Revista nº 858
ISSN 1885-6039

Estas sí que son folías... (II). Totoyo Millares.

Viernes, 09 de Octubre de 2020
Diego Talavera Alemán
Publicado en el número 856

Lo que más me entusiasma es que hubo una época en que el timple había casi desaparecido, no solo la construcción del instrumento, sino el interés por tocarlo. Había que poner en marcha entonces una cadena; y se puso: tratar de que los artesanos siguieran construyéndolos y fomentar en los jóvenes alumnos su compra.

 

 

Esta semana la conversación sobre folklore ha sido con Totoyo Millares. ¿Quién no lo conoce?, ¿quién no ha oído hablar de él alguna vez? Huelga, pues, una rimbombante introducción por dos motivos; primero, que a él no le iba a gustar; y en segundo lugar, porque a Totoyo hay que presentarle tocando el timple. Es un hombre que no se puede definir. Sus gestos -nerviosos, amables, infantiles- lo dicen todo. Por eso no le gusta la idea de la conversación periodística: "Sé que se me van a quedar muchas cosas en el tintero; no me van a salir las cosas como yo quiero y quizás vaya a herir a alguien". Totoyo Millares se preocupa mucho por la gente que le rodea, por la sociedad y se siente satisfecho cuando, en las zonas rurales, algún "mago" lo reconoce: "ese es Totoyo, el timplista". Su nombre está ligado, indudablmente, al timple canario. Curiosamente las dos denominaciones comienzan por "t": la del instrumento y la del instrumentista. Y no te cansas de oír esos acordes mágicos, auténticos, alegres a veces, tristes en ocasiones, y ante todo, comunicativos. No encuentras palabras para explicar el motivo de que un instrumento tan pequeñito como el timple puede profundizar tan hondo en el alma de los canarios. Y no solo de los canarios, sino de todos aquellos que tengan sensibildad y amor a la música. "En Holanda, Polonia y Portugal he visto a la gente admirada por el timple canario y por los sonidos que con él se pueden crear".

 

Totoyo siempre que viaja se lleva, junto al cepillo de dientes, el "camelliyo", aprovechando la menor ocasión para darlo a conocer con un sentimiento propio de un hombre plenamente identificado con su tierra, con su folklore, con sus costumbres y con su futuro. En fin, que sin querer me ha salido esta introducción. Y si Totoyo -que la gente dice que es raro- se cabrea, que se jeringue.

 

Nacer con el folklore. El diálogo lo inicio sacándole a relucir el tema de sus comienzos en la actividad folklórica de las Islas. Con tembliques en las manos y fumando tabaco negro comienza a hablar con una voz seca y ronca.

- Esa afición parte de muy niño; tenía apenas cinco años y mi familia vivía por entonces en las Canteras. Todos mis hermanos tocaban y por entonces había un sereno que cantaba muy bien, creo que se llamaba Gopar -Eduardo es el que lo sabe bien, que se reunía con un grupo para tocar-. Yo me dedicaba a escucharlos atentamente porque sentía esta necesidad a pesar de tener tan corta edad. Me inicié, por supuesto, con el timple. Nadie me enseñó. Solo de oír a José María, Eduardo y Manolo se me fue grabando la música en la sangre. En principio no me dejaban tocar, pues con cinco años creían que les iba a romper el instrumento. Luego, aprovechando que ellos no estaban, cogía el timple y me dedicaba a imitar lo que tocaban me improvisaba cosas nuevas yo sólito.

 

- ¿Cuándo te decidistes por la música definitivamente?

- En cierta ocasión estuvo en mi casa Benítez Inglott, que era muy amigo de mi padre, y me oyó tocar el timple. Le dijo que era una pena que no estudiara música con las cualidades que tenía y fue cuando comencé a estudiar en la Filarmónica solfeo y violín. Fíjate si no tenía afición por la música que todas las tardes, cuando salía del Viera y Clavijo, me dedicaba a presenciar los ensayos de la orquesta. Recuerdo algo que fue decisivo para mí: sentí algo sublime cuando escuché por primera vez la quinta sinfonía de Tchaikovsky. A partir de entonces me encendí por la música y seguí pensando en el timple, como mi medio de expresión, aunque también tocaba la guitarra. De todas formas, mi gran ilusión de niño fue llegar a ser un gran violinista, cuando tenía siete años.

