Revista nº 702
ISSN 1885-6039

El Arrastre de la Piedra en San Mateo. (I)

Miércoles, 13 de Septiembre de 2017
Pedro Socorro Santana (Cronista Oficial de Santa Brígida)
Publicado en el número 696

Desde fines del siglo XIX y hasta los primeros años de la siguiente centuria se celebraba en La Vega de Arriba (San Mateo, Gran Canaria) este singular deporte, hoy desaparecido.

 

 

Uno de los deportes de más raigambre y tipismo que se celebraba en la Vega de San Mateo, lamentablemente desaparecido, era el arrastre de la piedra por la más corpulenta y ligera yunta de bueyes del lugar. Se trataba de una costumbre-deporte festiva, tradicionalmente practicada en el mundo rural de Euskadi, sur de Francia, Cantabria, Navarra y norte de Castilla y León. En estos lugares, sobre todo en el País Vasco, estas pruebas de fuerza se hacen también con hombres, burros, mulas y caballos. Pero es el arrastre con bueyes de piedras entre 1000 y 4000 kilogramos el más extendido, con el objetivo de que el yuntero que los guía logre que sus bueyes recorran la mayor distancia en un tiempo prefijado de antemano o, en el caso de Canarias, donde el campo que hay que recorrer, generalmente de tierra, suele tener una dimensión  de treinta y cinco metros de ida y otros tanto de vuelta, con un tiempo no superior a cuatro minutos1.

 

 

1. Cómo llega a Canarias el transporte por corsa. Para el caso de la Vega de San Mateo, una enorme piedra, hábilmente horadada para su enganche y situada sobre una corsa, era arrastrada desde la zona de El Convento hasta la plaza de la iglesia, guiada por la experta mano de un boyero que, armado con una vara, avisaba a sus complacientes animales el camino de la meta. Esta costumbre rural corresponde probablemente a la difusión de la cultura europea, dado que el ganado de este tipo no existía en las Islas antes de la conquista2. Los bueyes y las vacas debieron acompañar o seguir a los conquistadores, pues los necesitaban para emplearlos especialmente en las sementeras o en las labores de acarretos de piedras y maderas para la construcción de viviendas y edificios públicos. Eran apreciadas las canteras del Lugarejos de San Lorenzo y de otros puntos de la Isla. En el propio lugar de La Vega existían algunas interesantes pedreras en los barrancos Alonso, Montaña Cabrejas o La Cuesta de La Grama y La Atalaya, esta última con cantos más blancos que fueron utilizados para la construcción del muelle del Puerto a fines del siglo XIX. Para llevar la piedra, aparte de acarrearla con las propias manos o ayudados por los lomos de animales, han existido varios medios de transporte a lo largo del tiempo. En el Antiguo Egipto usaban una especie de trineos de madera para transportar diversos materiales sobre las cálidas arenas de los desiertos y poder construir sus pirámides. Para facilitar su desplazamiento, era humedecida la arena antes de su paso3. Posteriormente fueron utilizados los vehículos de tracción animal a los que se uncía una pareja de bueyes o, en su defecto, de vacas de la tierra, unos animales de tiro que se han utilizado tradicionalmente en las Islas para arar o para el transporte de carros y elementos de pesos.

 

Durante siglos los habitantes de Canarias comenzaron a utilizar una especie de trineo de madera, que en Gran Canaria se denomina corsa, que al caminar se arrastra por el suelo tirado por una yunta de bueyes. Ese simple madero grueso en forma de horquilla, con dos travesaños, era usado para terrenos empinados y caminos malos y estrechos entre lomos, donde no podía entrar el carro. Solía realizarse en roble y servía para transportar leña y piedras. En realidad, el primer testimonio escrito que conocemos sobre el empleo de la corsa como medio de arrastre fue dado a conocer hacia 1602 por el insigne cronista franciscano Juan Abreu Galindo en su Historia de la conquista de las siete islas Canarias, cuando describe el uso de una corsa para arrastrar peso en la isla de La Palma:

«Es tan fragosa esta isla de La Palma, que por su aspereza, así en los campos como en la ciudad, no se sirven con carretas de bueyes, sino con un madero de dos gajos, como horqueta, que llevan arrastrando por el suelo, y encima llevan la carga que los bueyes pueden tirar, al cual madero llaman corza en lenguaje portugués...»4.

