Revista n.º 1153 / ISSN 1885-6039

La invasión inglesa de 1745 en Gran Canaria: corsarios, milicias y resistencia en la costa noroeste

Viernes, 22 de mayo de 2026
Pedro Quintana Andrés y Pedro Socorro Santana
Publicado en el n.º 1149

Los ataques corsarios de 1745 forman parte de una larga historia de incursiones extranjeras en Canarias, aunque muchos de estos episodios permanecen hoy relativamente desconocidos fuera del ámbito académico. Revelan el papel fundamental desempeñado por las milicias locales en la defensa de las Islas.

Barranco del Juncal (foto: Jonatan Díaz Sánchez)

Durante el siglo XVIII, Canarias ocupó una posición estratégica fundamental en las rutas marítimas que conectaban Europa, África y América. Esa ubicación convirtió al Archipiélago en un enclave codiciado por las grandes potencias europeas, especialmente en un periodo marcado por la decadencia política y económica de la monarquía española. En aquel escenario de rivalidad internacional, el corsarismo se transformó en una amenaza constante para las Islas.

Las embarcaciones corsarias atacaban barcos mercantes, capturaban cargamentos, secuestraban tripulaciones y alteraban gravemente las comunicaciones marítimas, la pesca y el comercio. Las incursiones no respondían siempre a una misma nacionalidad: las alianzas cambiantes de España provocaban que ingleses, franceses u holandeses recurrieran al corso como instrumento de guerra y presión económica sobre las rutas atlánticas.

La guerra llega al Atlántico. Entre 1739 y 1748, el enfrentamiento entre España y Gran Bretaña derivó en la conocida Guerra de la Oreja de Jenkins o Guerra del Asiento. Aunque el conflicto tuvo inicialmente como principal escenario el Caribe —con episodios como los ataques a La Guaira, Portobelo o el asedio de Cartagena de Indias defendida por Blas de Lezo—, la guerra terminó extendiéndose también a Europa en el contexto de la Guerra de Sucesión Austriaca1.

Canarias no quedó al margen de aquella confrontación. Las actividades corsarias aumentaron considerablemente y las costas isleñas comenzaron a sufrir ataques cada vez más frecuentes. Gran Canaria, especialmente su litoral noroeste y suroeste, se convirtió en uno de los objetivos de las expediciones inglesas, interesadas tanto en capturar barcos como en desembarcar para abastecerse y saquear poblaciones costeras. Ya algunos historiadores han tratado este episodio al igual que otros acontecidos en Fuerteventura y resto de las Islas en esa fase histórica2.

La llegada de la escuadrilla inglesa. El 9 de febrero de 1745 una escuadrilla formada por cinco naves corsarias inglesas llegó al Archipiélago. Su primera acción fue bloquear el puerto de Santa Cruz de La Palma, donde capturaron dos balandras cargadas de trigo. Posteriormente repitieron la estrategia en Tenerife, aunque la escasez de agua terminó condicionando sus movimientos. Parte de la flotilla puso entonces rumbo hacia Gran Canaria. Un navío, dos corbetas y cinco lanchas se dirigieron a la isla mientras otras dos corbetas permanecían frente al puerto de Santa Cruz de Tenerife. Los corsarios eligieron como punto de desembarco el puerto de El Juncal, en Agaete, una zona apartada y de difícil defensa.

La reacción de las milicias canarias fue inmediata. El regimiento de Guía, dirigido por el coronel José de Andonaegui, acudió rápidamente al lugar. La avanzadilla estaba encabezada por la compañía de don Agustín del Castillo, que poco después recibió refuerzos del resto del contingente. Durante siete horas ambas fuerzas mantuvieron un intenso intercambio de disparos de artillería y fusilería hasta que finalmente los ingleses optaron por retirarse3.  

Veneguera: hambre, agua y combate. La amenaza corsaria no terminó ahí. Otra expedición inglesa, integrada por una fragata de treinta cañones y una corbeta, continuó operando en aguas canarias después de actuar previamente en el golfo de Vizcaya. Tras capturar una goleta portuguesa en Tenerife y desplazarse entre varias islas, la falta de agua obligó a los ingleses a buscar abastecimiento en la costa suroeste de Gran Canaria.

A finales de diciembre desembarcaron en Veneguera veinticuatro hombres acompañados de tres pequeños cañones4. Su presencia fue descubierta por un pastor de la zona que dio aviso rápidamente a La Aldea. Los primeros en responder fueron los milicianos de Tejeda, que sorprendieron a los corsarios mientras trataban de capturar cabras para alimentarse.

El ataque cogió desprevenidos a los ingleses, que huyeron precipitadamente hacia sus lanchas. El enfrentamiento dejó un corsario muerto, otro herido y cuatro prisioneros, todos ellos irlandeses. Además, fueron capturados el capitán de la goleta y el práctico encargado de guiarlos por la costa canaria. Las armas tomadas al enemigo terminaron siendo ofrecidas como exvoto a Nuestra Señora de Guía5.

