Revista nº 1033
ISSN 1885-6039

Cuentos contextualizados XXXII: El viejo quinqué.

Martes, 26 de Diciembre de 2023
Manuel García Rodríguez
Publicado en el número 1024

Llegaba la noche y había que encender la luz del quinqué para ver todo lo que estaba casi en tinieblas, porque la luz de aquel viejo quinqué era muy pobre. Casi no veías nada...

 

 

Ni recordar quiero aquellos tiempos que trascurrieron, allá por los años cuarenta y siguientes en que no era raro ver, especialmente en los medios rurales, algo que no estuviese remendado. Si al vestido nos referimos, hay que decir que en esos lejanos tiempos nada o casi nada llegaba a la isla ya confeccionado. Había que comprar la tela para fabricar los pantalones, camisas, trajes de mujer y hombre, etc. En fin, todo había que confeccionarlo aquí, en la casa.

-Póngame veinte centímetros más para los remiendos -decía aquella pobre mujer al comerciante-.

 

Estaba tan segura de que la tela que iba a comprar para hacer los pantalones al poco uso se iban a romper generalmente por la rodillas. No era raro ver a muchos jóvenes y a muchos padres de familia con sus pantalones adornados con muchos, muchísimos remiendos. Repito que, al poco tiempo de su uso, se rompía todo, o casi todo, lo que se compraba...

 

Llegaba la noche y había que encender la luz del quinqué para ver todo lo que estaba casi en tinieblas, porque la luz de aquel viejo quinqué era muy pobre. Casi no veías nada. Tan poco veías que apenas deslumbraba la figura del abuelo del resto de toda la familia que en aquella vieja cocina, sentados alrededor de la mesa, comenzaban a cenar.

-Sube la mecha de ese quinqué -decía el abuelo, ya parco de vista. La orden se cumplía al instante y el nieto corría hacia el quinqué y rápidamente la subía.

 

La habitación se ilumina apenas un poco más, pero al poco rato se oye un estadillo... ¡Cras…!

-¡Qué pasó! -pregunta el padre.

-Lo de siempre  -contesta la madre, pero ahora con voz de disgusto-.

-¡Ah! ¡Ya se volvió a estallar el quinqué! -grita en alta voz el benjamín de la familia.

 

Nerviosa la madre, pero siguiendo la costumbre, rompe de inmediato un huevo. Coloca la yema dentro de un vaso y, provista de un trozo de papel, lo unta con la clara del huevo. Es un pegamento de fabricación casera. A toda prisa pega ese pedazo sobre la rotura o estalladura del tubo del quinqué.

-Mujer, eso te va a durar poco -dice el marido.

-Lo sé  -contesta la madre-, pero hasta que podamos comprar un tubo nuevo nos arreglaremos con este, aunque esté remendado...

-¿Sabes por qué se rompió este tubo?

-No lo sé -contesta la mujer con indiferencia.

-Yo sí sé… y te lo digo... Porque no le pusiste una traba u horquilla del pelo colgada en el tubo, como es costumbre.

-No creo que sea por eso...

-Pues yo sí... Mi abuela siempre ponía una horquilla colgada y el tubo le duraba mucho.

-Eso era porque los tubos de ante sí que eran buenos...

-Seria por eso…

 

Casi desde la puerta de la cocina se oye un desmayo.

-Ya este se va a acostar -comenta el padre-.

 

Efectivamente, el muchacho ya está muerto de sueño, corre a su habitación… pero su habitación está al otro extremo de la cocina y la absoluta oscuridad no le deja ni tan siquiera ver su cama.

-¡No te lleves el quinqué! -dice el padre. Busca en esa cabeta, debe haber un trozo de vela...

 

El muchacho, a oscuras, busca y rebusca en la gaveta y casi a tientas va pasando su mano por todos los objetos que allí están. Al final encuentra el trozo de una pequeña vela.

-La palmatoria se quedó anoche en mi dormitorio -dice la madre-.

-Llevaré la vela en la mano.

-Te vas a quemar...

-No, no me quemo -comenta-.

-Ayer vi que por ahí hay una caja de fósforos.

-Sí, pero está mojada y los fósforos están húmedos...

 

Al final el muchacho, a tientas, logra llegar a su cama y casi de un salto queda tendido sobre la vieja trapera que cubre el colchón de la cama. Tiene tanto sueño que inmediatamente queda dormido sobre la vieja trapera. Al poco siente frio, mucho frio, es invierno... El frio le despierta y le incita a protegerse. Se coloca mejor bajo la trapera, que pesa, pesa mucho, pero no le abriga... Desde la habitación contigua la madre le oye protestar porque no puede dormir y, como buena madre, acude a su cama y le coloca otra trapera sobre la que ya tiene.

 

Se oye el canto de los gallos. Amanece el día, pero el muchacho no puede levantarse... Tanto pesan las traperas que cubren su cuerpo, que apenas puede moverse bajo de estas. Necesita ayuda para poder levantarse… y, como siempre, acude su madre…

 

 

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