Revista nº 798
ISSN 1885-6039

Escenario para un tiempo. (y II)

Jueves, 14 de Julio de 2016
Fátima Hernández Martín
Publicado en el número 635

Fueron los moluscos los que causaron más impacto a los pobladores a tenor de la ingente cantidad de conchas en los llamados concheros, producto de esa alimentación complementaria (no principal) que sostenían a base de lapas, fundamentalmente, así como otras especies.

 

 

 

(Viene de aquí)

 

 

Pero ¿qué les era realmente útil de la zona costera? Para intentar responder hay que tener en cuenta que el aprovechamiento y consumo de los recursos marinos (peces, moluscos y crustáceos) -en la época aborigen- queda constatado por los restos que aparecen en lugares de habitación, concheros y yacimientos funerarios, ya sea como desechos alimenticios o bien por su transformación en diversas manufacturas. Según algunos expertos consultados (Rodríguez & Martín, 2009), el consumo de dichos productos de origen marino se realizaba de manera selectiva, siendo considerados como complemento de la dieta más que elemento básico de la misma. La ingesta de mariscos y peces era algo más importante en la zona costera y solo testimonial en medianías. Los métodos de pesca eran diversos: anzuelos de diferente tamaño y morfología, realizados con cuernos de cabra, hueso y concha marina. Según las crónicas, usaron redes de captura elaboradas a partir de especies vegetales resistentes y flexibles, caso de juncos (Scypus sp. Juncus sp.), eneas (Typha sp) y palmeras (Phoenix sp.). También construirían nasas y corrales, a modo de empalizadas, para apresar o retener invertebrados y vertebrados de charcos. Asimismo, la captura de peces podía llevarse a cabo a golpes o aturdiéndolos mediante látex, secreción de aspecto lechoso, procedente de cardones  y tabaibas muy abundantes en Canarias. La bibliografía consultada señala varias especies de peces, crustáceos, moluscos y equinodermos cuyos restos, presentes en forma de huesos, espinas, impresiones o caparazones, se hallan en los yacimientos y ponen de manifiesto el interés que el aborigen mostraba hacia ellos y no solo como fuente de alimentación, también para fabricar diversos utensilios, algunos como ornato. Entre estas especies cabe destacar: viejas, morenas, sargos, agujas, bocinegros, salemas, galanas, rascacios, meros, abadejos, cabrillas, pejerreyes, romeros, bogas, palometas, sardinas, caballas, bicudas, besugos o pejeverdes… En relación a crustáceos, el cangrejo rojo (Grapsus adscensionis) tendría una captura -deducimos- sencilla, a tenor de los amplios periodos de insolación que estos organismos gustan disfrutar fuera del agua. También sacabocados (Chthamalus sp.) y clacas, así como erizos regulares (géneros ParacentrotusArbacia o Spahaerechinus) más fácilmente observables que los enterrados en arena o fango (Brissus sp.).

 

Es extraño la ausencia en yacimientos (hasta el momento) de restos de Anguilla anguilla, especie hoy en día considerada “vulnerable” toda vez que sabemos que dadas las condiciones climáticas, un grado o dos de temperatura ambiental menos que en la actualidad por esa época, según trabajos de predicción de Moberg (2005), According to our reconstruction, high temperatures - similar to those observed in the twentieth century before 1990- occurred around AD 1000 to 1100, and minimum temperatures that are about 0.7K below the average of 1961-90 occurred around AD 1600 … y con los cauces de barrancos rebosantes de agua -al menos algunos- debidos a probables e intensas lluvias, no sería de extrañar la presencia en dichos cauces de estos curiosos peces, cuyas larvas realizan enigmáticos viajes que las vinculan con el lejano Mar de los Sargazos, allá en el Atlántico  Central.

