Revista nº 809
ISSN 1885-6039

Origen y población de Cuevas Caídas.

Jueves, 19 de Abril de 2018
Pedro Socorro Santana (Cronista de la Villa de Santa Brígida)
Publicado en el número 727

Tres parejas de La Vega poblaron en el siglo XVIII este pago de Tejeda (Gran Canaria), refugio de madres solteras que, procedentes de barrios cercanos como Las Lagunetas o La Lechuza, buscaban en este lugar poder levantar la cabeza y huir del rechazo y las habladurías de sus familias, la marginación y las privaciones. Aquí iniciaban una nueva vida...

 

 

Cuentan que todos los pueblos guardan algún secreto inconfesable en la trastienda de su historia. En Tejeda, ese rincón de iniquidad o injusticia se llama Cuasquías (Cuevas Caídas) y está ocupado por una antigua comunidad de parientes, morenos, con ojos y pelo negros, azabachado, una buena parte de ellos, que se apellidan Espino, Huertas, Monzón o Rodríguez Espino. Todo empezó hace 270 años, cuando aquella aldea troglodita de la Cumbre fue repoblada a comienzos del siglo XVII por tres familias fundadoras procedentes de La Vega, que comenzaron a vivir en el interior de tres cuevas casi derruidas y en unas condiciones mucho peores de lo que ocurría más allá de sus montañas. El hecho puede sorprender, porque aquella no era una tierra amable sino un dilatado erial de cuya seca superficie sobresalen a trechos peñascos, donde apenas se podía cultivar. Sea como sea, las familias Espino, los Huertas y los Monzón formaban una pequeña comunidad que, apenas sin contacto con el exterior, desarrolló un alto grado de endogamia en aquel recóndito lugar, echando unas raíces tan poderosas que, a pesar de la diáspora de mediados del siglo XX, que vaciaba prácticamente los pueblos, pocos han sido capaces de arrancarlas del todo. La descendencia de estas familias llega hasta la actualidad, mezclada con nuevas familias, pero dando lugar a una legendaria génesis a la que la genealogía quiere dar respuesta.

 

Durante décadas fueron los únicos habitantes de tres cuevas abiertas en la toba que debieron desplomarse en algún momento hasta el punto de dar nombre al lugar. La caída de las grutas debió producirse por los efectos de las crecidas del barranco o tal vez como consecuencia de un deslizamiento de tierra en la zona, pues Melchora Verde de Betancor, vecina de La Culata, hace constar en su testamento, suscrito el 21 de abril de 1652, que su casa alta, con huerta, se desplomó al quebrar la tierra, falleciendo en al acto su esclavo Sebastián que había heredado de su padre. El origen del topónimo Cuevas Caídas es elocuente, aunque sus moradores siempre lo han pronunciado como Cuas-Quías, contracción de esas dos palabras de origen geográfico. Un fenómeno muy parecido al que tiene lugar con el topónimo Risco Quío (Risco Caído), también en Tejeda, al sur del barranco del Juncal, o el mismo vocablo que aparecen en los municipios de Santa Brígida (La Atalaya), Teror y Valsequillo, aunque en estos casos ambas palabras se suelen escribir separadas.

 

Todos formaban una gran familia, aunque poco sagrada. Llegaron allí para comenzar una nueva vida, habitando en las únicas cuevas del lugar, situadas a distinto nivel y excavadas en la roca. Probablemente aquellas elementales viviendas fueron moradas de los guanches deportados de Tenerife tras la conquista de Gran Canaria. La vida troglodita continuaría con este nuevo asentamiento, aunque sus descendientes realizarían con el tiempo algunas viviendas aisladas que otorgaron al espacio una nueva personalidad hasta convertirlo en uno de los sitios más singulares y alejados de Gran Canaria. Porque llegar a Cuevas Caídas requiere hora y media en coche desde Las Palmas de Gran Canaria, serpenteando por barrancos y atravesando las brumas del centro de la isla. Antes de la primera mitad del siglo XX no existía carretera, y llegar allí suponía una gran aventura no exenta de riesgos y buen número de pisadas por malos caminos de una orografía compleja. De hecho, este pago limita al Poniente con una zona conocida como el Malpés, variante del vocablo malpaís, un canarismo referido al terreno volcánico improductivo cubierto de lavas; y por el Sur con La Culata, uno de los barrios de mayor población de Tejeda, ubicado en una vaguada constreñida entre los riscos del Nublo y la Tras-Sierra.
 

