Revista nº 910
ISSN 1885-6039

PÉREZ GALDÓS, Benito (1843-1920).

Viernes, 05 de Febrero de 2021
Jorge Rodríguez Padrón
Publicado en el número 873

Narrador y dramaturgo n. en Las Palmas de Gran Canaria y m. en Madrid. Su padre, brigadier del ejército, lo aficionó desde niño a los relatos históricos. Primeras letras, en los colegios familiares de doña Luisa Bolt y de la señorita Mesa. 1857-1862, en el Colegio San Agustín*, en donde contribuye a la publicación de La Antorcha, diario escolar manuscrito.

 

Escribe versos burlescos. Colabora en El Ómnibus* con estampas críticas de la vida local y con diversos diálogos, en el mismo sentido. Utiliza oportunamente léxico y expresiones locales. Facilidad para el dibujo: premiado en una exposición del Gabinete Literario* y la Real Sociedad Económica de Amigos del País. En 1861 escribe el drama en verso Quien mal hace, bien no espere y un cuento de misterio, “La Emilianada”, con el pseudónimo de El Bachiller Sansón Carrasco. Al año siguiente, pasa el examen de Bachillerato en el Instituto de La Laguna (Tenerife) y viaja a Madrid para estudiar Derecho en la Universidad Central. Fija desde entonces su residencia en la capital, y pasa cortas estancias en Gran Canaria. Viajes por España y por diversas capitales de Europa. Una vez en Madrid, más que dedicarse a sus estudios, recorre la ciudad y observa la vida bulliciosa y convulsa de aquellos años. Asiste al Ateneo y al teatro, así como -entre otras- a la tertulia del Café Universal, en donde departe con sus paisanos Nicolás Estévanez*, José Plácido Sansón*, Rafael Martín Fernández Neda* y otros acerca de cuestiones de política insular. Colabora en Las Canarias, revista que, desde allí, promueven los contertulios. A causa de su absentismo, acaba por perder la matrícula en la Universidad. Traba amistad con Francisco Giner de los Ríos que, junto a su profesor Fernando Castro, interesa a Galdós en las ideas krausistas. En una de las veladas de la Institución Libre de Enseñanza conocerá también a Leopoldo Alas, Clarín. Lee a Balzac y a Dickens, del cual traduce Los papeles póstumos del club Pickwick, que publicará por entregas en La Nación. Junto a su interés por los clásicos, desde los años del Bachillerato, defiende la referencia de Lope de Vega y de Calderón como vertebradores de un teatro español; a Ramón de la Cruz y Mesonero Romanos, como sustentos del costumbrismo. Asiste a la noche de San Daniel, entre la turba estudiantil (1865) y a la sublevación del cuartel de San Gil (1866). Desde Madrid, sigue sus colaboraciones en El Ómnibus (1863-1866), donde firma “Revista de Madrid” como H. de V. Escribe en La Nación (1865-1868) y en la Revista del Movimiento Intelectual de Europa (1865-1867). En 1866, ante los acontecimientos políticos de la capital, viaja a Gran Canaria por un tiempo. En 1867 y 1868 está en París. Cuando regresa de un segundo viaje a la capital francesa, camino de Canarias, conoce en Barcelona la noticia de la revolución de 1868; desembarca en Alicante y vuelve a Madrid, cuando se produce la entrada de los generales Serrano y Prim. Redactor de El Debate, en 1871. Colabora en la Revista de España (1870-1876) y en La Guirnalda, del grupo de canarios radicados en Madrid (1873-1876), en la cual publica una Biografía de Damas Celebres Españolas. Desde 1872 se traslada durante los veranos a Santander, en donde hace amistad con José María Pereda y en donde acaba comprando San Quintín, la casa del Sardinero que será su residencia allí. Desde el Ateneo cultiva la amistad con intelectuales españoles de diversas ideologías (Menéndez Pelayo, Cánovas, Silvela…). Su amistad con Sagasta  lo lleva a la política: diputado, en 1886, por el partido liberal; lo será, más tarde, del partido republicano-socialista (1901) y, ya en 1914, por Las Palmas de Gran Canaria. Colabora en La Prensa, de Buenos Aires (1885), en Vida Nueva (1898), en El Heraldo de Madrid (1901), en La República de las Letras (1905) o en España Nueva (1909), entre otras publicaciones. Entre febrero y noviembre de 1862, publica los diez diálogos que reúne bajo el título de Tertulias del Ómnibus. Aunque su entusiasmo literario inicial lo inclinó hacia el teatro, entre 1870 y 1871 escribe ya sus primeras novelas: La Fontana de Oro, La Sombra (por entregas, en la Revista de España) y El Audaz. Pero su verdadera dedicación a la novela comenzará en 1873 con los Episodios Nacionales, crónica del siglo XIX español, desde la perspectiva de la vida íntima y cotidiana, en los momentos claves de esa historia. Escribe cinco series, de diez novelas cada una: desde Trafalgar a La batalla de Arapiles (1873-1875); desde El equipaje del rey José a Un faccioso más y algunos frailes menos (1875-879); desde Zumalacárregui a Bodas reales (1898-1900); desde Las tormentas del 48 a La de los tristes destinos (1902-1907); desde España sin rey a Cánovas (1907-1912), serie esta que dejaría sin concluir. Con los Episodios se alternan las otras novelas, orientadas las primeras hacia el naturalismo: Doña Perfecta (1876), Gloria (1877), Marianela y La familia de León Roch (1878). A partir de La desheredada (1881), inicia la serie de novelas contemporáneas, con El amigo Manso (1882), El doctor Centeno (1883), Tormento y La de Bringas (1884), Lo prohibido (1885), Fortunata y Jacinta (1886), Miau (1888), para llegar -tras la lectura de Tolstoy- al espiritualismo de Ángel Guerra (1891), de Tristana y de La loca de la casa (1892), las novelas de Torquemada (1893-1895), Nazarín (1895), Misericordia y El abuelo (1897), Casandra y El caballero encantado (1909) o La razón de la sinrazón (1915). Se había iniciado en el teatro en su época juvenil, y en 1865 escribe La expulsión de los moriscos (1865), ahora perdida, a la cual siguen: Un joven de provecho (1867), póstuma, Realidad (1892), la versión teatral de La loca de la casa y La de San Quintín (1894), La incógnita, también a partir de la novela (1889), Electra (1901), la versión de Casandra (1910), Mariucha (1903), la versión de El abuelo (1904), Amor y ciencia (1905), Celia en los Infiernos (1913) o Alceste (1914). Junto a sus cuentos (entre 1861 y 1915), publica Crónica de Portugal (1890) o Memorias de un desmemoriado (1915). Una larga serie de obras aparecen en los años que siguieron a su muerte: Política española, Arte y crítica o Nuevo teatro (1923), Cronicón 1883-1886 y Toledo (1924), Viajes y fantasías (1928), Crónicas de Madrid (1933), Cartas a Mesonero Romanos (1943), Crónica de La Quincena (1949), Madrid (1956) o Los prólogos de Galdós (1962). Como clásico, la obra de Galdós se sigue editando en diversas colecciones de divulgación, o en ediciones anotadas. De 1941 data la edición, durante mucho tiempo canónica, de sus Obras Completas (Ed. Aguilar. Madrid) en seis volúmenes, preparada por Federico Carlos Sainz de Robles, de la cual se harían sucesivas reediciones hasta la década de 1970. Entre 2005 y 2011 se prepara y publica una revisión integral de la obra narrativa y teatral de Galdós, coordinada por la profesora Yolanda Arencibia* y editada por el Cabildo Insular de Gran Canaria, en veinte y nueve volúmenes, bajo el epígrafe común: Galdós. Arte, Naturaleza y Verdad. Edición “en limpio”, se advierte en la presentación, sin aparato erudito, aunque preparada con rigor y claridad, respetuosa con los textos del autor y con prólogos de profesores, críticos o escritores que ofrecen reflexiones y perspectivas diversas sobre el autor y su obra.

 

 

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