Revista nº 761
ISSN 1885-6039

La última travesía del velero Guadalhorce.

Martes, 27 de Noviembre de 2018
Pedro Quintana Andrés y Pedro Socorro Santana
Publicado en el número 759

El buque de tres palos matriculado en Las Palmas fue sorprendido en 1932 por el más fuerte ciclón de la historia de Cuba, provocando la muerte de toda la tripulación.

 

 

Aquella madrugada del miércoles 9 de noviembre de 1932, los miembros de la tripulación del Guadalhorse, el último velero español en la carrera transatlántica, trataron de impedir inútilmente que su buque de tres palos terminase en el fondo del mar frente a las costas del sur de Cuba. Unos meses antes habían zarpado de Las Palmas con rumbo al puerto de Jacksonville, en los Estados Unidos de América, donde esperaba un cargamento de madera. Fue la última travesía de la célebre bricbarca que se vio afectada por uno de los ciclones más violentos ocurridos en el mar Caribe, de categoría cinco, que afectó a los territorios de Las Antillas y Centroamérica y convirtió en papel aquella poderosa nave de madera. Toda la tripulación murió en medio de la mayor catástrofe natural en la historia de Cuba.

 

Durante varios días, la misma trató de capear como pudo un fuerte temporal que por esa época del año convierte cualquier ruta marítima en peligrosa. La falta de previsión pesó en el fatal desenlace de los acontecimientos. Vientos huracanados que sobrepasaban los 250 kilómetros por hora causaban estragos tierra adentro, sobre todo en la provincia de Camagüey, afectando a los pueblos de Santa Cruz del Sur, Ciego de Ávila, Morón, Florida, Nuevitas, Júcaro, entre otros. Se calcula que el ciclón del 32, como se le conoce en los anales de la meteorología mundial, causó la muerte de más de tres mil personas en la isla de Cuba. En alta mar las cosas comenzaron a ponerse arriesgadas desde los primeros días de noviembre. Pero durante el amanecer del miércoles 9 de noviembre, en medio del oleaje, ya no hubo dónde resguardarse ni tiempo para hacerlo. El momento era tremendamente peligroso. El marinero Alfredo García Mesa intentó subir al palo mayor del buque, pero un golpe de mar lo alcanzó de lleno, cayendo al agua. Fue entonces cuando el joven capitán Ángel Toledo Julián dispuso que fuese arriado un bote para el salvamento de su compañero, ocupándolo José A. Galtier, primer oficial; el contramaestre José Duchemint y los marineros Ceferino Mederos, José García y Narciso Navarro. Pero nada de eso fue suficiente. El fuerte oleaje descargaba golpes alocados contra la nave, y antes de que pudieran alcanzar a Alfredo todos los marineros, incluido Ramón Pérez Rodríguez, desaparecieron bajo las bruscas aguas antes del amanecer.

 

Una documentación hallada en el archivo histórico provincial de Las Palmas -Joaquín Blanco- nos permite conocer las últimas imágenes tanto del buque como de las víctimas que perecieron en la tragedia. Las fotografías fueron enviadas en 1971 desde Bayonne (Nueva Jersey) por el pintor americano John A. Noble al entonces alcalde de Las Palmas de Gran Canaria, Jesús Pérez Alonso. En la misiva se explicaba que los habitantes de aquel puerto americano recordaban con mucho cariño al Guadalhorce, el último navío en transportar derivados del petróleo desde esa ciudad, hasta el punto de que su silueta sirvió para diseñar el escudo de la ciudad. El velero pertenecía a una casa naviera grancanaria que lo había adquirido en la Península y cambiado su antiguo nombre: Aníbal. El buque pasó a la empresa Bosch y Sintes, mallorquines de origen y dedicada a toda clase de operaciones mercantiles, dueños de una pequeña flota de veleros en las Islas.

 

Miembros de la tripulación días antes de perecer en el ciclón posan para el fotógrafo en un puerto americano

 

