Revista nº 706
ISSN 1885-6039

Los prodigios de Nuestra Señora de Las Nieves. (y II)

Domingo, 20 de Agosto de 2017
José Guillermo Rodríguez Escudero
Publicado en el número 692

La erupción del Volcán de San Juan, acaecida en junio y julio de 1949, fue motivo para que, nuevamente, el pueblo palmero acudiera a su milagrosa Morenita en busca de auxilio espiritual ante las furias desatadas de la naturaleza y a pedir a que apagaran las iras del volcán.

 

 

(Viene de aquí)

 

La Virgen y los volcanes. Recordemos que, en la Bajada motivada por la erupción del volcán de San Martín de Tigalate en 1646, “con grandes terremotos, temblores de tierra y truenos, que se oyeron en todas las islas… Los vecinos truxeron en procesión a Nuestra Señora de las Nieves, imagen muy milagrosa; y al otro día, caso admirable, amaneció el bolcán cubierto de nieue con que cessó, auviendo durado algunos días”. Así lo explicó el racionero de la Catedral el doctor don Francisco Fernández Franco. En palabras del alcalde constitucional Juan Bautista Lorenzo: “… fue cosa pública y notoria que la Gloriosísima Señora de las Nieves con su rocío favorable nevó en el volcán…”. También el capitán Andrés de Valcárcel y Lugo en su obra Cosas notables: volcanes, expone: “… hubo muchos temblores de tierra en todos estos días y los edificios parecía venían al suelo… pero hubo rocío pequeño, que tanto como esto puede la Reina de los Ángeles, Nuestra Señora de Las Nieves. En esta ocasión estaban los vecinos desta isla tan devotos frecuentadores de los templos que no salían de ellos”. También Félix Duarte nos narra: “… los más ancianos vierten sus lágrimas furtivas en sus humildes aposentos (…) tienen fe en la Virgen de Las Nieves. Invocan su protección pensando en ser por Ella favorecidos (…) Es conducida a la capital, en fervorosa rogativa pública. Muchedumbres de fieles la siguen, reflejando en sus rostros la ternura que su presencia les inspira (…) hasta que nieva copiosamente en las cumbres, cesa la actividad del volcán y los campesinos, contemplando la sierra salpicada de nieve que se bifurca con los rayos del sol, exclaman: «¡El rocío de la Virgen!, ¡estamos salvados!». Cuando se arrodillan ante sus plantas, en señal de gratitud, les parece oír un himno de amor cantado por los ángeles, para conmemorar las bodas del cielo y de la Tierra”. Fray Diego Henríquez lo narraba así en 1714: “acordó luego la ciudad se tárese la sagrada protectora como en tales ocasiones se hazía. Tráxose con la solemnidad y devoción que siempre y prosiguiendo las devotas suplicaciones y fervorosos ruegos a esta milagrosa señora de Las Nieves, fue tan copiosa la que mandó sobre el bolcán que lo extinguió su abundancia totalmente, sin dexar viva sentella de aquel voraz elemento, cediendo por entonces su furiosa sobervia a la mansedumbre de los nevados copos. Hizo más admirable el prodigio aver sido la brecha que abrió aquel horrendo fuego en parte en que nunca antes avía caido nieve, ni después se ha visto caer en aquel sitio, para que lo raro desta circunstancia hiciese a todos visible lo singular del beneficio”.

 

Las erupciones volcánicas y la antiquísima y querida imagen de la Patrona Palmera sostienen una estrecha relación histórica, social, cultural y espiritual. Así, como recuerdo perpetuo de estos prodigios, existen dos cuadros en su Real Santuario, en los que su autor, en su ánimo, quiso parangonar los dos hechos milagrosos de la nieve de Nuestra Señora: el del Monte Esquilino de Roma y el del Volcán de La Palma. En los cuadros aparecen las siguientes inscripciones: “Refugium Pecatorum. Venció al tiempo tu clemencia y para refugio nuestro delineaste con tu Nieve en el Esquilino un templo”, “Consolactrix Aflictorum: a tu presencia nevado el Mongibelo palmense celos le dio al Esquilino, nuevas glorias a Tu Nieve”.

