Revista nº 706
ISSN 1885-6039

Rincones del Atlántico, arquitectura, paisaje y... ley del suelo.

Miércoles, 02 de Noviembre de 2016
Faustino García Márquez
Publicado en el número 651

Texto de la intervención del arquitecto Faustino García Márquez en la presentación del tomo III de Arquitectura y Paisaje, de la revista Rincones del Atlántico, en las XII Jornadas de Patrimonio Histórico de Agüimes (Gran Canaria) el pasado 13 de octubre.

 

 

Prólogo: de cuando caminaba. La primera vez que supe de Rincones del Atlántico fue por boca de un compañero de veredas, del grupo de caminantes de cada sábado, que me habló de una extraña y hermosa publicación, medio revista, medio libro, que trataba de Canarias, de su arquitectura, etnografía y paisaje, de su flora y fauna, de la agricultura ecológica y el arte, y que te llenaba los ojos de imágenes y grabados perfectamente editados.

 

Yo desconfiaba bastante de las llamadas publicaciones culturales. Mis referencias eran, por un lado, las revistas de arquitectura, que nos servían durante la carrera para aprobar la asignatura de Proyectos, disfrazándonos cada año con la tendencia que más le gustaba al profesor de turno, pero cuyos textos, por lo general, eran bastante indigeribles. Mi otra referencia eran las revistas de cultura-cultura, de interminables artículos llenos de letras e ideas, tan ilegibles como ásperos de ver y sin una mala imagen que llevarse a los ojos, salvo algún grabado desabrido.

 

Pero me picó la curiosidad y la rareza de una revista canaria, especie en extinción donde las haya, así que la busqué y la encontré, finalmente, en el estanco de la estación de guaguas de San Telmo. El viaje en el coche de hora se me fue en un singuido, hojeando tremenda maravilla. Desde entonces soy un adicto, lo confieso: me llamo Faustino García Márquez y soy adicto a Rincones del Atlántico. Cada año espero la aparición de un nuevo número, que cada año supera en interés y en volumen al anterior. Y tengo que reconocer que los he utilizado con el pecaminoso propósito de conocer, de aprender pero, sobre todo, de disfrutar, porque una y otra cosa van juntas.

 

El conocimiento no es poder, como dicen, ni tampoco es la acumulación interminable de nombres, fechas, cifras y palabras con que nos atiborraron durante nuestros años de aprendizaje. En los tiempos de internet, google y wikipedia, los datos están al alcance de cualquiera; lo que no está al alcance de cualquiera es la utilización del conocimiento para estimular nuestra memoria, provocar nuestro placer y articular nuestra defensa. Y estas son los tres aspectos sobre los que querría hablarles esta noche, tres de las facetas más destacables, en mi opinión, de la labor de Rincones del Atlántico y del héroe casi mitológico que sostiene sus columnas, Daniel Fernández.

 

1. La memoria. El primer aspecto que tengo que señalar, antes de que se me olvide, es la memoria. La vejez, que es tan avara con la memoria inmediata, es generosa, a ratos, con los recuerdos lejanos.  Nos olvidamos de lo que íbamos a hacer en el cuarto de al lado y tenemos que volver atrás para intentar capturar de nuevo la intención que nos movía, pero a cambio una y otra vez nos asalta de repente un olor olvidado, un sabor perdido, una imagen borrada de nuestra infancia o adolescencia que andaba enterrada en cualquiera sabe qué circunvolución cerebral, y se soltó, de golpe, porque un oscuro resorte la puso en movimiento. Y la lectura es, junto con la música, el resorte que con mayor frecuencia desata los nudos de la memoria; el mejor detonante para hacer explotar recuerdos y sensaciones perdidos, de cuya existencia no guardábamos la menor referencia consciente. Y para eso he usado Rincones, una y otra vez, sin el menor dolor de corazón ni propósito de enmienda.

 

Ni la televisión ni el cine dejan espacio ni tiempo para pensar, con la rápida sucesión de imágenes o diálogos; pero la lectura se puede programar, te permite pararte e incluso, aunque sigas leyendo, le permite a la memoria separarse de los ojos y enredarte, sin apenas sentirlo, en un recuerdo desencadenado. Solo al rato te das cuenta de que has estado leyendo mecánicamente, sin que una sola palabra de las que miraste haya llegado a tu cerebro, y que tienes que volver atrás uno o dos párrafos, o una o dos páginas, y recuperar el hilo de la lectura lúcida. Pero nadie te quitará el placer del viaje a la memoria que el libro te ayudó a realizar y que te volverá a ofrecer una docena de páginas más adelante.

