Los primeros viajes. Desde los Pinos Altos realicé tres viajes. Uno de ellos, quizás el primero, fue a la fiesta de San Antonio del Monte. Recuerdo bien la ilusión que tenía Lela, Pura y Gloria por asistir a esa fiesta. Hoy comprendo que posiblemente ellas estaban pendientes de algún mozo del lugar, lo lógico debido a la edad. Recuerdo los preparativos y la comunicación intervecinal que existía en días previos a la fiesta para salir todos juntos desde Franceses. Así que la familia que vivía más cerca de la costa eran los primeros al salir de la casa, y subiendo por el Lomo de los Castros iban avisando al resto de sus vecinos, los cuales se unían a la expedición. Por supuesto que los últimos que nos uníamos éramos nosotros, Los de Los Pinos Altos. Cada familia llevaba su mulo en prevención de que alguien se cansara durante el viaje, y también para la comida. El padre o jefe de la familia era en conductor (arriero) del mulo... Subiendo lomo arriba llegamos hasta La Traviesa. A partir de aquí el camino era ya más apacible.
Durante el viaje se contaban chistes y alegremente se cantaban aquellas inolvidables canciones de la época: “¡Ay, Jalisco!", "Allá en el Rancho Grande” y otras... Todo iba muy bien hasta que, llegados a la altura del Roque del Faro, comenzó a achubascar y a achubascar. Aquello se puso muy feo, hubo desánimo total, pero por fin llegamos a San Antonio. A partir de aquí solo recuerdo un llano o allanadura con mucho ganado caballar y vacuno. La procesión del Santo salía desde la ermita y después regresó apresurado, por miedo a una noche con lluvia se nos viniera encima.
Creo que el primer viaje que realicé desde los Pinos Altos hasta Las Tricias fue en compañía de Estebita. Exactamente no sé a qué fue... Por aquella época conocía a Inocencio y a su familia; don Juan María era muy querido y renombrado por mi padre... El caso es que el viaje a Las Tricias fue en tiempos de las ciruelas y que ese año hubo una cosecha extraordinaria, por cuya razón alguien, no sé quién, le regaló a Estebita todas la ciruelas que quisiera. Al ver tan espléndido obsequio, consiguió (tampoco sé de qué madera) dos enormes cajas que llenó de esta fruta hasta el borde, las forró con sacos y -ayudado por los vecinos- cargó al pobre mulo, que no hacía más que gemir al percibir tan pesada carga sobre sus costillas. Cargado el mulo, salimos rumbo a Los Pinos Altos.
Lo que sí recuerdo con claridad era que el mulo apenas divisaba un cruce de camino quería irse por él. Más tarde me explicaron que cuando estos animales se ven tan angustiados con su carga encima, cogen el primer atajo que encuentran para que le quiten aquello que encima lleva. Así que el mulo, cada vez con más frecuencia, hacía su parada e intentaba acostarse en el suelo. Estebita lo animaba a seguir, y si este no obedecía arremetía contra él de palabra y… de hecho. Al final, caía ya la tarde llegamos a Los Pinos Altos. Estebita rápidamente descargó al mulo. En esto estaba cuando el tío Esteban, su padre, apareció por allí y... casi se muere de espanto. El mulo ya no tenía piel en su lomo, todo era una gran llaga. El tío habló y habló hasta por los codos, creo que fue la primera vez en mi vida en que lo vi enfadado... Después llegó la calma, preparó un ungüento, llevó al mulo hasta el pajero, al lado de la fuente, y allí lavó sus heridas. Aquellas ciruelas, me dijo el tío, a pesar de ser regaladas, fueron las más caras que había comprado en toda su vida...
Otro viaje lo realicé con el tío Esteban. Se trataba de ir también a Las Tricias porque, según creo, tenía alguna propiedad por allí. Así que muy tempranito, pacientemente, preparó su mulo y juntos los dos comenzamos el viaje. Tengo un recuerdo muy puntual... El trayecto hasta Las Tricias se realizaba a través de una pista forestal que, partiendo desde Barlovento, atravesaba toda Garafía por el monte, cruzando la parte alta de Franceses, el Roque del Faro, La Mata, Llano Negro y San Antonio, hasta llegar a Las Tricias. La pista era toda de tierra, pero los puentes entre barranquillos o barranqueras era de madera de pino, construidos de forma artesanal.
