Revista nº 697
ISSN 1885-6039

El gesto constitutivo de Manuel González Sosa.

Martes, 24 de Enero de 2017
José Miguel Perera
Publicado en el número 663

Llamó siempre muchísimo la atención la contundente actitud que el poeta adoptaba a la hora de los reconocimientos para consigo. Creemos que esta firme posición de vida, tantas veces incomprendida hasta por algunos seres cercanos, solo podría ser entendible de lleno cuando vislumbramos la evidente relación que posee con su propuesta de escritura.

 

 

El pasado 25 de octubre se cumplían cinco años de la muerte del poeta Manuel González Sosa, una de las voces más significativas de la poesía canaria de la segunda mitad del siglo XX. Tras su muerte fueron varios los acontecimientos que se generaron alrededor de su figura: una temprana velada que lo recordaba en el IEC lagunero; la organización de un curso en torno a su obra un año después en Guía de Gran Canaria, municipio de sus orígenes que al poco iba a acoger el archivo y la biblioteca del escritor y que pondría su nombre a una calle, amén de declararlo Hijo Predilecto a título póstumo. El verano de 2013 sería testigo además de uno de los hechos más esperados: la publicación de la poesía completa que el autor quiso alargar como su obra pública, que lleva el título de A pesar de los vientos. Y así, en 2015 y como separata de Estudios Canarios. Anuario del Instituto de Estudios Canarios, Andrés Sánchez Robayna y Antonio Henríquez Jiménez nos acercaban, en Poesía dispersa, la casi totalidad de los otros poemas que González Sosa escribió pero que no quiso introducir en ninguno de sus cuadernos de tirada reducida. Con la imprescindible labor todavía por realizar –hasta el presente insatisfecha– de recopilar sus ensayos, y a falta de algunos otros contados textos poéticos que no han sido alcanzados por diversos motivos, a día de hoy tenemos en nuestras manos la casi totalidad de sus versos, lo que sin duda nos coloca en una cierta perspectiva favorecedora –por lo menos como posibilidad– para ensayar algunas ideas vertebrales y definitorias de su particular gesto de escritura. Aparte del justo prólogo que Sánchez Robayna coloca en el tomo de su lírica completa, sigue siendo iluminador el recopilatorio libro Presencia de Manuel González Sosa (Cabildo de Gran Canaria, 1998), y –desde nuestra particular perspectiva crítica– especialmente tres de los escritos que allí explicitan algo sobre el trabajo poético de González Sosa: el horadar de Nilo Palenzuela, el iluminado verbo de Manuel Padorno y el siempre pertinente ojo de Jorge Rodríguez Padrón, que participaba con un ensayo que vino a completar la provechosa interpretación del poeta iniciada en su Lectura de la poesía canaria contemporánea (Gobierno de Canarias, 1991).

 

El estilo de nuestro protagonista está tallado en su fundamento por los espacios de la infancia y adolescencia, un ahí siempre acompañante en el proceso de vida y escritura que se corporiza en algunos referentes específicos de su pueblo y de su isla natales. Dondequiera que se desplace irán con él, siendo partícipes estos paisajes –inyectados de su intimidad–, por analogía o contraste, de la interpretación que de otros horizontes hará por sus numerosos viajes trazados de palabras: pasa con Fuerteventura, Lanzarote, Andalucía, con Castilla… Así, la extrañeza de lo que observa se intenta familiarizar a través de las similitudes con lo que en sus vértebras trae consigo, a la par que –dialécticamente– su configuración íntimo-infantil se emborrona ante realidades nunca vistas, o acaso imaginadas previamente –para el caso de Castilla– a través de la literatura de otros; y que, ante la experiencia ahora de primera mano, son modificadas desde la mirada particular del autor. A través de estos espacios ajenos que camina y verbaliza, el guiense transita por sendas en las que su letra y su personalidad se van extranjerizando (Ávila en su experiencia o la nieve de Álava que se pelea con la lava insular), alcanzando uno de sus puntos álgidos en Cuaderno americano, donde la terminología léxica llega a leerse en ocasiones como parte de una lengua significativamente, y en principio, impropia.

 

