Hubo un tiempo en que el Sur turístico estaba en el Centro de la isla de Gran Canaria, y cuando llegaba la época estival la Residencia de Tiempo Libre de Santa Brígida se convertía en el lugar preferido por miles de familias trabajadoras de todo el país para veranear de forma económica. En unas pocas generaciones se había logrado la definitiva consecución del derecho social a unas vacaciones pagadas, tal y como las conocemos hoy. Esa demanda histórica fue satisfecha por primera vez durante la II República (1931), para todas las personas asalariadas, con una semana; aunque terminó siendo consolidada con la promulgación del Fuero del Trabajo (1938), lo que llevó al régimen franquista, a través de la Obra Sindical Educación y Descanso, a afrontar la organización del ocio y el esparcimiento de la clase trabajadora como consecuencia del intenso fenómeno de la industrialización experimentado tras la posguerra. Para lograr sus fines contaría con una red de albergues y residencias de verano en distintas áreas de playas y montañas, en parte gracias a las cuotas de los productores (trabajadores) y las aportaciones de los empresarios. Las primeras instalaciones se construyeron en las afueras de Madrid: El Escorial y Navacerrada, gestándose un modelo de turismo social vinculado al control ideológico y sindical. En Gran Canaria, en concreto, el Hotel El Pino, en Teror, proporcionó en el verano de 1944 alojamiento a sesenta mujeres obreras de una fábrica de fósforo en su quincena de vacaciones remuneradas, a las que siguieron otros trabajadores. Bajo estas premisas, a aquella primera residencia de la villa mariana que nominaron campamento Mario César le siguió un chalé de Tafira Alta, pago residencial de la capital, que se inauguró el sábado 18 de julio de 1953 y que adoptó el nombre de Feluco Bello del Toro, en memoria de otro joven combatiente falangista fallecido en la Guerra Civil Española. Pero en poco tiempo quedó pequeño ante la creciente demanda, pues apenas se disponían de cuarentas plazas para satisfacer estos servicios veraniegos que iban creciendo.

Un personaje clave en la historia de aquellas residencias de verano fue Ervigio Díaz Bertrana, abogado grancanario que fuera presidente del Cabildo Insular y vicesecretario provincial del sindicato vertical franquista, quien dio un decidido impulso para colmar el ocio de la clase trabajadora canaria. De modo que, con el visto bueno de Juan Sarazá Ortiz, delegado provincial de Sindicatos y vocal del Centro de Iniciativas y Turismo, Díaz Bertrana encargó al jefe de servicio de Estadística de Las Palmas, José Fernández Fernández, un estudio previo que propiciara el proyecto de un moderno edificio en la provincia de Las Palmas, concretamente en el término municipal de Santa Brígida. Algo similar a lo que se llevaba a cabo en el resto de la geografía española.
El territorio de Santa Brígida experimentaba una nueva transformación urbana en su zona agrícola tras la edificación de las primeras casas baratas en el pueblo. Una buena noticias para todos, salvo para la arquitectura vernácula y los cercados de papas. La construcción de aquel gran edificio vacacional, que coincidió con las primeras oleadas de turistas que irrumpían en las inalteradas costas del Sur, fue la imagen de un nuevo estirón experimentado en el pequeño pueblo desde que el Régimen había dado a los ayuntamientos el poder sobre sus ordenanzas de construcción, aplicándose a ello con entusiasmo, con el desarrollo de las primeras urbanizaciones y un proyecto de un complejo polideportivo: el antiguo campo de fútbol en el mismo casco. Fue financiado por el Cabildo, presidido por mencionado Díaz Bertrana, que, en palabras del alcalde Pedro Déniz, fue un político visionario que "vislumbró las enormes posibilidades que tenía nuestro pueblo, zona residencial y turística de primera magnitud". Por tal motivo, propuso el nombre del regidor cabildicio para bautizarlo1; promesa que, pasado el tiempo y concluida la obra, no se cumplió.