El tío caminaba tranquilamente tras su mulo y yo junto a él. A veces me preguntaba si iba cansado, para que me subiera a la bestia, pero yo prefería ir caminando y contemplando el paisaje. Cuando llegamos al primer puente de madera, me quedé estupefacto y asombrado. Paró el mulo, con esa palabra que entienden los animales: “¡Sooo!”. El mulo obedeció la orden y paró en seco. Entonces, el tío Esteban sacó un blanco paño de un saco que llevaba sobre el mulo y, a modo de antifaz, cubrió la cabeza del animal.
-¿Por qué hace eso, tío?
-Para que el mulo no tenga miedo -contestó. E intrigado yo de nuevo pregunté:
-¿A quién tiene miedo el mulo?
Me explicó que, como quiera que existían huecos entre las tablas del puente de madera, el mulo veía abajo la profundidad y se asustaba por miedo a caerse, por lo que no atravesaba el puente e interrumpía el viaje. Así que el tío lo evitaba procurando que el mulo no se enterara, por aquello de que ojos que no ven corazón que no siente...
Hubo otro viaje desde Los Pinos Altos a Las Tricias. Esta vez fui en compañía de Estebita. "¿Sabes quién va para La Palma?". Preguntaban eso a la tía Rosalina, y a la chicas, los vecinos. "Me han dicho que mañana va…", y… decían el nombre de alguien. Yo me preguntaba por qué querían saber quién iba para La Palma, así que las primas me lo explicaron. "Es porque quieren que les traigan medicinas desde la ciudad".
Al mediodía se preparaba el almuerzo, papas guisadas y a almorzar en El Cocino. Estaba El Cocino fabricado junto a la casa de Los Pinos Altos, en su parte derecha, mirando desde el frente y, esencialmente, consistía en un hueco de apenas dos o tres metros de ancho. Estaba hecho en un ribazo, con una altura de poco más de dos metros y de fondo apenas tendría dos metros, tapado con unas planchas de zinc. Como pintura interior tenía todo el negro humo de la húmeda leña. Acompañaban a las papas huevos frescos, de gallinas sueltas que vivían normalmente cerca de El Cocino, y a cuyos nidos acudía yo en busca de los apreciados productos. No faltaba el queso fresco de cabra y, por supuesto, el consabido mojo de azafrán de la tierra, cultivado junto a la casa de la costa, en aquellos valles contiguos, donde el tío Estaban tenía también su vega de tabaco para uso propio.

Caía la tarde, y entre los últimos cantos de las codornices con sus famosos tostaras, tostaras en el silencio de la apacible tarde, se oía allá, en el pajero, a Estebita peleando y peleando: o bien peleaba con el mulo o con dos hermosos bueyes que eran su orgullo, a los que atendía con el mismo cuidado y esmero que se atiende a los familiares más queridos. El caso era que no cesaba de hablar alto, muy alto, a veces para oírse él mismo.
Ni qué decir tiene que Estebita era el jefe supremo del clan y el organizador de todas las labores agrícolas. A él se debía supeditar el resto de la familia y con él había que contar para realizar cualquier labor rural. Había más bueyes en la comarca, pero los de Estebita, al menos para él, eran los mejores bueyes de toda Garafía. Todas las tardes les picaba, a mano, brezos y fallas para que les sirviera de mullida cama. El desayuno era suculento a base de chicharrones (legumbre muy apreciada). Tenía el tío un carnero al que yo le hacía gestos ofensivos o provocativos para que se pusiera en posición de defensiva pelea. Así que el carnero, apenas yo me acercaba, me reconocía en el acto, y no me hacia trizas porque él estaba atado y bien atado al dornajo; que si no hubiera yo muerto allí mismo, a la primera embestida...
