Revista nº 793
ISSN 1885-6039

Del folklore lanzaroteño.

Lunes, 17 de Diciembre de 2018
Agustín de la Hoz
Publicado en el número 762

Este suelo volcánico no incita a las creaciones imaginarias. Se viene al campo a trabajar, no a solazarse con el paisaje. El lanzaroteño desconoce la música del agua y del arbolado, la caricia dulce de los paraísos terrenales y la grata sombra de los naranjos en flor. Por eso, su canción es triste, con amargura del alma.

 

 

Estábamos al sombrajo de la casa, frente a la blancura deslumbrante de la era.

- Vaya usted por ahí, me decía Juan Brito, y póngase a escuchar a estos magos cuando la tarde les reúne y miran a las mozas en apunte de su baile. Y luego vaya a una tasca y observe la transformación de un público que guste de eso. No es lo mismo.

 

Estaban delante de nosotros, la palmera y el volcán. El pueblo se llamaba Los Valles, donde los marqueses de Lanzarote imprimieron de atmósfera de resignación a la raza isleña. Aquí el hombre es un producto de su medio natural: "Casa con pajero, casa con gofio". Y paciencia, mucha paciencia, y austeridad heroica. Por eso suele ser especulativo y propenso a la reflexión. Razonable casi siempre. Poco imaginativo. Irónico. Aquí el hombre es musculoso, cenceño, barba y cejas pobladas, como los castellanos, astutos y soledosos, muy curtidos por el clima y hechos para luchar contra las adversidades de la tierra madrasta.

- Óigalos usted. Esta es la voz del campo en toda su verdad, la voz popular no amanerada, no doblegada, no falseada. Es muy difícil mantener a raya un folklore - turista, especialmente si es el canario, tan noble originariamente y luego tan diverso. Quiero decir, y lo digo por necesidad, que si no se le pone algún remedio será imposible no hacer folklore de kodak. Porque ciertas agrupaciones adolecen evidentemente de lo principal, cual es el riguroso acompañamiento instrumental que debe seguir con ineludible rectitud el módulo ancestral de las coplas. Un buen aficionado, por sonoros punteos que arranque al timple o melancolías al rasgueo de la guitarra, no es un director de música sinfónica, y a tan perogrullesca conclusión habrán de atenerse quienes deseen acercarse en serio a tan arduas y valiosas parcelas del arte popular isleño. Excepto su verdad interior, todo lo típico canario es movedizo. Solo un músico que supervisara la parte instrumental aportaría el sólido entramado en que debieran asentarse las folias, isas y malagueñas.

 

Motivos y peculiaridades. Es bien sabido que, en general, el folklore canario es uno y lo mismo, aunque tenga caracteres bien acusados según procedencias e islas en que arraigara. Cuestión de estilos. Cada isla modela al hombre a su antojo y él canta, es claro, acomodándose a la naturaleza que le rodea. Por eso, sorprende un poco que la isla de Lanzarote, tan pequeña, conserve tantas características propias y genuinas. El folklore musical lanzaroteño es de gran riqueza, no solo por su valor sentimental -desgarradamente alegre- y por la originalidad de sus coplas, sino también por su extenso número y por sus varias facetas. Las canciones profanas de sentido popular son preferentemente marineras, pero las religiosas y pasionales están casi todas localizadas en los campos siempre sedientos.

 

Las peculiaridades propias del folklore lanzaroteño son su señorío de ademanes, sentido de la medida, sentenciosa moral en las costumbres, religiosidad y picardía en las fiestas; baile noble, pausado, tibio, seguro, a veces ardiente, como contrapunto, en las fronteras de la euforia.

 

Véalos usted. Todos sos campesinos, gente que atesora con amor y con legitimo orgullo un pasado que les da prez. Son bailadores natos, como todos los habitantes de estas tierras.

 

Este suelo volcánico, tierra caliente, no incita a las creaciones imaginarias. Aquí se viene al campo a trabajar, no a solazarse con el paisaje. El lanzaroteño desconoce la música del agua y del arbolado, la caricia dulce de los paraísos terrenales y la grata sombra de los naranjos en flor. Por eso, su canción es triste, con amargura del alma.

 

 

El traje del hombre. El traje típico de Lanzarote es de raigambre, pero que ha sido modificado con hallazgos más o menos afortunados. Sin embargo, conserva la mayoría de sus atributos y de manera singular en lo que al hombre se refiere. ¿No es Lanzarote la tierra del fuego y del viento? En los trajes más antiguos, llevaba el hombre la montera y el airón de cuero de cabra, así igualmente defendidas las piernas con el mismo material. Hay que pensar a este hombre en la árida y seca tierra lanzaroteña, requemada por el sol y los volcanes y siempre azotada por el formidable alisio. Este hombre no podía cantar vanas alegrías ni tópicos vivaces, porque su expresividad estaba impresa por las circunstancias naturales. El carácter lanzaroteño concuerda en armonía con el medio natural en torno; reciedumbre espiritual, renuncia heroica y estoicismo moral. Por eso, cuando rompe a cantar no tiene las cadencias, tonos y semitonos de otras islas. Su cantar es monótono, con sonsonetes de romance, con el ritmo del camello arrastrando el arado y el andar sufriente del pastor sobre la escoria volcánica. Cuando canta este hombre parece que recita romances, a lo que son muy aficionados, Pero entiéndase bien, el hombre de Lanzarote es todavía una fuerza intrahistórica y sigue cantando lo que ve y siente en torno suyo: "Lo que mis ojos no han visto, cantar no lo sabría", dice Gonzalo de Berceo.