 

- Sin embargo, Totoyo Millares se olvidó de la música, digamos, seria, y escogió los caminos de la canción popular, que siempre ha sido su pasión. El estrecho contacto con el pueblo ha sido para él una necesidad. En tus comienzos, ¿como discurría el panorama folklórico de Las Palmas?

- En la capital, concretamente, había mucha gente que tocaba y cantaba, pero siempre en un sistema familiar o de amigos; recuerdo, por ejemplo, a los hermanos Quintana y otros muchos que se reunían con este único fin. Fue una época que me entusiasmó mucho y lo que se oía eran cosas muy puras, ya que aún no había llegado la riada turística que tanto daño hizo a nuestro acervo folklórico. Te puedo citar, entre otros, a un tal Jeremías Dumpiérrez, que le decían por esta época El Rey del Timple. La pena es que no hizo absolutamente nada por el folklore, porque incluso -según dice Néstor Álamo- tuvo un método para tocar el timple que nunca llegó a publicar.

 

La labor de enseñar. Una de las facetas más importantes de Totoyo ha sido su entrega en la divulgación de la música a los canarios de más tierna edad. Ha sido, sin duda, el que ha introducido en las escuelas canarias la enseñanza del timple y la guitarra. A él le debemos la afición folklórica de infinidad de personas.

- Recuerdo que mi primer alumno, cuando yo solo contaba con diez años, fue Juanito Alonso, que le gustaba mucho la canción canaria. Luego continué dando clases, al mismo tiempo que aprendía solfeo en la Filarmónica y cantaba en la Coral que tenía esta sociedad en aquellos tiempos, que dirigía el que hoy es director del Conservatorio de Barcelona. Después fui introduciéndome cada vez más en la cosa de la enseñanza. Fui prácticamente el primero que empezó a dar clases, que hasta este momento era algo prohibitivo. Y a partir de aquí comenzó en el resto de los colegios el interés por aprender timple o guitarra, incluso entre gente mayor.

 

- Han sido muchos los años que has estado al servicio de los escolares, enseñando algo tan importante como nuestras raíces musicales. ¿Ha dado frutos ya este trabajo?

- Y tantos. Me encuentro plenamente satisfecho de la cantidad de gente que ha salido de mis clases y muchos de ellos siguen esta faceta. Lo que más me entusiasma es que hubo una época en que el timple había casi desaparecido, no solo la construcción del instrumento -pues no ganaban una perra haciéndolos y ningún organismo protegía esta artesanía-, sino el interés por tocarlo. Había que poner en marcha entonces una cadena; y se puso: tratar de que los artesanos siguieran construyéndolos y paralelamente fomentar en los jóvenes alumnos su compra.

 

- ¿Cuál es el factor más importante en la enseñanza del timple?

- En primer lugar hay que despertar en el niño el interés por el timple. Esto lo lograba realizando una interpretación, mientras ellos ponían atención; esto estimulaba mucho al escolar, que se imaginaba que algún día podría tocar igual. A continuación escogía a los que tenían más facultades para tocar y hacía un grupo aparte que formarían luego la rondalla del centro.

 

- ¿Tuviste alguna ayuda oficial para ampliar esta enseñanza y crear grupos de más envergadura?

- Nunca. Incluso se preguntaban muchas veces los profesores para qué se daba clases de timples si eso no servía para nada. No se daban cuenta de que no se trataba de tocar en plan de pasar el rato, sino de despertar en muchos niños unas facultades musicales muy aprovechables. Pero los organismos oficiales nunca han puesto atención a esta cuestión.

 

 

Vida y muerte de Los Gofiones. Algunos dicen por ahí que la culpa de la caída de Los Gofiones se debió a Totoyo Millares; pero lo cierto es que cuando único se podía oír a esta agrupación era cuando él la dirigía, que fue precisamente el momento en que alcanzó su máximo esplendor. Todos recordamos aquella noche memorable en el teatro Pérez Galdós cuando se presentaron Los Gofiones. El grupo graba un long-play -excelente joya del folklore canario, sin duda alguna- y ocurren una serie de hechos que provocan la división.

 

- ¿Qué ocurrió realmente Totoyo? (Y pone un gesto casi triste. No quiere hablar del asunto. Pero yo le insisto una y otra vez. Le pregunto primero sobre el nacimiento del grupo).

