Revista nº 797
ISSN 1885-6039

El pino de Casandra.

Miércoles, 10 de Abril de 2019
Rolando Suárez
Publicado en el número 778

Cuenta la leyenda que una jovencita canaria adolescente de una belleza hermosísima, corazón limpio y bonita piel, con un cabello largo de ensueño y unos ojos profundos en los cuales se reflejaba el fondo del mar, estaba perdidamente enamorada de Carlos, un chico del pueblo de su misma edad...

 

 

Delante de él me pondría a pensar. Sentado, acostado, de pie o incluso en un caballo haciendo el pino, en la postura de yoga ganda bherundasana (la postura de la cara terrible) o -como se ha puesto de moda en los últimos tiempos- en un patín eléctrico. Que todo sea dicho, seré uno de los pocos locos que todavía no va a toda mecha por las calles con un cacharro de esos. ¿O quizás los locos son aquellos padres que llevan a sus hijos al cole en estos aparatos futurísticos, con o sin casco, pasando la cola de los coches como lo hacen las motos?

 

No solamente me pondría a pensar delante del árbol, sino que también sobre él. Un organismo autótrofo que produce su propio alimento mediante la fotosíntesis, es decir, transformando la energía solar en alimento se produce una reacción química y el árbol transforma las sales minerales, el agua y dióxido de carbono en glucosa.

 

Los árboles son mucho más sensatos que nosotros, siempre aspiran hacía la luz. Ellos han aprendido algo esencial: solo el que tiene un fuerte estamento y aún así es móvil, sobrevivirá a las tormentas fuertes.

 

Los organismos vivos más viejos son los árboles. Seguro que nos acordamos del árbol más viejo conocido Prometeo, con una edad aproximada de 5000 años, que fue talado en 1964 con propósito de una investigación científica. Su tala siempre ha sido objetivo de controversia. El actual árbol más viejo podría ser Matusalén, un pino de piña erizada de unos 4900 años ubicado en las Montañas Blancas de California.

 

En comparación con estos ejemplares este Pinus canariensis, conocido con el nombre de pino Bonito o pino de Casandra, con sus cuatrocientos y pico años, es un jovencito recién entrando en la pubescencia. Está ubicado justo en frente del área recreativa de la presa de Cueva de las Niñas, que todos conocemos. Seguro que en algún momento, de niño o de mayor, has merendado o acampado ahí, en los Llanos de la Yerbahuerto, a unos 900 m. de altitud, en un entorno de pinar abierto de repoblación y a orillas de la presa.

 

Cuenta la leyenda que una jovencita canaria adolescente de una belleza hermosísima, corazón limpio y bonita piel, con un cabello largo de ensueño y unos ojos profundos en los cuales se reflejaba el fondo del mar, estaba perdidamente enamorada de Carlos, un chico del pueblo de su misma edad. No había nadie en su localidad que no les hubiera visto en unos de sus íntimos e infinitos momentos de tonteo bajo un impresionante frondoso árbol. Nadie veía la relación con buenos ojos.

 

Fue el padre de Casandra que se vio deshonrado y eligió la medida más fuerte e irreversible que existe. Carlos abandonó el mundo en sus manos.

 

 

Inconsolable, con el corazón partido en millones y millones de trocitos difundidos en la vastedad del cosmos y con una sangre fría, triste, venenosa y vengativa, Casandra pactó con Lucifer: su alma por la muerte de su padre. Al ser descubierto su deseo de venganza, Casandra fue acusada de bruja y quemada bajo el mismo árbol en el que ella y Carlos habían pasado horas y horas de lisura y ligereza juvenil en pura felicidad.

 

Esta es una de las muchas leyendas que circundan sobre el pino de Casandra, anteriormente pino Bonito por su singular silueta. El perímetro es de un poco más de cinco metros, y a la altura de los casi cuatro metros se divide en dos grandes pernadas. La altura total rodea los veinte metros. Este centenario único tiene unas cuantas heridas debidas a distintos incendios, pero ninguna hace peligrar su estabilidad biomecánica. Después de todo, es un ejemplar saludable y con la pérdida de los tres centenarios grandes (el pino de Pilancones, el pino del Chorro del Mulato y el pino de La Lajilla) este aún ha ganado valor dentro de nuestro patrimonio forestal.

 

Como dato curioso conviene decir que, cuando se construtyó la presa en los años cincuenta, y veinte años más tarde la magna obra hidráulica, se calculó el diseño con precisión para preservar este organismo que nos sirve como árbol de la vida. Nadie sabe cuánto va a durar este jovencito pino, pero esperemos que aguante lo máximo posible, para que puedan disfrutar muchas más generaciones. Por último queda decir solamente una cosa: al árbol se le juzga por sus frutos, y no por sus raíces.

 

 

Este texto fue previamente publicado en Crónicasgc (marzo-abril de 2019).

 

 

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