 

Un testigo de la erupción de otro volcán, el de San Antonio, ocurrida en 1677, el Visitador Don Juan Pinto de Guisla, rememora el de 1646, cuando el 18 de diciembre, día de la Expectación de la Virgen: “…día que amaneció de nieve la boca del volcán, con universal aclamación de milagro de Nuestra Señora de Las Nieves, cuya santa imagen se venera como Patrona de esta isla y a cuyo patrocinio se recurre en sus mayores aflicciones y necesidades”. En esta ocasión, los temblores de tierra han continuado causando gran temor entre la población. El peor tuvo lugar a las nueve de la mañana del 9 de enero de 1677, “de manera que el Clero se juntó a aquella hora en la parroquia donde está Nuestra Señora de Las Nieves a implorar su Patrocinio… conmovió al pueblo a muchas lágrimas”. La imagen de Asieta fue llevada hasta el Convento de las Monjas Claras “hasta que Nuestro Señor se acuerde de usar con nosotros la misericordia, librándonos de esta tribulación”.

 

En octubre de 1712, el volcán del Charco azota, con sus candentes lavas, al Valle de Aridane. Es implorada la protección de la Virgen, y las proporciones del fenómeno disminuyen hasta su total extinción. Fray Diego Henríquez narraba cómo “recurrió apresurada a su valerosa protectora para que, con el poder e irrefragable virtud de sus nieves, matara segunda vez tanto incendio y les librara de tan cruel enemigo. Traxeron a la santa imagen a la ciudad con la devoción y fervor acostumbrado, claro es que en esta ocasión fue mayor, quando mayor el conflicto y más a la vista del peligro. Hiziéronle solemnísimas rogativas, celebrárosle generales procesiones, ofreciéronle repetidos clamores, consagrárosle aventajados cultos, manifestárosle sus cordiales y crecidas ancias, pusiéronle como asylo tan valiente a la vista del adversario y no tardó la poderosa reyna en mostrar su imperio sobre todo lo criado. Obedeció el fuego a esta superior virtud, abatieron su sobervia las empinadas y arrogantes llamas, temploce el viento, expeliose de los corazones el susto, y aumentó en todos la fe de su benigno amparo, con que creció en ellos la obligación a más subidos cultos, más continuas veneraciones y más exacto conocimiento de su deuda”.

 

La erupción del Volcán de San Juan, acaecida en junio y julio de 1949, fue motivo para que, nuevamente, el pueblo palmero acudiera a su milagrosa “Morenita” en busca de auxilio espiritual ante las furias desatadas de la naturaleza y a pedir a que apagaran las iras del volcán. El 24 de julio la multitudinaria procesión con la Virgen salió a las siete y media de la mañana hacia Breña Alta. Después de la Santa Misa en la ermita de La Concepción, la talla fue girada hacia el volcán. Se cuenta que, a partir de aquel instante, fue apagándose lentamente. Así, el 26 de julio, encontrándose la efigie en la capital palmera, la actividad del volcán decreció considerablemente. “Otra vez se produce la desaparición del monstruo”. El periodista palmero Juan Carlos Díaz Lorenzo, concluye su artículo sobre la intercesión de la Virgen de Las Nieves ante las furias de la Naturaleza: “en los días posteriores y a excepción del día 30 de julio, en el que se produjo el derrame de lava por el barranco de La Jurada, en la vertiente oriental de la Isla, la erupción cesó en su furia. ¿Milagro?. La devoción de la Isla así lo creyó”. 

