Revista nº 809
ISSN 1885-6039

Foguera. Elaboración de carbón vegetal en Vilaflor.

Viernes, 17 de Mayo de 2019
Marcos Brito
Publicado en el número 783

En todo diálogo que se emprenda con cualquier persona chasnera sobre la obtención del carbón vegetal, surge el nombre de Agustín Fumero Martín, Agustín el Murga (Vilaflor, 1921-2005), al que se le puede considerar el último carbonero de Vilaflor, cuyas labores comenzaron en su adolescencia y se alargaron hasta la década de 1990.

 

 

El aprovechamiento de la cumbre sustentó a buena parte de la población del municipio de Vilaflor de Chasna (Tenerife). Un pueblo que subsistía, como otros tantos de este Sur, entre la agricultura y la ganadería, y que en años de sequía y malas cosechas había que recurrir, aún más, a la recogida de leñas, retamas verdes para alimentar el ganado, al pastoreo o al carboneo. Carbón de pino o de retama, de escobón o de codeso en ocasiones, obtenidos en la mayoría de la veces, en la clandestinidad de la noche, sobre todo el de retama, que tantas y tantas penurias fue mitigando en épocas de privaciones.

 

El carbón de pino solía obtenerse de una manera más o menos regulada, tanto en las propiedades privadas como en los montes municipales. No así el obtenido de las retamas de la cumbre, el que más conflictos acarreó, por su clandestinidad. En estas labores participaron numerosos vecinos, en muchos casos desde la infancia o juventud, como Domingo González Fumero, quien ya iba con 16 años a realizar su primera foguera: la primer vez fui con Agustín Dorta el del Chorrillo, tendría dieciséis años y él tendría dieciocho. Y en estas labores también se implicó con prontitud Santiago Quijada Cano: yo pegué a trabajar muy pequeño, con mi padre, pa echar una mano con el carbón, mi padre con las cabras, y estando mi padre arriba hacíamos el carbón y yo lo traía pa bajo, con una bestia. Su padre era el cabrero José Quijada Cano, que solía subir con las cabras a la zona de Boca de Tauce, y en esa zona elaboraban el carbón: lo hacía él y mi hermano Camilo, pero yo era el que lo echaba pabajo.

 

Esta pronta aplicación en estas labores también consta en una denuncia de la Guardia Civil, fechada en diciembre de 1934, en la que se sancionó a José Hernández Luis, de 18 años; Adolfo Quijada Cano, de 12; Evelio Quijada Cano, de 10; y Vidal Dorta, de 17, a los que se les ocupó siete sacos de carbón.

 

Los vecinos chasneros se trasladaban por el día a los Filos de la Cumbre y a Las Cañadas. Se recogía la leña de retama, aprovechándose la matas rotas o secas, para con la noche prenderles fuego y tenerla lista en la mañana siguiente, de tal modo que no fueran vistos por los guardas forestales. Tal como lo recuerda Miguel Moreno Beltrán: Íbamos de madrugada, llegábamos allá arriba el día rompiendo, estábamos todo el día juntando leña y empillando la foguera y ya a las cinco o las seis de la tarde dábamos fuego y a las cinco o a las seis de la mañana ya estábamos apagando y sacando y llenándolo.

 

El proceso que se seguía para transformar cualquier tipo de madera en carbón es, en general, similar. La manera tradicional es comenzar limpiando el terrero, situando un palo grueso en el centro que ayude a mantener en vertical al resto, que se van apilando. Se empillan los pequeños troncos de leña para que se efectúe una mejor combustión y el pinillo o cisco con el que se cubre, y la tierra, se mantengan. A este apilamiento se le dejan múltiples puertas, cuatro, cinco o más dependiendo de su tamaño, el resto se cubre de pinillo o cisco de retama y sobre este de tierra.

 

Se dejaba un pequeño hueco en la cima del montículo, por el que se prende fuego a esta foguera con la ayuda de unas piñas y pinillo, o cisco seco, y cuando ya se aprecia que el fuego ha encendido, se tapa con esos ramajes y se cubre de tierra. Es costumbre que en Vialfor a las fogueras se le prenda fuego por la cima, pero también se podría comenzar a quemar por la base. El fuego va poco a poco descendiendo hasta las puertas que han quedado abiertas, su llegada significa que se está quemando esa zona. La misma combustión hace que cuando el fuego llegue a la puerta caiga la tierra y ahogue el proceso, retirándose las piedras y cubriendo esas zonas con más tierra.

 

Y los demás agujeros, respiraderos que aún queden, se van tapando cuando el humo va aclarándose, cuando pase del gris inicial, más o menos claro, a ese otro tono con ribetes de azul. En esos momentos se cubre, pero no se abandona la foguera, hay que estar vigilando día y noche para que no se produzca ningún salidero por el que entraría aire y daría lugar a la quema de la leña y no a su lenta combustión que es la que produce el carbón. Para después venderlo en los pueblos cercanos como San Miguel o Granadilla, los destinos más frecuentes. Y para obtener, como apunta Santiago Quijada Oliva, una escasa recompensa: De nada que sea que dos días pa traer tres sacas y otro día pa venderlo, siete pesetas, siete pesetas y media los tres sacos. Caminos de un continuo trasiego, de ida y vuelta, para el que se contaba con la ayuda de mulos, burros o camellos, como anota José Trujillo: Todas las casas de Vilaflor tenían bestias, yo me acuerdo ver dos bestias en cada casa, donde eran dos o tres hijos, esos tenían dos bestias y todos los días a Las Cañadas y todos los días a hacer carbón, bajar leña y piñas.

 

María Delgado Fumero y Agustín Fumero Martín

 

 

En todo diálogo que se emprenda con cualquier persona chasnera, en el que se indague sobre la obtención del carbón vegetal, surge el nombre de Agustín Fumero Martín, Agustín el Murga (Vilaflor, 1921-2005), al que se le puede considerar el último carbonero de Vilaflor, cuyas labores comenzaron en su adolescencia y se alargaron hasta la década de 1990. Su vida giraba en torno a la agricultura y al aprovechamiento del monte. Al principio con el auxilio de animales de carga, como su burro Moriquillo, y con posterioridad con la ayuda de vehículos a motor. Y con él trabajaron los carboneros, entre otros, Domingo González Fumero, Agustín Dorta Fumero, Álvaro Melián Toledo o Pedro Aponte Martín.

 

Madera, piña, cisco, pinillo, tierra y manos chasneras. Foguera. Sudor y frío, fatiga y hambre en la Cumbre. Carbón de pino, de escobón o de retama. Madera y sudor en pos de sacar unos puñados de carbón, con los que poder completar la exigua economía familiar de un pueblo, de sus vecinos que se aferraban a cualquier quehacer para ir subsistiendo, como lo expresa Domingo el de Santa, Domingo González Fumero: trabajos, pero a montones, mal comidos y de todo, aquí a poco que se acabó la guerra, aquí hubo quien se quedara sin cenar muchas veces.

 

 

Publicado previamente en el n.º 17 de la revista Mundo Rural de Tenerife.

 

 

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