 

Pero, sin duda, fueron los moluscos los que causaron más impacto a los pobladores a tenor de la ingente cantidad de conchas en los llamados concheros, auténticas acumulaciones de restos, producto de esa alimentación complementaria (no principal) que sostenían a base de lapas, fundamentalmente, así como otras especies. El elevadísimo número de ejemplares permite imaginar la biomasa digamos explosiva que poblaría charcos, acantilados, playas de callaos y toda suerte de fondos, en aquellos momentos en Canarias. Lapas, orejas de mar, burgados, ostrones, bucios, conos… por citar solo algunos de los invertebrados más característicos de la biota actual, también registrados en los yacimientos (Rodríguez & Martín, op. cit.). Muchas de estas especies se hallan en la actualidad, por exceso de marisqueo, con poblaciones reducidas y son objeto de regulación marisquera (Ramírez Cañada, 2012).

 

Bocinegro (Fuente: CanariWiki)

 

En el caso de otro grupo de moluscos, los cefalópodos, el planteamiento sería diferente, ya que por sus características (delicada consistencia del tegumento) es difícil que sus restos llegaran hasta la actualidad. Lo que sí es evidente es que algunas de las grandes piezas, calamares gigantes (Architheutis dux) que hoy sabemos habitantes de las profundidades del Archipiélago, a partir de mil metros de profundidad, aparecerían muertos (completos o fragmentados) en las playas, causando quizá cierta fobia  por el profundo olor a amoniaco que estos animales desprenden, debido a la elevada concentración de urea en sus cuerpos.

 

También nos llama la atención la casi ausencia de restos relacionados con las tortugas marinas. Algunas especies (Caretta caretta, Dermochelys coriacea, Lepidochelys kempi, Eretmochelys imbricataChelonia mydas y la rara Lepidochelys olivacea de afinidades tropicales) que suelen transitar por nuestras aguas (hoy en día protegidas por estrictos convenios internacionales) tuvieron que ser también muy frecuentes y abundantes en épocas pasadas y haber causado interés al aborigen. Su presencia ha quedado señalada, según algunos autores, bajo la forma de dibujos en piedra, como los hallados en La Pedrera, Punta del Hidalgo (del Arco Aguilar, 1999).

 

Otro aspecto interesante es la foca monje (Monachus monachus), mamífero acuático cuyas poblaciones fueron especialmente abundantes en siglos pasados en toda la cuenca del Mediterráneo, Mar Negro e islas macaronésicas, estando en la actualidad relegadas a una pequeña colonia en Islotes de Desertas (Portugal), así como a algunos ejemplares (en torno a 200) en Cabo Blanco (litoral africano). En el siglo XV, incluso en etapas anteriores, cabe suponer la abundancia de estos animales en las islas orientales, tal y como ha quedado reflejado en las crónicas de Le Canarien, en relación a las aventura de Gadifer y algunos de sus hombres en la isla de Lobos. En la actualidad la especie se halla en peligro crítico (UICN) y no son pocos los intentos por reintroducirlas que conllevan serios problemas, dadas las condiciones de sus primitivos hábitats transformados en la actualidad y afectados por sobrepesca, utilización del litoral, contaminación...

 