 

La Virgen y el fuego. En aquella ocasión, el día 26 de marzo de 1770, la Virgen ya se encontraba retornando a su Santuario ascendiendo por el Barranco homónimo, en las proximidades de la Cueva de La Virgen, cuando “sonaron voces de ¡fuego!, ¡fuego en la ciudad!, viéndose luego humo negro que lo indicaba. Amedrentose la gente y contristáronse todos”. Las voces unánimes solicitaron la presencia de la sagrada imagen: “de no ir la Virgen, se abrasará toda la ciudad”. Rápidamente la procesión regresó a la capital palmera “y se hizo una deprecación”. El enorme incendio se había propagado rápidamente por el centro de la ciudad. La comitiva se paró en la Iglesia del Hospital porque se hacía desaconsejable el acceso a El Salvador por el riesgo que se corría; “de aquí se sacó y puso la Santa Imagen a vista del fuego cerca de la plaza, bajo de la torre de la iglesia”. Debido al calor sofocante que brotaba del voraz incendio, la procesión se presentó en la esquina superior de la plaza, cerca del Pósito (hoy sede de la sociedad La Cosmológica). Es aquí donde se hicieron más deprecaciones y sentidas rogativas. Siguiendo con la narración del alcalde constitucional don Juan Bautista Lorenzo Rodríguez: “el caso verdaderamente maravilloso: el incendio fue voracísimo y corría el viento de brisa que le impelía, para acudir a apagarlas, pero sucedió que inopinadamente se mudó y cambió el viento al Oeste, enderezó las llamas que antes corrían con vehemencia al puerto y estaban ardiendo a un tiempo dos calles y dos hileras de casas”. Detalladamente el historiador nos relata cómo el pueblo se hallaba profundamente consternado, pero firme en sus ruegos a la Morenita -imagen históricamente milagrosa-, le pidieron su intercesión. Testigo del suceso, el sacerdote José Antonio Momparlé, redactó estas palabras: “Así se arruinaron catorce casas en poco más de tres horas, con pasmo de los que las vieron arder, más no se incendió otra algunas  aunque antes habían sido acometidas de centellas y carbones encendidos, después de estar a la vista Nuestra Señora de Las Nieves, conceptuando todos piadosamente, fue la asistencia de la Santísima Virgen quien libró y preservó el resto de la ciudad del fuego, impidiendo pasase adelante”.

 

En la segunda Bajada Lustral, en el año de 1685, la Virgen había llegado a la ciudad y ocurrió que “al hazer la salva en la plaza de la parroquia, las piezas de campana, una de ellas, o sea ya lo más acondicionado o sea el estar recargada, con la violencia del fuego voló en diversos pedazos por los ayres”. Fray Diego Henríquez narra así en 1714 cómo los grandes trozos de metal habían caído sobre la multitud, tanto sobre el escuadrón de soldados que tributaba honores a la imagen como sobre “las mugeres, tan juntas y oprimidas como siempre lo están en tales concursos”. Lo que debería de haber sido una desgracia mortal, tan solo quedó en un susto, pues ninguno de los fragmentos de la pieza reventada hirió a ninguno de los presentes que abarrotaban el lugar. Concluye diciendo: “sin que tuviesse permiso de la reyna universal de lo criado alguno de aquellos duros fragmentos para ofender ni al que dio fuego a la pieza, ni a otro alguno de quantos allí se hallaron en obsequio suyo, acompañando y venerando su maravillosa imagen, siendo a todos fuerte escudo la poderosa sombra de su real presencia”.

 

Hablando de fuego, en este caso, no incendio, pero sí del curioso caso milagroso de la llama de aceite que iluminaba el templo, el religioso fray Diego Henríquez informaba así del suceso acaecido antes de 1649, cuando el pequeño santuario era asistido por ermitaños. Precisamente sería después de dicha fecha cuando el licenciado Juan González Viera, capellán, se haría cargo del oratorio, elevado al rango de parroquia en 1657. El desconsolado ermitaño que le tocaba velar por la seguridad de la Morenita asistía asolado a la carencia de aceite puesto que este no había sido traído desde la ciudad en cantidad suficiente. Entonces, “aparejó su lámpara con agua el vidrio, y nueva torcida, y encendiola diziendo a la Virgen con su casta sencillez (era hombre muy sincero y de virtuosa pureza) si quería luz en la lámpara la proveyesse de azeyte”. Tras esto, cerró la iglesia con llave y se fue a dormir. Sin casi dormir, se levantó muy temprano y entre la oscuridad, contempló extasiado cómo salía “por sus rimas mucho excesso de luz”. No daba crédito al comprobar cómo, al abrir la puerta, la lámpara lucía “con más lucido farol que el que pudieran muchas luces componer”. El prodigio se extendió por toda la isla con mucha celeridad y un canónigo de visita en el santuario, “puso por obra el autenticarlo con los mismos hermitaños que lo vieron”. Desde entonces, se llamó la lámpara de los milagros. A partir de entonces, muchas personas aquejadas de varias dolencias, acudían a ver a la Virgen “con diferentes dolores y accidentes van a vicitar aquel santo templo; y ungiendose con el azeyte desta lampara, buelven sanos a sus casas, teniendo tanta fee con este azeyte que frequentes lo piden y llevan para las necessidades”.