 

Otros autores posteriores recogen el uso del vocablo corsa. Viera y Clavijo es un ejemplo de esto. En su Diccionario de Historia Natural muestra la utilización de la voz del habla común: «El buey, con efecto, nos sirve en la labranza, en las carretas, en las corsas o rastras»5.

 

El transporte de piedras, cañas y leñas sobre ese medio de arrastre tan arcaico y precedente del carro, fue cosa corriente en Gran Canaria hasta el último tercio del siglo XIX, señala José Miguel Alzola en su trabajo La Rueda en Gran Canaria6. Los protocolos notariales citan numerosos contratos de acarretos de leñas desde los antiguos bosques y a través de lomos de acusadas pendientes para alimentar la veintena de ingenios azucareros repartidos por la Isla, la primera industria insular. La Vega, por su situación geográfica privilegiada, a tiro de piedra del bosque y en medio de un nudo de caminos, desempeñará un papel fundamental en las relaciones comerciales para el aprovisionamiento maderero tanto para los trapiches, en tiempo de zafras, como para responder, además de las necesidades de las construcciones, a la confección de carretas, embarcaciones, cajas para la exportación del azúcar o la elaboración de toneles para el vino.

«1514/VII/16. Las Palmas                                                  fol. 97r-98 v.
García Francisco y Alonso González de la Huerta, ests., se obligan a acarrear con sus bestias la leña que necesite el bachiller Cristóbal de la Coba, vº, en el ingenio de Tasabtejo, en toda la zafra primera que viene de 1515, en cantidad de quinientas cargas como mínimo. El bachiller se obliga a darla a cortada y puesta en cargadero.
TS.- Fernando Alonso, Francisco Salvago, Alonso Gómez y Juan Dávila, est.»7.

 

Debemos señalar que el uso de la madera de nuestros pinos fue una constante en la casa rural canaria. En el caso concreto de las vigas de tea, traídas desde los pinares de Doramas, Tamadaba, Ayagaures o del Monte Lentiscal y empleadas en la sujeción de las techumbres, solían hacerles un agujero en uno de sus extremos y amarrarle una soga que iba al yugo para arrastrar luego los troncos desde las montañas hasta las casas que se construían. Son ejemplos aislados de una latente e incesante vida económica por la intrincada red vial de la Isla, tan irregular y tortuosa en el siglo XVI que la piqueta comenzó a trazar caminos más anchos y rectos para mejorar las comunicaciones con los pueblos del interior a través de recuas y carretas que fueron llegando para facilitar las labores del transporte desde las distintas zonas de Gran Canaria. Entretanto, el Cabildo promulgó las ordenanzas de 1531 con algunas normas relativas a los transportes, como la prohibición a los no avecindados en la isla de realizar acarretos o la obligación para los carreteros de ir delante de las carretas a su paso por la ciudad. No pasaron muchos decenios antes de que se planteara la necesidad de mejorar las comunicaciones con el interior de Gran Canaria. El 24 de mayo de 1571 tenemos constancia del contrato suscrito entre el cantero García Alvarado y el vecino Pedro de Mendoza para hacerle un oratorio y casa en Tafira. En él se especificaba que la cantería la sacará y labrará en la cantera y la pondrá donde la carreta pudiera llevar para llevarla a la obra8. Sin esos caminos nutricios, sin esas rutas -en especial la atlántica- no se explica Canarias.

 

También la corsa se emplearía en las sorribas de fincas y la construcción de paredes de las cadenas de tierra tanto en la zona costera en los tiempos de acondicionamiento de tierras para caña de azúcar primero y luego para plataneras y tomateros, entre finales del siglo XIX y principios del XX, como en el interior de la Isla para sostener las paredes del abismo y habilitar mejores espacios de cultivos, caso de Las Lagunetas o en otros puntos con referencias bibliográficas concretas, como en el cauce del barranco de Los Majanos, en Ingenio, en la segunda mitad del siglo XIX, cuyos trabajos realizaría Cho’ Juan Quintana9. Su utilización se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX debido al estado lamentable de los caminos, donde las vías, empinadas y pedregosas, eran inadecuadas para el tránsito de carruajes, según especifica el marino y comerciante escocés George Glas en su Descripción de las Islas Canarias 1764

«Hay unos pocos coches ligeros en la ciudad de Las Palmas, en Canaria; en Santa Cruz y en la ciudad de La Laguna, en Tenerife; pero los tienen más por ostentación que para usarlos, pues los caminos aquí son empinados y rocosos, y por tanto inadecuados para los carruajes: todos van tirados por mulas»10.