Firma del presbítero Pedro Tomás Acedo de Betancourt, hijo del capitán Juan Acedo, en 1760, solicitante de la declaración (fondo: AHPLP)

Juan Acedo de Betancurt, protagonista de la resistencia. Entre las figuras destacadas de aquella defensa sobresale el capitán Juan Acedo de Betancurt, vecino de Guía y uno de los oficiales más activos en la lucha contra los corsarios ingleses entre 1744 y 1746. Uno de los episodios más relevantes protagonizados por Acedo tuvo lugar cuando la balandra de Sebastián de Ortega, que transportaba caudales del rey con destino a Tenerife, fue perseguida por embarcaciones inglesas. El barco logró refugiarse en las denominadas costas salvaxes de Amagro e intentó alcanzar el puerto de El Juncal bajo la protección de las milicias.

La actuación de Acedo resultó decisiva. Distribuyó a sus hombres por las colinas cercanas y avanzó hacia la playa “a cuerpo descubierto”, con una veintena de soldados escogidos. Aquella maniobra disuadió a los ingleses de aproximarse a tierra y evitó que capturaran las dos balandras refugiadas en la rada. Gracias a ello, el dinero del rey pudo ser trasladado con seguridad a la ciudad bajo la custodia del subteniente Francisco Montesdeoca.

“A pecho descubierto”. Los testimonios de la época describen escenas de enorme dureza. El capitán Juan Andrés de Vitoria relató cómo Acedo consiguió llegar hasta La Aldea realizando dos travesías en pequeños barquillos a la vista de los barcos enemigos, que no lograron interceptarlo6.

Durante una noche y un día completos, los navíos ingleses bombardearon la costa mientras sus botes efectuaban continuas descargas de fusilería. Pese a ello, los milicianos canarios resistieron en posiciones improvisadas y consiguieron capturar a cinco ingleses, además de causar la muerte de otro.

Otro de los combatientes, el sargento José Valenzuela, recordaba haber soportado el fuego enemigo protegido únicamente por parapetos de piedra seca. En la defensa del puerto de Las Nieves, junto al teniente capitán Juan Ruiz de Quesada, los milicianos combatieron prácticamente sin cobertura. Los documentos destacan especialmente el valor demostrado por Acedo y sus hombres, que lucharon “a pecho descubierto” frente al constante cañoneo inglés. Los corsarios intentaron incluso desembarcar tropas mediante dos botes armados, pero la resistencia organizada por las milicias canarias terminó obligándolos a retirarse.

Memoria de una resistencia olvidada. Los ataques corsarios de 1745 forman parte de una larga historia de incursiones extranjeras en Canarias, aunque muchos de estos episodios permanecen hoy relativamente desconocidos fuera del ámbito académico. Sin embargo, aquellos enfrentamientos revelan la importancia estratégica que tuvo el Archipiélago en el Atlántico y el papel fundamental desempeñado por las milicias locales en la defensa de las Islas. Lejos de los grandes campos de batalla europeos, campesinos, pastores y milicianos canarios tuvieron que enfrentarse a navíos artillados y tropas experimentadas para proteger sus costas, sus pueblos y las rutas marítimas del Atlántico. Aquella resistencia improvisada, sostenida muchas veces con escasos recursos y enormes dosis de determinación, terminó convirtiéndose en uno de los episodios más significativos de la historia defensiva de Gran Canaria en el siglo XVIII.


  1. SÁEZ ABAD, R. (2010), La Guerra del Asiento o de la Oreja de Jenkins (1739-1748), Madrid: Almena.
  2. VIERA Y CLAVIJO, J. de (1982), Noticias de la Historia General de las Islas Canarias. Octava edición. Santa Cruz de Tenerife: Goya; Rumeu de Armas, A. (1947-1950). Piratería y ataques navales a las Islas Cana­rias. Madrid, España: CSIC-Instituto Jerónimo Zurita; BÉTHENCOURT MASSIEU, A. y RODRÍGUEZ GALINDO, A. (1965). Ataques ingleses contra Fuerteventura. 1740, Valladolid; Gráficas Andrés Martín; BÉTHENCOURT MASSIEU, A, de (1954), Patino en la política internacional de Felipe V, Valladolid; CSIC; BÉTHENCOURT MASSIEU, A, de (1994a), «Reflexiones sobre las repercusiones del corso marítimo en las Islas Canarias», en Coloquio As sociedades insulares no contexto das interintluéncias culturáis do sécula XVIII. Funchal: Universidad de Madeira, pp. 51-92; CIORANESCU, A. (1977), «Piratas y corsarios en aguas de Canarias (siglo xviii)», en MILLARES TORRES, A. Historia General de las Islas Canarias, Las Palmas de Gran Canaria: Edirca, tomo IV, pp. 111-123.
  3. BÉTHENCOURT MASSIEU, A, de (1994b), «Canarias en los conflictos navales de 1727 y 1739-1748. Nuevas aportaciones», Espacio, Tiempo y Forma, serie IV, Historia Moderna, pp. 51-70.
  4. BÉTHENCOURT MASSIEU, A, de (1994b).
  5. BÉTHENCOURT MASSIEU, A, de (1994b), p. 63.
  6. Archivo Histórico Provincial de Las Palmas. Sección: Protocolos notariales. Legajo: 1.726, fols. 119 r.–127 v. 
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