Revista nº 681
ISSN 1885-6039

El pintor Manuel Martín González.

Jueves, 16 de Junio de 2016
Redacción BienMeSabe
Publicado en el número 631

Entre 1946 y 1947, con su caballete plegable, su paleta, manta para dormir, comida, agua y algún que otro libro, se lanzó a cumplir su antiguo deseo de recorrer de nuevo cada palmo del archipiélago canario. Desde Haría y el Mirador de La Batería del Río en Lanzarote, hasta la Punta de Orchilla en la isla de El Hierro.

 

 

Nació el que sería su gran pintor en Guía de Isora (Tenerife), municipio caracterizado por la actividad agrícola y por la constante emigración de sus vecinos a tierras hispanoamericanas, preferentemente a Cuba y Venezuela. Vio la primera luz en Guisios el catorce de junio último; púsele por nombre Manuel, según indica el párroco cuando lo bautiza en la iglesia de Nuestra Señora de la Luz el 4 de julio de 1905; eran sus padres don Manuel Martín Alonso y doña María de la Concepción González, habiendo actuado como padrino don José Morales Vargas.

 

Precisamente el enclave natal de Los Guicios sería pintado años después por él en un cuadro que hoy se encuentra colgado en la Sala de Exposiciones que lleva su nombre en la Casa de la Cultura de Guía de Isora. Era un medio social humilde, pero casi todos los hermanos se abrieron camino en profesiones liberales. Su padre contaba con algunas propiedades agrícolas y un taller de zapatero; cabe pensar que hubiera aprendido ese oficio en el obrador que contemplara la viajera inglesa Olivia S. Stone el 18 de septiembre de 1883, cuando visita el pueblo y describe sus impresiones: Las tiendas solo contienen productos de primera necesidad, necesidad inequívoca de que el dinero no sobra. Sus existencias son muy comunes. En una compramos lino, platos de metal, velas, muselina, café, pan y verduras. En una ventana que pasamos había un zapatero leyendo un libro grueso, el primero que he visto. Esta afición por los libros también se manifestaría en el pintor, ya adulto.

 

Geográficamente, la comarca SW de Tenerife y concretamente el municipio de Guía de Isora, cuenta con las características del típico paisaje isleño, volcánico y áspero, surcado por profundos barrancos y todo ello presidido majestuosamente por el cercano Pico Viejo-Teide. La retina de Martín González y su sensibilidad artística quedarán definitivamente condicionadas por los rasgos del lugar que le vio nacer.

 

 

Cuando contaba con cinco años, ingresó en la escuela pública de Guía. Allí aprendió las primeras letras y emborronó con “garabatos” sus primeros libros de texto, siendo estimulado por el maestro según narraría él mismo en entrevistas. Luego continuó dibujando y pintando con los medios que tenía a su alcance, según su relato, casi siempre cochinilla y jugo de flores y hierbas, manchando todos los papeles que caían en mis manos. Por lo demás, las paredes de mi casa tenían que ser blanqueadas con cierta frecuencia, lo que me costó muchos disgustos. En estos años de infancia y a medida que fueron reconociendo y apreciando sus dotes artísticas, le encargaban en el pueblo, sobre todo con motivo de las fiestas, decorados para las representaciones teatrales, para escenarios florales, para manifestaciones musicales, que el solucionaba a base de cartones pintados, cintas coloreadas, papeles primorosamente ensamblados, etc. Cuando contaba trece años sus padres, a pesar de sus modestos medios de vida, lo enviaron a La Laguna para recibir enseñanza del escultor Germán Compañ, marchando después a Santa Cruz de Tenerife, donde recibió clases del pintor Teodomiro Robayna. Posiblemente esa elección refleja el gran respeto que existía en Guía hacia el nombre de Gumersindo Robayna (1829-1898), autor del Cuadro de Ánimas conservado en la iglesia de Ntra. Sra. de La Luz.

 

En los periodos de vacaciones seguía acudiendo a su Guía natal, donde le gustaba hacer largas marchas en continuo reconocimiento del paisaje que desde niño le atormentara. Con la preparación técnica adquirida, ya pudo entonces plasmar en lienzo algunos parajes visitados, así como rincones del propio pueblo.