Así las cosas, en aquellos tiempos del desarrollo turístico de masas se despertaron también las ambiciones de las autoridades locales de crear una ciudad turística en el Centro de la isla, y andaba en busca de quien le diera forma; y el momento llegó apenas estrenados los años setenta, cuando la Obra Sindical Educación y Descanso promovió el proyecto en un cruce de caminos, entre Satautejo y Los Olivos, sobre lo que había sido un antiguo secadero de tabacos. Todo va a cambiar. Por fin, el pueblo de mucha tierra y poca renta daba con la clave de su ambición residencial. El pago de Los Olivos se abría paso con éxito en el camino del turismo social, distinto a los hoteles más exclusivos de El Monte, convirtiéndose en punto de encuentro y epopeya de la clase trabajadora. La idea básica venía ya del año 1956, cuando el ayuntamiento presidido por Pedro Déniz Batista intentó promover en ese mismo lugar un proyecto de ciudad turística, diseñado por el arquitecto Hernández Prieto, que incluía un hotel mastodóntico con una gigantesca torre de casi 20 plantas de altura, similar al actual hotel Los Bardinos, en la capital, que diera respuesta a la creciente afluencia turística extranjera y oportunidades de trabajo a los vecinos. Pero el entonces presidente del Cabildo de Gran Canaria, Matías Vega Guerra (1905-1989), logró pararle los pies a nuestro munícipe visionario sobre su Plan Míster Marshall. Y contestó al ilusionado regidor satauteño "que la obra era de una envergadura que estaba fuera del alcance, no ya de ese ayuntamiento, sino de corporaciones de mayor potencialidad"2. Esto de los mamotretos, como se ve, viene de viejo...

La cosa, naturalmente, no terminó ahí. No fue más que una excepción. Y así, apenas un año después de aquel primer tropiezo de convertirse en operador turístico, el ayuntamiento puso a disposición de la Delegación Provincial de Sindicatos de Las Palmas, a través de la Obra Sindical Educación y Descanso, aquel terreno de seis mil metros cuadrados para excavar los cimientos sobre el que terminó alzándose un nuevo proyecto hotelero: la residencia de Tiempo Libre. Su construcción, a partir de 1968, fue acometida por Entrecanales y Távora SA, una constructora española que por aquel tiempo había acabado la Casa del Marino en la ciudad. El arquitecto grancanario Fernando Delgado de León (1906-1972), miembro de la Obra Sindical del Hogar, fue el redactor del proyecto y optó por crear una edificación distribuida en seis plantas, con 84 amplias habitaciones (28 en cada planta, con capacidad para 168 plazas), todas con baño y balcón, a imitación de los bloques hoteleros construidos en la capital para incorporarse a la red estatal de este tipo de alojamientos. La nueva residencia de tiempo libre de Santa Brígida era capaz de satisfacer todas las necesidades demandadas entonces para que la clase trabajadora disfrutase de sus mejores momentos de asueto a precio muy asequibles. El resultado fue un edificio de gran altura, a poca distancia del casco, que aportaba una imagen moderna y funcional en el panorama turístico. La residencia satauteña se convirtió en uno de los mejores alojamientos veraniegos de España, dotado de los más modernos adelantos hoteleros: lavandería, economato, caldera de agua caliente y otros servicios, y rodeada de amplias zonas ajardinadas y en pleno contacto con la naturaleza.
El nuevo hotel sindical de Los Olivos propiciaba a los veraneantes esa búsqueda intencionada de una atmósfera de aislamiento, al tiempo que era capaz de satisfacer todas las necesidades demandadas por los habitantes temporales de entonces: solárium, comedor, hall, bar, sala de reuniones y de juegos, parking, salón de actos, biblioteca, peluquería, además de una pequeña capilla para no interrumpir las obligaciones religiosas durante la estancia. El exterior contaba con una magnífica y extraordinaria área de esparcimiento: ¡la cancha de baloncesto! -la primera que hubo en el pueblo, sede de los pioneros campus juveniles impartidos por Luis López, seleccionador juvenil de Canarias-. También disponía de campo de tenis, parque infantil y, por supuesto, una piscina grande y otra más pequeña, flanqueadas por seis esbeltas palmeras canarias que allí quedaron. En ellas se promovían cursos municipales de natación, salvamento, socorrismo y, de paso, se lucieron los primeros bikinis mientras confluía la vida social del pueblo hasta muy avanzada la tarde. Para muchos chiquillos de la Villa la piscina de la residencia, y de las Grutas de Artiles después, les dio la oportunidad de dar las primeras brazadas de su vida. Se sentían alegres, se sentían tribu en aquella infancia soleada de juegos, desafíos y travesuras.
Después de varios años de incesante trabajo para levantar una edificación que aún hoy se muestra robusta y duradera, por fin, el 21 de abril de 1970, abría sus puertas del ocio para iniciar la temporada de verano, con un primer turno de quince días de vacaciones para 20 matrimonios de la provincia de Tenerife y 51 familias de Las Palmas. La inauguración contó con la presencia de las primeras autoridades insulares y municipales, con el alcalde Pedro Déniz al frente, el gobernador civil, las jerarquías sindicales, incluida la bendición espiritual: Ramón Falcón Pérez, el nuevo cura párroco, realizó el solemne acto y, ornamentado con estola y sobrepelliz sobre su sotana, solicitó a la Divina Providencia la salud para el cuerpo y el espíritu de los que de allí en adelante acudieran aquel lugar bendecido a disfrutar del descanso y recreo de familias trabajadoras con pocos recursos. Comenzaba su momento de gloria, cuando la Transición aún no transitaba, faltaba poco para la muerte del dictador y se daba cierta tolerancia, dentro de un orden.


