Revista nº 945
ISSN 1885-6039

Señas de identidad: vino caliente de abeja.

Sábado, 28 de Mayo de 2022
Domingo Oliva Tacoronte
Publicado en el número 941

Como Canarias es tierra ideal para inventar tradiciones y después defenderlas a muerte, como de toda la vida, necesariamente, las antiguas son olvidadas en unas pocas décadas. Dramático sino para un pueblo al que se le cercenó su pasado ancestral a golpe de espada y arcabuz. No sucede solo con el habla...

 

 

A los alumnos del IES Guía
que este curso acaban Bachillerato,
mis últimos alumnos

 

 

Hay palabras nuevas que llegan para quedarse y otras que se diluyen en el tiempo. En 1970, año arriba o abajo, se comenzó en estas latitudes a usar la palabra descojonarse, que ya no nos ha abandonado, aunque ha perdido gran parte de su carga etimológica. Tan conscientes éramos, casi todos, de ella, que dio lugar a embarazosas situaciones en las excepcionales ocasiones en que una mujer usaba el verbo con referencia a sí misma: ¡cómo va a descojonarse una mujer! Poco después, y tomándose el significado al pie de la letra, algunos decían desgüevarse. Afortunadamente ha tenido poca fortuna.

 

Por esas fechas también llegaron el pibe y la piba. Y a mediados de los 70 la palabra movida. Y ¡agüita!, que ha pasado de ser una exclamación de alarma a tener un significado cercano al ¡échale mojo!

 

Hay palabras patrimoniales cuyo uso va quedando en el olvido, sustituidas por otras o porque su significado, simplemente, pierde actualidad. El dialecto canario es rico en arcaísmos, palabras de uso común en otro tiempo que aquí mantienen su vigencia, muchas veces en zonas muy reducidas; incluso en estas son conocidas solo por sectores de la población, no dependiendo, en ocasiones, de la edad, profesión o extracción social.

 

Así tuve conocimiento hace alrededor de una década del uso en la comarca galdense de la palabra empercutío, de boca de una colega, de edad aproximada y misma naturaleza. Define la RAE empercutir: “Dicho de la suciedad: Penetrar en algo, especialmente en la ropa manchada o mal lavada”. Pero aquí se usa en el sentido de una persona extremadamente sucia, vaya, que va hecho un desgraciao. Poco después, al comentar el caso, otra amiga, esta de origen gomero, me señala que en Chipude se utiliza (d)espercutío, con el significado contrario: persona que va especialmente pulcra, bien vestida y peinada, hecha un pincel. Pero ni una ni otra conocían el uso del antónimo. Probablemente, la cercanía fónica de dos palabras de significado opuesto hiciera descartar en cada lugar una, para evitar equívocos.

 

No es mi intención denostar aquellas palabras que se incorporan, ni me hace sangre la normal evolución de la lengua. Quiero hablar, eso sí, de una sutil tendencia acaecida en las últimas décadas, que comenzó con la influencia de las televisiones españolas y continúa con las redes sociales, juegos online y demás. No quiero hablarles del uso del vosotros en los textos escritos de los escolares. Es un gesto imitativo que se abandona de manera natural. Tampoco del leísmo que se introducía poco a poco de la mano de los telediarios y de los libros con origen en cualquier ciudad española, y en la actualidad en boca de todo locutor de la Televisión Autonómica. Ni de la sustitución de la expresión estar en pelete por estar en pelotas... Les quiero hablar -aunque no sea más que por deformación profesional o sentimental- de ese otro cambio, más sutil y peligroso, que desvirtúa nuestro dialecto.

 

¿Se han fijado en que antes, en las plazas, había faroles que tenían bombillos, y ahora -alumbrando igual- hay farolas con bombillas? ¿En que en la recova vendían calabacinos y arvejas y ahora calabacines y guisantes? Cuando de niño iba al cine Guayres con mis padres -abonados a la fila veinte- me compraban un chocolatín, cuyos cuadradillos, rellenos de naranja o fresa, desleía lentamente en la boca. Pues ahora se compran chocolatinas. Y la gente ya no se enreda, se lía; a los alumnos ya no se los coge copiando, se les pilla; ni se va en busca de un jornal, sino de un curro; en fin, se fríe en la sartén, no en el sartén.

 

Y todo esto se ve normal. Pero ¿qué diríamos de embostarnos -no jartarnos, ni jincharnos- de cocido con carne de cabrito, patatas, boniatos, mazorcas de maíz, alubias, judías verdes y berzas? Los Tiles de Moya ahora son Los Tilos. Dan ganas de coger unas hojas y hacerse un agua guisá(da) porque se pone uno nervioso, o mejor diremos, una decocción porque estoy de los nervios.