Pero la circunstancia espacial sería nada sin el tiempo que a ella se engarza. La memoria en esta lírica (atrapada en términos recurrentes como legua, zumo, raíz o los reiterados cenizas) es declaradamente estructural, aunque con una voluntad de resistencia que hace de la misma –al contrario de como a veces se ha planteado– algo ajeno a la tópica Edad de Oro. Para González Sosa, entre lo que es y lo que fue hay un puente imposible de cruzar; mas –en contraposición– el ser humano está inevitablemente abocado a dar cuenta de ello pues su conformación se yergue sobre esta discordancia (“El duraznero” o el dedicado a García de Vegueta, donde se incrusta: Siempre sucede allí lo que antes fuera / solo que en claroscuro esfuminado). Nada volverá a ser, y en cualquier caso ya todo es de otra forma, incluso sabidamente modificada (“Contraelegía” o “[Nadie me despojó…]”). Acaso quede al menos, entonces, que de estos restos de tiempo y edades sucesivas surja el poema, una estética apuntalada por esta avería de la existencia que es asumida, sin duda, pero con inherente dolor. Desde estos cortes desoladores planteados puede comprenderse en todo su bulto lo existencial presente en la poesía del grancanario, y solo aquí se clarifica su vinculación con la literatura de Unamuno y de Domingo Rivero: en ellos es común una consustancial paradoja vital. Porque nada puede completar el hueco de lo ido (“[Llega un tiempo…]”) ya que constantemente hay una sombra en la memoria, sangre en pie abolida por el monstruo invidente.

 

González Sosa por Antonio Padrón

 

Junto a las notas anteriores habría que entremezclar la estampa de la muerte, para que de este modo nos podamos aproximar a un desciframiento en la medida de la complejidad planteada en su verbo. La muerte es el zarpazo del insondable desconocimiento que tan tempranamente se delinea en sus letras, cual suprema compañera de la fuga del tiempo. Desde los poemas al abuelo, entre otros varios, la vida solo es posible entenderla –y muy a pesar de la lógica del sentido– cuando se encuentra con la muerte de los otros, como un desconsuelo entrañado que nos inunda desde más allá de todo, como aquel llanto sobre la noche de un niño que parece acercarse desde un trasmundo grabado en la canción de lo cotidiano. Solo con ella nos será posible recalar, como los poetas Keats y Shelley, en una verdadera patria, la única / vista sin nieblas desde nuestras frentes. Sea como sea, es de nuevo la palabra la que puede desafiarla entrecortadamente como otro modo de hacer vivir a partir de sus oblicuas maneras de bautizo (“Ostensorio para un verso de Luis Feria”).

 

El poema “Desde el principio” es en parte ilustrador de cómo, en el recorrido que ensayamos sobre Manuel González Sosa, dolor y muerte a través del tiempo se entrecruzan con las posibilidades limitadas del conocimiento humano, condenado constantemente a circunscritas aventuras e indagaciones. La frente, la pulpa, la sombra (noche) y de nuevo las cenizas son el vocabulario preferido por el autor para metaforizar la finitud del entendimiento, al que se une una ristra de interrogaciones que a lo largo de los textos cuestionan a cada paso la tentación de las certezas. No es que no podamos ser capaces de llegar a discernir, pues del sabueso proceso algo siempre queda (“Pico de La Atalaya”); sino que esa iluminación (verbal) derivará con reiterado pulso en agonía significativa, en vacilante traducción. Por eso en “Interior” la higuera dialoga a su modo con lo desconocido; por ello en “Saulo Torón” (concretamente el de El caracol encantado, tan presente en esta obra, y de lo que poco se ha dicho) un adentro y un afuera intercambian enigmas. Y es así que contemplamos, además para este apunte, la enhiesta y temblorosa contradicción de los seres humanos, atravesados por el sufrimiento de la claroscura restricción de la sabiduría.

 

¿Y por qué afligirse ante tal sobrevenida y patente comprobación? Porque a pesar de todo, de todo lo arrasable y arruinable (a pesar de los vientos, precisamente), aunque el sujeto se tope de lleno con una pared inmensurable también le es dado –a la par y sin compás– la captación de un contrapunto, esto es, el roce siquiera sutil de una entidad que parece acoger y avivar los impulsos del ansia de infinitud, del estímulo cognoscitivo, de la felicidad, de la pasión del esplendor. En torno a todo ello se arremolinan los deseos, las utopías, los anhelos; o en palabras de nuestro lírico: el cenit, la querencia o el insistente sueño. Entre esta nebulosa de vida y de la memoria que se quiere resistir, siempre hay al fondo un más allá del horizonte, una perenne ausencia que acompaña entre la esperanza y la desesperanza que se balancean sobre el reiterado símbolo del mar. Vasos de carne viva / por toda sed dispuestos, inscribe. ¿Y cómo, ante todo lo dicho, apenas se ha planteado hasta ahora con meridiana claridad, con precisión y profundidad, la raigambre religiosa de la lírica de González Sosa? ¿Es que se podrá penetrar en ella con hondura sin tener en cuenta esta verticalidad? Irradiadores serán de manera más o menos explícita, en este cauce interpretativo, los poemas “Frente a la catedral de Orvieto”, “[Vamos llagados…]”, “Albur”, “Remordimiento de Dios” o el texto que porta el número 37 en Poesía dispersa, donde claramente se interroga con lamento a la divinidad el haber dejado al hombre medio hecho: como Jorge Oramas, que pisó la sombra precozmente. Seres irremediablemente a medias, mancos y hambrientos, ávidos y ansiosos.