Ayudaba en las labores agrícolas un tal Geno, que a veces hacia de intermediario para trasmitir a las primas las órdenes dictadas por Estebita. Llegada la noche, y previo a la cena, se hacía el lavatorio de los pies en la batea. Para ello había un orden de preferencia: primero los más viejos, comenzado -por supuesto- por el tío Esteban. Cada uno tenía que cambiar el agua y dejar preparada la batea para el siguiente. La cantidad de líquido limpio que se vertía debía ser muy controlada, de tal forma que ni tan escasa que los pies no cupiesen dentro, ni tan abundante que se desperdiciara el agua. A continuación del lavatorio se procedía al autosecado de los pies, se vaciaba el agua y se cedía el recipiente al siguiente usuario. Mientras esto sucedía llegaba hasta la terraza de la casa el olor al gofio escaldado con tocino y algo de hila, y a continuación el potaje de jaramagos.
El día a día en Los Pinos Altos. La vida en Los Pinos Altos era para mí muy alegre y divertida durante el día ya que todo eran distracciones. Durante las mañanas me distraía mucho viendo cómo los vecinos subían y bajaban de los montes, unos a lomos de sus mulos y otros andando, pero todos muy contentos y a veces cantando canciones de la época. En ocasiones me invitaban a subir a los montes a lomos de sus mulos o agarrado al rabo del mulo, y otras andando. Me trataban muy bien. Eran para mí gente muy cariñosa. Por las tardes, después de la consabida siesta, me entretenía ayudando al tío Esteban en sus labores agrícolas. Y con ansiedad esperaba a que el tío me dijera:
-Manolo, ¿quieres ir a buscar al mulo?
Yo me alegraba mucho e iba corriendo a aquella huerta en la que el animal estaba estacado. Lo desatascaba y lograba colocarlo bajo un ribazo, de tal manera que yo pudiera subirme a su lomo. Esta operación, recuerdo que la hice muchas veces. Sin embargo, una tarde, cuando yo sobre mi mulo atravesaba una andanada, me dio por achucharlo. Él respondió a su manera, de tal forma que salí despedido y caí en un nivel más bajo de la huerta. Todavía creo que me duelen mis posaderas.
Recuperado del susto, miré a mi alrededor, por si alguien me había visto y lo contara... Mas no, no lo había visto nadie. Todo era silencio y más silencio, y un poco más allá vi al mulo como esperando a que yo me repusiese de tal accidente. Así que lo tomé por las riendas y fui caminando mientras me seguía depués de sacudirme bien, para que no se descubriera mis desventuras. Y se lo entregué al tío Esteban... El mulo parecía que quería hablar y con sus grandes y brillantes ojos parecía decir:
-Esteban, este tu sobrino Manolo se subió sobre mí de tan mala forma que cuando emprendí la marcha se cayó al suelo... Yo esperé por él y ahora disimulo para que tú no te disgustes...
Las tardes en Los Pinos Altos eran muy divertidas para mí hasta que terminaba la tarea de atendimiento a los animales. Estebita le preparaba la cena a sus bueyes, la tía Rosalina atendía a unas cabras... En fin, todos participaban en las labores necesarias para que aquellos animales pudieran dormir con su estómago lleno y en una cama bien mullida. Terminadas todas estas tareas de ajetreo, el silencio de la tarde-noche se sentía por doquier. Solo se oía del triste canto de las codornices con su tostaras… tostaras... En esos momentos ya el aburrimiento se iba apoderando de mí y el respetivo canto me ponía muy nervioso y muy triste. Consecuentemente, pensaba en Miraflores, en mi casa paterna, donde no había codornices que me atormentaran con sus tos-ta-ras...
La Llegada de Inocencio y Gloria, que desde Las Tricias venían, era motivo de alegría para toda la familia en Los Pinos Altos. Participaba yo de esa alegría, y aunque no entendía lo que entre sí hablaban (tampoco mucho me interesaba), el ambiente festivo y alegre de su llegada me contagiaba. Recuerdo que cenaban con nosotros en Los Pinos Altos y después se iban a dormir a la casa de la costa...