 

 

2. El disfrute. Y este es el segundo elemento que quería abordar, el del disfrute, la felicidad, el goce del conocimiento. Aprendiendo a hablar accedemos a la necesidad y el placer de la comunicación personal; saber leer nos conduce al paraíso de la literatura; conocer el arte nos acerca más a la belleza de un cuadro; entender una partitura nos permite apreciar y saborear mejor lo que oímos o incluso crear nuestros propios sonidos o colaborar con otros en la creación colectiva de una rondalla, una orquesta o un grupo de rap. Da igual: el conocimiento es luz y es placer.

 

Pero a nosotros, los niños de la posguerra, de dos o tres posguerras, no nos educaron en la luz y el placer sino en la oscuridad y el arrepentimiento. Nos enseñaron a leer, menos mal, pero mis primeras lecturas escolares fueron fragmentos del Quijote, no adaptado para niños sino en el español del siglo XVI; me costó más de 50 años acercarme de nuevo al Quijote y leerlo y disfrutarlo en toda su plenitud. Nadie nos enseñó a leer partituras musicales, y me convirtieron en un amante analfabeto de sus armonías; ni la enseñanza del arte pasó nunca de la historia, de la simple memorización de nombres, fechas y obras. Por supuesto, a nadie se le pasó por la cabeza enseñarnos a entender nuestro territorio, un territorio que para nosotros ni siquiera existía, fuera de los escasos paseos familiares y de las raras excursiones escolares.

 

Nos sabíamos todos y cada uno de los afluentes del Duero por la derecha y por la izquierda y en Preu tuvimos que estudiarnos los pantanos españoles, con sus localizaciones, cuencas y capacidades; pero no conocíamos las presas de Gran Canaria ni los sucesivos nombres que va teniendo un barranco desde que nace en la cumbre hasta que llega a la marea.

 

Comprender el territorio es, quizá, la más valiosa síntesis de conocimiento que nos aporta Rincones, a través de la confluencia de visiones, desde diferentes autores y perspectivas, sobre las formas, las sociedades, los hechos, las construcciones, las costumbres y los procesos naturales o económicos que se suceden sobre ese territorio.

 

Conocer el territorio nos permite entender el lugar escogido para una ciudad o una casa y la manera en que una y otra fueron creciendo; la forma de una ventana o la razón de una calle curva; la orientación de un patio o la situación de una araucaria marcando el lugar de una hacienda; el origen y el modo en que llegaba el agua a una fuente o a un cercado; el cultivo que podía darse en esta cadena o en aquel lomo; y el porqué del trazado de un camino. A partir de ahí, caminamos por calles y veredas de otra manera, recordando y apreciando significados, buscando nuevas perspectivas y relaciones, disfrutando aun más lo que contemplamos.

 

Entender el territorio nos permite descubrir, como si fueran nuevos, núcleos de población tan bellos como esta misma villa de Agüimes, San Juan o San Gregorio en Telde, pero también Temisas, Valsendero, Tejeda o Firgas, crecidos en respuesta a una circunstancias históricas y territoriales determinadas. O acercarnos a Vegueta, al más hermoso casco histórico colonial del Renacimiento, formado por una cuadrícula desigual pero armónicamente desarrollada a partir de tres líneas y una montaña: la línea del barranco, la línea del mar, la línea de la acequia casi horizontal, que venía desde la Vega de San José por la Calle de los Reyes, y la montaña de Santo Domingo, sobre la que se pliega la cuadrícula formando la hermosa charnela donde se construyó la fuente del Espíritu Santo, al lado de la plaza que reunía a los tres poderes de la isla, el real, el local y el religioso.

 

No caminamos igual por Guayadeque después de haber visitado su Centro de interpretación y de enterarnos quiénes vivieron y viven en el barranco, cómo usaron el agua y lucharon por ella, cómo guardaron el baile del pámpano roto, cuántos siglos siguieron labrando las cuevas y utilizando los gánigos y las esteras de junco fabricados hace mil años. Tampoco vemos los llanos de Aldea Blanca con los mismos ojos si sabemos que el uso de esas tierras fue el motivo por el que estalló el motín de 1719, cuando los ciudadanos arrinconaron al capitán general en su palacio de la plaza de Santa Ana y que hubiera terminado en matanza a cañonazos si no se llegan a interponer los curas en procesión y si no acaba reconociendo la corona que la razón y el derecho no los tenía el Conde, sino los habitantes de Agüimes.

 

3. La resistencia. Así llegamos al tercer aspecto del conocimiento que quería recorrer con ustedes esta noche, el de la resistencia y la defensa de los derechos. Si resulta imposible recordar lo que no se vivió, y es raro disfrutar de lo que no se conoce, aún más difícil es defender lo que no comprendemos.

 

Los niños vascos y navarros aprenden en la escuela a leer el territorio jugando y practicando con fotos aéreas y mapas y les enseñan a identificar accidentes geográficos, a orientarse mediante un plano, a ver lomos y barrancos impresos sobre una hoja de papel, a usar y entender fotos y mapas como lo que son: libros del territorio, representaciones necesarias para comprender y disfrutar de su país.

