Revista nº 837
ISSN 1885-6039

Presentación de la Comedia que se hizo al obispo don Cristóbal Vela, año 1576, de Cairasco de Figueroa.

Miércoles, 08 de Abril de 2020
Antonio Henríquez Jiménez
Publicado en el número 830

El siguiente texto fue leído por su autor -editor de esta obra del poeta insular fundador Bartolomé Cairasco de Figueroa- en la presentación el pasado 23 de enero de 2020 en el Club La Provincia de la capital grancanaria, donde estuvo acompañado por nuestro coordinador José Miguel Perera.

 

 

Buenas noches. Ante todo, muchas gracias a todos por su asistencia. Muchas gracias a la Editorial Tamaimos por confiarme esta edición íntegra de la Comedia que se hizo al obispo don Cristóbal Vela, y además con notas. Muchas gracias al entusiasmo de José Miguel Perera durante la preparación del trabajo, y por esta presentación. Muchas gracias al maquetador e ilustrador Sergio Hernández. Muchas gracias también al Club La Provincia que nos acoge. Al final del libro doy las gracias a las personas que más he molestado con mis preguntas.

 

Ha llevado su tiempo para que esta obra salga entera a la luz, algo mejorada, o mejor interpretada, a como se encuentra en un único manuscrito, difícil de leer, realizado por un amanuense que al parecer tenía, entre otros, problemas de oído. Es singular el hecho, como anuncia Perera en la "Presentación" del libro, de que coincida esta salida en Tamaimos con otra capitaneada en Tenerife por el profesor José Antonio Ramos Arteaga. El pdf de la edición de Ramos llegó a mis manos, por mediación de las de Perera, el mismo día en que esta edición de Tamaimos entraba en imprenta. El contraste de las dos lecturas lo verá el lector cuando se publique la segunda edición. Los dos responsables tenemos lecturas similares en la mayoría de los casos; otras no lo son, o por equivocadas o por falta de atención. Yo he tenido que corregir siete lecturas erradas. Algunos términos que no anoté a pie de página precisan explicación.

 

Soy de la opinión de que a Cairasco hay que leerlo hoy con notas que aclaren el contexto de su escritura. Quien no está acostumbrado a leer textos del siglo XVI tiene que meterse en su contexto para poder comprender lo que entonces se escribió. La causa de que aparezcan tantas anotaciones se debe, en primer lugar, a que pretendo que el lector se cerciore de que la obra que aparece manuscrita sin indicación de autor es verdaderamente de Cairasco (por eso voy con cierta frecuencia a expresiones iguales o parecidas del Templo militante y de otras obras de Cairasco); en segundo lugar, para que el lector curioso vea cómo se presenta en el manuscrito la lengua que entonces se empleaba aquí en Canarias, en aspectos como el seseo, o el ceceo, el leísmo de cosa, por ejemplo, y otras manifestaciones del habla de nuestra tierra. También anoto elementos que pueda haber cogido Cairasco de otras fuentes, las citas bíblicas del texto y su adaptación. El hecho de colocar las 164 notas al final del texto de la Comedia sirve para quitar la pesadez visual de verlas a pie de página. El lector que quiera saber más del estado del manuscrito y de otros pormenores de lo que se lee ha de ir a esas notas y a los excursus subsiguientes sobre la obra.

 

Cairasco es un hombre ya formado y con cierta madurez cuando escribe esta Comedia en 1576. Tiene 38 años. Conocidísimo desde muy joven por algunas canciones italianizantes algo estrafalarias, que hoy vemos copiadas en tantos manuscritos de la época (una de ellas llamó de tal manera la atención, que fue imitada por el ingenio de Luis de Góngora y Argote), posiblemente aún no había empezado a escribir sus obras mayores, que yo calculo comenzó en serio por 1578-1583, la traducción de la Gierusalemme liberata de Torcuato Tasso o el Templo militante, este al descubrir el Flos sanctorum nuevo de Alonso de Villegas (un hombre que se distinguió, como él, por comenzar su vida literaria de autor de teatro, recuerden la Comedia Selvagia, y que acabó escribiendo varios tomos de vidas de santos en la mejor prosa castellana de la época). Parece ser que las obras de encargo teatrales de su Cabildo catedral fueron las primeras de cierta entidad que salieron de su ingenio. El primero de estos encargos fue, según parece, el Entremés para una farsa, representado el 15 de agosto de 1558, cuando su autor tenía veinte años. De 1582 es la otra comedia fechada, la del Recibimiento del obispo Rueda. Las otras obras de teatro conocidas parecen ser unas anteriores a 1582, por presentarse así en el manuscrito 2803 del Palacio Real (Tragedia y Martirio de Santa Caterina) y otras posteriores (Comedia del Alma, Tragedia de Santa Susana). No han aparecido las Comedias de los recibimientos de los obispos Fernando Suárez de Figueroa (1588) y Francisco Martínez Ceniceros (1597), mencionadas en las actas del Cabildo catedral.