Imagen del poblado de Cuevas Caídas hacia 1929 (fondo: El Museo Canario).

 

El acequiero de La Mina. La población de Cuevas Caídas fue siempre muy escasa, no sobrepasando el centenar de personas en toda su historia. En los censos eclesiásticos de mediados y último tercio del siglo XVIII, estudiados por el investigador tejedense Ildefonso Guerra Cabrera, se contabilizaban apenas 16 unidades familiares en el año 1766 y 12 familias en 1784, con 61 y 55 habitantes, respectivamente. Después de la conquista, ese poblado y los núcleos de los alrededores estuvieron ligados al afloramiento de agua y, en particular, a la explotación de la Mina de Tejeda, situada en la cabecera del lugar. Tras una concesión real de 1503 numerosos trabajadores, entre los que se encontraban aborígenes y esclavos, al mando de Vasco López y Tomás Rodríguez de Palenzuela, de origen burgalés, realizaron un túnel a pico y fuego con el fin de trasvasar las aguas que fluían en la cuenca de Tejeda para canalizarlas hasta las huertas del Real de Las Palmas, origen del heredamiento. Uno de los repobladores de este enclave a mediados del siglo XVII fue el sargento de las milicias del regimiento de Guía don Juan Huertas, casado con María Navarro, a quien la Heredad de La Mina contrató el 24 de julio de 1748, como minero y acequiero, en una escritura formalizada ante el escribano Cayetano Trujillo. El nuevo empleado debía tener limpias las acequias e impedir que el ganado, mayor o menor, abrevara en ellas.

 

Por esa misma época moraba también en Cuevas Caídas Cristóbal Espino, descendiente de Hernando de Espino el Viejo, un judío converso, natural de Badajoz, que fue escribano público de Telde. Don Cristóbal era viudo de Magdalena Tello y se asentó en el pago cumbrero tras contraer un nuevo matrimonio en la parroquia de Tejeda, en 1733, con Sebastiana María Lorenzo Canino, descendiente de una antigua estirpe genovesa que se había asentado en Acusa. Fueron los progenitores de su homónimo hijo, que casó en la parroquia de Tejeda, en el verano de 1752, con Marcela de Vega Huertas, tronco de casi todas las familias o habitantes de este lugar y de La Culata.

 

El tercer cabeza de familia establecido en Cuevas Caídas en sus primeros tiempos fue el labrador Juan Monzón, casado con María Vega, cuya hija, Josefa Monzón, contrajo matrimonio con Bartolomé Espino, otro de los descendientes del matrimonio antes citado.

 