 

Cuando cumple los dieciséis años, cesan sus estudios de pintura en la academia de Robayna y la necesidad de un medio de vida le lleva a buscar trabajo en algo relacionado con la única actividad que conocía, y lo logró en la empresa litográfica que fundara en 1880 en Santa Cruz el dibujante y grabador Ángel Romero Tardido. Allí conoció y aprendió los secretos del dibujo en piedra, del grabado al aguafuerte, de la estampación, etc., técnicas que le serían muy útiles no solo para su formación personal, sino como futuro medio de vida en tierras americanas.

 

En 1923 decide embarcar a Cuba, a la aventura y amparado en su experiencia laboral trabaja como dibujante publicitario para algunas revistas y periódicos locales y como él mismo relatara: Hice de todo: pinté vallas anunciadoras, trabajé en litografías, dibujé en periódicos y revistas y fui director artístico de una gran casa de modas. Cuando el propio Martín González se refiere a la Gran Casa de modas, habla de La Casa Grande, unos grandes almacenes ubicados en un importante edificio de las vías de San Galiano y San Rafael, en La Habana. Muchos de los dibujos realizados en esa etapa de director artístico de La Casa Grande se exponen en la sala Museo que el Ayuntamiento de Guía de Isora dedica a su pintor más reconocido y constituyen, sin duda, la muestra viva de una faceta desconocida hasta tiempos relativamente recientes de la creación artística de Manuel Martín González, hasta el punto de sorprender enormemente a los estudiosos de su pintura. En estos dibujos publicitarios, el artista hace gala de un trazo firme, que en ocasiones colorea con tonos suaves al gusto del modernismo, aunque no faltan tonos cálidos, pues ha de esmerarse para que el ocasional espectador quede atrapado visualmente por su mensaje y psicológicamente se preste a recibir el mensaje comercial de modo positivo.

 

Poco después de la proclamación de la Segunda República en España, portadora de los aires renovadores que con tanta ansiedad reclamaba el país, y un mes escaso desde su matrimonio con la que fuera su eterna compañera, Pilar, hija de Antonio Ramón, oriundo de Castellón de la Plana, y de Agustina Mesa, nacida en la isla de La Palma, Martín González se marcó el firme propósito de cumplir su obsesiva idea de regresar a Tenerife. En febrero de 1932, tras casi diez años de ausencia para el pintor, llegaron a Tenerife, partiendo directamente hacia Guía de Isora. El matrimonio se instaló en una vieja casa propiedad de los abuelos del pintor, convenientemente remodelada. En ella tuvo Martín González su primer estudio formal. A través del ventanal podía contemplar la isla de La Gomera que cada tarde ocultaba el sol en un espléndido espectáculo y, por el lado opuesto, siempre tenía a su alcance de su vista el Pico Viejo, tan cercano al Teide.

 

A los pocos meses de su regreso fue el gran acuarelista Francisco Bonnín quien se interesó por la obra de este gran pintor del Suroeste, preocupándose de que se diera a conocer entre sus paisanos. Como presidente del Círculo de Bellas Artes, invitó a Martín González a participar en la 4.ª Exposición de Pintura y Escultura de Artistas Canarios, que se celebró entre los días 18 y 31 de diciembre de 1932. En esta exposición presentaron obras el propio Bonnín, Pedro de Guezala, Francisco Borges, Fariña,... y ello supuso su primer encuentro con uno de los organismos que lo catapultó al éxito profesional.

 

En 1942, Manuel Martín traslada su domicilio a Santa Cruz, lo que le supuso el contacto directo y asiduo con los ambientes artísticos insulares y regionales. En abril de 1942, envía por primera vez sus lienzos a la vecina Gran Canaria para una exposición de Bellas Artes celebrada en el Gabinete Literario de Las Palmas. Meses más tarde, en diciembre del mismo año, se celebra en el Museo de Arte Moderno de Madrid una exposición de artistas tinerfeños patrocinada por la Dirección General de Bellas Artes y el Cabildo Insular de Tenerife. La prensa madrileña se hace eco de las palabras del crítico Rodríguez Filloy acerca del pintor isorano: No solo intérprete fidedigno del paisaje tinerfeño, sino también un buen pintor... esperamos dadas las facultades del pintor, grandes cosas a partir del paisaje Aldea de Chirche. Precisamente otro diario madrileño informaba de la compra de este cuadro por parte del ministro de Educación Nacional para el Museo de Arte Moderno, por importe de diez mil pesetas.

