Revista n.º 1079 / ISSN 1885-6039

Gran Distinción de Nivaria al pintor Cristino de Vera

Viernes, 10 de enero de 2025
Redacción BienMeSabe
Publicado en el n.º 1078

Es considerado uno de los pintores canarios más importantes del arte contemporáneo.

Cristino de Vera, junto a uno de sus cuadros

La presidenta insular destaca la trayectoria de uno de los pintores canarios más importantes del arte contemporáneo y que ha llevado “el nombre de Tenerife a los más altos foros del arte mundial y nos recuerda que el arte es, en esencia, una expresión de la vida misma”. Al acto, celebrado en la Oficina de Canarias en Madrid (España), acudieron el viceconsejero de Presidencia del Gobierno de Canarias, Alfonso Cabello; los consejeros de Presidencia y Cultura, José Miguel Ruano, y José Carlos Acha, respectivamente, así como los consejeros de la corporación insular, Aarón Afonso y Ana Salazar además de la delegada del Gobierno de Canarias en Madrid, Rosa Aguilar.

“Hoy, con la entrega de la Gran Distinción de Nivaria, añadimos un nuevo capítulo a su dilatada biografía, reconociendo su legado como patrimonio insustituible de nuestra sociedad. Este galardón es nuestra forma de agradecerte por hacer de la luz y el silencio una obra de arte, por llevar el nombre de Tenerife a los más altos foros del arte mundial y, sobre todo, por recordarnos que el arte es, en esencia, una expresión de la vida misma”, señaló Rosa Dávila. Del mismo, la presidenta insular transmitió el reconocimiento de la isla al pintor: “Es un honor para Tenerife tenerte como hijo predilecto y, a partir de hoy, como merecedor de nuestra más alta distinción”.

Cristino de Vera nace en Santa Cruz de Tenerife en 1931. En el año 1946, ingresa en la Escuela de Artes y Oficios de Santa Cruz de Tenerife, donde tiene como profesor a Mariano de Cossío, su primer maestro. Asiste a la vez a clases de dibujo en el taller del escultor Alfonso Reyes y trabaja con su padre como representante de productos farmacéuticos. En 1951, se traslada a Madrid y, gracias a la intervención de su maestro Cossío, entra bajo la tutela del pintor Daniel Vázquez Díaz, con quien estudia arte junto a otros discípulos suyos como Rafael Moneo o Canogar. Durante su estancia en Madrid, un joven Cristino de 17 años pinta con luz natural mientras escucha música, en su estudio por la zona de Bilbao. Los viajes formativos al exterior propician que el proceso de aprendizaje técnico de muchos artistas canarios se complemente con los hallazgos personales e intelectuales y el conocimiento de otras realidades artísticas.

De Vera, entra en contacto con los grandes maestros del Museo del Prado, donde pasa las tardes y queda prendado de las obras de Zurbarán. También frecuenta el Casón del Buen Retiro y el Círculo de Bellas Artes madrileño que, junto a sus clases en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y su asistencia a exposiciones artísticas de gran nivel como la I Bienal Hispanoamericana de Arte, celebrada en la capital, van gestando en él un estilo y una estética que se tornan únicos e inconfundibles con el paso del tiempo. En 1962, Cristino de Vera recibe la beca de la Fundación Juan March para viajar por Europa. El pintor, ávido de ver mundo y descubrir el arte de cada lugar, se convierte en un viajero incesante. Durante los años 60, visita lugares como Francia, diferentes regiones de Italia, Bélgica y Holanda. Logra ver las obras de Boticelli en la Galería Uffizzi de Florencia, en París a Picasso, saludar a Cocteau o dar la mano al artista Giacometti. Al finalizar escribe la memoria de viaje que exige la beca para la Fundación Juan March y que está recogida en el libro La palabra en el lienzo, publicado por la Caja General de Ahorros de Canarias en el año 2006. En los años 70, continua su periplo por Europa con su mujer, la psicóloga Aurora Ciriza, su apoyo incondicional.

Sin dejar de visitar, tanto por su labor artística como por vida personal, las islas Canarias, llega a Nueva York en 1974 y, en 1979, realiza varios viajes por Extremo Oriente (Japón, Bangkok, Nepal y China), la India, Méjico, Egipto, Marruecos, Roma, Paraguay y Brasil. Son años difíciles, intensos, y su pintura se presenta como congelada en el tiempo, al servicio de la meditación y de la contemplación. Una nueva mística que, después de idas y venidas en exposiciones, individuales y colectivas, hacen de Cristino de Vera un artista enigmático y, a la vez, fundamental en el arte canario de finales del siglo XX.

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