Revista nº 1040
ISSN 1885-6039

Las “semillas de la nación canaria”: sobre Cándido Hernández y la editorial Benchomo (y III).

Jueves, 19 de Octubre de 2023
Pablo Estévez Hernández
Publicado en el número 1014

Los libros únicos y múltiples de Benchomo, aunque publicados en serie, encuentran su aura y su mística con el paso del tiempo; se convierten en fetiches particulares, por su propio carácter humilde y digno, por barrer la historia a contrapelo de la historiografía europea… No es de extrañar que los contemple aún como un tesoro.

 

 

(Viene de aquí)

 

 

Pablo Quintana cambió para siempre el tono y el estilo de la editorial: “La negociación que hicimos un día, que fuimos a comer y él me comenta la idea que tenía de la BOC, de la Biblioteca de Obras Canarias, y [Pablo me decía] ya diste un palo por aquí y un palo por allá [refiriéndose a las publicaciones que tenía] pero eso no sirve así… Él era muy crítico… y yo era un editor técnico… un editor editor conoce la obra y demás”.

 

“Aquí hay que hacer ya líneas, lo que serían las colecciones, con la BOC… y yo creo que hice como siete u ocho más”. Benchomo tomó forma y quizás hoy día haya que considerar que la Biblioteca Básica Canaria de la Viceconsejería de Cultura del Gobierno de Canarias haya bebido directamente de esta idea, de este proyecto que se presentó como nacional. “La BOC era la Biblioteca de Obras Canarias, pero incluyendo las más famosas y también unas que estaban completamente desconocidas y además más comprometidas”.

 

Habría que considerar, dada la magnitud del proyecto (que pretendía llegar a las cien entregas), que fuera una subsanación de la “guerra contra los libros”, tal como decía Agustín Millares Torres, llevada a cabo por la Inquisición canaria siglos atrás. De hecho, “el primer [libro] que publicamos fue Historia de la Inquisición en las Islas Canarias [de Millares], amigo. Y eso fue la rehostia, entre otras cosas porque en una de las portadas, la del tomo III, pusimos el tema de Tejero [la foto del asalto al Congreso en el golpe de estado de 1981] y entonces, claro, [nos decían] que las portadas son anacrónicas y uno que tenía una librería en la Trinidad… ¡eso se envenenaba! ¿Anacronismo? ¿Y entonces por qué te preocupas?”, me dice Cándido con socarronería.

 

“Pablo Quintana tenía en la reserva un montón de obras, varias, un montón que ni se han publicado y otras que no son publicables actualmente… la República bananera [de Alonso Quesada], ¿cómo vas tú a decir que el señor Quesada había escrito eso? ¡Pero es una obra que está ahí! Inconclusa, pero está. O El Cacique o Los Incognoscibles, sobre todo. Y después la que más controversia tuvo fue la de un tal Federico García Sanchiz que se llamaba Nuevo descubrimiento de Canarias”. Aquí Cándido ha nombrado las más sonadas e importantes publicaciones del período de los años ochenta. Basta leer las introducciones de Quintana para saber que fueron aventuras editoriales y libros que encapsulan tantas historias como palabras. En la que hizo a Los incognoscibles dice: “No encontré otro método que el meterme en las bibliotecas e ir mirando los libros, uno a uno, para reunir la bibliografía que buscaba”1. La última obra nombrada por Cándido fue escrita por Sanchiz, que era un secretario de Estado. Sanchiz tuvo que formular un perdón en el teatro Pérez Galdós, donde Rafael Arozarena fue detenido por repartir folletos con las mismísimas frases de Nuevo descubrimiento de Canarias. Lo que se reflejaba es que Sanchiz había profanado el silencio de representar exóticamente a Canarias, de hablar con claridad sobre su condición de colonia y la extrañeza de su alienación de España al estar dominada por capital inglés. El libro, que parte de lo que Quintana denomina “criollidad musical” canaria, habla de “gentlemen africanos”, de “sangre solar”, de la predilección española por las mujeres nativas. También fue un proceso para el autor; un proceso que él mismo denominó de “desespañolización”. “¡Oh, el sur de verdad…!”, clamaba Sanchiz2. “Ese texto, si lo publicas solo, no tiene importancia”, dice significativamente Cándido. También hubo proyectos para la BOC que nunca llegaron a publicarse, pero que anunciaban títulos (normalmente listados en la contraportada) de libros tan misteriosos que sólo hacen acrecentar el deseo de conocerlos: La Literatura Canaria precolonial, Historia de la noche, del silencio y de la huida, etc.

