Revista n.º 1045 / ISSN 1885-6039

Cuentos contextualizados XXXI: El gato amarillo.

Sábado, 4 de noviembre de 2023
Manuel García Rodríguez
Publicado en el n.º 1016

El gato debe quedarse aquí para que case ratones, pero cuidadito con dejarlo entrar a la casa. Ni una sola vez debe pisar la cocina ya que a los gatos les gustan mucho los chicharros y se puede llevar todos los que encuentre aquí...

Limón, un gato amarillo y blanco.

 

 

Nunca supe mi nombre verdadero, sólo sé que todos mis vecinos, amigos y conocidos me llamaban el Gato Amarillo.

 

Realmente mi color de piel no era exactamente amarillo. Verdad que sí predominaba este color, pero también tenía unas rayas blancas. de un blanco opaco y sucio. Mirando mi vida hacia atrás debo decir, y digo, que nunca conocí a  mi padre y de mi madre sólo tengo un vago recuerdo. Naci detrás del pajero de las vacas, en un anexo que los chicos llamaban pajero de la burra. Creo que así se llamaba porque en él vivió, algunos años atrás, una burra.

 

A los pocos días de nacer, mi madre me abandonó. No sé si el abandono fue por voluntad propia u obligada por las exigencias de su segundo marido, un gato perteneciente a la casa de don Manuel, apodado el Grillo. Muerto de frío, solo y desamparado, la única opción que tuve era de acercarme a la casa de don Manuel ya que, por un lado, dentro de la finca de este señor nací y, por otro lado, era y es la casa más cercana que existe a mi lugar de nacimiento.

 

Al poco rato de mi llegada a la casa de don Manuel y de doña Rosario oíí a uno de sus hijos, creo que llamado Manolo, que emocionado comentaba casi a gritos: “¡Hay un gato amarillo  en el jardín!”. Después oí que los hermanos del tal Manolo entre sí discutían y discutían sobre la posibilidad de darle una paliza al gato y espantarlo o dejarlo convivir con ellos. Presté mucha atención a este diálogo entre hermanos, ya que de ello posiblemente dependía mi propia vida. No tuve que esperar mucho para que el dialogo terminara ya que, de repente, apareció doña Rosario, la madre de estos perlujos, y dio la siguiente orden:

-El gato debe quedarse aquí para que case ratones, pero cuidadito con dejarlo entrar a la casa. Ni una sola vez debe pisar la cocina ya que a los gatos les gustan mucho los chicharros y se puede llevar todos los que encuentre aquí.

-Mamá -dijo el tal Manolo-, lo dejamos dormir en el garaje por las noches y por el dia que se busque la vida por donde sea.

 

Esta propuesta de Manolo fue acogida por su hermano, un tal Paco, y por otro grandullón llamado Eduardo. Al cuarto hijo de doña Rosario (creo que le llamaban José Luis), sus hermanos no le dejaron hablar nada argumentando que él era “menor de edad”, que tenía que estar calladito y respetar las determinaciones de los mayores.

 

Así pues, al final la orden que recibí fue tajante: “Tú: a dormir en el garaje, y por el día arréglatelas como puedas". A partir de ese momento, todo cambió para mí ya que, obedeciendo las órdenes recibidas, me pasaba los días con la barriga encogida, casi llegando al espinazo, porque no encontraba nada que llevarme a la boca.

 

En las frías noches del crudo invierno los lagartos no salían de sus casas y yo no tenía ni fuerza para levantar las piedras y comer alguno de ellos, aunque a decir verdad era carne que no apetecía mucho. Por otro lado, los sabrosos ratones, muertos ellos de hambre, se comían el veneno que para ellos habían preparado y morían todos envenenados... Como estaban muertos, yo no me atrevía a comérmelos ya que podía morir yo también por culpa del dichoso veneno. La única opción que me quedaba eran los pájaros que, escondidos entre las ramas de los arboles, ni cantaban, por lo cual me era muy difícil localizarlos y comérmelos. Así que me pasaba los inviernos junto al chiquero del cochino, por ver si este se despistaba  y yo, aprovechando su despiste, me podía comer parte de su almuerzo o cena. Aun así, este truco me falló ya que el puto cochino se dio cuenta de que mi amistad con él era ficticia.

 

Pasaron los días, los meses y también los años. Me fui poniendo mayor. Ahora ya, víctima del hambre por una parte, y de la falta de higiene por otra, mi presencia física fue decreciendo día a día. Al final, más que un gato yo era un “conato de gato”. Tal fue así que un día, uno de los hermanos, el llamado Manolo, al verme tan sucio y feo, se le ocurrió, quizás de buena fe, aunque lo dudo, darme un buen baño. Por más que yo gritaba e imploraba una y otra vez que no me bañara, ya que podía pescar una pulmonía o quizás el cov, a Manolo estas mis razones le entraban por una oído y allí se quedaban dentro de su cabeza, habida cuenta de que el otro oído lo tiene averiado.

 

Haciendo caso omiso a mis alegaciones, me llevó al estanque y sin más miramientos me zambulló dentro del agua. Casi me muero. Menos mal que Manolo, en ese momento, al oír mis gritos, se compadeció y me echó una mano a la que desesperadamente me aferré, pero su manos quedaron sangrando y marcadas con mis uñas.

 

Pasaban los días, los meses y los años y mi vida iba de sobresalto en sobresalto y de mal en peor. Si contara todas las calamidades que sufrí necesitaría un libro de más de mil páginas. Así que solo hago referencia a alguna. Entre ellas recuerdo con tristeza cuando unos de los hermanos, José Luis, me amarró un cacharro a mi rabo. Cuando intenté correr oía tras de mí tan tremendo escándalo que comencé a correr más y más huyendo de tales infernales ruidos, pero resultó que cuanto más corría mayores eran los escándalos tras de mí. Ese día a punto estuve de morir de miedo.

 

Para colmo de males, había en la finca de don Manuel un perro llamado Kim que me tenía la vida amargada. No más me veía, el sinvergüenza corría tras de mí con ánimo de morderme el culo. Menos mal que yo ya tenía previsto el poste o palo en el que rápidamente me subía. Así que el señor perro se quedaba abajo, al pie del poste, mirándome y ladrando como un loco, y yo arriba, en lo alto, burlándome de él.

 

Otro mal rato que nunca olvidaré fue cuando uno de los hermanos, Eduardito, corrió tras de mí no sé con qué intenciones. El caso fue que yo, asustado y para librarme de una presumible paliza, me metí por la boca de una vieja atarjea ahora en desuso. Creía que la atarjea tenia salida al exterior, mas cuál fue mi disgusto cuando en medio de la oscuridad tropecé con el final de dicha atarjea. Lo peor del caso fue que no pude dar la vuelta. La atarjea era muy estrecha. Una sensación de miedo y angustia recorrió rápidamente todo mi cuerpo. A punto estuve de morir de angustia allí mismo. Al final mi instinto de supervivencia me iluminó. Dominé mis nervios, reflexioné y comencé a salir de culo, marcha atrás, muy despacio, muy despacio, envuelto en la más absoluta oscuridad hasta que, gracias a Dios, logré salir al exterior. Allí, al aire libre, vi ahora medio borrosa la figura de Eduardito riéndose de mí.

 

La única suerte que me acompañaba era que, por la noche, ya que dormía en el garaje, aparcaban los coches y yo, debajo de ellos, aprovechaba el calor del motor para calentarme y conciliar el sueño.

 

 

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