En la isla de Lobos, al norte de Fuerteventura, nació hace tiempo el viejo Victorino, uno de los pocos pescadores de barquillo que quedan hoy en la vecina isla. Lo conocí hace algunos años en Corralejo, donde vive actualmente. Es una persona que fácilmente se deja tratar: amena, desenvuelta y sobre todo humana.
Charlábamos de tarde en tarde cerca del mar, junto a los barquillos de madera; y era allí donde Victorino daba rienda suelta a sus recuerdos, a los aconteceres de la vida de su tiempo en un pueblo de pescadores.
Por lo general, las conversaciones comenzaban con temas de actualidad que él, quizás involuntariamente, relacionaba en seguida con su propia historia, con la historia de sus compañeros y de su isla.
Se lamentaba a menudo de la actual situación del pescador canario, de los riesgos que corre en sus salidas al Moro -como él llama a la costa de África-; no solo por la precaria situación de la costa pesquera, sino también por la multitud de atentados de que son objeto las tripulaciones de barcos sin protección que son atacados por quienes quiera. Pero Victorino ahora recurre a su tiempo y cuenta con alegría y nostalgia el futuro prometedor que ofrecía la pesca de antaño en unas costas saturadas de pescado, donde era fácil llenar las barquillas en poco tiempo sin necesidad de llegarse hasta el litoral saharaui, "donde -dice Victorino- se están cometiendo asesinatos con los hombres de la mar", con unos trabajadores honrados que no quieren saber nada de política y que, sin embargo, son los que están pagando muy caro los problemas de esta índole que existen entre ciertos países africanos y España.

Al viejo pescador se le ve hondamente preocupado por estos problemas sin aparente solución, ya que es consciente del progresivo abandono del mar donde muchos canarios no piensan arriesgar su vida estúpidamente para obtener unos beneficios que son escasos al lado de los alicientes económicos que ofrecen los trabajos en tierra.
"Las islas sin pescadores no son islas", afirma con tristeza Victorino.
Y así, entre ir y venir de mareas y de relatos pretéritos de nuestra tierra, se analizaba allí, en una playa majorera, las penas del pescador vistas por un anciano conocedor del tema.
Este texto fue publicado en el número 1 (1980) de Azarug, una muy interesante revista de -por aquellos tiempos- jóvenes grancanarios editada a comienzos de los 80 del siglo XX, y en la que el autor de este texto, Luis Piernavieja, fue miembro del equipo fundador. Para el compañero Piernavieja, la figura de Victorino y su memoria encarna hoy toda una forma de vida que se ha ido desmoronando, especialmente con la incursión ilimitada del turismo voraz que no tiene memoria, y que se deja sensiblemente sentir en puntos históricos tan significativos como el propio pueblo de Corralejo.
