Revista nº 953
ISSN 1885-6039

Cuentos contextualizados XXVII: El tesoro del convento.

Miércoles, 29 de Junio de 2022
Manuel García Rodríguez
Publicado en el número 946

Todas las noches Luis soñaba lo mismo, y siempre lo mismo. Soñaba que en el patio del convento de San Francisco, aquí en Santa Cruz de la Palma, había un tesoro escondido. Si lo hubiese soñado una sola noche, ello no tendría mucha importancia...

 

 

-No me digas que anoche tuviste otra vez el mismo sueño...

-Sí, ¿cómo lo has adivinado?

-Por la cara de asustado y amarillo que tienes hoy. Si parece que has estado sin comer hace meses.

 

Todas las noches Luis soñaba lo mismo, y siempre lo mismo. Soñaba que en el patio del convento de San Francisco, aquí en Santa Cruz de la Palma, había un tesoro escondido. Si lo hubiese soñado una sola noche, ello no tendría mucha importancia. Un sueño más, diríamos, y de seguro que nos vendría la mente aquella frase de Calderón de la Barca, que terminaban diciendo … y los sueños, sueños son

 

En caso es que Luis, repito, todas las noches, soñaba lo mismo y lo mismo y consecuentemente, una y otra noche se despertaba sudando demacrado y con la cara desencajada. Más parecía un enfermo terminal que vivo recuperado. Tal deplorable aspecto tenía que de ello se daba cuenta su mujer y consecuentemente le venía a la mente la misma pregunta:

-Pero, Luis, ¿volviste a soñar lo mismo?

-Sí, mujer -respondía Luis mientras se secaba el sudor de su frente.

-¿No me digas que todas la noches tienes el mismo sueño?

-Pues sí, mujer, todas las noches estoy en el mismo lugar y veo ante mis ojos el mismo tesoro.

-Pero, ¿dónde está ese tesoro escondido?

-Creo que ya te le he dicho, pero si no lo recuerdas, te lo repito.

-Sí, por favor, repítemelo...

-En el convento de San Francisco...

-Repítemelo otra vez, por favor, que no te oí bien...

-El en el convento de San Francisco...

-¡Ah, ahora sí! Ya recuerdo que otra ocasión me has hablado de ello.

-Pues no es cosa de olvidarse. Esto no es una broma, es un tema muy serio y hay que tratarlo con respeto.

-¿En serio?

-Sí, en serio.

-Entonces, ¿tú estás convencido de ello?

-Tan seguro estoy que doy juramento ante Dios.

 

Ahora, cuando estas líneas escribo, no recuerdo bien el número de la casa en la cual vivía Luis. Sé que era en la Calle A. Rodríguez López, cerca de la Alameda. Muchas veces me tropecé con él y le pregunté dónde vivía. De seguro que me dijo el número de la casa, pero ha pasado tanto tiempo que por mucho que me esfuerce no lo recuerdo.

 

Cuando estas líneas escribo, ya han pasado los días y también los meses, pero cuando yo creía que Luis se había olvidado del dichoso tema del convento y del tesoro, resulta que cada vez lo tiene más incrustado en su enfermizo cerebro. Unas noches sí, y otras también, en sueños Luis visitaba el convento de San Francisco y se pasaba las horas en su patio junto a un naranjo que allí hay, esperando el momento propicio para empezar a cavar y cavar la tierra, porque seguía muy seguro de que, enterrado allí, los monjes de antaño habían escondido un valioso tesoro por miedo a que aquellos piratas, que con malas intenciones arribaban en la costa palmera, visitaran el convento y no precisamente para orar, sino para llevarse cuantas cosas de valor que encontraban a su paso.

 

En su enfermiza imaginación, Luis veía a los piratas vestidos de negro y con sables a la cintura, los cuales, como fieras salvajes, devoraban todo lo que a su paso encontraban. Y si no mataron a hombres y mujeres era porque estos huyeron despavoridos y asustados hacia los montes de la isla.

 

 

No sé yo si era cierto o no, el caso es que Luis creía que los monjes -para evitar que los piratas se llevaran todo el oro y la plata que el convento poseía, fruto de donaciones y de herencias- los habían escondido en el patio del convento, bajo tierra y junto a un naranjo que allí había. En una de estas visitas que los piratas hicieron, fueron estos tan crueles que degollaron a todos los monjes, sin que les diera tiempo de dejar constancia del lugar exacto donde el tesoro escondido estaba.