 

Cairasco fue siempre hombre de teatro, aunque no escribiera teatro. En su obra mayor, el Templo militante, siempre que le parece, sin lugar a dudas para expresar su personalidad, pone a sus personajes a dialogar. Si uno va a la fuente de donde saca la información para sus versos, nos encontramos con que transforma la pura narración en algo más vivo, al introducir el diálogo teatral, o la expresión de su intimidad. Al comenzar las octavas del Canto de Santa María Egipcia, se expresa como si ante el público presentara la obra: “Estad atentas al primer ensayo / de esta comedia, damas, y al segundo, / por que de aquel huyáis la impertinencia, / y de este améis la casta resistencia”. En el terceto 14 de la introducción del Canto de San Cristóbal, leemos: “Es la elección que canto la que salva / el alma, y la que bien recita el acto / de esta comedia será sana y salva”. En el Canto primero de San Adrián, octava 3, leemos:

 

 

              En la superba, antigua, populosa
              ciudad de la Bitinia, Nicomedia,
              donde la tiranía rigurosa
              contra la cristiandad colmó la media,
              con pompa, y propiedad majestuosa,
              recitaron al vivo una tragedia
              veintitrés recitantes en teatro,
              y otro después los hizo veinticuatro.

 

 

En la octava 13, leemos:

 

 

              Con esto se dio fin al primer auto
              de la tragedia, y comenzó el segundo,
              cual no escribieron Séneca, ni Plauto,
              ni trágicos, ni cómicos del mundo.
              Sale el Emperador tirano cauto,
              ya con semblante grave, ya jocundo;
              y, recitando su figura al vivo,
              trató con Adriano lo que escribo.

 

 

En la octava 24, leemos:

 

 

              Guardando la metáfora que sigo
              de la tragedia y su real decoro,
              por que ninguna cosa falte, digo
              que se fue Natalía, y vino el coro.
              Y en medio del teatro, en tono amigo,
              que en toda Nicomedia fue sonoro,
              al son de un instrumento que tocaba,
              aquestos versos líricos cantaba.

 

 

A través de todo el Canto, sigue nombrando Cairasco elementos de la representación teatral: “y el fin del tercer auto aquí consiste”, “Al fin de la tragedia lastimosa, / representando al vivo un gran tirano, / a la diurna escena suntuosa / salió el Emperador Maximiano / ... / su dicho recitó tan inhumano”; “En aqueste tormento doloroso / pusieron todos fin a su jornada, / subiendo a recitar sus almas bellas / al teatro fundado sobre estrellas”. “Juntose a verle toda Nicomedia, / por ver el triste fin de la tragedia”, se lee en el Canto de San Pantaleón.

 

En mi edición anotada del Templo militante y de las obras teatrales de Cairasco, presento en nota situaciones y expresiones que están en los autos que Cairasco pudo ver o leer con atención en sus años de formación. Allí se encuentran ecos de Gil Vicente, de Sánchez de Badajoz, de la Tragicomedia de Calisto y Melibea, de Micael de Carvajal y Luis Hurtado de Toledo, de Juan de Rodrigo Alonso (conocido por de Pedraza), de Juan de Timoneda, de Jaime de Huete, de Bartolomé de Torres Naharro, etc.; en definitiva, de todo el teatro de nuestro Renacimiento. Otro autor canario de la época de Cairasco, el jesuita José de Anchieta (1534-1597), también dedicó esfuerzos al teatro en un ambiente muy distinto, en el Brasil. También hay en su obra rastros de que conocía los modos de hacer de Gil Vicente.

