Revista n.º 1053 / ISSN 1885-6039

Cuentos contextualizados XXXIV: Luces y voces

Miércoles, 29 de mayo de 2024
Manuel García Rodríguez
Publicado en el n.º 1046

No te lo vas a creer, pero anoche, cuando regresaba de la ciudad, a eso de la dos de la madrugada, llegando al Frontón, noté que alguien me tocaba por la espalda... La noche estaba completamente oscura, muy oscura. Yo diría que fue la noche más oscura que en mi vida he visto...

Luz nocturna

Todavía hoy estoy temblando. No puedo ni dormir, ni tragar bocado alguno, pues tengo el susto metido en el cuerpo...

Y esto era lo que Serafín contaba a su vecina Luisaque, interesada por saber, le preguntó:

-Y... ¿qué te pasó? ¿Qué viste?

-No te lo vas a creer -le contestó él-, pero anoche, cuando regresaba de la ciudad, a eso de la dos de la madrugada, llegando al Frontón, noté que alguien me tocaba por la espalda... La noche estaba completamente oscura, muy oscura. Yo diría que fue la noche más oscura que en mi vida he visto... Caminaba totalmente a oscuras porque sabía de memoria el camino, pero a decir verdad no estaba muy seguro en qué lugar exacto, en aquel momento, me encontraba...

-Sigue, sigue, te escucho..., aunque se me está poniendo la pellejo del color de gallina muerta -decía Luisa.

-Pues te decía que el frío de la mano de aquel desconocido me dejó congelado el cuerpo, cuando por el cuello me agarró y me atenazó... Sentí algo así como una corriente eléctrica que desde la cabeza hasta los pies me corría, y que en aquel momento me dejaba congelado, asustado, horrorizado, frío... y petrificado... Quise hablar, pero… no pude; quise moverme, pero… tampoco pude... Aquella mano atenazaba fuertemente mi garganta cada vez con más y más fuerza, y yo perdía aire, y me asfixiaba. Pensé que iba a morir allí mismo. Noté como mis pulmones no aspiraban el aire que necesitaban y que mi corazón daba el penúltimo de sus latidos...

-Pero, ¿y... quién era el que matarte quería?

-Ahí está la cuestión...

-No lo recociste.

-No... Aquella mano, al momento, dejó de atenazarme y en la oscuridad de la inolvidable noche un bulto, como la silueta de una persona, creí ver desaparecer en medio de las densas tinieblas...

Todas estas mentiras y falsedades contaba Serafín a Luisa con la intención de asustarla y amedrentarla a sabiendas de que lo que contaba no era cierto. Todo era producto de su enfermiza imaginación... Pero ¿qué pretendía Serafín? Su intención era llevar a la realidad lo que por ahora solo era un sueño imaginativo.

Situados en un contexto vivencial propio de principios del pasado siglo, en Santa Cruz de la Palma (y menos en sus alrededores) alumbrado eléctrico no existía. Ni siquiera se conocía en los campesinos ambientes. Por aquella ya lejana época, las negras y oscuras noches sin luna incitaban a cerrar, bien cerradas, las puertas y ventanas de la casa e ir a la cama a intentar dormir. El farol de mano, con su vela encendida en el interior, era la única luz que te ayudaba a andar o desandar aquellos mal acondicionados caminos, cuando en las largas noches del frío invierno palmero, al salir de tu casa, obligado estabas o bien en buscar a alguien que perdió su camino o quizás a aquel médico que podía salvar de la muerte al pariente o al vecino que moribundo en su cama tendido estaba.

Pero -repito-, ¿qué pretendía Serafín contando todas estas mentiras? Sencillamente hacer creer a sus vecinos que el personaje que por las noches, sin luna, salía a asustar a aquella vieja, o a aquel pobre hombre que a avanzada hora de la noche obligada a salir, no era él. Todo lo contrario: que él era víctima del temido fantasma...

