Revista nº 680
ISSN 1885-6039

Fuerteventura, anarquismo y la memoria social del gusto.

Martes, 18 de Octubre de 2016
José Miguel Perera
Publicado en el número 649

Las obras de Giráldez Macía se gestan con un sentido cuestionador ante las dimensiones analizadas, intentando ver sus otras caras desinstitucionalizadas; una metodología rica en fuentes de todo tipo, con avisos de atractivos desconocidos (por ejemplo el ignorado exilio de Durruti en Fuerteventura).

 

 

Las numerosas publicaciones aparecidas en Canarias durante la última década tienen a Jesús Giráldez Macía como uno de sus autógrafos significativos, quien ha dado a conocer una serie de libros –al mirar del ojo atento– con cierto porte crítico histórico-social; en su mayoría conformados desde la inyecta perspectiva focal de la majorería, o sea, desde la contextura a partir de la que ejerce como profesor y persona: Fuerteventura. Tindaya, el poder contra el mito (2007) fue –con gran ironía y un tanto de equilibrado lirismo– el primero de sus tajos escriturales, y en él se nos aproxima con denodada argumentación cómo –tras los primeros amagos para elevar el inviable proyecto de Chillida– se pretendió sepultar en actitud codiciosa siglos de testimonios y huellas, de numerosos quilates patrimoniales de una montaña que –antes de declararse Monumento Natural– siempre fue sublime y seductora, misteriosa y legendaria, por donde quiera que se tratara. Los entendidos de diferentes ámbitos (Geología, Botánica, Historia, Arqueología... y numerosos artistas) reiteraron el absurdo propósito megalómano que desencadenaría el disimulo, la ocultación y la mentira documental de quien pretendía sacar provecho con corruptelas que, "para mayor vergüenza de nuestras instituciones, han sido sobreseídas y archivadas, provisionalmente, por la justicia". Pero los intereses políticos y privados, aquí, perdieron la vergüenza y actuaron con descaro bajo la excusa trituradora –ojito– de la Gran Cultura Universal, del progreso y de la avalancha de turistas, que dejarían infinitas monedas por ver un soñado y empecinado producto personal que fulminaría tantísimos signos antiquísimos de una colectividad humana. Rizando el rizo y la perversión moral a través del lenguaje, se ha llegado a vender la actuación en la montaña como un estilo de protección.

 

Al anterior seguiría la radiografía política del majorero-brasileño Juan Perdigón (Entre el rubor de las auroras, 2007), que tiene como una de sus fuentes principales las memorias inéditas del personaje historiado, en el que se unen un conglomerado de hechos descollantes y entre los que se cortocircuitan la emigración y el anarquismo. La vivencia de las penurias de infancia en medio de la crisis canaria finisecular del XIX y comienzos del XX, recalentada algo más bajo el cielo majorero, fue el trampolín que forzaría el éxodo familiar a Brasil; país en el que la desaparición de la esclavitud provocaría el acrecentamiento de la emigración europea que deseaba aminorar sus carencias, si bien las condiciones que allí encontraría Perdigón no iban a ser demasiado favorables. La suma de eventualidades precarias sucesivas lo caracterizaría fuertemente y lo convertiría en un trabajador autodidacta declaradamente anarquista que vivirá como cabecilla destacada –entre aceleradas huelgas, luchas y clandestinidades– la controvertida acción social en el capital periodo de la Primera República brasileña (1889-1930).

 

 

Por su parte, Creyeron que éramos rebaño (2009) atestigua e interpreta la silenciada insurrección espontánea, en 1932, de un colectivo de libertarios en el Alto Llobregat de Barcelona, donde en unas deplorables circunstancias ejercían el trabajo textil y el infierno minero. Las inclementes consecuencias inmediatas tras la proclamación del comunismo libertario fueron la ocupación militar de la zona, las detenciones arbitrarias y los encarcelamientos. Esta represión la comandó el gobierno republicano, que bien se las ingenió para que aquella sublevación aislada se convirtiera en la precisa coartada que golpeara de raíz a la CNT, dando caza a anarquistas abanderados y notables que no tuvieron que ver con el hecho, entre otros el conocido Durruti, en ese momento ya un referente indiscutible del movimiento obrero. Seguidamente vendría la deportación de más de cien personas, en el vapor Buenos Aires –erigido en cárcel flotante–, a varios puntos de la costa africana, Las Palmas y Fuerteventura, destino reiteradamente socorrido para estos ruines menesteres, como pocos años antes se hiciera con Unamuno. Condiciones higiénicas nefastas, fiebres, huelgas de hambre, enfermedad, tensiones muchas y una muerte, la de Antonio Soler, forzada por la improvisación y la despreocupación de los responsables del destierro. Este óbito iba a ser altamente sonado en los medios y coadyuvó a desembarcar a otros prisioneros en la capital grancanaria para que se les pudiera atender con dignidad. Soler sería sepultado aquí y su entierro puso a la intemperie las divergencias existentes en el movimiento obrero canario. Así, se decidió liberar en la isla a un grupo de deportados mientras algunos otros fueron desplazados a enclaves diversos, concretamente ocho a Fuerteventura, entre los que estaba Durruti (episodio este último omitido hasta ahora por la historiografía canaria). Al igual que con Unamuno, en Puerto Cabras Ramón Castañeyra iba a ser persona cercana al popular anarquista, y en ese emplazamiento parece tuvo una tertulia y dio clases a niños. El regreso a la Península se haría tras el paso por Tenerife, donde se llevaron a cabo algunos recordados actos políticos casi al compás de la constitución de la regional anarquista adscrita a la CNT.