- Hay que decir, primero, que Los Gofiones nacieron un año justo después que Los Sabandeños, aunque nosotros ya teníamos esta idea. De hecho, ya existía un grupo digamos "pre-sabandeño" varios años antes de quedar constituido definitivamente como había otro "pre-gofiones". Es decir, un grupo de amigos que se reunían para cantar folklore canario y que, en efecto, la salida del grupo de Sabanda provocó nuestra rápida salida. No obstante, te puedo decir que ya en 1954, y antes aún, yo presenté grupos de niños tocando con esta fórmula. Pero, volviendo al nacimiento de Los Gofiones, te puedo decir que se hizo posible gracias al empuje de Nano Doreste, que planteó un día la imperiosa necesidad de crear un grupo de música canaria.

 

- Ya que has hablado de Los Sabandeños, ¿cuál es tu opinión sobre ellos?

- Aparecieron justo cuando estaba el folklore completamente enterrado. Es un grupo que merece el máximo respeto y nunca se podrá pagar la labor que han hecho en estos años, con una gran honradez y sentir como nadie. Aquellos primeros singles que grabaron son auténticas joyas de nuestro acervo y marcó el principio de una nueva etapa.

 

- Volviendo a Los Gofiones, ¿cuál fue el motivo de la separación?

- Disparidad de criterios. Para mí un grupo de este tipo tiene la misión de rescatar, buscar y grabar todo el folklore que está a punto de extinguirse, así como actuar por todos los pagos de la isla sin beneficios económicos para que todo el pueblo pudiera participar gratuitamente en los recitales. Otros miembros del grupo no lo vieron así y pensaron más en adquirir popularidad que en hacer una buena labor, queriendo cantar cositas para alegrar a la gente y como medio de expresar sufrimientos, sentimientos y toda una forma de ser de los canarios. Esto es algo que no se puede hacer porque se le está mintiendo a la gente y se corrompe más lo que ya está adulterado. Entonces ya no tenía razón de ser que yo siguiera al frente del grupo; ellos siguieron su camino y otro grupo siguió el mío.

 

- ¿Qué hicieron Los Gofiones en los dos años en que tú estuviste al frente?

- Se grabó un long-play que considero muy importante, donde se recoge por primera vez una endecha guanche cantada en lengua aborigen y con un mensaje muy significativo. Por otra parte, cantamos en casi todos los pueblos de la isla y dimos varios recitales memorables en el teatro Pérez Galdós.

 

- Por último, Totoyo, ¿come ves el panorama folklórico actual en Canarias?

- Se está manteniendo, muy reducidamente; salvando cuatro grupos que hay en las Islas, lo demás son repeticiones y vulgares copias de un folklore que debería superarse. Es necesario un apoyo ofical para emprender una buena labor potenciando y subvencionando a aquellos grupos serios.

 

- ¿Y el capítulo del Plan Cultural del Cabildo Insular dedicado al foklore?

- Creo que peca un poco de aoademicista. ¿Para qué queremos todo un trabajo de recopilación folklórica en unas vitrinas? Es necesario comunicarlo al pueblo en vivo por medio de un grupo digno que subvencione el Cabildo.

 

- ¿Qué opinas de "La Cantata del Mencey Loco"?

- Sinceramente, creo que es buena. Solo tengo que criticarle una cosa: la parte recitada tiene un deje muy sudamericano; creo que la expresión del hombre isleño no está lograda. Ya sé que estamos más cerca de América que de Europa y que nos identificamos más con su música, pero había que hacerlo de otra forma. Esto es lo único negativo que le encuentro. Todo lo demás me gusta muchísimo. Y la labor que está haciendo Elfidio Alonso en proyectar nuestro folklore hacia fuera es muy meritoria; las cosas como son.

 

Totoyo Millares termina la conversación comunicándome una buena noticia. El hermano José María se queda a vivir definitivamente en Las Palmas. El autor de "Campanas de Vegueta" regresa para volver a pasear por el "barrio de mi niñez" y contemplar la "torre de la audiencia y de San Agustín". En fin, Totoyo, a ver si con tu hermano te decides a formar un nuevo grupo "¡pues no es mala idea, consio! Habrá que pensarlo". Piénsalo, piénsalo...

 

 

El texto fue publicado por primera vez en el Diario de Las Palmas el 20 de septiembre de 1975. Fotos de Juan Santana.

 

 

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