Respecto a otros mamíferos, como los cetáceos, tenemos constancia de su presencia en yacimientos (dientes de cachalote en una cueva en La Palma, así como otro diente usado en ornamentación, hallado en Lanzarote) (Martín Oval, comunicación personal). Recordemos que ya Plinio el Viejo hablaba de Canarias como estas islas están infestadas de animales en putrefacción, que son arrojados allí constantemente… (Historia Natural, Libros III-VI). Animales que por sus gigantescas proporciones, en siglos pasados, causaban temor a marinos, navegantes o aventureros, eran identificados con peligrosos monstruos marinos (Leviatanes) y duramente cazados a la búsqueda de carne, aceite y, lo más importante en el caso del cachalote (Physether macrocephalus), ámbar gris. Esta sustancia, vomitada como respuesta a digestiones pesadas, después de procesos de oxidación se convierte en un producto que ha tenido mucho uso y valor desde la antigüedad, en especial en el mundo de la perfumería (como fijador de esencias). Respecto a cetáceos en Canarias otrora, la abundancia y cercanía a la orilla de algunos de estos animales viene corroborada en el trabajo de Santana Pérez (2011) que versa sobre los intentos -fracasados- de actividad ballenera en Canarias en la segunda mitad del siglo XVIII, señalando la aproximación de algunos ejemplares a la costa donde, refiere el autor, podían matarse con facilidad. Sobre la frecuencia y abundancia de cetáceos da prueba también Viera y Clavijo, en cuyo diccionario en relación al término ballena puede leerse…en mayo de 1747 amanecieron en el Puerto de la Luz de Canaria otros treinta y siete animales cetáceos de ambos sexos, todos ya muertos, de los cuales se sacó mucha grasa. En 1750, aportó una ballena en las inmediaciones de Garachico de Tenerife. Y en 1796, se recogieron en arrecife de Lanzarote más de treinta cachalotes de que se aprovecharon del modo que pudieron aquellos vecinos… Dicho aprovechamiento incluyó también el mentado ámbar gris, cuya presencia (piedras encalladas en orilla de extraño aroma) ha dado nombre a algunas de las playas canarias (caso de Playa Lambra, La Graciosa). Probablemente, la abundancia de estas formaciones -con aspecto pétreo- llamase la atención, en especial por el olor dulzón que desprendían, tan diferente al del resto de los callaos o piedras a los que estaban habituados. Además, por la abundancia de poblaciones de cetáceos, cabe suponer que las piedras ambarinas serían frecuentes y muy codiciadas más tarde por su valor (siglo XVI).

 

Es lógico pensar que los aborígenes no estuvieran muy familiarizados con los corales, con su uso, tal y como ocurría para otras zonas geográficas, aunque sí dispusieran de algún fragmento arrancado que apareciera en la costa como consecuencia de grandes temporales marítimos. De acuerdo con Rossi (2011), en el Mediterráneo la pesca de coral, que empieza de manera intensiva a partir de los siglos X-XIII hasta el XVI, constituyó una fuente importantísima de comercio en la época. En el caso de Canarias, los amplios bancos del abundante coral canario (Dendrophyllia ramea) se hallan (estarían) en fondos entre 60 y 120 metros de profundidad, pero carece de valor comercial.

 

No podemos olvidar, además, que el aborigen sufriría determinados fenómenos, siendo los más destacados: lluvias torrenciales, sequías, vientos fuertes, olas de calor y llegada de polvo sahariano. Se verían afectados en otoño por virulentos temporales con la llegada de borrascas atlánticas, especialmente del SO que, transitando rápidamente, se alejarían dando lugar a fuertes episodios de vientos de dicho cuadrante. Sin embargo, es lógico pensar que también sufrieran los de dirección S-SE, especialmente dañinos para los que habitaran zonas costeras al socaire de los vientos, aunque no muy habituales, caso del inesperado temporal que en enero de 2009 afectó el puerto de Santa Cruz de Tenerife, causando graves destrozos. Fenómenos que otrora provocarían cierto temor, al observar el intenso viento e impetuoso oleaje afectando la tranquilidad del enclave donde, por lo general, recolectaba o disfrutaba de los placeres de la orilla. Es relevante señalar el rastro que dejan las riadas y avenidas en la geomorfología, lo que demuestra que este tipo de fenómenos meteorológicos han sido una constante a escala del Archipiélago y algo normal en el clima de Canarias.

 

Concheros en La Gomera

 