 

 

Entre 1946 y 1947, con la única compañía de su caballete plegable, su paleta, manta para dormir, comida, agua y algún que otro libro, se lanzó a cumplir su antiguo deseo de recorrer de nuevo cada palmo del archipiélago canario, de una manera más profunda y pausada que en los meses anteriores a la Guerra Civil. Desde Haría y el Mirador de La Batería del Río en Lanzarote, hasta la Punta de Orchilla en la isla del Hierro, en sus bocetos quedaron reflejados lugares costeros y de tierra adentro. Su paleta descubrió la desértica Fuerteventura, además de los Islotes del Norte de la volcánica Lanzarote; el impresionante interior de Gran Canaria con sus asomadas marítimas y sus dunas sureñas; los primitivos y vírgenes barrancos y palmerales gomeros; la inmensa Caldera de La Palma, sin olvidar los negros parajes originados por las recientes erupciones volcánicas; el valle del Golfo de El Hierro desde los legendarios Roques de Salmor hasta Sabinosa y desde El Pinar hasta el Mar de las Calmas.

 

Algunos magníficos ejemplos de la producción de Manuel Martín González pueden contemplarse en lugares públicos de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria. Uno de los primeros encargos de esta índole fue el realizado en 1948 por el entonces recién inaugurado Bar Atlántico, lugar de obligada visita del turismo marítimo tinerfeño por su ubicación en la salida del puerto santacrucero. Las impresionantes dimensiones del lienzo y su majestuosa temática, El Teide y Los Azulejos, no le han permitido pasar desapercibido ni entonces ni ahora. La favorable acogida que tuvo esta magnífica obra dio pie al encargo de uno de sus más prestigiosos conjuntos, los cinco lienzos de gran formato que adornan uno de los salones del Hotel Mencey, el Salón Martín González, cuya entrega tuvo lugar en marzo de 1950. El conjunto fue valorado en cien mil pesetas.

 

Continúan los encargos y exposiciones en su tierra natal: en 1956 con motivo de la coronación de la Virgen de la Luz, en 1957 en el Casino de Santa Cruz de Tenerife, en 1959 en París junto a otros artistas canarios de reconocido prestigio, y a finales de esta década, en 1959, es escogido por el Obispo Nivariense D. Domingo Pérez Cáceres para, junto a José Aguiar, contribuir con su arte en la Basílica de Candelaria, realizando nuestro pintor dos grandes lienzos que ocupan los pies de las dos naves laterales de la basílica. Se trata de dos paisajes representativos de los parajes del Sur de Tenerife, a través de los cuales, según la tradición, arribó la Virgen a la isla y fue conducida por los guanches hasta la morada del mencey.

 

A lo largo de su dilatada carrera, llega a pintar más de siete mil telas que se reparten por toda la geografía regional y por el territorio nacional e internacional y recibe reconocimientos como: Hijo Predilecto del Municipio de Guía de Isora en septiembre de 1951, miembro de número del Instituto de Estudios Canarios en 1952, Presidente de la Sección de Pintura del Círculo de Bellas Artes en 1963, Académico Correspondiente de la Academia de Artes y Ciencias de San Juan de Puerto Rico 1971, etc.

 

En su pueblo natal de Guía de Isora, una céntrica calle del casco histórico lleva su nombre al igual que el Instituto de Enseñanza Secundaria y en la Casa de la Cultura. El Ayuntamiento Isorano mantiene una Sala Museo con obras de su pintor más universal.

 

 

Este texto fue publicado previamente en el Programa de Fiestas de Guía de Isora 2015.

 

 

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