 

El Médico de los Corderos (2012) es, en fin, la aproximación a la existencia de Agustín Afonso Ferrer, un enigmático y estimado personaje que atraviesa la historia cotidiana sanitaria de la pordiosera y desnutrida realidad insular majorera, en la que los médicos casi no existían. La metodología utilizada en este libro está ligada otra vez a la oralidad, aunque para esta coyuntura abulta mayor trascendencia pues la transcripción –cercana al habla– de testimonios es el rostro principal de cada uno de los capítulos, al que le siguen la síntesis y las hipótesis del investigador a partir de la polifonía de voces dispares (más de sesenta, casi todas mayores de 75 años) que se han dejado leer. De esta forma se arma el puzle que silabea el perfil de un singular sujeto, El Cordero apodado, de la primera mitad del siglo XX. Originario de Tenerife, donde es probable tuviera contacto con algún doctor, se desconoce con precisión qué le llevó a la Fuerteventura que curaría en toda su geografía a través de rectos diagnósticos, efectivas hierbas (que utilizaba en modos heterogéneos) y algunas terapias alternativas adaptadas a las circunstancias geoclimáticas insulares. Se mostró siempre celoso de su intimidad, algo ermitaño (vivía aislado en la desembocadura del barranco de la Peña, a cuatro kilómetros de Ajuy), aunque bastante cercano a los más desfavorecidos, que le pagaban por regla general con productos o comida, aparte de con la voluntad del que podía. Con ellos, si eran de confianza, podía pasar varias noches cuando el enfermo estaba grave; algo extremamente excéntrico hoy –cuando ni siquiera ha pasado un siglo– en nuestro mundo tan preocupado por la salud y contradictoriamente tan suministrado de alienante burocratización de urgencia. Vivió con sencillez lejos de los altares económicos y murió tan calladamente que ni se sabe hoy dónde está su tumba.

 

En grupo, y como hemos podido leer en nuestro verbo aproximado, las obras de Giráldez Macía se gestan con un sentido cuestionador ante las dimensiones analizadas, intentando ver sus otras caras desinstitucionalizadas en un análisis de las circunstancias sociales que se enmarañan con las intrigas particulares, o en viceversa; una metodología rica en fuentes de todo tipo, con avisos de atractivos desconocidos (por ejemplo el ignorado exilio anotado de Durruti en Fuerteventura o el obsequio de posibles canarismos desoídos por los filólogos en El Médico de los Corderos); con farorillos excursos en notas al pie o al son de la redacción que administran viento para la apertura de algunas inéditas puertas de las investigaciones por llegar; así como con un cargado remolque de información y argumentos sobre el movimiento libertario que coloca ya algunos de sus libros en la bibliografía imprescindible sobre el anarquismo en Canarias, entre otras tramas temáticas de interés.

 

 

Dulcero y anarquista. Suelta transparencia de esto que comentamos es el último de sus ofrecimientos: Antoñito, el dulcero anarquista. Biografía del majorero Antonio Espinosa Rodríguez, donde se deletrea la vida de este "obrero que leía y se hacía preguntas". Antoñito nació en La Oliva, coordenada paradigmática del secular caciquismo canario que promovía, incluso en pleno siglo XX, unas condiciones semifeudales en las relaciones de trabajo. De un segundo matrimonio de su padre, puntual concejal del marinero núcleo, se echaba a las tierras de la vida en 1908 encorsetado socialmente en un 90% de analfabetismo insular, cuando sus años iban deambulando entre la combinación de la escuela que lo alfabetizaría y el cuidado del ganado familiar, coyuntura que reciamente le tatuaría el tuétano de los fundamentos y los principios. Aquellos que, en proceso de dilucidación, se llevaría a los dieciséis años a Tenerife, donde vivirá activamente las desigualdades durante la dictadura primorriveriana y los años treinta. Entre este aire mantendrá contacto pleno con el movimiento obrero y el anarquismo santacrucero; no en vano allí conocería al mentado Buenaventura Durruti con el que compartiría un memorable mitin en septiembre de 1932, cuando el peninsular finalizaba su ostracismo majorero. Experimentará así, procesualmente, la unión primera y el distanciamiento posterior entre el proletariado tinerfeño y el régimen republicano, y en consecuencia estará en la mayoría de los remolinos de las múltiples y diversas huelgas, como la ardiente de los Inquilinos. Todo ello lo adentra repetidamente en el calabozo, a veces por el "interés general" institucional o al ser "individuo conocido por sus aportaciones societarias", como solía pasar también en el en ocasiones idealizado sin matices régimen republicano. Lo mismo que para el suceso del tranvía de Gracia, cuando sin base cierta fue envainado a la acción de los anarquistas. Tras la venida del Golpe ilegal franquista estuvo en una prisión flotante y formará parte de los enviados a Villa Cisneros. Con inminencia, y al pertenecer a la siempre sospechosa CNT, lo juzgarían por la reunión de resistencia antifranquista de Los Campitos, donde es certeza que no estuvo (en este instante Giráldez testimonia acerca de tres desconocidos majoreros fusilados por esta misma causa, una evidente muestra de los seductores excursos que mencionábamos). Fyffes, Gando, Cádiz, Madrid y Toledo serán sus pasos como recluso hasta finales de 1943, y ello a causa de una arbitraria y venenosa presunción de culpabilidad (al decir de García Luis).