 

Se es como se es, y se debe hablar como se habla. La moña es el flequillo, los bezos son los morros. Diríamos, entonces, “tener a alguien cogido por los morros” (no por los bezos); si la gente se morrea en vez de besarse, o besuquiarse, ¿qué pasa si le das a uno una morrá(da)? ¿Un beso muy grande? Cuando se le cae un diente (piño) a un niño (algunos ya dicen crío) ya no vienen los angelitos, ahora es el Ratoncito Pérez. Si estornudas nadie dice ¡Al cielito!, te desean ¡Salud! No se juega a pompa, sino a las cogidas, ni se dan vueltas de carnero, sino volteretas. Aunque sean del mismo tamaño el cacho se ha vuelto pedazo. Menos cuando el insulto sale del alma: ¡Cacho cabrón! ¡Eso es un cacho carne con ojos! Con pedazo no pega.

 

Hay quien prefiere niñato, cuando chiquillaje sigue siendo más contundente. Y en Agaete ya no se pone nombretes, sino dichetes, y aun apodos. En El Cardonal, ahora que cada vez se planta menos, van a sustituir los tomateros por tomateras, como la papaya desplazó al papayo. Pocas veces oímos ya que a alguien se le diga ven pacá, ahora se le dice: ¡Vente! ¿Y qué decir del delante mío y detrás tuyo? La tanza se convierte -a ojos vistas- en sedal, la soga en cuerda, el balde en cubo y el fonil en embudo; dentro de nada no habrá en Canarias otra sopladera que la de los controles de la Guardia Civil. ¿Cómo llamaremos a los bizcochos si en bizcocho se ha vuelto el pan bizcochado?

 

Digo que si hay algo que a los canarios nos sirve de seña de identidad es el dialecto. Fuera nos reconocen al primer cloquío, y aquí, pasada la época del complejo de inferioridad en que todo lo de fuera era mejor o superior, nos sentimos orgullosos de nuestra forma de hablar, todos, independentistas o españolistas, de izquierdas o de derechas, viejos o nuevos. Ya no se considerarían aceptables aquellos cursos de dicción impartidos a los nuevos empleados de El Corte Inglés.

 

Pero, no tan lentamente, el viejo dialecto va desapareciendo, el léxico diferenciador, atesorado durante siglos, deja paso a nuevas palabras que llegan en las ondas, y al poco, empiezan a considerarse muy propias, exclusivas, dialectales, diferenciadoras. Hace pocos años, un alumno, sudamericano, dijo considerar la palabra fleje como representativa del dialecto canario, y es que sus compañeros nativos la usaban, la usan, con una frecuencia que ciertamente llama la atención: fleje bonito, lo quiere fleje

 

No es solo el habla. Y como Canarias es tierra ideal para inventar tradiciones y después defenderlas a muerte, como de toda la vida, necesariamente, las antiguas son olvidadas en unas pocas décadas. Dramático sino para un pueblo al que se le cercenó su pasado ancestral a golpe de espada y arcabuz. No sucede solo con el habla. En nada hemos pasado del beso único al par de besos común en España. La tradicional romería del Pino se creó hace apenas 60 años. Los trajes tradicionales de Néstor no pasan de ser una fantasía (presentada en 1934 e impuesta en 1943) de los vestidos griegos. Las casas de Lanzarote, igualitas que las de Pueblo Indalo, las ibicencas, y, otra vez, las de las islas griegas (uniformidad, blanco deslumbrante, cromofobia). Y en Vegueta ahora procesionan y mecen los tronos, como en Sevilla. Solo falta que peguen a cantar saetas, y que alguien hable de la influencia secular de los andaluces llegados, el seseo, los dialectos meridionales… A lo peor estoy dando ideas.

 

A veces, la invención de la tradición es intencionada, no importa el sacrificio de la verdadera. Las Cuevas del Patronato, en Gáldar, se pasan a denominar de Facaracas hace unos 30 años, y ya hay quien dice que se las llama del Patronato pero que antiguamente era de la otra manera. Al revés del pepino. Otras, las más dolorosas, se deben a esa amnesia que parece corroer los pilares de la memoria canaria. Algo pierde momentáneamente su uso y desaparece para siempre. Cuando vuelve a tener vigencia, sus rescatadores desconocen su pasado e inventan su futuro.