La Residencia de Santa Brígida se convirtió en el destino de miles de familias trabajadoras que disfrutaban de unas vacaciones retribuidas. En 1978, era el hotel más barato de la provincia y daba cierto aire cosmopolita a esa zona sur del pueblo. Por solo 5400 pesetas de la época (32,45 euros) un matrimonio podía disfrutar de una quincena con pensión completa, lejos del ruido de la ciudad y en plena naturaleza, donde los alisios compensaban los días infernales con una brisa agradable. Un año después, la gestión de la residencia pasó a depender del Ministerio de Trabajo debido al final de la sindicación obligatoria y la reforma de las estructuras sindicales. Con el tiempo –poco tiempo–, con el Estado de las Autonomías, pasó a patrimonio de la consejería de Empleo y Servicios Sociales del Gobierno de Canarias, mientras se iniciaba una etapa en la que no salió bien parado el turismo social con precios por debajo del coste del servicio. Lo cierto es que la Residencia dio mucha vida social a la Villa, cuando viajar era un privilegio de pocos, y, por supuesto, dio una oportunidad de empleo a numerosas familias del municipio, incluso a los taxistas que solicitaron al ayuntamiento la creación de dos nuevas plazas por la puesta en servicio de la Residencia. Salvo el equipo directivo, la mayor parte del personal eran mujeres satauteñas que se emplearon como recepcionistas (Yeya Tejera, Rosi Martín, Fátima Cámara, Lalita Martín, Florita Alonso o Andreíta Déniz), camareras, limpiadoras; mientras que los hombres desempeñaban las tareas de chóferes, guardaportero, que contaba con casa propia a la entrada, además de vigilantes nocturnos y personal de mantenimiento para que todo funcionase. Algunas de ellas empezaron a trabajar siendo muy jóvenes, se casaron y allí celebraron la boda, y compartieron momentos inolvidables con los residentes y veraneantes. Formaban una gran familia y con una identidad que parecía emparentarlos a todos.
La nómina de empleados es breve si se tiene en cuenta la extensión y ambición del proyecto. Pero también desfilaron por la residencia los cocineros: Pedro Vega Rivero, que vivía dos calles más arriba; maestro Félix, que hacía unos churros deliciosos; el chef Francisco Vargas, vecino de Las Meleguinas, quienes en medio de una fastuosa cocina digna de un hotel de cuatro estrellas elaboraban platos identificativos de la cocina canaria, como los potajes de berros, sancocho, el rancho, ropa vieja, papas arrugadas con mojo (delicia de los peninsulares), gofio escaldado, para más de un centenar de comensales; incluidos los postres más populares: helado de gofio y manzanas al horno, cuyo gratos sabores aún recuerdan tantos los residentes como algunos intrusos. Si lo sabrán los guardias municipales, que aprovechaban los manjares sobrantes, conservados a buen recaudo, para una cena de madrugada de sus rondas nocturnas. El menú habitual se componía de dos platos, postre y, para beber, una botella de vino por mesa: y, cómo no, agua Firgas. Por la noche se ponía siempre una taza de leche con galletas, quizás por aquello de que arriba de la leche nada eches.
Al mismo tiempo, el Ayuntamiento de Santa Brígida, tan carente de todo, celebraba allí numerosos actos sociales, deportivos y culturales, como encuentros de grupos folclóricos de otras islas; aparte de comilonas institucionales, bailes de disfraces, celebraciones de bodas, convenciones…, lo que fortalecía el sentido de comunidad y daba a la residencia un aire de protectorado o respiradero para la libertad. Hubo un tiempo, incluso, que acogió alguna que otra concentración de la UD Las Palmas, cuando el hotel Bandama cerró por obras, pero también de los equipos de lucha canaria del Archipiélago que competían en Gran Canaria. Es difícil imaginar hasta qué punto se vivía entonces a la sombra de una residencia que daba prosperidad a un pueblo, todavía campesino, que aparecía señalado en los mapas y folletos turísticos de España como un reclamo veraniego para todas esas clases medias y trabajadoras, sufrientes y soñadoras.