 

Viste el hombre calzón blanco: más bien, faldón calado hasta poco más de la rodilla; camisola holgada, blanca, bajo un chaleco muy bordado en la pechera, como recordando aquellos adornos de conchas marinas que tanto estimaban los aborígenes. Usan también faja y pañuelo al cuello. Pero, ya digo, la prenda más original y vistosa sigue siendo la montera y el airón.

 

El alma de mujer. La mujer viste justillo ceñido por cordones y falda de indiana listada sobre la que destaca un delantal ricamente calado; jubón de mangas cortas, fina mantilla sobre los hombros y en la cabeza, pequeño y gracioso sombrero de paja con bordes negros. Es en el traje femenino donde naturalmente existen más mixtificaciones, pero es la mujer en su expresión y su belleza la que nos revela todo el cansancio solar de las Islas de los Volcanes. Son mujeres hechas para la monotonía infinita y para yacer en el paisaje caliente, demostrándonos la alegría de vivir en el silencio solemne de la desolación, que sonríen abrasadas por el sol y dejan caer los brazos con abandono absoluto. Mujeres que se mueven sin ataduras cuando oyen la voz del varón, sin convencionalismos, como quienes han tenido siempre los vientos por cárceles y el malpaís por libertad. Por eso, el folklore femenino lanzaroteño se nos antoja el folklore de la dicha sensible; la lejana caída de Ruiz de Avendaño la tenemos siempre delante.

 

Un instrumento importante. El instrumento más representativo de las Canarias es el timple, especie de ukelele de cinco cuerdas, cuyos orígenes siguen siendo todavía imprecisos. Se le llama popularmente camellillo y es distinto al resto de todos los instrumentos musicales usados en estas islas. ¿Es oriundo de Portugal el timple? ¿Tal vez morisco? Bueno, como pudiera ser cubano. Hay opiniones para todos los gustos y simpatías, pero de cierto poco o nada se sabe. Lo más prudente será decir que mantiene y vivifica en nuestros días un símbolo insular, difícil de definir porque rebasa los esquemas y las hipótesis más o menos acertadas. Pero el camellillo se puede jactar de ser y de conservarse como una de las más originales y pintorescas piezas de nuestro folklore. ¿Cuándo comenzaron nuestros artesanos a construir timples? En la isla de Lanzarote está viva esa tradición, pero nadie sabe en qué época se adiestraron las manos que en el devenir heredaría Simón, ese maestro de Teguise, cuyo taller es como un impulso amante, que, según San Agustín, tiende hacia la unidad de todo lo nativo.

 

El timple alza su voz sobre la guitarra morisca, quejumbrosa y tarda, igual que sentimientos que se desvanecen y mueren. No así el timple bullanguero, movido, alegre, con un evidente contenido de verdad ancestral. Hay en el timple como una alegría pura -una alegría que también puede llorar- y desinteresada, voluntariosa. Es vivaz y puntea igual que lengüecillas de fuego, lleno de ansiedades y nostalgias que, enseguida se sumergen en la solidez rítmica y retornan con gritos ardientes, como llamando al hombre y aún a todas las fuerzas naturales. El timple es muy importante para verlo nacer de manos inexpertas. Ahora cualquiera construye timples, en serie, y asi le va.

 

Gracia y dolor de canción. Que esta isla se ha distinguido de siempre por el acervo de su rico y bello folklore, nadie lo duda. La vida en el hogar ha estado matizada de ingenuas canciones dedicadas a los niños y acompañadas de juegos y mímicas, singularmente las "nanas", que son sencillas y tiernas. En Femés y Teguise he recogido "villancicos" llenos de encanto familiar, de religiosidad y alegría popular. Pero el hombre de campo, el pastor busca en la canción el sentido de su vida, el recuerdo de las horas emotivas que transcurrieron frente a la tierra muerta de sed o el silencio de una mujer que se llevó el viento. Parece como si este hombre cantara no más que para espantar el dolor o el miedo...

 

Algunas veces la mujer lleva el ritmo y se oyen los hui y hai, que lanzan hasta los viejos con todo su sabor de jipíos. Un clima fuerte endurece la canción lanzaroteña; quiero decir, la pura canción lanzaroteña. A mi juicio, creo que es una canción de angustia, de queja, de dolor, en la que alguna manera, se expresa la pena honda del alma. Estas canciones van acompañadas del timple, el requinto y la guitarra; se bailan isas y seguidillas, así la "malagueña de figura", tan señorial y bonita. También hay cantares sueltos, gangosos, con notas arrastradas, chillonas, que revelan su origen en tierra pobre y desierta.

 

Pero, también se canta con picardía y cainismo, con desasosiego y envidia. Una vez más el hombre es fruto del medio en que se desenvuelve. "No fue por estos campos el bíblico jardín". Sin embargo, algunas coplas critican o celebran con regocijo defectos y virtudes. Una muy graciosa empieza y acaba con la letra siguiente:

Eres tonto de noche,
tonto de día.
tonto por la mañana
y al mediodía.

No me acordaba
que también eres tonto
de madrugada.

 

 

Publicado previamente en El Eco de Canarias el 23 de julio de 1967.

 

 

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