Revista n.º 1131 / ISSN 1885-6039

El último esclavo de Gran Canaria (y II)

Lunes, 22 de diciembre de 2025
Pedro Socorro Santana
Publicado en el n.º 1128

La esclavitud no se abolió con una ley, sino que se fue apagando lentamente, en casas concretas, en calles con nombres aún vigentes, y en vidas como la de Juan García en la capital de Gran Canaria, la de Rosalía Gómez en el sur de Tenerife o la de Mesaud Embarek Fulani.

Padrón de Habitantes de Las Palmas de Gran Canaria con los ocho moradores en esa vivienda, apenas dos meses antes de que Sebastián realizara su testamento (AHPLP)

(Viene de aquí)

Libertad del esclavo. Todo esto lo dejó por escrito Sebastián en su testamento, redactado el 4 de febrero de 1862, cuando ya estaba enfermo y postrado en su cama, con 70 años de edad. Lo hizo en su casa ante el escribano José Benítez Cabrera. En ese mismo documento, además de ordenar sus bienes y voluntades, dejó constancia de una declaración que hoy puede verse como una falsa carta de libertad. Allí afirmaba: «Declaro también tener un esclavo que traje de la Habana llamado Juan, que cuenta hoy cuatro años, el cual encargo a la referida doña Francisca se haga cargo del mismo para su manutención y educación hasta que sea mayor de edad y pueda él por sí proporcionarse su subsistencia, declarándolo como lo declaro desde luego libre así como también a su madre esclava llamada Serafina, que con tal motivo y del que sirva a la referida doña Francisca, la he mandado a comprar a La Habana»4. Así, incluso en el acto de conceder la libertad, cuando en verdad ya lo era, la lógica de la propiedad persistía. La libertad, en este caso, fue una fórmula legal envuelta en condiciones, no un derecho reconocido plenamente. Para ello, Sebastián dejó a doña Francisca la quinta parte de todos sus bienes —presentes y futuros—, incluyendo incluso las cantidades aún por cobrar y la hacienda de Tenoya. Lo justificó con palabras que mezclaban afecto y dependencia: «por el mucho amor que le profeso y esmero con que me atiende en mis achaques y enfermedades y espero continúe prestando los mismos servicios». En el mismo documento, hizo constar que todos los bienes y muebles de la casa ya pertenecían a doña Francisca, «por haberlo comprado de su propio peculio», como también lo era —según dejó anotado— «una mulatica como resulta de su partida de bautismo». Se refería a Antonia Melián, una mulata, natural de La Habana, de 9 años, que figuraba conviviendo con esta familia en la calle Cano5, según el padrón de habitantes de1862, y con un tiempo de residencia de dos años, lo mismo que Juan, lo que hace pensar que pudieron venir juntos en el mismo vapor desde La Habana previo al establecimiento definitivo de Sebastián.

Antes de morir, Sebastián dejó una última instrucción que habla tanto como todo su testamento: prohibió expresamente que se realizara un inventario de sus bienes. Tal vez por discreción, tal vez por pudor o por el deseo de que algunas verdades no salieran nunca a la luz. Nombró como albaceas testamentarios a los hermanos Andrés y Sebastián Lezcano, y al empleado Jorge Inglot, todos vecinos de la ciudad, en esa misma calle. A ellos encomendó la venta en pública subasta de todos sus bienes, con una condición clara: que el dinero obtenido fuese entregado a sus dos hijas, María Ambrosia y María Damiana García Morales, fruto que tuvo con su matrimonio con María Timoteo Morales en Cuba. Ambas ya eran mujeres adultas, casadas y con más de cuarenta años, establecidas en La Habana.