Aquella residencia, única de la provincia, lo tenía todo para disfrutar de los placeres de la vida con unas vacaciones baratas. Las familias de la clase trabajadora descubrían un mundo nuevo y, sobre todo, otra forma de relacionarse en aquella finca de recreo. Allí se forjaba paulatinamente una sólida y afectiva amistad con otros huéspedes y se disfrutaba de la alegría de los buenos ratos, como elixires de longevidad y bienestar emocional. Fueron días inolvidables, llenos de experiencias, cuando todavía las redes sociales ni los móviles habían llegado, lo que invitaba a la conversación sin pausa cada día o a escribir postales, cuyos remitentes descansaban en aquel rincón estival en una sincronía afortunada. Las tardes se pasaban en los salones, espacios de encuentro, mientras se disfrutaba de los juegos de cartas, la lotería o aprendía uno a mover con arte o fortuna las piezas del ajedrez y el dominó. Entretanto, sonaba la música de la orquesta Los Mila y era posible bailar en el salón, elevándose el tono de las conversaciones en aquella vida animada y bien lubricada de la euforia que aporta al público beberse unos vinos, una sangría o un güisqui de Malta la tarde de un viernes. Otros, en cambio, preferían hacer una expedición al pueblo, y pasear por puro placer sus calles y comercios o disfrutar de las fiestas de verano, con su tradicional feria de ganado y Florabrígida, y las primeras romerías de la patrona; o, tal vez, ir al cine. Cuando llegaban las fiestas, la cocina de la residencia ofertaba al público en general el menú de San Antonio con el fin de conquistar los paladares de quienes visitaban ese día el pueblo, "y almorzaran a un precio económico", recuerda el exdirector Felipe Martín, de 79 años. También se programaban excursiones por otras islas, Tenerife y Lanzarote, o las habituales vueltas a la isla, que incluían los Palmitos Park y el Cañón del Águila, que los residentes debían pagar aparte, para lo que se alquilaban las guaguas de Las Palmas Bus y a los huéspedes iban con su pícnic, generalmente muslos de pollo, croquetas o un triángulo de tortilla de papas. Transcurrían los últimos setenta, los primeros ochenta... y todo iba muy rápido.

Tan rápido como la vida misma y, de pronto, también llegó el final de aquel territorio emocional. Para entonces, cuando llegaba el asueto de la época estival, muchas familias canarias se iban, como tantos otros, a veranear al Sur de Gran Canaria, a San Agustín, Patalavaca o Maspalomas, que ya contaba con su campo de golf, rivalizando con Bandama. Se mejoraba la oferta de establecimientos residenciales y la competencia privada. Entretanto, en 1983 el edificio fue remozado interior y exteriormente para alargar su uso. Y, ocho años después, volvió a ser objeto de rehabilitación y modernización con un presupuesto de 50 millones de las antiguas pesetas. Se reabrió al público el 16 de julio de 1992, y el entonces presidente del Gobierno canario, Jerónimo Saavedra, inauguraba las nuevas obras. Pero la decisión de un fatal desenlace comenzó a tomarse en los despachos políticos. El Gobierno comenzó a hacer recortes, una especie de desmantelamiento progresivo, hasta que decidió cambiar su uso. Alegaba un descenso en la demanda frente a las nuevas promociones turísticas en las playas del Sur; sin embargo, en el puente de la Constitución del año 2000 el complejo vacacional registró un lleno absoluto. El objetivo, «inalterable y tajante» del Gobierno canario presidido por Román Rodríguez Rodríguez, era convertirla en un centro de día para mayores, su segunda vida. Entretanto surgían los rumores y los treinta trabajadores que aún permanecían en el complejo, bajo la dirección de Antonio Quirós, su último director, iniciaron movilizaciones, respaldados por sus representantes sindicales, mientras esperaban a que se despejara su futuro. Contaron con un gran apoyo popular, pues al menos 30 000 firmas fueron entregadas en el registro de la Consejería de Empleo y Asuntos Sociales solicitando la continuidad del servicio hotelero. El cierre definitivo de la Residencia de Santa Brígida se produjo el lunes 1 de enero de 2001, mientras abandonaban el complejo los últimos clientes que disfrutaban de la cena de fin de año, víspera de una despedida.
Se quebró para siempre el vínculo emocional con el pueblo, aquel desfile incesante de la clientela hacia el sur de Los Olivos, con las ganas de disfrutar de siempre y los bullicios de los fines de semana en torno a la piscina, a la que podías acceder, previo pago de 600 pesetas que incluía el almuerzo. Los trabajadores de toda la vida fueron reubicados en otros puestos del Gobierno. Modesta recompensa para unos dignos y grandes profesionales que no perdieron el empleo, pero sí su segunda casa. Cuántas pequeñas historias habrán protagonizado en aquella Residencia, cuántos lazos entre padres, madres, hijos y amigos se fortalecieron a lo largo de su historia. Fue un verano largo, tanto que duró treinta y un años. La residencia se quedó grabada en la vida de miles de vecinos y veraneantes como un espacio de encuentro, del que aún sentimos nostalgia parecida a aquel sol de la infancia.


- Archivo Municipal de Santa Brígida. Moción presentada en el pleno de 21 de junio de 1970.
- Archivo Municipal de Santa Brígida. Proyecto de Ciudad Turística.