Relaciones comerciales. Las relaciones comerciales entre Canarias y Norteamérica existieron mucho antes de que las Treces Colonias británicas se independizaran en 1776. Los intercambios se intensificaron gracias al apoyo español a los independentistas y a la demanda de productos como la barrilla, el vino o el aguardiente. Harina, madera, pieles o productos elaborados llegaron de Estados Unidos a puertos como Arrecife de Lanzarote, Puerto de Cabras o Las Palmas. En esta última bahía las salidas de barcos hacia Nueva York, Boston o Filadelfia fueron periódicas, experimentando evolución de los productos comerciados según la demanda que se producía a un lado u otro de la orilla. Los mares permitían unas comunicaciones fluidas de mercancías, culturas y personas pese al notable apego al terruño del canario, debido a la necesidad, la carencia de trabajo o la miseria, acicates que convirtieron las Islas en un territorio de expulsión continua de población. A su vez, su agricultura –en muchos sectores siempre puntera en el mercado internacional– fue la base de un tráfico comercial intenso en muchas etapas históricas, no siendo menos en el siglo XIX con la producción de barrilla, posteriormente la grana y, a fines de la centuria, el tomate y el plátano. En ese último tramo y en el primer tercio del siguiente siglo estuvo navegando la ruta Nueva York-Nueva Jersey Las Palmas, entre otras, el Guadalhorce, que hacía dos viajes de ida y vuelta cada año. Fue construido en 1861 en Palma de Mallorca por los hermanos José y Tomás Montenegro con una eslora de 36,850 metros, 9,32 de manga y 4,90 de punta. El tonelaje total era de 340 toneladas y el neto llegaba a 293. Su primer nombre fue Aníbal, para, luego -1907- fue rebautizado Príncipe de Asturias hasta que a partir de 1912 pasó a denominarse  definitivamente Guadalhorce. Este fue el último buque para el comercio atlántico de vela y madera construido en España, el cual recaló en Gran Canaria adquirido por la Sociedad Mercantil Bosch y Sintes, cuya tasación se fijaba en 7500 pesetas de la época. Este y otros buques –como el María Luisa– se dedicaron a abastecer a la región de derivados de petróleo y aceites lubricantes enlatados, además de maquinaria, transportados desde Norteamérica y Europa. Se enviaba en ellos productos de la tierra como el tomate, los plátanos o el pescado salado.

 

La última travesía del buque se hizo bajo el mando del capitán Cipriano Garratón, con Ángel Toledo Julián de piloto

 

La última travesía del Guadalhorce se hizo bajo el mando del joven capitán Cipriano Garratón, un experimentado marino andaluz, mientras sus subordinados fueron el primer oficial José Galtier y Ángel Toledo Julián, piloto, ambos nacidos en Las Palmas de Gran Canaria. La salida del puerto de Las Palmas hacia Jacksonville (norte del estado de Florida) para cargar madera se llevó a cabo sin novedad, pero antes de llegar al sur de Cuba, cuando el velero se adentraba en el canal de La Providencia, un ciclón lo arrastró hacia la costa donde encallaron los restos. La falta de noticias en Las Palmas sobre su arribada a La Habana llevó al Sindicato Marítimo Canario y a la propia compañía a solicitar la colaboración de las autoridades cubanas en la búsqueda. Durante mucho tiempo se especuló si el barco había desaparecido hasta que, finalmente, un guardacostas cubano logró fijar su posición en los cayos de Las Doce Leguas. Allí, entre cajas de mercancías dispersas en la superficie, fueron encontradas la nave principal y un bote destrozados contra las rocas. En el bote salvavidas se localizó un jersey adquirido en los almacenes de Manuel Cárdenes de Las Palmas que pertenecía a una de las víctimas. Además de los tres oficiales citados, se conoce el nombre del contramaestre –José Duchemint– y el marinero Ramón Pérez Rodríguez, también fallecidos en el naufragio como Ceferino Mederos, José García, Alfredo García Mesa y Narciso Navarro. La Gaceta de Tenerife, en su edición del día 17 de febrero de 1933, confirmaba también la noticia del naufragio de Guadalhorce, y anunciaba una recaudación de dinero para las familias de las víctimas que quedaban desamparadas.

 

Varios miembros de la tripulación del Guadalhorce, días antes de la tragedia

 

En la causa instruida contra armadores y el seguro, el juez dio la razón a los familiares. Lo narraba Gaceta de Tenerife, en su edición de 19 de junio de 1934: «De la pérdida del Guadalhorce. En la causa seguida por Agustín Navarro Falero, Francisco Quesada Díaz y Juan Romero Toledo contra la compañía de seguros L´Abeille y la casa armadora Bosch y Sintes, sobre indemnización por accidente de mar, por dicho tribunal se ha dictado sentencia condenando a estos a que paguen a los actores el importe de dos años de sueldos y dos años de manutención a cada uno, como indemnización por la muerte de sus hijos, ocurrida por el naufragio con los intereses del 5 por ciento anual», señalaba.

 

La historia de este naufragio sería otra más que añadir a las tantas ocurridas a lo largo del tiempo, aunque con las peculiaridades de ser el último velero construido de madera que hacía la ruta trasatlántica y la desaparición de toda la tripulación, integrada por algunos canarios,en el ciclón del 32, cuya memoria hemos recuperado en este trabajo después de que el pueblo cubano de Camagüey levantara un monumento en memoria de todas las víctimas. Los testimonios fotográficos remitidos por el pintor John A. Noble son de un evidente valor humano e histórico de un buque cuya pérdida cerró un ciclo de la construcción y navegación marítima en España y las Islas. En las seis fotografías se observan al barco con parte del velamen desplegado, al piloto –posiblemente el mencionado Toledo– y los miembros de la tripulación.