 

 

La Virgen, las epidemias y enfermedades. En el año 1759 volvieron a invadir las viruelas a la Isla, y desde el 25 de agosto hasta 17 de noviembre de ese año fallecieron 81 personas, niños en su mayor parte. Las rogativas públicas ante la Patrona no se hicieron esperar. Según los cronistas, gracias a su intersección, esta epidemia se estancó milagrosamente, sin causar más muertos.

 

En el año 1763 se padeció en La Palma una enfermedad “al parecer epidémica, que se le designa con el nombre de ‘puntada’, y como dice una partida de defunción del Libro 8, folio 61 v., que la puntada ‘andaba mezclada con sofocación’; es evidente que tal enfermedad no era otra cosa que pulmonías”. Así narraba estos hechos Juan Bautista Lorenzo. Los muertos aquí ascendieron a 39 personas, desde el 25 de noviembre hasta el 18 de marzo de 1764. Nuevamente el pueblo imploró a la Virgen y la epidemia no causó más daños en la atemorizada población.

 

En el año 1789 volvieron las viruelas a invadir toda la Isla, desde el 17 de octubre hasta el 18 de diciembre, falleciendo solo en la capital 145 personas, niños en su mayor parte. El mismo cronista nos relata: “no sé ni puedo comprender cuál fue la causa, pero es lo cierto que los cadáveres de estos niños se encontraban amortajados en las puertas de los templos y aun dentro, sin saberse ni poderse averiguar quiénes eran sus padres, y llegó a tanto el escándalo que en una misma noche, se pusieron seis cadáveres en la Parroquia de El Salvador”. Así consta en el Libro nueve de Defunciones, folios del 178 al 187 inclusive. El Santuario llegó a ser un hervidero de fieles que, postrados a los pies de la venerada imagen, pidieron su intersección. Así fue.

 

Más epidemias sacudieron la población palmera. Por ejemplo en 1720, las viruelas causaron la muerte a 104 personas entre el 17 de abril y el 19 de junio. Pero la que fue especialmente virulenta, ya que causó nada más y nada menos que 490 personas en toda la Isla (solo en la capital fueron 115 los fallecidos) fue la que se padeció a partir del 21 de diciembre de 1767 y duró hasta el 16 de marzo de 1788. Se le conoció como epidemia catarral. El pueblo de La Palma ascendió el barranco en rogativas y trajo en multitudinaria y solemne procesión a Nuestra Señora de Las Nieves el 2 de enero de 1768. Justo en ese momento, la mortandad fue decreciendo considerablemente.

 

Se cuenta que Isabel Méndez de Mendoza, esposa del inglés Francisco They, estaba “enferma de lúcidos tan furiosamente que era necesario el cuidado de sujetarla”. Su madre y abuela, desesperadas, la llevaron ante la Virgencita de Las Nieves con gran dificultad, “pero luego que se hallaron en la presencia de tal poderosa reyna, con viva fe pusieron aquella enferma en manos de su clemencia”. Se cuenta que su marido ofreció algunos dones y juró una promesa por la salud de su amada. Cuando le ungieron la cabeza con el aceite de la lámpara “de los milagros”, se serenó inexplicablemente la enferma y, ante la admiración de la concurrencia, regresaron con Isabel a su casa con la quietud y sosiego que antes gozaba.

