proponérselo, una tradición que pronto arraigó entre los vecinos, despertando la ilusión de los más pequeños y dejando en ellos un recuerdo imborrable, transmitido de generación en generación. En el día grande de las fiestas, el alumnado celebraba la jornada con una merienda de churros con chocolate, mientras el pregón callejero —cargado de entusiasmo y tono festivo— se consolidaba como uno de los momentos más esperados. No era solo un anuncio: era una invitación colectiva a participar, un ritual compartido que marcaba el inicio de la celebración. 

El éxito de la iniciativa no pasó desapercibido. El Ayuntamiento de San Mateo, presidido entonces por Juan Pérez Rodríguez y con Fermín Santana Gil como concejal, decidió dar un paso más y sacar la figura del heraldo del ámbito escolar. Así, en 1954, el llamado caballero heraldo fue invitado a anunciar oficialmente las fiestas patronales del municipio. A partir de ese momento, el personaje dejó de pertenecer únicamente al entorno educativo para convertirse en un símbolo de toda la comunidad veguera. Su figura adquirió una doble dimensión: por un lado, como herramienta de difusión festiva; por otro, como elemento escénico cargado de identidad y valor estético.

El primer heraldo de las fiestas patronales de San Mateo recorrió las calles del pueblo al mediodía del domingo 19 de septiembre de 1954. El papel lo asumió el vecino Manuel Socorro Ramírez, auxiliar de farmacia en la calle principal, cuya presencia quedó ligada desde entonces a la memoria colectiva del municipio. Su historia, sin embargo, tuvo un desenlace prematuro. Apenas una década después, fallecía en un accidente de motocicleta en la carretera de Utiaca, truncando la vida de quien había sido la primera voz de una tradición que aún hoy perdura en el recuerdo2.

La yegua usada por el heraldo, montada por su hermano Socorro, junto a los vecinos de La Higuera: Rafael (Tato) Ojeda Báez y Faustino Hernández, montado en el burro (fondo familiar)

El pueblo aún recuerda con cariño a aquel joven heraldo, montado sobre un caballo de color canelo, propiedad de su padre, Pablo. Tras él avanzaba una improvisada comitiva de chiquillos que, con su espontaneidad y bullicio, rompían la monotonía cotidiana y contagiaban al entorno de un aire festivo. Aquella estampa, viva y sonora, transformaba por completo el ritmo habitual de la vida en San Mateo. La repercusión del evento fue inmediata. El diario La Provincia se hizo eco de la escena, describiéndola con detalle: «Domingo 19, a las 12, hará presencia en las calles del pueblo un heraldo anunciador de las fiestas que, montado en un gran corcel y llevado de riendas por sus pajes, al toque de trompetas y timbales, leerá el anuncio de las fiestas al público. A continuación, la Banda Municipal de Música ejecutará un concierto en la Alameda»3.

Aquel momento marcó un punto de inflexión. No se trataba solo de un anuncio festivo, sino del nacimiento de una forma distinta de celebrar, en la que la tradición oral, la escenificación y el sentimiento colectivo se fundían en un acto cargado de identidad. La figura del heraldo fascinaba. Su presencia despertaba entusiasmo, generaba expectación y avivaba el interés por unas fiestas que, a partir de entonces, comenzaban incluso antes de su inicio oficial. Era, en cierto modo, el portador de una promesa: la antesala de días extraordinarios.

La consolidación de esta iniciativa quedó reflejada pocos años después. En 1957, el periódico Falange recogía el acontecimiento con tono entusiasta: «Con gran brillantez han dado comienzo en la mañana del domingo las fiestas patronales de la Vega de San Mateo. A las 12 del día y desde el edificio del ayuntamiento salió el heraldo anunciador de las fiestas, montado a caballo, que recorrió todas las calles del pueblo y pagos de La Vega, acompañado de una gran muchedumbre que lanzaba cohetes y daba gran animación a este primer pregón de las fiestas, que ha constituido una gran novedad en este pueblo»4. Con el paso del tiempo, el heraldo dejó de ser un simple transmisor de mensajes para convertirse en un símbolo de identidad local. Más que un pregonero, pasó a ser un puente entre la tradición y la celebración, una figura capaz de convocar a todo un pueblo en torno a la alegría compartida.

