Revista n.º 1135 / ISSN 1885-6039

Mis recuerdos en Franceses (Garafía). Una historia familiar (V)

Martes, 9 de diciembre de 2025
Manuel García Rodríguez
Publicado en el n.º 1126

La mayoría de las familias del Lomo de los Castros (un barrio de Franceses) programaban turnos para hacer la matazón del cerdo, y repartían su carne con el resto de las familias que aún no habían matado. Así todo el barrio tenían carne fresca cada quince o veinte días.

Carne cochino

El día del cerdo. En aquella época, el cerdo era la base de la alimentación de la familia, en especial de la que, como la nuestra, vivía en pleno campo, alejada de las ciudades. Allá por los años cuarenta no existían neveras en ninguna casa de la isla, y menos en Garafía. El único hielo que se conocía era el producido durante las nevadas en los montes cuando en invierno nevaba. Por esta razón la familia tenía que usar mil y una estrategias para lograr que la carne del cerdo estuviese a disposición de la casa durante todo el año, a ser posible. Para ello utilizaban como principal sistema de conservación la sal, este que estaba al alcance de todos. La conservación por medio de la sal consistía en cortar la carne del cerdo en trozos de más o menos una cuarta y, a su vez, jarear los trozos, de tal forma que la sal penetrase lo más posible en el interior de toda la carne. Una vez terminado este proceso, la carne se introducía dentro de la pipota, que era una especie de barril grande abierto por un extremo y construido en madera (o en cemento, en raras ocasiones ). Después, a lo largo del tiempo se iban sacando trozos de carne salada, se levaba muy bien y se introducía dentro de la cazuela del caldo o potaje junto con papas, coles y demás ingredientes que conlleva el famoso potaje o caldo.

Otro medio de conservación de la carne consistía en poner el tocino de cerdo dentro de una gran caldera fabricada en cobre. Cuando el tocino se derretía y se volvía un líquido espeso, rápidamente se introducía carne magra dentro del líquido que, al enfriarse, se convertía en manteca, protegiendo la carne del contacto con el aire. Pero en Garafía, o al menos en Franceses, existía un procedimiento muy singular que nunca vi como norma establecida en otros lugares de La Palma.

La mayoría de las familias del Lomo de los Castros (un barrio de Franceses) tenían acordado un sistema muy original. Consistía en ponerse de acuerdo en la fecha del comienzo de la matazón del cerdo. Una vez acordada la fecha, se programaban los turnos, con unos intervalos aproximados de quince o veinte días: le tocaba a cada familia hacer su matazón. Cuando la primera familia la llevaba a cabo, repartía su carne con el resto de las familias que aún no habían matado, de tal manera que todo el barrio tenían carne fresca cada quince o veinte días. El resto de la carne que no se repartía se guardaba en el barril de la carne o en la pipota, como la llamaban algunos.

El reparto de la carne entre los vecinos no era tarea fácil o agradable. Teniendo en cuenta que no toda la carne es uniforme (existe carne de hila, tocino, huesos, vísceras...), se tenía que llevar una contabilidad de lo que cada vecino te daba para así poder devolverle en la misma proporción. Razón esta por la que la tía Rosalina se ponía muy nerviosa a la hora del reparto. Yo de niño le oía comentar "que si a Angelita le di menos, que si a Martina le di tocino… que si a Maruca no le di...". Era toda una parodia que se repetía todos los años llegado el comienzo del invierno, terminado el tiempo de las castañas, que, en su mayoría, se las había engullido el cerdo antes de llegar a su triste final...

En estos incómodos repartos, el tío Esteban, como siempre, permanecía ajeno a los atropellos verbales y tranquilamente solo se dedicaba a poner en conserva el resto de la carne que sobraba, huyendo de la quema.  Algunas veces la tía se percataba de la tranquilidad del tío Esteban, su marido y este recibía el consabido responso, pero el tío Esteban seguía sin inmutarse...

Entrada a Franceses por Los Machines (archivo de Fernando Fernández, facebook 'Planeta Garafía')

El centro neurálgico: Los Machines. Los Machines era, en aquella época, la capital de Franceses. Recuerdo que allí estaba la casa y la tienda de don Antonio Herrera, un hombre muy respetable algo bajo y con cara de color más bien rosada. Años después fue el abuelo de Antonio Herrera ya que su hijo, Antonio Herrera, se casó con María Pura, mi prima.

Tenía don Antonio una pensión, creo que la única que existía en Franceses. Nunca supe cuántas habitaciones tenía, lo que sí sé es que, anexo a la pensión, estaba su tienda. Posiblemente era una tienda pequeña, pero a mí, por aquel entoces, me parecía una gran tienda. Allí se vendía de todo, aunque tampoco había mucho que vender. Me supongo que existía también el racionamiento, que era solo para algo de aceite, arroz y poco más, ya que la base de la alimentación se producía in situ. En Los Machines, en ese tiempo, había una sola calle, más bien un camino que tenía algunas casas contiguas, cosa que no ocurría en el resto del barrio. Me llamaba mucho la atención el hecho de que Herrera tuviera unas huertas de regadío en un lugar en que todos los terrenos eran de secano. 

Además de existir una tienda de comestibles y una pensión, también había una escuela de niños y otra de niñas. Hubo un verano en que asistí a unas clases particulares que me inpartió un maestro peninsular en su propia casa, a la que en cierta ocasión asistí como alumno particular de verano y donde por primera vez oí hablar de la regla de tres.

Un tal don Antonio García, a mi entender, era el hombre más sabio y poderoso de la región. Iba y venia a Santa Cruz de La Palma con frecuencia y, por lo visto, traía correspondencia y comercializaba con abonos químicos (guano), que importaba desde la ciudad junto con otras mercancías por vía marítima utilizando una falúa, una pequeña embarcación a motor que hacía servicio entre la capital y algunos pequeños puertos costeros como el de Los Sauces, Gallegos y La Fajana en Franceses. Desde La Fajana había que subir la carga en mulos o a hombros hasta Los Machines u destinos cercanos. Aún tengo registrado dentro de mí las lamentaciones de la familia de Garafía cada vez que había que subir o bajar a la Fajana.

De pequeño siempre oí decir a abuela María que quería morirse en Franceses. De muy mayor sus hijos accedieron a su deseo y -habida cuenta de que no podía llegar por tierra hasta Franceses-, por razones obvias, la embarcaron en el puerto de Santa Cruz de La Palma en una falúa. Aquello creo que fue toda una odisea porque estas falúas se movían más que un danzarín y el mareo casi termina con la pobre abuela.

Experiencias de esta clase también me ha contado la prima Lela. Decía que la abuela tan mal se vio que pedía a los marineros de la falúa que la votaran al agua. Ya me imagino yo cómo sería el traslado de la abuela María desde La Fajana hasta su casa, dando vueltas y más vueltas a lomos de algún mulo...

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