 

Y a nosotros y a nuestros niños, que vivimos sobre un territorio excepcional, nadie nos enseñó ni les enseña a conocerlo, salvo que tengamos la enorme suerte de poder caminar con quienes lo conocen. De nuevo somos amantes analfabetos de lo que quizá los canarios apreciamos más intensamente: nuestra propia tierra.

 

Tenemos una vaga idea de que este territorio nuestro es el soporte de una de las mayores y más peculiares concentraciones de biodiversidad del Planeta, de que alrededor nuestro habitan 22 712 especies, el 70% de ellas terrestres, de las que 3760 son especies silvestres endémicas, que viven exclusivamente en el Archipiélago.

 

Algo sabemos también de la importancia de este territorio nuestro como soporte del desarrollo económico de las Islas, a través de la exportación de nuestros productos agrícolas de consumo europeo, primero, y por medio de la importación de consumidores europeos de nuestros productos climáticos y paisajísticos, ahora. Porque  somos islas, con sol y playas y evocaciones de piratas y batallas, islas moderadamente exóticas y domesticadamente europeas, aptas para vacaciones familiares; porque somos islas africanas subtropicales refrescadas por el alisio y situadas a tiro de reactor de bajo coste respecto del centro de Europa y porque tenemos una flora y una geología y un paisaje propios. En resumen, porque nuestro territorio es insular y africano y biodiverso y volcánico. Porque es hermoso y único.

 

Pero el mayor valor de este territorio que habitamos es cultural y social. Los canarios somos conscientes de que tenemos una forma propia de hablar el español, pero no una lengua, aunque conservemos algunas palabras y bastantes nombres que los indígenas dieron, en su lengua tamazigh, a un montón de sitios, matos y bichos; que tenemos una arquitectura tradicional importada de España y Portugal, pero crecida aquí, con materiales nuestros y alejada de la evolución de los modelos originales en la remota Península. Las certezas nuestras y solo nuestras que nos quedan son los indígenas, y este territorio, este archipiélago en cuyo paisaje nos sentimos reflejados, identificados.

 

Y si nosotros mismos no nos enseñamos a leerlo y comprenderlo, no solo nos estamos robando una parte de nuestra alma, de nuestra identidad y de nuestra capacidad de amarlo y disfrutar plenamente de él, sino que nos estamos impidiendo entender las normas que lo protegen o lo desprotegen, las leyes que permiten conservarlo o destrozarlo. Nos estamos incapacitando para defenderlo.

 

Acaba de aparecer una legislación que convierte nuestro territorio, nuestro principal y esencial recurso natural, en un mero objeto económico de compra, venta, construcción y urbanización, para que los mismos que se enriquecieron con la reforma laboral y la pobreza de miles de personas, puedan enriquecerse aún más con la reforma territorial y la destrucción del patrimonio de todos. Una legislación que pone en peligro el paisaje y la productividad alimentaria, que aumentará la desigualdad entre las personas y los territorios y que deja a cargo de su defensa a la administración más débil y con menor capacidad de respuesta, los municipios. Y la mayor parte de la población, lógicamente, es incapaz de entender esa complicada legislación que afecta a un territorio complejo, no le es posible imaginar el daño irreversible que pueden desencadenar esas leyes y mucho menos movilizarse en su defensa.

 

 

Epílogo esperanzado y defensa obligada. Y aquí termino, como en las películas por jornadas de nuestra lejana infancia, en el preciso momento en que se ciernen amenazas sobre el Látigo Negro o Fumanchú o nuestro querido territorio, pero también cuando está amaneciendo un tiempo nuevo, una nueva capacidad de conocimiento y resistencia social. Una época que necesita y reclama la acción de Daniel en Rincones, imprescindible para alumbrar iniciativas y nuevas propuestas para un futuro mejor, como las que quiere reunir en el próximo número de la revista.

 

Para hacer posible económicamente esta aventura son también indispensables nuestra colaboración y nuestro trabajo individual y colectivo. Y lo lograremos con el simple gesto de adquirir los tesoros que ya ha producido, como este número 9 dedicado a la Arquitectura rural tradicional de Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote, y de colaborar en la financiación de los que va a seguir produciendo.

 

A cambio de tan poco, Rincones del Atlántico nos dará conocimiento para entender, comprender y disfrutar, pero también armas racionales para poder organizar la resistencia, para poder amotinarnos cívicamente, acorralar y derrotar las fuerzas oscuras, para poder evitar el daño a nuestro patrimonio común, para poder defender nuestros derechos y, sobre todo, los derechos de quienes no pueden defenderse, los derechos de las generaciones futuras, que son las únicas propietarias de nuestro territorio y para ellos tenemos la obligación de amar y cuidar esta tierra.

 

Agüimes, 13.10.2016

 

 

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