Para épocas de antaño, sin datos numéricos disponibles, solo existen referencias importantes algo más tardías en el tiempo, relatadas en crónicas de viajeros e historiadores, documentos oficiales que aluden a las consecuencias de las precipitaciones torrenciales y violentos temporales. Hay constancia más reciente de este tipo de eventos de efectos catastróficos con daños severos y cuantiosas víctimas (Cola, 1986; Máyer, 2003b), para el siglo XVI (Marzol Jaén, 2002). Recordemos también el aluvión de 1645 que, con información escasa, parece ser que tuvo efectos devastadores con cientos de víctimas (Romero & Yanes, 1995) y, de manera especial, el temporal de noviembre de 1826, conocido como La tormenta de San Florencio, que afectó a todo el Archipiélago -sobre todo Tenerife-, cuyas precipitaciones originaron la muerte de centenares de personas (Quirantes, et al. 1993). Este aluvión, con innumerables referencias históricas, tuvo especial afectación en las zonas costeras. Mucho antes podríamos considerar las referencias que hizo el capitán Baudin a los lugareños del Puerto de la Cruz cuando, a bordo de La Belle Angélique (maltrecha por un huracán), se refugió en Tenerife y los isleños le relataron que una tormenta, coincidente en tiempo, se había dejado sentir con resultados igualmente catastróficos. Indudablemente, en época aborigen tuvieron similares fenómenos, que implicarían retrocesos hacia medianías o zonas altas hasta su desaparición, refugiándose los aborígenes en lugares protegidos.

 

Además, no es de extrañar que algunos temporales, como la reciente tormenta tropical Delta, ocurrieran entonces y se vieran afectados por vientos huracanados y lluvias torrenciales cuyo origen fuese alguna depresión tropical, desviada de su ruta hacia el Caribe, tal y como ha sucedido -en alguna ocasión- en la actualidad. No olvidemos que recientemente, 31 de julio de 2015, un huracán afectó las islas de Cabo Verde, hecho del que no se tenían registros desde 1892, más o menos coincidentes en tiempo con los primeros datos oficiales (1850) sobre estos fenómenos en el Atlántico (según responsables del National Hurricane Center, Miami).

 

Conclusiones. Partiendo de la hipótesis de que estaríamos hablando de un sistema en equilibrio, sin la influencia negativa que causa la acción antropogénica como en los tiempos actuales, en especial alterando la zona costera, cabría pensar en un ecosistema limpio, no contaminado, abundancia de especies, las actuales y algunas que han prácticamente desaparecido, una notable biomasa animal (prueba de ello son los concheros) y vegetal; presencia en charcos de adultos de peces y todo tipo de invertebrados que, debido al abuso de marisqueo, se han relegado a mayor profundidad o han disminuido sus poblaciones notablemente, siendo complejo visualizarlos más superficialmente en la actualidad.

 

De acuerdo con Brito et al. (2002, 2005) y Brito (2008), se constata, a partir de series temporales de datos, que el aumento de la temperatura del océano en el entorno de Canarias se está manifiestando con una serie de hechos. Por ejemplo la aparición de especies de origen meridional, incremento de poblaciones de especies nativas termófilas o  desaparición paulatina de las de origen septentrional, es decir, de afinidades por aguas más frías, así como cambios en la fenología (migraciones, épocas de crecimiento, duración de la fase larvaria…). Según Brito (2008), en los últimos cuarenta años el desplazamiento gradual de especies termófilas hacia el Norte y tropicalización de la biota se ha correlacionado (en el Atlántico) con el incremento de temperatura (Sttebbing et al., 2002; Perry et al., 2005).

 

Condiciones actuales que han derivado -en los últimos treinta años- en la necesidad de regular el aprovechamiento, uso y disfrute de la zona costera mediante la promulgación de leyes, órdenes y decretos a nivel nacional, regional y local, algunos muy decisivos en relación a especies protegidas, marisqueo a pie o legislación sobre pesca, entre otras. Esto ha permitido no solo custodiar el presente, también preservar para el futuro, un futuro que en temas costeros-marinos implica declaración de figuras de protección (caso de Reservas Marinas), creadas a partir de rigurosos estudios científicos y técnicos; estricto cumplimiento de la legislación, con serias sanciones si dieran lugar; así como actualizados y accesibles planteamientos de educación medioambiental (para todas las edades y distintos niveles) acordes con programas curriculares, donde no solo se impliquen los centros de educación reglados, sino otras instituciones de apoyo complementario, papel que llevan a cabo, sin solución de continuidad, los museos de ciencias naturales, caso del Museo de la Naturaleza y El Hombre.

 

 

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Fátima Hernández Martín es Directora del Museo de Ciencias Naturales de Tenerife. La foto de portada es la Playa de La Aldea de San Nicolás.

 

 

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