 

Es posible que Cairasco conociera al nuevo obispo cuando estudiaba en Salamanca, por 1554, donde Cristóbal Vela se hizo licenciado (1547), fue rector y catedrático de Escoto. Posiblemente la alusión a Aristóteles y a sus obras en los versos 10-11 del parlamento octavo de Linaje en la Escena primera de esta Comedia, sea un acto adulatorio dirigido al nuevo obispo, que había explicado en Salamanca la filosofía de Duns Scoto, autor que se basa en la abstracción para explicar el conocimiento de las verdades y esencias universales. Lo mismo se puede afirmar de la alusión a la venida de Dios a la tierra por la encarnación “forzado de su misma voluntad”, que leemos al comienzo del razonamiento del niño pastorcillo de la introducción de la Comedia.

 

 

A Cairasco debió torcérsele el gesto cuando el nuevo obispo envió para posesionarse del cargo por poderes al licenciado Diego del Águila, que había estado en las islas como Gobernador, y que, por motivos de su cargo, había firmado sentencias de muerte. El antiguo Gobernador, ya viudo, que sería ordenado sacerdote por el propio Vela y promovido a canónigo doctoral de la Catedral de Canaria y a arcediano de Fuerteventura, fue muy criticado en el seno del Cabildo catedral precisamente por su trayectoria. Quizás algunas palabras pronunciadas por la Concordia fueran dirigidas como advertencia al nuevo obispo. Cairasco tuvo tiempo de preparar el recibimiento, y pensar bien lo que iba a expresar, ya que el obispo fue nombrado en diciembre de 1574, tomó posesión por poder en junio de 1575, y llegó a la isla en marzo de 1576.

 

Es normal que un criollo (nieto de una aborigen palmera que casó con un castellano nuevo, e hijo de un italiano, cuya familia se había movido por las costas del Reino de Valencia en busca de negocios, y había llegado a Gran Canaria, donde floreció con el del azúcar) acepte ofrecer a la nueva autoridad eclesiástica, nombrada por el rey, una serie de tópicos de catecismo, no para que los oyera el obispo, que gozaría escuchando términos que había explicado mil veces en su salmantina cátedra de Escoto, sino los asistentes, en los que se reafirmaba lo sustancial de las ideas tenidas como aceptables en la época, y recibirían algún ramalazo al escuchar a las figuras de la Comedia nombrar sus defectos personales (entre ellos la “lengua maliciosa”, “el cortar de lenguas”, la “murmuración”); o un sentimiento de orgullo al oírles alabar algunas de sus bondades.

 

En el ramo que las siete islas le ofrecerán por boca del “niño en hábito de pastorcillo” no faltará la caña de azúcar, por la que su familia era preeminente. Lo que va a decir en la Comedia es una especie de sermón sobre las siete virtudes poseídas por el obispo, a las que pone a conversar, o más bien a discutir, en la escena. El obispo es el mejor de los que han venido a las islas, porque posee juntas todas las virtudes que en los otros “vimos repartidas”. Busca Cairasco algunas de las relaciones encontrables acerca del primer apellido de don Cristóbal, Vela: vela encendida que da luz, vela de la nave, a la que impulsa el viento del Espíritu Santo; vela de vigía, que colocado en la torre guarda a la ciudad de sus enemigos. El niño-pastor habla de la parábola del buen pastor y la oveja perdida, en la que ve la actitud del obispo al venir de “la feliz España”.

 

Estos tópicos no se vuelven a nombrar en la Comedia, donde se presenta la discusión entre las citadas virtudes contrarias (Linaje-Menosprecio, para la Escena primera; Ciencia-Simplicidad, para la segunda; Humildad, que esperamos oír discutir con la Dignidad, que no aparece en la Escena tercera, escrita en prosa, al contrario del resto de las escenas, rompiéndose el paralelismo iniciado en el tema y en la forma; nueva discusión más acalorada y vertiginosa, con un verso de cada virtud contrincante, en la Escena cuarta), y que al final son apaciguadas y obligadas a obrar de consuno por otra virtud llegada ex machina, la Concordia, en la segunda parte de la Escena cuarta. Nótese que son siete estos peronajes, número mágico donde los haya, y que Cairasco explicitará más de una vez en su obra posterior. Estas discusiones están dentro de la tradición del teatro medieval y renacentista (las célebres disputas, matracas o vejámenes), y el público se regocijaría oyéndolas, y se llevaría en el recuerdo su algo de adoctrinamiento.

 

Acabo esta presentación animándolos a leer otro libro que apareció en julio pasado, donde intento desvelar cómo ha sido tratado don Bartolomé desde que vivía hasta no hace mucho, y otras cosas de su dilatadísima obra. Su título es Novelerías sobre Bartolomé Cairasco de Figueroa.

 

Muchas gracias.

 

 

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