Tampoco quiso Sebastián olvidarse de su pueblo natal. En una de las cláusulas finales de su testamento, encargó —«por conducto de don Fernando de Castro, de esta vecindad»— la fabricación de una campana para la ermita de Tenoya, donde se venera a Nuestra Señora de la Encarnación, bajo la jurisdicción de San Lorenzo. Ordenó que sus herederos pagaran los costes, junto con una función religiosa que él mismo había prometido a la santa en esa misma ermita. Sin embargo, según asegura el historiador Gustavo Trujillo, experto en patrimonio sonoro de la isla, la campana mandada a fabricar no se conserva hoy en aquel pequeño templo. Como si el eco de esa promesa también se hubiese desvanecido con el tiempo.

El indiano quiso además que los descendientes de su hermano, Juan de la Cruz, vecino de San Lorenzo, cumplieran con otra promesa hecha a la misma santa, mandando celebrar una segunda función religiosa en su nombre. Y así, entre bienes, voluntades y deudas, fue cerrando su testamento. No lo firmó de su puño y letra, pues declaró no saber hacerlo. En su lugar, lo hicieron a ruego suyo varios testigos de la ciudad: Simón Rodríguez Beriel, Luis Espino y Guillermo Martinón. Sebastián murió en Las Palmas poco tiempo después.

Ermita de Nuestra Señora de la Encarnación de Tenoya, entonces jurisdicción de San Lorenzo, que en sus orígenes se llamó de San Pedro de Tenoya (foto: P. S.)

Actual calle Cano, a la altura del número 38, donde estaba la casa del indiano con su esclavo cubano

Otras historias. ¿Cuántos esclavos más como ese niño vivieron en Gran Canaria en las mismas condiciones? De momento, no se han encontrado otros documentos que lo confirmen. Pero es difícil pensar que su caso fuera único con el regreso de muchos indianos. Aquella criatura, apellidado como su amo, creció sometido a una institución que, en teoría, ya estaba abolida en España desde hacía 25 años. Sin embargo, su madre seguía siendo esclava en Cuba, donde la esclavitud era legal, al menos hasta 1886. Una muestra de que el caso de Juan pudo no haber sido el último esclavo en territorio español fue el hecho de que cuatro años después de Sebastián declarara su libertad en 1862, la Gaceta de Madrid publicaba —en octubre de 1866— un nuevo Real Decreto del Ministerio de Ultramar que insistía, una vez más, en lo que ya debería haberse cumplido: «Todo individuo de color, hombre, mujer o niño, que se hallare constituido en servidumbre en nuestras provincias de Puerto Rico o de Cuba se reputará emancipado y libre al pisar el territorio de la península y de sus islas adyacentes».

La repetición de esta norma sugiere que la ley seguía sin cumplirse. Que hubo más casos como el de Juan. Que en la España del siglo XIX, incluso donde la esclavitud estaba oficialmente abolida, seguían existiendo vidas marcadas por la servidumbre y el silencio. Lo cierto es que muchos propietarios de esclavos en Cuba o de Puerto Rico viajaban con ellos cuando regresaban a sus residencias en la Península. Y algunos encontraron maneras de prolongar la condición servil de quienes les servían, tal y como ha estudiado en Cataluña el profesor Martín Rodrigo y Alharilla, que ha documentado cómo varios indianos lograron burlar la legislación abolicionista, manteniendo a su servicio, durante años, a personas que legalmente debían haber sido consideradas libres.

Otra historia que merece una mención especial es la de Rosalía Gómez (1801-1874), la última esclava documentada en la isla de Tenerife. Vivió la mayor parte de su vida en Arona y no fue liberada hasta alrededor de 1841, a pesar de que la ley abolicionista se había publicado tres años antes, en 1837. Tenía entonces 40 años. Rosalía, ya libre, continuó trabajando para la misma familia durante un tiempo, pero ahora como asalariada. Más adelante, se mudó al barrio de Túnez, también en Arona, donde vivió con sus hijos y nietos, trabajando como jornalera y sirvienta hasta su muerte, en 1874. Su historia fue rescatada del olvido por el cronista oficial de Vilaflor de Chasna, Nelson Díaz Frías, y publicada en su obra Rosalía Gómez (1801-1874). La última esclava de la isla de Tenerife (2020). Fue una vida marcada por el esfuerzo, la transición lenta hacia la libertad y por el mestizaje social y familiar que dejó huella en el sur de la isla. Y lo más revelador: la historia de Rosalía sucedió dos décadas antes que la del niño esclavo de la calle Cano, en Las Palmas. Dos vidas, dos islas, dos historias reales que nos recuerdan que la esclavitud no se abolió con una ley, sino que se fue apagando lentamente, en casas concretas, en calles con nombres aún vigentes, y en vidas como la de Rosalía y la de Juan, atrapadas entre el fin del derecho de propiedad y el comienzo del derecho a existir con dignidad.