 

 

Al regresar, con libertad vigilada y La Oliva tomada por militares tras la sombra de la Segunda Guerra Mundial, seguiría hablando, en más o menos confianza, de las experiencias tinerfeñas. Su espíritu rebelde y sin rencores aparentes, desprendido del dinero, se preocupó en todo ese tiempo por aumentar los conocimientos. En 1950 se trasladaría a Puerto de Cabras y su kiosco será lugar de encuentro y tertulia, además de proveedor de los mejores y en mucho tiempo únicos dulces de la isla. Precisamente allí, en 1962, Antonio Espinosa acogerá con complicidad a los desterrados peninsulares por el Contubernio de Munich que promulgaba los valores democráticos. Y en este propio cauce de entregas humanas se constituiría en un aférrimo defensor de la cultura popular naturalmente interiorizada desde la cuna en un trabajo continuado de rescate, conservación y fomento: creará el grupo El Típico, que luego derivaría en la AF La Oliva (contribuyó, sobre todo, al conocimiento del toque musical de lapas); y además tuvo como pasión la lucha canaria (participó, por ejemplo, en la creación del primer club insular: el Calero Fajardo). No obstante, sería más que nada conocido por sus décadas accionando el oficio de dulcero, parece que aprendido en La Granadina santacrucera y posteriormente perfeccionado por su cuenta. La falta de avaricia, su bondad y generosidad, amén del gusto de sus obras culinarias, le generaron una clientela fija que estrechaba toda la sedienta realidad insular ("en casi todas las casas de Fuerteventura hay una foto con una tarta de Antoñito", se dice): montañitas, lengüitas, submarinos, pezuñas, piononos o los propios antoñitos fueron y son los apellidos de algunas de sus exquisitas elaboraciones.

 

Un toque de amargor. Esta biografía última lleva como pórtico el conocido poema de Brecht "Preguntas de un obrero que lee", y soporta la idea que cree que cada uno de los humanos es significativo en la historia, por lo que la utópica pretensión de biografiarlos a todos contribuiría sobremanera al conocimiento. Sin embargo, hay que elegir, y la inclinación recurrente ha sido la de hablar de las pulsaciones de figuras cercanas al poder. Casos como el que toca hoy cambian altamente la cara del sometido desnivel, dando voz a quien menos la ha tenido; mas, y a pesar de sus valías, cuestionamos: ¿de algún modo no fomentamos una mitologización del biografiado en tanto que convertido ahora mayormente, con el libro, en conocido y alabado dulcero anarquista? Tendría que pensarse hasta qué punto el investigador-escritor, o propiamente el lector, empujan consciente o inconscientemente con su escritura o lectura más o menos hacia esa tentación de endiosamiento –si lo fuera– de una persona que, por otro lado, posee el nombre de una calle en Puerto del Rosario y una gran estima de la mayoría de quienes lo trataron. En la misma línea desestabilizadora pondríamos frente a esta celebrada narración la falta de una más clara manifestación en torno a los huecos y las carencias que todo historiar implica (y toda síntesis, como la nuestra es), ese hacer visible la insuficiencia, lo que –como esforzados indagadores– nunca pudimos penetrar o lo que, sin haber pasado por nuestra cabeza, automáticamente apartamos hasta la inexistencia pero que, en la vida contada, conformó al ser humano testimoniado. No hacer explícito con rotundidad este vano constitutivo que limita e instaura finitud nos aleja –creemos– del deseado horizonte justo de la comprensión, nos aparta aún más del sabor carnal de los dulces del recuerdo de Antoñito, aquellos que Carmen Delia León García (las manos vivas que continúan con la labor repostera del protagonista) transmite que a veces piden algunas personas, en un afán de rememorar del tirón toda su vida, como última voluntad para el instante de la muerte. Porque así como la memoria vehicula su visible piel despierta, también contiene la lengua del gusto intraducible que imposibilita la totalidad del saber. Y de ello, además, habrá de dar cuenta como pueda la expresión.

 

 

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