Revista nº 1032
ISSN 1885-6039

Punta Brava y la turistificación.

Miércoles, 31 de Enero de 2024
Raúl Vega
Publicado en el número 1029

Mucho se habla de la turismofobia pero poco de la turistificación, fenómeno que lo provoca. A ese análisis, a mi juicio, se dedica este imperdible libro de Pablo Estévez, de reciente aparición, propicio para hacernos muchas preguntas en y sobre la situación canaria actual y tras la resaca de la famosa feria FITUR.

 

 

Cuando un espacio se turistifica ya nada vuelve a ser como antes. Que se lo digan a barrios de Las Palmas de Gran Canaria, como Guanarteme, pero también a zonas sureñas de ambas islas capitalinas, a Corralejo, a Puerto del Carmen… Generalmente el proceso suele ser el mismo. Un punto de interés, ya sea una costa atractiva, un lugar de atracción, una nueva infraestructura, o un boom de los alquileres de vivienda vacacional. En décadas pasadas tenía más que ver con la intencionalidad, construimos un hotel cerca de la costa y ya se llenará de turistas, por ejemplo. Ahora al menos la intencionalidad no está tan clara, al menos aparentemente. De repente, proliferan, dada su buena situación o un excedente de inmuebles, una amplia oferta de vivienda vacacional. En ese caso, la población local que no se lo espera, se ve relegada a los ritmos turísticos y empieza a convivir en un entorno turistificado, de ahí ese término de nuevo cuño.

 

Tradicionalmente la población local es sitiada, cuando no directamente expulsada por leyes que favorecen el negocio turístico o por alza de precios en vivienda y en los negocios de la zona. Ustedes me van a perdonar que siga citando Guanarteme, cerca de la playa de Las Canteras, pero el barrio se resiste a ser convertido en un parque de atracciones, a través de quejas y concentraciones de protesta. El negocio turístico cambia la fisonomía de un espacio, lo moldea, lo reduce a un parque temático en su conjunto y se experimentan subidas de precios, proliferación de espacios del gusto del visitante y deja de ser un lugar confortable para residir. Si además se reducen zonas al uso turístico, generalmente las mejores conectadas y de mayor interés económico y/o natural, ya es la sentencia de muerte de la población residente en la zona.

 

A pesar de la reciente resistencia de espacios como este, en Canarias lo que se ha venido en llamar turismofobia es escasa. Desde los medios de comunicación de masas, los pomposos foros turísticos o desde la patronal, se ataca con vehemencia a los críticos del turismo. Tom Smulders, quien fuera presidente de la patronal hotelera, se atrevió a llamar “subnormales” a las personas que ponían en duda el actual modelo turístico. El neerlandés nacido en Gouda, conocida localidad por su extendido queso amarillo, no escatimó con esta afirmación y verbalizó el runrún de un sector que quiere seguir manteniendo sus normas en un modelo turístico que atisba cambios más saludables y sostenibles, con ofertas de turismo rural, activo o enoturísticas, pero que la vieja guardia no quiere perder de vista.

 

En Canarias ya tenemos experiencias de espacios que cambiaron para siempre porque se convirtieron en un espacio para el turista. Uno de ellos es Punta Brava, en el Puerto de la Cruz, que analiza con gran minuciosidad y rigurosidad el antropólogo Pablo Estévez en el último libro publicado por Ediciones Tamaimos, Brava está la punta (2023). El autor advierte que “este estudio es más bien una etnografía desde Punta Brava, desde el choque, desde el cruce maldito de cables y entre chispazos que te dejan seco. Aunque se centra en el turismo (o en la ausencia de turismo en esos tiempos post-confinamiento), la investigación fue abriendo otros frentes, otras memorias y otros conjuros que estaban ahí, contemplando toda una violencia que no puede narrarse del todo”.

 

Estévez, como reza esta cita del libro, se centra en el parón turístico por la pandemia, un parón que lastimaba a los agentes turísticos, mediáticos e institucionales. ¿De qué íbamos a vivir en ese tránsito? El turismo estaba parado, COVID de por medio, pero sus lógicas, sus mitos, sus grandes eslóganes, siguieron presentes en la opinión publicada y en los lugares turistificados. “Entonces vivimos otra “banalidad mainstream”, otra “normalidad”, sin el turismo que conocíamos pero con sus mitos todavía operando”, relata. Aclara Estévez que este libro es, también, una historia de… ¿violencias turísticas?

 

Porque, aunque parezcan palabras gruesas, ese hecho violento de la imposición de un modelo a un espacio concreto cambia todas las lógicas. No lo he dicho, pero Punta Brava es el barrio del Puerto de la Cruz donde está el Loro Parque, un icono turístico de toda Canarias y una auténtica metáfora del modelo en nuestro país. Regentado, por cierto, por otro hombre europeo que tuvo a bien acercarnos al progreso y traernos turistas. De esos “grandes hombres” venidos del continente europeo cuenta el libro que “Kiessling es el único que ha creado relaciones permanentes no sólo con Canarias, sino más específicamente con el barrio de Punta Brava, al punto de haber sido reconocido como hijo adoptivo de la ciudad”.

 

¿Y cómo llegó hasta ese punto? Con la visión colonizadora que se ejercía en Europa en los tiempos del imperialismo, a finales del XIX y principios del XX, y que ya está siendo cuestionada en las sociedades avanzadas: enseñando animales salvajes en cautividad. Cuando pienso en Loro Parque o en Poema del Mar me acuerdo del aquel capítulo de Los Simpson en el que Homer y Bart navegan hasta aguas internacionales donde se ve todo lo que está mal visto o prohibido en las costas legales, aprovechando el vacío de poder. Es una buena metáfora de lo que es Canarias para el visitante europeo que disfruta del espectáculo de las orcas sin pensar en su bienestar, de eso ya se acordará cuando llegue a Londres o Berlín. Cuando ya hasta los circos carecen de animales, un zoológico del siglo XX es punta de lanza de nuestro “moderno” modelo turístico.

