Revista nº 793
ISSN 1885-6039

Secuelas del cambio climático.

Viernes, 26 de Abril de 2019
Juan Manuel Martínez Carmona
Publicado en el número 780

El aumento de la temperatura del agua marina y el incremento de la fuerza e intensidad del oleaje, sumados a otros factores como la contaminación y la expansión del erizo Diadema, parecen estar detrás de uno de los colapsos ecológicos más sorprendentes y preocupantes que han tenido lugar en Canarias.

 

 

Conmocionados aún con las impresionantes imágenes de las olas embistiendo la costa norte de Tenerife y los daños ocasionados, es un momento oportuno para reflexionar sobre las consecuencias del cambio climático en Canarias, especialmente para los que pensaban que gracias a nuestra condición de “ultraperiféricos” padeceríamos una versión más suave del calentamiento global. Pero los científicos lo venían advirtiendo, el nivel del mar ha ascendido once cm en los últimos treinta años y lo peor está por venir, vaticinando el Panel Internacional del Cambio Climático (IPCC) que la subida al final del presente siglo rondará entre cincuenta cm y un metro, con el impacto previsible que supondrá en las costas.

 

Pero hay desgraciadamente otro tipo de efectos que han pasado desapercibidos para la mayoría de la población. El aumento de la temperatura del agua marina, especialmente las mínimas, y el incremento de la fuerza e intensidad del oleaje, sumados a otros factores como la contaminación y la expansión del erizo Diadema, parecen estar detrás de uno de los colapsos ecológicos más sorprendentes y preocupantes que han tenido lugar en Canarias. Científicos del Grupo de Botánica Marina de la Universidad de La Laguna, después de un exhaustivo estudio del litoral y contrastando los datos de cobertura con los obtenidos en un primer estudio del año 1987, han constatado que en apenas 30 años, el curso de una generación, han desaparecido más del 95% de los bosques submarinos del alga parda Cystoceira en las Canarias Occidentales, quedando relegados a 129 hectáreas de las 4000 originales. ¿Ustedes se imaginan que hubiera pasado si se hubiera producido un colapso de las mismas proporciones en un ecosistema terrestre, pongamos por caso la laurisilva? Pero parece ser que el mar difumina las vergüenzas, lo que no vemos no nos conmueve, ya sea la  desaparición, también acelerada, de las prados submarinos de seba (Cymodocea nodosa) o la existencia en Canarias de 393 focos de vertidos de aguas residuales, muchos sin depurar y el 70% sin autorización.

 

Los que tenemos cierta edad rememoramos las praderas ondulantes de algas pardas, el “musgo” de nuestros paisanos, tapizando los fondos rocosos entre el nivel de la pleamar y los 20 metros de profundidad, un espacio tridimensional refugio de invertebrados y criadero de peces. También  recordamos los cúmulos depositados en el litoral durante los temporales, su penetrante aroma bravío y cómo eran recogidos por los agricultores para fertilizar huertas. La extinción de esta comunidad, sustituida por algas calcáreas y tropicales, es una seria advertencia de lo contundentes y vertiginosos que pueden ser los impactos humanos en un territorio tan frágil como las islas.

 

 

Juan Manuel Martínez Carmona es biólogo y miembro de Ben Magec-Ecologistas en Acción.

 

 

Comentarios