Revista n.º 1054 / ISSN 1885-6039

Ataque brutal contra la escuela y la cultura canaria

Martes, 7 de mayo de 2024
Marino Alduán Guerra
Publicado en el n.º 1043

Parece que cuarenta años después no hayamos aprendido lo suficiente. En las movilizaciones de 1977 se popularizó «escuela canaria, cultura canaria». Desde las administraciones estatales no se entienden las singularidades canarias, y desde la gestión autonómica no se afronta con determinación suficiente la salvaguarda de un modelo en el que nos va la vida.

El poeta Yeray Rodríguez, en febrero de 2024, acercando la tradición oral canaria al alumnado de Moya (Gran Canaria)

 

Cuando el pasado jueves leí el titular del Canarias7 no me lo podía creer: «Docentes de fuera de las islas logran el 53 % de plazas por méritos». Y entiendan mi asombro porque fui maestro que participó en el boicot a las oposiciones de 1977 y me pareció que, cuarenta y siete años después, revivía una pesadilla para la educación y el magisterio canario. De las 3874 plazas ofertadas, 2048 serán ocupadas por maestras y maestros que no residen en las islas y que nunca han trabajado aquí.

Este resultado de la estabilización representa una agresión directa a la calidad, la estabilidad y la función social de las escuelas canarias. Supone una ruptura con años de construcción de un currículum, de una práctica educativa renovada y adaptada a nuestro medio social y natural. La escuela canaria, que renació con la democracia y que ha sido un pilar de progreso e identidad para nuestro pueblo, sufre con este resultado una amputación que interrumpe ese camino de creación cultural y de enriquecimiento de nuestra sociedad.

Y es así de claro: cada plaza ocupada por una persona nueva de fuera, supone la expulsión de un maestro o maestra que ya trabajaba en nuestras aulas. La agresión simple y llanamente se produce por la sustitución de profesorado canario, con experiencia en nuestra realidad escolar, por 2048 profesores que vienen de otras comunidades desconociendo nuestra cultura y nuestros contenidos educativos. Y probablemente con la voluntad de volver a su tierra en cuanto puedan, generando además inestabilidad y provisionalidad en nuestros centros. Justamente lo que se pretendía corregir.

Toda la formación y el conocimiento de nuestra realidad cercana, adquiridos por el profesorado ahora desplazado, se ve anulado y sustituido por la experiencia en comunidades que nada tienen que ver con lo que aquí se encontrarán. Y ese desfase en infantil y primaria es mucho más grave porque los contenidos son más vitales, emocionales y concretos que en etapas superiores. Podremos hablar de la orfandad de miles de niñas y niños que pierden sus referencias escolares.

La educación se hace en la comunidad educativa. Maestras y maestros, niñas y niños, familias, se relacionan, interactúan y crean contenidos, textos, música, ideas, experiencias, juegos, apegos, emociones. La comunidad crea cultura escolar. Cada centro debe tener la suya. Esa comunidad se aglutina y dinamiza básicamente con el papel del profesorado que propone, anima, motiva y sostiene ese trabajo durante años.

El alumnado del IES La Aldea en las Jornadas de Pinolere sobre la mujer.

Si perdemos a miles de profesores y profesoras que han hecho educación durante los últimos años, perdemos conocimiento, experiencia, identificación con nuestros niños, con nuestra cultura y con nuestra tierra, porque eso se cultiva en la tarea diaria en las aulas. Si el nuevo profesorado no se identifica con esta comunidad porque no siente los mismos valores o porque es inestable, el fruto no nace, no crece. Canarias se empobrece.

Los ejemplos se multiplican. Quien no conoce a Tomás Morales, a Pedro García Cabrera o Agustín Millares no puede transmitirlos o compartirlos. Quien no ha disfrutado de las montañas sagradas de Gran Canaria, del Teide, del Garajonay o Timanfaya igual pone en valor los paisajes que conoció en su niñez en Asturias, Castilla o Andalucía, pero no estos. Cosa respetable, pero que como canarios nos limita y empequeñece. Quiero conocer y amar el mundo, desde mi admiración y orgullo de la tierra y la cultura en la que nací. Igual que la palmera se eleva y domina el horizonte, quiero hacerlo y que lo hagan las nuevas generaciones, a partir de unas raíces profundas y reconocibles.

El trabajo de miles de profesionales se trunca y una norma que pretendía estabilizar consigue justamente los efectos contrarios: desestabilizar un sistema, crear inseguridad e interrumpir la creación de cultura educativa adaptada a nuestro alumnado y a nuestras necesidades. También se interrumpe la renovación de una escuela canaria motivadora que durante los 50 años de democracia se ha labrado entre maestros, familias y administraciones. Decenas de años de experiencia acumulada que se van al traste para sustituirse por personas que desconocen nuestra forma de ser, de hablar, de relacionarnos. Que desconocen donde está Teror, Jinámar, Los Realejos o Alajeró.

Y esto ha vuelto a pasar como hace cuarenta años porque se legisla desde el centralismo unificador y recalcitrante que olvida y a veces desprecia las singularidades culturales y de empleo docente de comunidades como la canaria que está a 1500 kilómetros de distancia del continente. La lengua propia defiende a Cataluña, Euskadi o Galicia de esta política arrasadora. Pero Canarias, con realidades culturales tan propias como las de esas comunidades, se nos coloca con las mismas condiciones del resto de territorios peninsulares.

La lejanía y la insularidad que España y Europa han admitido como condiciones para singularizar nuestra economía o la fiscalidad, se olvidan groseramente cuando hablamos del funcionamiento del sistema educativo. La existencia de una escuela adaptada a nuestra realidad, compenetrada con nuestro medio es una herramienta imprescindible para nuestra pervivencia. La estabilidad de un profesorado identificado con su tarea y su comunidad es garantía de que la escuela canaria sea simiente de creación y excelencia.  

Parece que cuarenta años después no hayamos aprendido lo suficiente. En las movilizaciones de 1977 se popularizó «escuela canaria, cultura canaria». Hoy lo volvemos a hacer con las mismas convicciones aunque algunos tengamos muchos años de más. Desde las administraciones estatales no se entienden las singularidades canarias, y desde la gestión autonómica no se afronta con determinación suficiente la salvaguarda de un modelo en el que nos va la vida.

Si las consecuencias culturales son brutales, las repercusiones de maestras y maestros canarios que pierden sus empleos no son menores. Las posibilidades de trabajar fuera de Canarias son mínimas. Intentar conseguir una plaza en Castilla, en Asturias o en Extremadura es desvincularse de toda la realidad social y familiar porque vivimos en un archipiélago. Que el 4 % de la población pueda competir con el 96 % que representa el profesorado del resto de comunidades es una utopía y una respuesta que falta al respeto de la realidad canaria.

Esto nos pasa porque quienes gobiernan en el Estado no entienden Canarias y también porque quienes gobiernan aquí no miden la gravedad de aceptar normas y condiciones administrativas que, con el pretexto de la igualdad, nos destruye. Tratar igual a quienes somos desiguales es la mayor de las injusticias. Ese es el drama y la urgencia de Canarias. Explicar que somos distintos porque el territorio y la historia nos han hecho así, es la tarea eterna de defender esta tierra y este pueblo.

Este error que nos atropella tiene que pararse desde la unidad y la movilización de quienes queremos esta escuela, esta cultura y un futuro esperanzador para nuestro pueblo.


Marino Alduán Guerra es maestro, profesor universitario en excedencia y exviceconsejero de Educación

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