Gómez Santos y sus alumnos en la calle Cifuentes (1956), entre los que está de pie (tercero, de izquierda a derecha) Manuel Socorro, 'primer heraldo' de San Mateo

Pregoneros y pregones. En 1957 comenzó a gestarse en San Mateo una costumbre que, con el paso del tiempo, acabaría convirtiéndose en una tradición profundamente arraigada: la designación de una personalidad para pronunciar el pregón de las fiestas en honor a San Mateo Apóstol. Una práctica que ya se venía desarrollando en municipios cercanos como Teror o Santa Brígida y que el municipio veguero adoptó con rapidez. Aquel año, el encargo recayó en José María Casado Crespo, abogado y periodista, invitado por el concejal Cabrera, entonces intendente mercantil y vicepresidente del Círculo Mercantil. Casado Crespo imprimió al acto un marcado carácter literario, recurriendo a los versos de Tomás Morales para evocar la identidad insular y el alma de la Vega. De su intervención quedó para el recuerdo una frase que resumía esa sensibilidad: «La emoción de Canarias es el agua»5.

Pero el formato del pregón distaba mucho del que hoy conocemos. En aquellos años, no se celebraba en la plaza ni ante el público congregado, sino a través de la radio. La lectura fue transmitida desde Radio Las Palmas, una de las principales emisoras del Archipiélago y auténtica ventana al mundo para la sociedad canaria de la época. El pregón, por tanto, era un acto íntimo y colectivo al mismo tiempo: los vecinos lo escuchaban desde sus casas, reunidos en torno al receptor, dejándose llevar por la voz del pregonero y la emoción de sus palabras. Esta modalidad se mantuvo durante décadas, consolidándose como una forma singular de inaugurar las fiestas. Aún en 1985, el escritor Emilio González Déniz pronunciaba su pregón a través de las ondas de Radio Popular, desde sus estudios en la avenida de Escaleritas. Sin embargo, poco después, el formato comenzó a cambiar. El pregón regresó a la calle, recuperando su dimensión pública y devolviendo a la comunidad la experiencia compartida de escuchar, en directo, la voz que anuncia el inicio de la celebración.

Resulta especialmente significativo que el profesor Rafael Gómez Santos —impulsor de la figura del heraldo en el ámbito escolar— asumiera también el papel de pregonero oficial de las fiestas de San Mateo. Lo hizo por primera vez en 1958, repitió al año siguiente y volvió a ser designado en 1975. En aquella última ocasión, el pregón se celebró en el antiguo cine veguero, en un acto de carácter solemne que reunió a la corporación municipal, presidida entonces por Fermín Santana Gil, junto a otras autoridades y numeroso público.

El heraldo en las fiestas patronales de San Mateo de 1998 (fondo: programa de Fiestas)

Otro nombre ligado a esta tradición es el del cronista oficial del municipio Pedro Rodríguez Suárez, quien ha ejercido como pregonero en tres ocasiones. La primera tuvo lugar en 1995, en una circunstancia poco habitual: tuvo que dar lectura al texto enviado por fax desde Madrid por el periodista de Televisión Española Paco Montesdeoca, que no pudo asistir al acto. Años más tarde, en 2001, Rodríguez Suárez volvió a asumir esta responsabilidad con motivo del bicentenario del municipio (1801–2001), en un contexto especialmente simbólico para la historia local. Diecisiete años después, repetiría nuevamente como pregonero, consolidando su vínculo con uno de los actos más representativos de las fiestas.

Desde aquel primer pregón de 1957 hasta el más reciente, celebrado en 2025, a cargo del ilustre veguero Miguel Hidalgo Sánchez, la figura del pregonero ha evolucionado sin perder su esencia. Más allá de los cambios de formato —de la radio a la plaza pública—, el pregón sigue siendo el acto que marca el inicio emocional de las fiestas: un momento en el que la memoria, la identidad y la celebración se dan la mano ante todo un pueblo. Esta tradición no tardó en extenderse a otros festejos del municipio. Las fiestas de Fátima, por ejemplo, incorporaron también en varias ocasiones la figura del pregonero, aunque de forma más puntual.

Uno de los episodios más significativos tuvo lugar el 13 de mayo de 1970, cuando el pregón fue difundido a través de las ondas de Radio ECCA y Radio Atlántico. La lectura corrió a cargo del locutor Rogelio J. Vega Mesa, sumando así una nueva dimensión mediática a la celebración y reforzando el papel de la radio como vehículo esencial de la vida festiva6. Aquel anuncio radiofónico no solo inauguraba las fiestas, sino que volvía a conectar tradición y modernidad, incorporando el lenguaje de los medios a una costumbre profundamente arraigada en la identidad local. De este modo, el pregón continuaba evolucionando sin perder su función original: convocar al pueblo y dar comienzo, de forma solemne y compartida, al tiempo de la celebración.