Los primeros pobladores carecían de propiedades, siendo su principal medio de vida trabajar a jornal durante las siembras, pinocheros o recolectores de resina y tea de los pinares para venderlas en la ciudad, vareando almendras en el momento de su recolección y haciendo uso de mulas para el transporte de los productos. Algunos disponían de una o dos cabras o algún pequeño hato de ovejas, siguiendo las costumbres heredadas de los guanches, de tal manera que existían a fines de aquella centuria tres labradores y cuatro arrieros. Sus pobladores, íntimamente unidos al medio físico, se dedicaban por entero al cultivo de unas tierras inhóspitas, formadas por arrifes y laderas, donde lo más posible era plantar coles en las orillas de los rellanos, ante la imposibilidad de colonizar nuevas tierras. Esta ocupación laboral tan precaria que desarrollaron algunos de sus pobladores dio lugar a que fueran conocidos por colingos, con sentido peyorativo, como ya advirtiera Claudio de la Torre Millares en su obra Las Canarias Orientales: Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura. Con ello, el novelista y dramaturgo venía a sumarse a la insistencia histórica de que la población de Cuevas Caídas procedía de una etnia gitana, sin verdadera raigambre canaria. Sin embargo, el mismo apelativo de colingos era usado en el habla popular de Asturias con el significado de cuelgo, referido a colgados de un risco, de donde procedían la familia Suárez Carreño, algunos de cuyos miembros se establecieron en Tejeda hace más de cinco siglos. Pero también existía en la toponimia italiana, de donde proceden la familia Canino establecida en Tejeda por aquella época. Lo cierto es que la piel morena de la mayor parte de sus habitantes alimentaría esa teoría identificadora, pero es uno más de los tabúes y mentiras que sobre ellos han pesado, pues con las nuevas investigaciones en torno a la genealogía de estas familias podemos desmentir este extremo y acercarnos a un origen judeoconverso, al menos de dos de las primeras familias asentadas en esa zona geográfica concreta. No olvidemos que colonias de judíos que tras ser expulsados en 1492 del solar ibérico por decreto de los Reyes Católicos encontraron en el Norte de África y también en Canarias unos lugares donde poder seguir viviendo y mantener sus costumbres ancestrales.

 

Una yegua en un cercado del pago tejedense de Cuevas Caídas (foto: Pedro Socorro).

 

Apellidos que se repiten. La distancia entre los pueblos y los interminables y fríos inviernos no favorecían la comunicación de este pago solitario y troglodita. Al tratarse de una población reducida, los cruzamientos se producían entre los habitantes hasta el punto de que a fines del siglo XVIII prácticamente la totalidad de la población estaba emparentada por los continuos enlaces matrimoniales, alcanzando un gran grado de consanguinidad y siendo habituales las dispensas matrimoniales por parte del párroco del lugar ante el obispado, repitiéndose los apellidos. Por aquel tiempo, las personas de Cuevas Caídas poseían una moral sexual mucho más normalizada, libre y espontánea que la enfermiza de sus contemporáneos de las siguientes centurias. Fueron los primeros hippies o bohemios de la isla; y también refugio de algunas madres solteras que, procedentes de barrios cercanos como Las Lagunetas o La Lechuza, buscaban en este lugar poder levantar la cabeza y huir del rechazo y las habladurías de sus familias, la marginación y las privaciones. Aquí iniciaban una nueva vida, donde no tener marido conocido no implicaba tener relaciones, sabedoras de que las ceremonias del amor se viven también en las luchas comunes de la cotidianidad de la vida. Fueron los casos de María Hernández, natural de La Lechucilla, que se estableció con sus pequeños hijos en este lugar; o de María Espino, descendiente de una de las primeras familias de Cuevas Caídas, que tuvo varios hijos con padres desconocidos poniendo en entredicho la institución matrimonial.

 

Aparte de su especial dialecto o vocabulario, los habitantes poseían sus propias costumbres y su modo de relacionarse heredados de sus antepasados, como los famosos bailes que se organizaban en las cuevas y que, en ocasiones, terminaban en peleas por motivos de celos o faldas; tal y como también ocurría en La Atalaya, pago troglodita en Santa Brígida, otra antigua sociedad cerrada y endogámica en donde igualmente predominaron los apellidos Benítez y Sanjuán, descendientes de Bartolomé Benítez, un guanche deportado de Tenerife establecido en la zona desde fines del siglo XV, poseedor de un gran rebaño de ovejas que solía guardar en las cuevas de La Culata. Los vecinos de Cuas-Quías no esperaban la onomástica de Nuestra Señora del Socorro para armar la fiesta, pues la mayor parte de su población le gustaba los fandangos, los toques de guitarra y los cantos. En el siglo pasado, cualquier fin de semana, ya con la cueva recogida y limpita, era una disculpa para celebrar afamados bailes, donde los hombres podían bailar con la mujer que se les antojara siempre que cumpliera con la obligación de convidarla con refrescos, dulces y confituras. También los asistentes tenían que llevar consigo alguna botella de coñac, ron o anís, que era guardada en una caja de cedro, para brindar en algún momento. Eran unas fiestas muy divertidas que sirvieron para que el escritor canario Pancho Guerra animara sus cuentos e historietas sobre la animosa boda de una pareja de colingos; o para que a la sombra de aquellas cuevas surgieran las coplas más animadas: Si quieren saber, señores, / donde reina la alegría, / que vayan a La Culata, / que es donde está Cuas Quías.