 

Otro caso prodigioso conocido fue el del doctor Natur, médico que ejercía en La Palma. Enfermó gravemente y no paraba de expulsar gran cantidad de sangre por la boca. Lejos de visitar a otro colega, “no discurrió su cristiana prudencia recurrir a mejor médico”: imploró el auxilio de la Negrita, “a cuya presencia se halló libre de enfermedad tan penosa y con perfecta salud”. Para perpetuar las maravillas de la imagen, quiso colocar en el santuario un lienzo que recordara este milagro y “la clemencia que obró con él esta soberana señora”.

 

El Conde de La Gomera, Gaspar de Guzmán Ayala y Roxas, se hallaba en La Palma aquejado de una grave dolencia. Prácticamente había sido desahuciado por los médicos. Hizo voto ante la Virgen de asistir nueve días a su templo y, si mejorara, a su regreso a Garachico (en Tenerife) le enviaría cuatro candeleros de plata y “unos dozeles para el culto de la iglesia”. Como se salvó milagrosamente, después de hacerle una novena, cumplió con lo prometido. Ya en el inventario de 1672 aparece dicho regalo entre los tesoros del templo, aunque fueron fundidos a principios del siglo XVIII para invertir su plata en el fabuloso trono de la Virgen.

 

La rica heredera de las haciendas de Argual y Tazacorte, doña Beatriz Corona y Castillo, madre del regidor perpetuo don Diego de Guisla y Castillo (mayordomo y esclavo de la Virgen), tuvo una grave enfermedad tras un parto. Durante más de seis meses sufrió de “calenturas cuyo rigor y molestia la tenían en tal estado que fue tenida por éttica”. Fue llevada ante la Virgen junto a toda la familia y se le hizo una solemne novena. Se cuenta que regresó libre de la enfermedad y “con tan perfecta salud que vivió después muchos años teniendo en ellos diferentes partos”.

 

El 5 de junio de 1851 se declaró el cólera morbo en Gran Canaria. Se iniciaron las novenas y rogativas ante la Virgen. El 25 de julio se trajo en procesión hasta El Salvador al Patrón de la Salud Pública, el Glorioso San Sebastián. La Morenita descendió nuevamente hasta la capital el 5 de junio de 1852 en agradecimiento por haberse librado esta Isla y la de Gran Canaria de esta terrible epidemia. “El 6, domingo de la Santísima Trinidad, fue la función de acción de gracias, el lunes 7 regresó a su Santuario”. Fue acompañada por un pueblo repleto de orgullo y feliz de tener a la Virgen como su Patrona y Protectora.

 

La Virgen y otros milagros. Otro suceso muy famoso fue el del la niña Margarita de las Nieves Estrella, hija de Alonso Hernández y Francisca Luis (casados en Puntallana el 28 de octubre de 1619). Cuando jugaba con otros niños, se despeñó por un risco muy alto (“de más de treinta brazas”). El terrible incidente fue presenciado por los desconsolados padres que gritaron el nombre de la Virgen de Las Nieves invocando su auxilio. “Baxaron al valle a recoger los pedazos del tierno cuerpo para darle sepultura, y hallaron a la niña sentada viva y sin lesión alguna”. Los padres no dieron crédito a la escena y la niña relató cómo una señora vestida de blanco la había recibido en sus brazos y la había librado de todo daño. La afortunada familia ofreció en agradecimiento, tras medir el alto del despeñadero, “una línea de cordel que, con el debido hazimiento de gracias para eterna memoria de tan gran misericordia, colocaron a lo largo de la pared de la iglesia”. Se cuenta que se tuvo que doblar varias veces, lo que da una idea de la altura del risco.

 

“A otros muchos despeñados de los muchos y grandes despeñaderos de toda la isla, por ser muy alta, de muy profundos valles y barrancos, y de muy peligrosos caminos, ha librado esta milagrosa reyna, cuya auxilio han implorado en sus tribulaciones, como lo dicen las diferentes cuerdas, medidas de los despeñaderos, que se ven en las paredes del templo por signos y perpetuos testigos de los milagros”.