 

Una pareja de turistas británico en una corsa en el Puerto de la Cruz (Tenerife) en una imagen de 1890-1895 (fondo: Fedac).

 

Tanto en La Palma, tan relacionada con Portugal en los primeros años de su vida y donde se conserva la mayor parte de las palabras portuguesas canarias11, como en el norte de Tenerife, era habitual usar la corza (como allí la llaman, con z)12 en la sorriba de fincas de plataneras e, incluso, como peculiar transporte de personas, aunque para ello fuera preciso dotarla de techo de lona y cortinas para evitar los rigores de los veranos, y una protección lateral para la seguridad y comodidad de miembros de la burguesía agraria de Santa Cruz de La Palma y turistas extranjeros que visitaban Puerto de la Cruz o La Orotava, a fines del siglo XIX, para pasar temporadas por motivos de salud, como podemos comprobar en varias fotos históricas y en las memorias del palmero Luis Cobiella, el primer Diputado del Común, quien la describe en los años de su infancia, en torno a 1935.

«… Siempre nos quedábamos a dormir abajo, en casa de los abuelos. Guardo el recuerdo de la subida a Las Nieves: se hacía en un trineo tirado por bueyes, en una corza. Unos palos que tenían un puntal para que rodara bien; sobre estos palos el trineo con su techo de tela, sus cortinas para que el sol no molestara. Y allí iban mis abuelos. Mi abuelo, Pedro Cuevas Pinto, lo recuerdo obeso. El único camino para subir era la cuesta del Frontón (El Planto), en el camino de Las Nieves. En algún momento, donde estaba muy empinado, mi abuelo se tenía que bajar. Me dolía mucho cuando el que llevaba el trineo pinchaba en las piernas a los bueyes para que caminaran. A veces, por llano, nos dejaban subir al trineo…»13.

 

Una corsa techada en un camino empedrado transportando viajeros en La Palma en torno a 1900-1905

(Archivo General de La Palma; fondo: fotógrafos y dibujantes).

 

Este medio de transporte, hemos constatado, se adaptaba mejor a los terrenos fragosos. Para ello se requería que los caminos fueran llanos, sobre todo los empedrados o adoquinados de zonas húmedas para el mejor deslizamiento que propicia el agua, ya que la corsa no se adaptaba a los itinerarios sinuosos y de quebrados perfiles de las zonas montañosas, aunque sí en trayectos rectos donde no hubieran curvas de radios cortos gracias a su estructura sólida y menos flexible. Sobre la configuración triangular de aquel artilugio de madera usado en la isla de Gran Canaria, a diferencia de Tenerife, que era más cuadrada y curvada, también insiste Domingo J. Navarro a fines del siglo XIX en sus Recuerdos de un noventón: «En las calles de la población eran arrastradas las cargas voluminosas o muy pesadas, por yuntas de bueyes sobre un triángulo de madera sin ruedas, denominado corsa»14.

 

Recreación del trabajo de sorriba y acondicionamiento de finca con el empleo de la corsa tirada por bueyes,

en Guía del Patrimonio Etnográfico de Gran Canaria (2005: p. 30). Dibujo de P. Peinado.

 

El vocablo proviene del portugués corça (sustantivo femenino) por la semejanza que tiene a los cuernos del corzo, y su uso fue muy generalizado en la isla de Madeira, donde lo mismo se empleaba para transportar personas que cargar con los productos del campo15. Junto a la corsa llegaron los aperos de labranza con los primeros colonos lusos, expertos conocedores del cultivo y manufactura de la caña dulce, en la que centrarían su principal actividad económica, aunque también asumieron un decidido protagonismo en los oficios de transporte: carreteros, almocrebes o arrieros. Esta labor era fundamental y requería unas destrezas y conocimientos especiales, ya que además de las cualidades como transportistas, debían poseer una singular habilidad como ganaderos y conocer muy bien a sus animales, amaestrándolos para la carga y el arrastre de las mercancías desde su origen hasta los mercados, puertos o solares.

 

Un grupo de campesinos en una plantación de cañas de Azúcar en Madeira (fondo nacional).