 

El cura Marrero. A pesar de los intentos municipales por impartir la enseñanza en este barrio y la denuncia del maestro Ezequiel Sánchez, en plena II República, sobre la situación de extrema ignorancia que vivían los niños de Cuevas Caídas, hasta la primavera de 1956 el ayuntamiento no habilitó una cueva para destinarla a escuela, según relata la cronista Serafina Suárez García. La regentaría un ex seminarista (del que ahora comentaremos) hasta que, por fin, la primera escuela mixta se inauguró el 10 de abril de 1961, regentada por doña Rosario Jiménez, mientras que la luz llegaría ocho años más tarde.

 

A mediados del pasado siglo, el pago seguía careciendo de los más elementales servicios y recursos. Entonces eran siete familias que vivían de una economía de subsistencia: unas cabras aquí, un cercadito más allá. No había carretera, ni agua domiciliaria; ni siquiera un pequeño oratorio donde elevar una oración, condicionado por el tipo de hábitat y su intrincada geografía. Fue un vecino de Tejeda, llamado Pedro Marrero Jiménez (1923-2002), quien se desvivió por este barrio y gracias a su tesón y constancia pudieron lograrse los primeros servicios públicos. Se cuenta que don Pedro había estudiado de joven en el seminario, pero fue invitado a abandonar los estudios eclesiásticos por problemas sicológicos. Él, sin embargo, convencido de su vocación, continuó estudiando Teología con la ayuda de su paisano Luis González Hernández. También estudió Magisterio, que ejerció en Radio Ecca, por lo que recorría a pie todos los pagos de su pueblo natal como maestro corrector, al tiempo que evangelizaba a los vecinos con unas gafas que le dotaban de cierto aire profesoral. Allí crearía este hombre un salón-escuela donde solía impartir su magisterio, leyendo a los vecinos pasajes del evangelio. En 1971, por fin, logró que lo ordenaran sacerdote a los 49 años, siendo nombrado cura ecónomo de la parroquia de Utiaca, aunque siguió recorriendo estos barrios alejados, así como las cuarterías del Sur, convencido de su efecto santificador como pastor de almas. Pero como don Pedro ejercía su pastoral por libre, tuvo una serie de enfrentamientos con el mismísimo obispo Ramón Echarren, que decretó su suspensión a divinis, de cuyos escándalos la prensa dio oportuna información, como aquel día que subió a la pala de un tractor para impedir que se realizaran unas obras en la plaza de Lomo Magullo (Telde). Tampoco don Pedro era partidario del nombre Cuevas Caídas y hacia 1970 tomó la decisión de rebautizarlo como La Sagrada Familia, con fiesta religiosa y calvario con la Imagen, pero ya aquel nombre original se había implantado con fuerza desde hacía siglos en el imaginario popular, en la etnografía del pueblo, en un importante bar que dejó leyenda en la capital grancanaria y hasta en la misma alma de Gran Canaria. Hoy Cuevas Caídas cuenta con una población de más de treinta familias, con 100 vecinos censados que luchan por mantenerse apegados a la misma tierra de sus ancestros, donde se vislumbran los mejores amaneceres, cuando el sol asoma entre el Roque Nublo y el Bentayga.

 

Entrada al barrio de Cuevas Caídas, en Tejeda (foto: Pedro Socorro).

 

 

La foto de portada es una panorámica del barrio de Cuevas Caídas (Tejeda) con el Bentayga al fondo (foto: Pedro Socorro).

 

 

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