Entraba la luna llena en su última noche y Serafín la vigiaba atentamente. "Mañana ya no hay luna. Mañana la oscuridad de la noche estará presente en todo mi entorno vivencial -pensó Serafín, y se alegró mucho-. Con el farol en la mano, sentado sobre aquella húmeda y fría piedra, al borde del camino, esperó y esperó pacientemente a que alguien pasara para darle el consabido susto de muerte apretándole fuertemente su garganta, o bien dando guturales voces con la finalidad de que el supuesto vecino (o él mismo) contara mañana a los demás que anoche le sucedió, cuando por la cuesta de El Planto subía a altas horas de la madrugada, rumbo a su casa, arriba, muy arriba, cerca del mismo monte...

Dan las dos, dan las tres de la madrugada... y nadie cruza por el camino. Serafín espera y desespera. Tiene sueño y frío, mucho frío. Es invierno, hay demasiado frío y ahora hasta siente hambre y sueño; pero estas calamidades las soporta resignadamente bien, porque su ilusión por dar un susto de muerte a los demás, y oír después cómo, presos de pánico, lo cuentan lo hacía disfrutar en exceso. Era un espectáculo que no quería perderse por nada del mundo.

Casi que ya comienza a amanecer el día. Una tenue luz se ve abajo, en el mar, que asoma por allá, por el horizonte. Él mismo le tiene miedo al día, mucho miedo. Teme que algún madrugador vecino le descubra, allí solo, sentado sobre aquella piedra, con el farol en una mano y la vela en la otra. Y lo que es peor, tiene miedo a que le reconozcan y que el vecindario reunido, y en común acuerdo, todos a una, como Fuenteovejuna, le den una merecida y descomunal paliza por amargarles la vida con sus mentiras y engaños. "Mañana lo intentaré otra vez" -piensa para sus adentros y rápido corre a su casa disgustado por no haber logrado sus diabólicos propósitos-.

Luis tiene a su madre ingresada abajo, en el Hospital. El Hospital, por aquella época, estaba donde hoy está La Recova. Sabe Serafín que Luis tiene una novia que vive también abajo, en la ciudad, en una vieja casona casi pegada al mar ya que, en aquella época, la Avenida Marítima no existía. Esta información era muy valiosa habida cuenta de que Luis tendría que retornar a su casa de madrugada; por cierto, era la última casa del barrio y por ello la más cerca del monte...

Así pues, con esta información, reposando en su calenturiento cerebro, prepara Serafín las consabidas estrategias para darle un susto de muerte al pobre Luis, pero sobre todo para que lo contara después... "Le esperaré  en mi lugar de siempre" -pensó-. Así que a eso de las tres de la madrugada ya estaba Serafín sentado sobre la misma fría piedra de siempre, con el farol en una mano y el cuchillo en otra, su cara bien cubierta con un negro pañuelo para no ser descubierto, pero más que todo para poder amedrentar a Luis. Dan las dos, y dan las tres y ya casi van a dar las cuatro de la madrugada y Luis… no aparece... Agudiza Serafín el oído. Abre los ojos como lo haría un búho, pero ni rastro de Luis.. Espera  y desespera... De tanto esperar se le van cerrando otra vez los ojos, quiere tenerlos bien abiertos y no puede, no puede, y al final sin querer roncando está...

 Los madrugadores vecinos, que obligados se ven a pasar por aquel camino, se quedan sorprendidos, asustados, petrificados. Se miran tímidamente unos a otros... Hay un silencio… no lo pueden creer... Allí, sentado sobre una gran piedra, al borde del camino, está Serafín… con un farol en la mano y un cuchillo en la otra. Está completamente dormido. Aquellos tres transeúntes se miran mutuamente y el pensamiento es común en los tres... "¿Conque este es el que decía que anoche el fantasma le apretó su garganta?". Y como si previamente lo hubiesen decidido, ahora, por natural impulso, a cachetones y a más cachetones despertaron a Serafín, al que agarraron por los brazos y lo zandalearon hasta que se cansaron...

-¿Viste anoche al fantasma? -le preguntaban los vecinos con la intención de reírse de él...

Pero él callaba y callaba y de fantasmas… no quería ni saber... Alguien lo comentó, el mismo que esperaba a Luis para darle el gran susto con sus fantasmomanías... Pero Luis anoche no subió por el camino de siempre... Anoche subió Luis por el Barranco de Las Nieves...

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