También en tiempos muchos más recientes se han documentado casos de personas marcadas por la esclavitud. Uno de los más conmovedores fue el de Mesaud Embarek Fulani Hafad, nacido en Dajla (Sahara Occidental), en 1949. Su historia nos recuerda que no todas las cadenas fueron rotas con las leyes del siglo XIX. Siendo apenas un niño fue vendido por su propia familia a un mercader árabe en la frontera de Mauritania. Aquel trauma, profundo e imborrable, le acompañó durante toda su vida. Tras la descolonización del Sahara, llegó a Canarias, donde continuó trabajando como empleado de Paradores Nacionales, la misma empresa donde había trabajado en la antigua provincia española en África. Pasó por Tenerife y El Hierro antes de asentarse finalmente en Fuerteventura. Murió en el verano de 2019, solo, en una casa abandonada. Su muerte fue recogida por el periodista Antonio Cabrera en el periódico La Provincia/DLP6.

Nada sabemos con certeza sobre el destino final de Serafina. No conocemos si, como era la voluntad del indiano, llegó a ser comprada en La Habana y pudo reunirse con su hijo en aquella casa de la calle Cano, en Las Palmas. Tampoco conocemos qué fue de Juan García. Si creció en libertad o murió joven, si formó una familia, si se quedó en Gran Canaria o si alguna vez regresó a su tierra natal, Cuba. Hemos buscado infructuosamente su rastro en las parroquias cercanas de San Francisco, San Bernardo y San Agustín por si contrajo matrimonio y en el padrón municipal de Las Palmas, pero tampoco hay constancia de su presencia en esa vivienda, con su adinerada tutora, al menos a partir de 1863. Ese año el funcionario del ayuntamiento hace constar que «está vacía y pertenecía a la testamentaria de Sebastián García»7. Probablemente la casa fue desalojada para venderse en pública subasta, como había mandado el testador. Y tres años después residía en ella la familia del jefe militar Francisco Urrea, natural de Valencia8.

El nombre de Juan García, como tantos otros, se disolvió en el tiempo. Y, sin embargo, su breve paso por la historia de Gran Canaria es revelador. Aquel niño fue, probablemente, el último esclavo de Gran Canaria, y uno de los últimos que vivió en territorio español. Su sola existencia ya era, entonces, un anacronismo histórico. Un eco tardío de un mundo que se resistía a desaparecer, incluso cuando la ley decía que debía haberlo hecho. Y su historia, fragmentaria, silenciosa e incompleta, nos obliga a recordar que la esclavitud no se acabó en una fecha concreta, sino que se fue desmoronando poco a poco, dejando cicatrices que aún hoy nos cuesta mirar de frente.

¡Feliz Día Internacional de la Abolición de la Esclavitud! 

[2 de diciembre]


4. Archivo Histórico Provincial de Las Palmas. Legajo 3194, f. 106 vto.

5. Archivo Histórico Provincial de Las Palmas Joaquín Blanco (AHPLP). Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, sección: Población, n.º inventario 7, expediente 113, de fecha 21 de enero de 1862. 

6. Antonio Cabrera: «Muere el saharaui esclavo Fulani», La Provincia/DLP, 22 de agosto de 2019.

7. Ídem, expediente 116.

8. Ídem, exp. 124.

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