 

La canción "Sombra del Nublo" pasa por ser el himno de Gran Canaria, y se interpreta continuamente en todo tipo de celebraciones. Probablemente no sea el mejor ejemplo de lo que arriba decimos, porque resulta dudoso, pero -si fuera cierto- no lo habría mejor. En su letra dos cosas llaman la atención. La primera, cierta y menos importante, es el cambio experimentado en el verso “altar de mi tierra amada” en la versión de Los Sabandeños, que dicen “altar de mi tierra maga”. Tendrían que justificar ellos el cambio, pero justifiquemos nosotros la improbabilidad del mismo: el término mago como sinónimo de campesino, campurrio o maúro es desconocido en Gran Canaria. Su uso es común en Tenerife, de donde es el grupo que efectúa el cambio, no sabemos con qué fin. La segunda, de la que no hemos oído hablar nunca, producto de nuestro análisis del contexto lingüístico y literario y algún otro indicio histórico, es la siguiente. En los cuatro primeros versos,

Sombra del Nublo,
riscales los de Tejeda,
cadenas de mis montañas,
montañas las de mi tierra.

 

Con breves pinceladas el autor nos sitúa en lo más agreste de la isla, todo mediante sintagmas nominales cuyos núcleos (riscales, cadenas, montañas) se complementan de distinta manera. Ubicados en ese paisaje, pasa a describir su pequeño paraíso, de nuevo con el mismo recurso: sustantivos complementados de una u otra forma, con predominio de la adjetivación, interrumpidos por la exclamación en que encierra la expresión de su éxtasis vital.

Besos de mujer canaria,
queso tierno y recental,
vino caliente de abajo
el gofio moreno oliendo.
¡qué más puedo desear!

El agua por el barranco
y mi amor en el telar.

 

Tras ella, la prueba del mismo. Posee lo que más ansía: el agua (que discurre con abundancia por el barranco) y el amor (recogido ante el telar). En medio de este estilo nominal, la oración “vino caliente de abajo” chirría, casi sin sentido: ¿es que no hay molinos en la Cumbre? De tal forma que, por primera vez en el poema, necesita para su conclusión del encabalgamiento y, de paso, enmendar lo risible del encabalgante tomado aisladamente: vino caliente de abajo.

 

Resultaría todo más armónico, lindo y coherente si el verso en origen dijese: “Vino caliente de abeja”. Pero es que el vino de abeja, que se toma(ba) caliente como reconfortante y aun como medicinal, es un desconocido desde hace un tiempo. Olvidados su uso y fabricación, en las últimas décadas se ha redescubierto, pero ahora como vino de miel; incluso, los más modernos, o antiguos, dicen y etiquetan hidromiel.

 

 

 

El principal argumento en contra de esta teoría es que en las publicaciones y grabaciones realizadas en vida de Néstor Álamo se escribe y canta “Vino caliente de abajo”. Puede que dejara correr el error sin más. En una publicación antigua, cuya fecha exacta desconocemos, incluida en el artículo de Antonio Betancor “Algunos apuntes sobre Sombra del Nublo” (https://www.bienmesabe.org/noticia/2012/Noviembre/69323-algunos-apuntes-sobre-sombra-del-nublo), en la partitura se lee: “Vino caliente de abajo / el gofio moreno oliendo”, pero en el texto completo que le sigue se dice: “Vino caliente de abajo / Y el gofio moreno oliendo”. Esa Y lo cambia todo, pues señala el final de una enumeración: besos, queso, vino Y gofio. ¿Qué más se puede desear? La confección de la partitura corrió a cargo de Agustín Conchs, músico catalán, que quizás desconociera nuestro vino de abeja. Que Néstor Álamo dejó correr errores o incongruencias queda claro en la diferencia contenida en esta publicación.

 

Luis Armando Doreste en su “Aniversario de Sombra del Nublo” (https://www.teldeactualidad.com/hemeroteca/articulo/cartas/2008/11/29/385.html) escribe:

Vino caliente de abajo.
Y el gofio moreno oliendo

 

pero estamos en las mismas: ¿no se hace vino en la cumbre?, ¿vino caliente?

 

Sabemos que, al principio, en la conformación definitiva de la canción, intervinieron varias manos. Quizás a una de ellas se deba el acierto o el error. Además, y lo señalamos solo porque abunda en nuestra teoría, conviene recordar la idea que siempre ha circulado sobre que esta canción, y otras, cuya composición se atribuye a Néstor Álamo, tuvieron en realidad otra autoría. El error se habría originado en una mala lectura del propio Néstor. Quizás, solo quizás, consultando su original se podría dilucidar la verdad.

 

Domingo Oliva Tacoronte. 23 de febrero de 2022

 

 

Foto de portada: camisetas expuestas en https://mikamiseta.com/

 

 

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