 

Foto donde aparecen algunos miembros de la tripulación. El segundo por la izquierda es el capitán Garratón;

el cuarto el primer oficial José Galtier; y el último al mando del timón, Toledo

 

El pintor norteamericano John A. Noble en su estudio en una imagen de 1948, reproducida de una imagen original publicada en el periódico New York Journal

 

Un pintor y dos orillas

 

La conmemoración del centenario de la ciudad de Bayonne (Nueva Jersey) en 1969 pasó desapercibida en Canarias, como era comprensible. Probablemente, un reducido número de grancanarios sabía dónde se encontraba esa ciudad norteamericana codiciada por hugonotes franceses que hoy alberga a casi 65 000 habitantes. Antes de los años cuarenta su localización en el mapa, como sucedía con otras de Norteamérica o Europa, era una obviedad para los comerciantes isleños. Del olvido intentó sacarnos John A. Noble (1913-1983), un pintor norteamericano de familia y formación artística, muy influido por el mar y por aquellos viejos veleros de transportes en plena decadencia que fueron reemplazados progresivamente por naves más poderosas y mejoradas constantemente con innovaciones que las hacían más marineras, capaces de afrontar las bravas aguas del océano.

 

Este entusiasta pintor americano llegó a trabajar de marinero y tuvo la iniciativa de hacer una litografía de la ciudad de Bayonne a petición de sus autoridades. En ella reflejó las industrias de la urbe, especialmente las refinerías, y un barco de madera, el Guadalhorce, al que recordaba en su juventud llegando un par de veces al año a su puerto para cargar derivados del petróleo o aceites industriales. Noble había hechos numerosos dibujos de barcos y prestado servicio en salvamento marítimo y en goletas que ayudaron a remolcar al velero canario a partir a su nuevo destino. Un amante como era de este tipo de embarcaciones había fijado bien en su memoria la fisonomía de la nave, con las velas desplegadas al viento, lo que le permitió reconstruir su singladura, y escribir cartas mecanografiadas que dirigía a las autoridades sobre su historia. En el escrito enviado al alcalde de Las Palmas de Gran Canaria –Jesús Pérez Alonso– mostraba vehemencia y emoción al recordar la tragedia del buque, dando detalles pormenorizados de su búsqueda, la suerte de los tripulantes y algunas referencias de la prensa de las Islas. Precisamente, el recuerdo y la tragedia le llevaron a pedir a las autoridades de Bayonne que hicieran un homenaje a ese buque tan entrañable para su ciudad y le permitieran incluirlo en la litografía conmemorativa de su centenario. El autor deseaba no solo revivir su memoria, sino buscarle un hueco en la historia, pues si Colón fue el primero en llegar a América en un barco con casco de madera, el Guadalhorce fue el último en hacer esa misma ruta.

 

De modo que Noble no solo ejerció de artista realista americano sino, en un gesto que le honra, buscó entre sus conocidos alguna referencia de aquel barco que para él y muchos curiosos era mítico, aunque al otro lado del Atlántico fuera tan pronto olvidado porque la memoria es mucho más frágil de lo que parece. Noble se hizo con una serie de fotos en blanco y negro que localizó gracias a su relación con la gente del Puerto para luego, en 1971, remitirla al alcalde, junto con una litografía conmemorativa –se hicieron 200 copias firmadas–donde figuraba majestuosamente el barco siniestrado con una fidelidad en los detalles que parecía inaccesible para la memoria. La demora de dos años entre la conmemoración del centenario de Bayonne y el envío fue a causa de la búsqueda de personas que tuvieran referencias sobre la tripulación y la nave. El pintor pedía a la primera autoridad de la capital grancanaria que colgara el óleo en la sede del Puerto de La Luz, patria de los marineros fallecidos, y quedara un recuerdo indeleble de su memoria entre la sociedad grancanaria. El alcalde le remitió una nota de agradecimiento, además de prometer enmarcar la litografía y colocarla en un sitio digno del ayuntamiento. No sabemos si hubo algún contacto más, aunque Noble solicitaba cualquier información nueva sobre el asunto para comunicarlo luego a sus conciudadanos. Al mismo tiempo, puntualizaba que las fotos servirían para el servicio y consuelo de los familiares de los fallecidos, como una luz celestial que llegaba desde la otra orilla. Noble falleció en la primavera de 1983, y tanto los veleros que amaba como la industria marítima de su puerto natal habían disminuidos significativamente. Pero como la historia del arte está hecha de azares, descubrimientos y conexiones escondidas, ahora, 47 años después, recuperamos sus deseos de que la historia no olvidara el velero canario después de haber hallado el expediente en el Archivo Provincial de Las Palmas esas imágenes que emergen de uno de sus fondos documentales con toda su originalidad íntegra, como un simbólico rescate. La historia del Guadarhorce ha sobrevivido.

 

Autógrafo del pintor Noble en su carta enviada al alcalde de Las Palmas de Gran Canaria

 

 

Dibujo hecho por el artista Noble del barco hundido en el Caribe que regaló en 1971 a Las Palmas de Gran Canaria

 

 

La foto de portada corresponde al buque de tres palos Guadalhorce en 1932, durante su última ruta transatlántica, antes de naufragar al sur de Cuba.

 

 

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