 

Lo que hacía importante el trabajo conjunto de editor y comentador era situar las obras; hablar de las máscaras de los autores y de sus verdaderos rostros, de las circunstancias, de por qué se impedía usar el lenguaje de la oralidad cotidiana en la escritura, y, cuando se podía, se implicaba fuertemente un fondo oculto que proviene de una continuidad con lo ancestral, incluso de la herencia precolonial. Por ejemplo, Quintana vio esto entre el estilo y la gracia que Quesada tiene en República bananera, pero también con su fascinación por el atardecer, algo que puede conectarse con el sol de los muertos en Canarias, un dicho que, según Quintana, está “vivo todavía en nuestra criolla oralidad común”3 y que su reflejo en un poema de Quesada puede ser “el recuerdo asumido de una herencia profunda”4.

 

 

ROA fue una idea original de Pablo”. Nació de la experiencia previa de Benchomo. Para ello se juntaron Cándido, Pablo Quintana y Manuel Lorenzo Perera y crearon ante notario en Tacoronte el Centro de Estudios Africanos,  un nombre que luego fue asociado a otro centro en la Universidad de La Laguna. “La ROA era la Revista del Oeste de África y ya era porque teníamos un contacto con [Mouloud] Mammeri5, con la gente de Argelia, a través de Cubillo”. “La entrevista [que publicamos] con Mammeri no tiene desperdicio. Éramos Mammeri, Pablo y yo. Yo hacía de fotógrafo. Fuimos a Candelaria y estuvimos como cuatro días con ese hombre… que es una joya. Un sabio”. De ese centro y de esas experiencias se dio pie a ROA, que resultó en varios números repartidos en cuatro libritos aproximadamente: “Creo que son cinco números… y están bastante demandados y queda uno, en algún lado… el monográfico que sacamos [sobre] Secundino Delgado que creo que sacamos mil ejemplares. Del resto, volaron todos…”.

 

En esa edición de ROA sobre Secundino Delgado rescataron un “sueño” del político y activista canario, un relato onírico donde proyecta el pasado isleño como pesadilla, pero donde al recrear una imagen dialéctica, con su carga traumática, abre la posibilidad utópica de Canarias: “Cabe un río de sangre, veo víctimas, trozos de lanzas, hondas, cadenas, restos humanos que sirven de alimento a reptiles, y un adolescente, que sostiene enhiesta una bandera donde leo: SIGLO XX. JUSTICIA”6. Esa posibilidad cabe imaginarla en Secundino como un trasiego importante entre semillas de la nación, un ideal de justicia a caballo entre la gracia de Quesada, el anarquismo del rostro oculto que escribe Los Incognoscibles y al mago imaginado por Guillón Barrús, de nombre Cho Sixto, que ve la tierra que trabaja enajenada y entregada al cacique local. Quizás todas estas son las historias que pudieron forjar una imaginación alternativa, amazigh (o amazik), arraigada y al tiempo global y utópica para combatir la cadena de desigualdades que comienzan con la Conquista, con el costado pesadillesco del sueño de Delgado, el trágico más reconocible de la Literatura Canaria escrita.