 

La llegada a Canarias de numerosas familias portuguesas, tanto del continente como de los territorios atlánticos de Azores y de Madeira, para trabajar en las zafras del oro blanco es un hecho constatable en las fuentes documentales tras la conquista. Su presencia en un lugar determinado de Las Palmas contribuyó incluso a que el nomenclátor de la época se enriqueciera con el nombre de Los Portugueses, una calle situada junto a la ermita de San Antonio Abad desde los primeros decenios de vida de la ciudad. Sus miembros, numerosos y dinámicos, se convirtieron en fundadores, colonizadores o primeros repobladores de algunas localidades grancanarias, como la villa de Teror, donde se establecieron los Ribero, los González, los Yánez, Hernández, fundiéndose y complementándose dos culturas, dos historias, costumbres, lenguas y tradiciones diferentes. Los carros de bueyes, en el primer cuarto del siglo XX, seguían siendo el medio de transporte más utilizados en Funchal, pues permitía un acceso fácil a los lugares más difíciles, sobre todo cuando pasaban por caminos escarpados.

 

Una yunta de bueyes tira de una corsa en una calle de Funchal a comienzos del siglo XX.

 

La corsa de Gran Canaria, una especie de rastra de forma triangular que, tirada por una yunta de bueyes, servía para trasladar cosas de peso

(fondo: Alzola/La Rueda de Gran Canaria).

 

Corsa empleada en la preparación de una finca en La Cruz de La Cañavera, en La Aldea, a principios de siglo XX, propiedad de

Juan Pablo Montesdeoca, que trabajó en la misma (fotografía de 1990 aprox.; fondo de Francisco Suárez Moreno).

 

Corsa empleada en la isla de Tenerife, formada por dos maderos laterales, enlazados por varios travesaños que se curvaban

y unían al llegar a la parte delantera (fondo: Alzola/La Rueda en Gran Canaria).

 

En la imagen del antiguo molino de agua que se encontraba en la calle del Agua de la Vega de San Mateo, hoy desaparecido,

se observa una corsa, de pie, realizada con maderas (fondo: Fedac). 

 

 

Notas

1. Hernández Ferrera, J. A.: «Los deportes y juegos canarios», Los Símbolos de la identidad Canaria. Centro de la Cultura popular Canaria, noviembre 1997, págs. 331-334.

2. http://www.gobiernodecanarias.org/educacion/culturacanaria/juegos/juegos.htm/FEDAC.

3. https://es.wikipedia.org/wiki/Trineo.

4. Abreu Galindo, J. (1977): Historia de la conquista de las siete Islas de Canaria. Ed. crítica con Introducción, notas e índice por Alejandro Cioranescu. S/C Tenerife: Goya. Libro 3, cap. I, pág. 260.

5. Viera y Clavijo, J. (1982): Diccionario de historia natural de las Islas Canarias. Ed. dirigida y prologada por M. Alvar. Las Palmas de Gran Canaria.

6. Alzola, J. M.: La Rueda en Gran Canaria. El Museo Canario, 1968, pág. 54.

7. AHPLP. Protocolo 733, del año 1514 del escribano Cristóbal de San Clemente.

8. AHPLP. Lorenzo de Palenzuela, de fecha 24 de mayo de 1571, f. 327 r.

9. Apuntes del Rafael Sánchez Valerón, Cronista Oficial de Ingenio, según le contaba su abuelo. Las obras de las cadenas de Los Majanos se hicieron arrastrando grandes piedras con animales.

10. Glas, G.: Descripción de las Islas Canarias en 1764. Traducida del inglés por Constantino Aznar de Acevedo. Instituto de Estudios Canarios, con la colaboración de Caja Canaria, 1999, pág. 128.

11. Según el profesor palmero Pedro Nolasco Leal Cruz, autor del libro El español tradicional de La Palma, casi el 100% de las palabras portuguesismos se conservan en La Palma. Fuente eldiario.es, de fecha 20 de febrero de 2017.

12. El profesor Cristóbal Corrales González asegura que al colocar la acepción canaria de narria ('rastra') bajo la etimología de corso (del latín cursus, 'carrera'), se ha escrito la palabra con s, cuando su escritura debe ser corza, al tratarse de la palabra portuguesa corça. Fuente: Corrales González, C.: «Novedades con respecto al léxico canario, en la última edición del DRAE», Revista de la Filología de la Universidad de La Laguna, n.º 12., 1993, págs. 281-284.

13. Sanz Delgado, D./ Poggio Capote, M.: Notas de una vida. Estampas y recuerdos de Luis Cobiella. Cartas Diferentes Ediciones, Isla de La Palma, 2014, pág. 36. 

14. Navarro, D. J.: Recuerdos de un noventón, Las Palmas, 1985, pág. 28.

15. Diccionario Diferencial del Español en Canarias y diccionario de la Real Academia Española.

 

 

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