 

Un “pardo” llamado Gaspar, esclavo del capitán Gaspar de Olivares Maldonado –alguacil mayor del Santo Oficio muerto en 1683- perdió la voz repentinamente después de un ataque. Y “como quién no ignoraba las maravillosas clemencias desta soberana reyna, y los milagros desta santa imagen, acudió luego a su casa de tan precioso patrocinio”. Las crónicas decían que imploraba ante la Virgen “con humilde corazón y devotas súplicas, en medio de las quales rompió la voz, llamando a Nuestra Señora y pronunciando su dulce nombre”. Maravillado, el afortunado hombre repetía gritando el nombre de María de Las Nieves a todos aquellos peregrinos con los que tropezaba de regreso a la ciudad.

 

De entre todos los prodigios y milagros, tal vez sea este uno de los más originales. Se cuenta que el palmero don Pedro Escobar Pereira (1617-1673) (Visitador General de La Palma, La Gomera y El Hierro; racionero, canónigo, tesorero, chantre y arcediano de la Catedral de Las Palmas y Obispo Electo de Puerto Rico, etc.) trajo de la Península una magnífica tela para confeccionar un vestido para la Virgen de Las Nieves. Con toda solemnidad acudió al Santuario con toda su familia para ser testigos del cambio de ropajes a la sagrada imagen. Las camareras habían empezado a despojarla del que tenía para colocarle el de don Pedro, cuando “torció la imagen el rostro hazia un lado, ademán que suspendió las manos a las mugeres y los sentidos a todos los circunstantes”. El narrador continuaba: “y en medio del asombro, ocurrioles que aquel ademán parecía efecto o enigma del virgíneo pudor, y que no gustava se despojase su imagen en presencia de hombres la que de muy pura se turbó a la presencia del ángel”. Una vez se invitó a todos los caballeros a que abandonasen la estancia, “volvió la sacra imagen a destorcer la cabeza”. Las doncellas, atónitas, no daban crédito a lo ocurrido. Temblorosas aún, pudieron terminar de colocar el nuevo traje. Fue entonces cuando se permitió entrar a los señores que, todavía impresionados, presentaron sus respetos ante la Gran Señora de La Palma.

 

Antes de que el doctor palmero Juan Méndez fuese canónigo de la Catedral de Canaria, fue apresado por un navío de turcos y conducido cautivo a Argel. A tal vejación fue expuesto y de tantas atrocidades fue testigo, que temía por su vida. Por ello “recurrió a la protectora de su isla, puso en las manos de su poderosa clemencia su angustiado corazón, encomendó su necessidad a esta señora de Las Nieves, en quien tuvo firme la esperanza de su remedio”. Milagrosamente consiguió su libertad y a su llegada a La Palma y acudir al santuario a rendir pleitesía ante la Patrona, le ofrendó un lienzo que se colgó en la capilla mayor “de la yglesia desta milagrosa señora”.

 

Se cuenta que, en una de las Bajadas Lustrales, un viejo mendigo llamado Román “tan privado de la vista que no podía ir a parte alguna si no le llevavan de la mano”, pidió que lo llevaran ante la santa reliquia. Cuando le dijeron que ya estaba ante Ella, “con su natural sencillez y llanesa de palabras, cantava sus elogios a la celestial señora, con tan fervoroso afecto y devotos ademanes, que movía a los demás y los encendía en fervor”. De esa manera fue llevado durante varios días hasta que, en una ocasión, cuando la Virgen se hallaba en la procesión que se le tributaba tras la solemne función diaria, de repente, “se halló en un instante con su perfecta vista, causando en los allí presentes más estupendo éxtasi que causó aquel tullido a quien sanó San Pedro, quando entró por el templo saltando de contento”. De esa manera le vino la vista y la conservó todo el tiempo que vivió, siendo “a todos los que antes le conocieron sin ella, testigo de vista de ojos del prodigio”.

 

 

 

Bibliografía

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