Revista nº 854
ISSN 1885-6039

Esmeralda Cervantes. Ninguna era de amor...

Sábado, 20 de Junio de 2020
María José Vera González
Publicado en el número 840

Aquella mujer había desatado en nosotras una curiosidad inusitada. Queríamos saberlo todo de ella, investigamos sobre su vida, su profesión y su relación con Patricio Estévanez, y descubrimos a una mujer increíble, un personaje fascinante.

 

 

Cuando realizamos el proceso técnico de catalogación y transcripción de las cartas del Fondo Estévanez, lo primero que nos interesa descubrir es quién escribe y envía esas misivas. Este detalle es fundamental porque nos permite situarlas en el contexto histórico en que se llevan a cabo y su relación con el destinatario de las mismas, Patricio Estévanez. Esta tarea no siempre es fácil debido a las indescifrables grafías de muchos de los personajes que se cartean con Patricio. En ocasiones, por el contenido podemos intuir de quién se trata, otras veces comparamos la letra con otras cartas y conseguimos averiguar quién es y, en algunos casos, aguardamos a encontrar alguna pista que nos lleve a adivinar qué persona escribe.

 

Entre las miles de cartas de personajes de gran relevancia política, intelectual y cultural de finales del siglo XIX y principios del XX que aparecen en este notable fondo, destacan las de una mujer, Esmeralda Cervantes. ¿Quién era esta mujer que escribía con tanta cercanía a Patricio Estévanez? En nuestro afán y deseo, tal vez romántico, de encontrar algún mensaje de amor, las cartas de Esmerada Cervantes comenzaron a ser nuestra prioridad de búsqueda en aquella fascinante colección. Encontramos varias cartas de Esmeralda y un retrato dedicado a Patricio Estévanez. Ninguna era de amor. Sin embargo, aquella mujer había desatado en nosotras una curiosidad inusitada. Queríamos saberlo todo de ella, investigamos sobre su vida, su profesión y su relación con Patricio y descubrimos a una mujer increíble, un personaje fascinante.

 

Esmeralda Cervantes era el nombre artístico de Clotilde Cerdá y Bosch. Había nacido en Barcelona en 1862 y sus últimos años los pasó en Tenerife, donde moriría en 1926. Esmeralda fue una mujer adelantada a su tiempo, universal y transgresora. Niña prodigio del arpa, concertista, pedagoga, pacifista, periodista, antiesclavista, defensora de los derechos de la mujer, escritora, enamorada del mundo y de Tenerife, donde residió el último tramo de su vida. Este amor por Tenerife queda patente en las cartas que le envía a Patricio: “yo creí que nuestro bote virava [sic] y poco me faltó para morirme del susto, pues el mar era tan bravo que para desembarcar y subir a la escalera del buque tuvieron dos marineros que cogerme y aprovechar un momento propicio para cogerme y subirme a bordo crea que si no quisiera tanto a las Islas Canarias, una despedida tan poco cariñosa hubiera bastado para que no pensara nunca más en volver. Si tiene V. ocasión para decirle dos palabras a ese S. Agente de la Velvee se lo agradeceré. Dentro de poco espero regresar a esa, mi esposo me dejó libre de escoger entre Barcelona y Santa Cruz y resolví fijar nuestra residencia en Tenerife”.

 

Esmeralda Cervantes fue un genio femenino. Sus innumerables periplos por distintos países y continentes conforman el laberinto de su vida, en la que el arpa constituye el instrumento que movía los hilos de su existencia.

 

Para homenajearla, el Centro de Documentación de Canarias y América, en el año 2016 -bajo la creación y dirección artística de Helena Turbo Teatro-, presentó una visión contemporánea sobre la vida y obra de Esmeralda Cervantes. El arpa viajera se estrenó en el Teatro Leal de La Laguna y fue llevada por los municipios de la isla, con gran éxito de público.

 

Su gran personalidad queda reflejada en uno de los artículos que publicó el periódico La Ilustración de la mujer el 15 de diciembre de 1883:

Para descansar la vista de tan variadas escenas bajé al lago, visité a los pescadores, mojé mis manos en la gruta de Venus y me dirigí al cementerio: esta es una visita siempre grata a los corazones sensibles y a los temperamentos melancólicos, y nunca he dejado de hacerla en mis viajes.

     Si la conversación con los vivos enseña cosas del mundo, el contacto silencioso con los muertos nos instruye respecto de la eternidad: la juventud no se opone a la meditación: en un cementerio los veinte años se convierten en cincuenta. Un instante de reposo y verdad corrige muchas horas de vanidad y orgullo. Si todos tuviéramos el amor del cementerio, muchos dolores de odio vendrían a ser dolores de amor: la tristeza inocente purifica.

 

Aún no perdemos la fe, continuamos buscando en la valiosa colección de cartas de Patricio Estévanez alguna que nos hable de amor.

 

 

María José Vera González es subdirectora del Cedocam (Centro de Documentación de Canarias y América).

 

 

Comentarios