 

La pregunta que ahora surge (otra más), y que podría haber sido el principio de nuestra exégesis, es la siguiente: ¿de qué manera poder tantear esta cantidad de cuestiones si no es a través del lenguaje poético? La precisión y el cierto clasicismo con los que se suele definir la lírica del guiense quedarían en mera muletilla si no se les añade la oblicua línea expresiva que atraviesa sus textos desde los orígenes, y que viene motivada por la manquedad existencial enunciada con anterioridad. El rostro de la exactitud que la estrofa medida proporciona (especialmente la rectitud del soneto) no es más que el dialéctico envés quimérico de los acusados hipérbatos, de las atrevidas imágenes, de los numerosos recursos, de las sugerencias y de la palabra recortada que apunta a lo imposible, desde la voz humana que se envalentona y arrodilla a la vez cuando poéticamente nombra. Para ello el escritor no puede tener un proceder único, pues se le agotarían las vías con que intentar señalar lo ilimitado. Entonces es perfectamente entendible por qué González Sosa escribió que no era dueño de una predeterminada poética de creación, sino que le guiaba “un proceso genuino impulsado naturalmente por una íntima necesidad irresistible”. Es decir: aquella irreparable querencia humana que nombrábamos y que podría clasificarse, como alguna vez diría, en un continuo exilio en tanto que –frente a la extensión de la zozobra infinita– al poeta solo le queda de nuevo extranjerizar el verbo normalizado para poder al menos insinuar la contrariedad que como personas nos define y delimita.

 

Llamó siempre muchísimo la atención la contundente actitud que el poeta adoptaba a la hora de los reconocimientos para consigo. Creemos que esta firme posición de vida, tantas veces incomprendida hasta por algunos seres cercanos, solo podría ser entendible de lleno cuando vislumbramos la evidente relación que posee con su propuesta de escritura. Porque en él, como en la mayoría de los artistas que necesariamente existen desde el ejercicio de la palabra, la vida configura la obra tanto –y sobre todo– como la obra configura la vida. Manuel González Sosa, que se autopercibía entre la broma y la vera como un sencillo ser de campo (lo muestran numerosos vocablos de su estilo), llevó a sus últimas consecuencias la concepción de la persona como ser finito, incompleto y de paso que en su lírica se transfiere, con un gesto irreverente e inusual que es casi imposible de asimilar en esta apisonadora sociedad actual, la nuestra, en la que lo importante es ser visto y venderse, aunque lo que se exprese y oferte poco o nada diga. La modestia de González Sosa fue consecuentemente constitutiva (a veces firmó como Modesto de Vera), y sin tener en frente la lectura sosegada de sus versos sería impracticable enterarse de las bases radicales de su ademán público (elocuente se vuelve en este contexto, incluso, que diera por concluido su fruto creativo muchos años antes de la muerte). El ser humano incompleto que todos somos no va a calmar nunca sus inquietudes íntimas en los pasajeros aplausos, que además avivan la posibilidad de la vanidad. La obra literaria podrá imprimir una incierta y borrosa huella nuestra más allá de la muerte, pero el día a día –dice el poeta– hay que habitarlo al acecho, conscientemente inconcluso, con un loco anhelo / de pisar en el aire solamente.

 

Los restos de Manuel González Sosa, convertidos no casualmente en cenizas, tal y como adelantaba su obra, fueron esparcidos por sus seres más próximos en el barranco de Las Garzas de Guía, referente central de su existencia desde el más remoto y perdido pasado. Mi residencia queda a pocos metros de allí, lo que promueve que deba pasar casi a diario por este lugar donde, hace poco, me topé con una sorpresa. A punto de cumplirse el quinto aniversario de la muerte de González Sosa, en el barranco aludido se ha plantado un enorme terreno de vegetales coloreados de un verdor inusual eminentemente llamativo, y en medio de tal imagen se eleva lo que en un primer momento creí persona pero que no era más que un digno espantapájaros. Me es sumamente significativo que, a pesar de los vientos de este lustro, las huellas de las volátiles cenizas hayan calado allí de alguna manera como simiente de una imagen que se convierte en la precisa definición de su obra: un cuadrado perfecto de estética verdura en el que desde su centro se eleva con los brazos expandidos un imperfecto fantoche –nosotros todos– que, más que ahuyentar seres alados, parece aspirar a tocar el cielo.

 

 

 

Comentarios
Lunes, 30 de Enero de 2017 a las 09:30 am - Perera

#03 Muchas gracias, querido amigos y paisanos. ¡Salud mucha!

Domingo, 29 de Enero de 2017 a las 13:42 pm - Valentín Medina Rodríguez

#02 Comparto en mi Facebook este extraordinario artículo. Enhorabuena, José Miguel.

Sábado, 28 de Enero de 2017 a las 13:52 pm - Juan Ferrera

#01 Excelente y clarificador artículo, amigo Perera. Nunca vuesa merced las mañas pierda!! Salud!!