El heraldo en las fiestas patronales de San Mateo de septiembre de 2003 (fondo: programa de Fiestas de la Vega de San Mateo)

El heraldo en Utiaca. Pero más allá del núcleo urbano, la figura del heraldo amplió pronto su radio de acción. Aquella práctica anunciadora, concebida en sus inicios como un acto formal y vinculado a la oficialidad, terminó por transformarse en un ritual popular, un preludio festivo cargado de simbolismo. Su función no se limitaba a recorrer a caballo las calles del casco histórico para anunciar las fiestas patronales. Con el tiempo, su presencia comenzó a ser requerida también en celebraciones de distintos barrios del municipio. En enclaves como Santa Mónica, en Utiaca, el heraldo asumió igualmente el papel de emisario festivo, trasladando su mensaje a otros rincones de la geografía local7.

La iniciativa, además, no tardó en trascender los límites de San Mateo. Otros municipios de Gran Canaria incorporaron esta figura a sus propios festejos. Es el caso de Arucas, donde el heraldo pasó a formar parte de las celebraciones en honor a San Fernando, patrono de la juventud. No resulta casual esta conexión. El profesor Rafael Gómez Santos, impulsor de la figura del heraldo en La Vega, mantenía un vínculo personal con Arucas, donde contrajo matrimonio con María Dolores Isabel Cabrera Suárez, natural de la localidad. Una relación que podría explicar, al menos en parte, la proyección de esta tradición más allá de su lugar de origen8.

Entretanto, los heraldos continuaron invitando a la fiesta en la Vega de Arriba, manteniendo viva una tradición que, con el paso del tiempo, fue adquiriendo un valor especialmente entrañable para la comunidad9. El sábado 9 de septiembre de 1993, la figura del heraldo sanmateíno volvió a recorrer las calles del municipio. Según recogía la crónica de la época, la comitiva partió desde la Alameda «acompañada por la Banda de Música de Guayedra y una banda de tambores, formando un cortejo festivo que llevó la noticia y la alegría a cada rincón del pueblo, invitando a todos los vecinos a participar en las fiestas»10.

Pero, como tantas otras costumbres vinculadas a la tradición popular, aquella práctica también fue diluyéndose con el paso del tiempo. En la actualidad, nuevos actos han ocupado su lugar en el calendario festivo, como la subida de la bandera, reflejo de unas formas de celebración que evolucionan con la sociedad sin romper del todo con sus raíces.

Fuentes: prensa, programas de fiestas de la Vega de San Mateo. Elaboración propia. *No pudo asistir el pregonero y su pregón, enviado por fax, fue leído por el cronista oficial de San Mateo, Pedro Rodríguez Suárez

La muerte del heraldo. Lamentablemente, aquella voz anunciadora del pueblo, que recorría las calles tejiendo un vínculo directo entre la autoridad y los vecinos, fue apagándose a comienzos de este siglo. Los carteles, los programas de fiestas, las emisoras locales y otros canales modernos de difusión fueron sustituyendo progresivamente aquella ceremonia oral, cercana y profundamente humana. Se perdía así una forma de comunicación que tenía algo de ritual: el heraldo avanzando por las calles, el pueblo congregado a su paso y la sensación de que la noticia se encarnaba en la propia voz del pregonero. Era una liturgia sencilla, pero cargada de significado, que convertía el anuncio en un acto colectivo.

Uno de los últimos recorridos tuvo lugar con motivo de las fiestas de septiembre de 2009. Entonces, pocos podían imaginar que aquella figura, entrañable y popular, destinada a quedar ya en la memoria colectiva, estaba dando sus últimos pasos. Su desaparición no fue brusca, sino progresiva: se fue diluyendo entre el ruido del tráfico, la expansión de los nuevos medios de comunicación y el cambio de hábitos sociales.

Así se cerró una etapa. La de un tiempo en que San Mateo se anunciaba a sí mismo en la calle, en voz alta, a lomos de una tradición que comenzaba con aquel inconfundible llamado: ¡Se hace saber…!


  1. El Eco de Canarias, marte 14 de julio de 1981, pág. 18.
  2. El Eco de Canarias, 13 de mayo de 1970, pág. 18.
  3. La Provincia, 18 de septiembre de 1970, pág. 12.
  4. La Provincia, 23 de mayo de 1970, pág. 21.
  5. En La Provincia del 16 de septiembre de 1980 se anunciaba la salida del heraldo con motivo de las fiestas de aquel año, por todo el término municipal y pueblos vecinos, pág. 2.
  6. Programa de Fiestas de San Mateo, septiembre de 1993.
  7. Falange, 16 de marzo de 1963, pág. 8.
  8. La Provincia, domingo 19 de septiembre de 1954, pág. 7.
  9. Falange, martes 17 de septiembre de 1957, pág. 3.
  10. Archivo Municipal del Ayuntamiento de San Mateo, pleno del 7 de agosto de 1884. 
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