Revista n.º 1132 / ISSN 1885-6039

Lo espeluznante en medio del jolgorio...

Jueves, 26 de junio de 2025
Pablo Estévez Hernández
Publicado en el n.º 1102

Ver todos los calderos al fuego al caer el sol me puso el corazón contento: había una comunidad unida en el barrio canario. Sin embargo, el turismo y las transacciones económicas nos siguen vigilando como espías infiltrados...

Calderos al fuego para la fiesta

La bruma fue la primera en aparecer en la fiesta. Era como si esa niebla densa pudiera proteger la tradición. Pero no duraría mucho: al primer rayo potente del día las nubes se revolvieron, escabulléndose por la cumbre, dejando ver las dimensiones del camino que da a la plaza de la ermita. Y luego se podía ver mucho más: la magnificencia de los castaños y la gente vecina de estas medianías, que se iba sentando en asientos de helechos en los contornos de la ladera. El santo y la virgen presidían desde el lomito, a punto de bendecir a todos los animales aquella mañana.

En la plaza había un torneo de envite tan tenso que una pelea a puños parecía aguantadita arriba de un hilo, quizás hasta que alguien gritara un envite revirado. Algunos iban llegando en caballo y lo ataban directamente al kiosco, donde los compañeros de la sortija celebran no haberse roto nada, aunque buena parte de los jinetes estaban magullados. Ver todos los calderos al fuego al caer el sol me puso el corazón contento: había una comunidad unida. Las mujeres son las que sostienen la fiesta; no solo están atentas al fuego, sino que también decoran la ermita y están en la plaza con sus telares maravillosos. En mitad de la noche una familia me invitó a un patio que daba a un salón chiquito, con una cocinilla. Me pusieron un vaso de vino sin preguntar y enseguida se dieron a conversar. La cocina es tan chica que en el invierno es el mejor refugio. “Tan solo hacer el café con el fuego chico ya calienta el sitio por las mañanas”.

Dispuestos para el envite

Intercambiando durante la jornada

Antes de volver a la fiesta, antes de sentarme con docenas de vecinos y vecinas a pelar papas, me quedé congelado en una vereda ante una escena tan extraña como bella. Un perro dormía en una esquina de un banco y en el otro extremo una pareja de enamorados se daba un beso antes de levantarse y perderse en una nueva cortina de niebla nocturna. Su amor parecía, en algún sentido, prófugo. Pero no fue la primera vez que me paralicé ese día: antes, en algún momento de la mañana en el que aún dominaba la neblina, me quedé parado y con la respiración cortada, y todo fue por una presencia, esta vez funesta; por algo extraño que alteró el sentido de toda aquella fiesta popular. Al modo en que lo entiendo, la fiesta sostiene todo lo común, es la encarnación de un principio por el cual la convivialidad aguanta tejiendo vivencias. Por mucho que pareciera que el envite fuera a fulminar el contrato social, ahí estaba presente también una forma de convivir que no pone precio a un plato de comida, ni a la música de verbena y el baile de la plaza. En medio de todo eso apareció lo espeluznante.

Publicidad inmobiliaria en el jolgorio rural canario

Irrupción de la publicidad junto al escenario festivo

¿Qué pintaba ahí, en la fiesta del barrio, entre ventorrillos y kioscos, un puesto de una inmobiliaria? ¿Por qué está eso en lugar de nada? La extrañeza se percibe desde que los lacayos aterrizan en la zona. No vienen caminando, ni en una Toyota, ni a caballo. Vienen dejando migas de humo de embrague quemado para poder volver y se plantan a esperar a que, en el ajetreo de la fiesta, puedan colar un par de  panfletos donde se exhorta a vender la casa familiar. Su presencia es cuasialienígena, como el monolito misterioso de 2001: Una odisea en la espacio. Sin embargo, este es el tipo de situación alienante (valga la redundancia) en la que se encuentran las Islas. El turismo no está contenido ya en los enclaves, y estas casas, lejos de las grandes aglomeraciones urbanas, parecen atraer un nuevo perfil de comprador europeo. (El año pasado, una de cada cuatro casas compradas, un 28 %, fue adquirida por extranjeros europeos en Canarias). Lo perverso está en que ni la fiesta -el resguardo más seguro de la comunidad local- parece retraer a una empresa a primar las transacciones económicas: están ahí a lo que están, aunque parezcan espías infiltrados; están para comprar casas a los moradores históricos de la zona, que quizá en un momento de apuro económico tengan que vender sus lugares únicos.

Esta irrupción en la profundidad mágica y variable del lugar es un tipo de muerte lenta: quitando una vivienda aquí y allá, quitando un custodio de cotidianidad atada durante siglos al lugar, muchos de estos barrios (aquí no he puesto nombre porque esta es una situación que se repite por medianías y otros barrios canarios, puede ser cualquier fiesta en cualquier pueblo) sucumben a una vida atomizada de viviendas sin implicación en la vida social, incluso devotas a la fugaz presencia de turistas si son reconvertidas en Vivienda Vacacional, cambiando la intimidad de los balcones por la transparencia pornográfica de cristales con grosor, para no esforzarse para ver el paisaje. “Yo pienso de esta manera”, dice uno de los vecinos más longevos de esta zona: “las casas que sobran aquí, deberían repartirse al que no tiene”. Ahora mismo el capital dice otra cosa.

Las fiestas de este tipo quizá sean una de las últimas manifestaciones de un modo de vida; un eco de unos ciclos vinculados con el campo. “Antes, si había un vecino pobre, se le ayudaba”. Las vidas de estos barrios ya habían sido trastocadas con la implantación de una sociedad de consumo basada en el turismo en Canarias. Las estrategias de supervivencia de la gente de sitios así cambiaron por la limitación a la cumbre y la atracción por la construcción y los negocios en el sector servicio en la costa. Y siquiera así tuvieron sus tácticas subalternas de adaptación a las nuevas circunstancias, que no dejaron de lado unas creencias y prácticas tan ancestrales como las primeras presencias de vida humana en estas montañas. Los cultivos, los patios con juguetes revueltos, el pastoreo, los salones para las papas, los cuartos de apero, las ventas, las gallofas, la solidaridad ante los (cada vez más) graves incendios… y las fiestas. Todo sigue aquí, aguantando y resistiendo ante una situación indecente de despojo que da rabia (por no tener vivienda digna, por no tener trabajo, por los cortes de agua, por perder estos barrios, por perder la costa y ahora la montaña). Una rabia ante una paz social putrefacta de clichés sobre la amabilidad canaria. Una paz que puede hacerse añicos como en una partida demasiado tensa de envite.


Previamente publicado, con un título diferente, en https://elmajado.radiopimienta.org/, y compañado de esta nota: "con esta sección que he llamado Vaper Room, quiero aprovechar el espacio que da El Majado para presentar una serie de entradas que tienen en común el panorama actual canario, la cultura popular, la antropología del turismo y los pasitos de baile que damos ante este momento implosivo del capitalismo tardío".

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