 

No sé exactamente qué pensó sobre este legado el tándem editorial. También hay críticas legítimas sobre la mayoría masculina que puebla este cosmos y la ausencia de perspectiva feminista, amén de una valorización más adecuada del estatus de Canarias como territorio colonial, especialmente desde la entrada en la Unión Europea y su circuito económico. A Cándido le pregunté poco sobre esto. A veces noto un aire de finalidad, de un proyecto acabado. Pero también es cierto que los libros no sólo desafían a sus progenitores (y editores), como apuntó Platón7, sino también a las circunstancias posteriores que implican que ya no sean transmisores y artefactos de placer para disfrutar bajo los árboles. Los libros únicos y múltiples de Benchomo, aunque publicados en serie, encuentran su aura y su mística con el paso del tiempo; se convierten en fetiches particulares, por su propio carácter humilde y digno, por barrer la historia a contrapelo de la historiografía europea… No es de extrañar que los contemple aún como un tesoro.

 

El historiador Benedict Anderson dijo que la imprenta fue vital para forjar la imaginación que da pie a la nación, que permite crear una comunidad de lectores en torno a ideas comunes. Delgado entendió tempranamente esta clave -al igual que sus contemporáneos anticolonialistas de otras partes del Imperio hispano-; pensemos en la importancia de la imprenta para las publicaciones de las revistas El Guanche y ¡Vacaguaré...! Quintana también entendió la misma clave al lanzar esta pregunta interpelada sobre la obra biográfica de Delgado: “¿Qué hubiera sido de nosotros si con la compensación económica que te pagó España por encarcelarte sin juicio hubieras puesto una tienda en El Toscal o te hubieras comprado una casa de campo en Arafo o una hacienda en Argentina y no hubieras ido hasta Yucatán en busca de una imprenta libertaria?”8. En circunstancias distintas, también podemos apreciar, desde este fugaz y frágil presente, en una Canarias que sigue negando su colonialidad, el valor de buscar una imprenta contra toda facilidad y comodidad, con la simple y revolucionaria idea de poder ofrecer un libro más que leer bajo un árbol; una “flor del relámpago”9 (como continúa diciendo Quintana) que ilumina todo el cielo y el mar. ¡Bienvenidos sean los libros-fetiches de Benchomo a nuevos ciclos de la vida y la resistencia en Canarias!

 

 

Notas

1. Quintana, Pablo (1986) “Introducción” a Calicrates Temisdemos. Los incognoscibles. Benchomo. Santa Cruz de Tenerife-Las Palmas de Gran Canaria, p. 026.

2. Ver: García Sanchiz, Federico (1986). Nuevo descubrimiento de Canarias. Edición de Pablo Quintana. Benchomo. La Laguna.

3. Quintana, Pablo (Áfrico Amazik) (1985). El árbol de la nación canaria. Benchomo. Santa Cruz de Tenerife-Las Palmas de Gran Canaria, p. 35.

4. Quintana, Pablo (Áfrico Amasik). Introducción a Quesada, Alonso (1985). República bananera. Benchomo. Santa Cruz de Tenerife-Las Palmas, p. 015.

5. Mouloud Mammeri (1917-1989) fue un destacado intelectual argelino, fundador del Centro de Estudios e Investigación Amazigh y de la revista Awal. Falleció apenas cuatro años después de realizarse esta entrevista para ROA.

6. Delgado, Secundino (1990). “Un sueño”. En: ROA. Revista del Oeste de África. N.º 9, pp. 5-6.

7. Es curioso que está frase atribuida a Platón la destacara Ignatius J. Reilly, el personaje de John Kennedy Toole que puebla y camina torpe por su crónica de Nueva Orleans, llamada El conjuro de los necios, ya que al mismo Kennedy Toole su obra no sólo lo sobrevivió (a su suicidio), sino que además encontró un público amplio y un reconcomiendo que no pudo disfrutar en vida. Pienso que algo similar, el encontrar nuevos lectores y lectoras en estos tiempos, es deseable para todo el material objeto de este reportaje, del cual Pablo Quintana y Cándido Hernández son responsables directos.

8. Quintana, Pablo (Pablo Amasik). introducción a Delgado, Secundino (1992). ¡Vacaguaré...! Edición de Pablo Amasik. Benchomo. Santa Cruz de Tenerife-Las Palmas, p. 18.

9. Ibid, p. 18. 

 

 

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