 

El museo de San Francisco, como aquí le llamábamos y llamamos, era en aquellos tiempos, un museo antropológico y, por lo tanto, albergaba en su interior muchos restos humanos  de guanches, e incluso al menos dos o tres esqueletos completos, es decir, sin faltarle ni una pieza ósea. Así que Luis, en su empeño de hacerse con el tesoro de sus sueños, raro era el día en que no visitaba el convento. Se conocía todos los esqueletos humanos y hasta los llamaba por su propio nombre. Nombre con el que él mismo los había bautizado. Si bien es verdad que aquellos humanos esqueletos eran como de su familia, no es menos cierto que la tierra y las piedras del jardín las tenía muy bien contadas y conocía dónde estaba colocada cada una de ellas. Así que cualquier movimiento de tierra que, por otras personas, se hiciera en el jardín hubiese sido detectado por él.

 

El tiempo discurría lentamente, y a unos días se suceden otros en esta tranquila y pacífica ciudad de Santa Cruz de la Palma... Resultó que aprovechando que su mujer tuvo que viajar a Tenerife para atender a una hija suya, que estaba de parto, Luis planeó y organizó toda una estrategia para recuperar aquel supuesto tesoro. Dedicó aquella mañana a organizar la visita al convento. Acudió a la Ferretería de El Puente y allí compró una azada y una pala, que introdujo cuidadosamente dentro de un blanco saco para no despertar sospechas.

 

Era aquella una tranquila tarde del mes de abril cuando Luis, aprovechando un despiste del portero, se introdujo dentro del recinto. De inmediato se colocó tras unos bancos, que él ya había determinado como seguro escondrijo para ese día. La noche se venía encima. Ahora Luis solo escuchaba su propia agitada respiración, todo lo demás era un absoluto silencio sepulcral. Un fuerte ruido vino a interrumpir la soledad de aquel recinto. Era la puerta del convento, que en aquellos momentos el guardián cerraba. Ahora el silencio volvía a hacerse dueño absoluto del lugar. Era aquel un sepulcral silencio...

 

De repente algo cayó al suelo. Una vasija con la que Luis había tropezado se rompió el mil pedazos. Silenciosamente, cual gato que por tejados anda, quiso recogerla. Ahora, tembloroso, quiso abrir la puerta de aquel aposento para dirigirse al jardín, pero la mala suerte le hizo tropezar con una silla que alguien dejó mal colocada. Se produjo un fuerte ruido y luego otra vez un silencio absoluto. Asustado, miró por todas partes. Le pareció que uno de aquellos esqueletos humanos se burlaba de él. Quiso insultarlo pronunciando malas palabras en su contra, pero este no le contestó...

 

Luis temblaba; levantó los ojos y volvió a mirar aquel esqueleto. Se quedó petrificado porque le pareció que recuperaba su forma humana y sus ojos volvieron a colocarse en su lugar de origen, y la manos recuperaron el movimiento, y hasta creyó que el esqueleto salía de su lugar y se acercaba muy lentamente, muy lentamente hasta él... Entonces tuvo miedo, mucho miedo. Corrió hacia la puerta de aquel aposento y, de dos saltos, quedó en el jardín del convento.

 

Buscó la azada para cavar, pero no la encontró. Miró a su alrededor y, entre luces y sombras, en su imaginación, le pareció ver un coro de monjes que cantaban y cantaban. Eran cantos gregorianos que, en cada minuto que pasaba, los percibía con mayor y mayor nitidez, de tal forma que su cerebro amenazaba con estallar. Sintió miedo, mucho miedo... y temblaba. El corazón quería salirse de su pecho. Presintió que su propia muerte se acercaba y en esos momentos perdió la conciencia y cayó desplomado al suelo... Utilizando palabras populares, podríamos decir que perdió la chaveta.

 

Al siguiente día el portero del convento dio cuenta a las autoridades judiciales de que un hombre había aparecido inconsciente en el patio del convento. Era Luis...

 

Ha pasado mucho tiempo. Luis se recuperó, pero sigue con la chaveta perdida... Ayer lo encontré caminando por la calle Real, sin rumbo, sin conciencia... Me preguntó por José Escudero, pero no esperó respuesta... Siguió de largo...

 

 

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