 

Presentación del libro en el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias (Puerto de la Cruz)

 

“Los recuerdos que tengo apenas son flashes, pero siento algo raro cuando atravieso la carretera del barrio, la Avenida Loro Parque; algo que me atrae al tiempo que me repele. Imagino que este es un sentimiento común a mucha gente que habita en las Islas. El parque va a reabrir tras haber estado un año cerrado por la crisis sanitaria”. Así expresa Pablo Estévez la reapertura del parque temático tras la crisis sanitaria. Toda esta idea que seguimos abrazando cuando ya el primer cuarto del siglo XXI está a punto de terminar, surgió en los lejanos años 60, con un hotel rural. Empezó con un exitoso show con aves, hasta que en 1972 se abrió el parque temático. Su desarrollo llegó en los 90, con un crecimiento importante. La pegatina del Loro Parque en los coches es un clásico de las familias canarias en los 90, quizá de ahí el éxito de su calado social.

 

Con la llegada de los delfines y las orcas arriba también la polémica por el bienestar animal, sobre todo en el caso de un animal como la orca, cuyo cautiverio es una sentencia de muerte. Ya la pegatina no es reflejo del “consenso social”, porque la visión animalista se extiende. Más allá del turismo, desde otras islas se extienden los viajes exprés a Tenerife para ver el Loro Parque, gracias a la inclusión de las entradas en los billetes de barco. Tenía todos los elementos del viaje turístico banal: llegada al Puerto, tras desayunar en el barco; guagua al Loro Parque; visita del espacio y comida basura en el restaurante del parque temático, al gusto europeo; vuelta en guagua al Puerto; travesía y llegada a tu isla. Los recuerdos de Tenerife de buena parte de mi generación tienen que ver con la carretera de Santa Cruz a Puerto de la Cruz y un parque temático. En la Gran Canaria de los 90 ese era el plan para colegios, campamentos y excursiones “originales”.

 

Pero no olvidemos lo endofóbico del asunto. Hablamos de un espacio regentado por europeos, donde buena parte de los empleados también lo son, y que está destinado para el turismo europeo. Si visita el parque una familia alemana, si te atiende una empleada alemana, si el show de las orcas lo comanda un adiestrador alemán, y si el dinero que pagaste para la entrada va a una sociedad regentada por alemanes, ¿eso es economía local? Entre los miles de metros cuadrados del parque difícilmente te darás cuenta que estás en Canarias y da igual que el parque tenga una estética orientalista.

 

Sobre Kiessling, el antropólogo afirma que “lo situaría a él, y a todo el parque temático, junto a una serie de turistas, aventureros e investigadores alemanes que también cruzaron sus intereses científicos (y políticos) en el Puerto de la Cruz: Alexander von Humboldt, Max Rothmann o Wolfgang Köhler, entre otros. Todos ellos con una parte de responsabilidad de cómo ha de entenderse la naturaleza no humana y humana en la era moderna”. Porque el cambio no solicitado por los habitantes de Punta Brava fue tan fuerte que no se entenderá nada de su evolución sin tener en cuenta el mamotreto de animales.

 

Mucho se habla de la turismofobia pero poco de la turistificación, fenómeno que lo provoca. A ese análisis, a mi juicio, se dedica este imperdible libro de Pablo Estévez, que además se adentra en las personas que habitan Punta Brava, esos grandes olvidados entre delfines, orcas, loros y gorilas. Brava está la punta tiene un mensaje que, a mi juicio, está implícito en aquel tiempo convulso de la pandemia: no aprovechamos para cambiar el modelo turístico, no conseguimos, por más que lo predicamos, la diversificación económica. Cuando hablo de cambiar el modelo no solo hablo de apostar por modelos más sostenibles, que también. Me refiero a democratizar las rentas, a contar con la población local en todas las decisiones que concierne a su espacio, a prevalecer la calidad del turismo y no la cantidad de turistas, a que genere un empleo de calidad o a que sea percibido como una fuente de ingresos más, con nuestras normas, y no como el chocolate del loro.

 

Al cierre del año pasado el turismo aportó el 35,5 % del PIB, con casi 345 000 personas empleadas en el sector. Hablamos de un máximo histórico. Pero, más que un haber en el sector, como quiso expresar Smulders, es un tremendo déficit dado el panorama social en el Archipiélago, ya analizado en esta columna. Si el turismo no nos puede dar calidad de vida, ¿por qué tenemos que defender este negocio de unos pocos a capa y espada? Siguiendo con el caso del Puerto de la Cruz, analizado maravillosamente por Pablo Estévez, su población, al menos en datos, no ha gozado de una bonanza económica derivada del Loro Parque. Utópico es pensar que Punta Brava ha corrido mejor suerte. En 2019 llegó a estar en el puesto número 6 a nivel de renta bruta media de la Comunidad Autónoma, pero en 2013 llegó a estar en el puesto 14. El relato de o el turismo o el caos ya no cala, y los ejemplos van poniendo al sector en su sitio. Si este modelo turístico no nos permite vivir con solvencia, ¿por qué tenemos que construir infraestructuras mastodónticas, abandonar nuestros barrios y agradecer que cada año vengan más de una decena de millones de turistas?

 

 

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