Revista nº 680
ISSN 1885-6039

Carnaval 81.

Viernes, 22 de Enero de 2016
Elfidio Alonso
Publicado en el número 610

Rescatamos hoy un texto sobre el Carnaval canario de Elfidio Alonso, escrito que tiene ya 35 años de existencia pues fue publicado en 1981 en la revista El Puntal (n.º 17).

 

 

Ya en el siglo XVIIl, por las pruebas que aporta el profesor Cioranescu sabemos que el Carnaval en Tenerife gozaba de gran predicamento entre las distintas clases sociales, aunque la autoridad, quizás presionada por la Iglesia, demostró con sus bandos y prohibiciones que no era muy partidaria de los Carnavales ni de las máscaras. Así se desprende del bando con fecha 8/2/1782, y el auto del corregidor Gregorio Guazo Gutiérrez, promulgado en 15/2/1787. Un bando de alcalde de Santa Cruz, que había permitido las máscaras en los Carnavales, por un disimulo que yo también me propuse al principio, fue desautorizado por el general Cagigal, que exige la publicación de un nuevo bando para prohibir las máscaras definitivamente (24/1/1806).

 

Por lo que respecta al siglo XIX, también Cioranescu nos ofrece al detalle las oscilaciones que sufrieron los Carnavales, según la autoridad fuese liberal o retrógrada. Dice Cioranescu que los Carnavales son la fiesta más popular y concurrida de Santa Cruz. Movilizan prácticamente a la mitad de la población; las personas directamente implicadas, por figurar en alguna comparsa o banda de música, sacrifican tiempo, dinero y descanso, a veces con meses de anticipación, para asegurar su buena preparación.

 

En cuanto a tolerancia y prohibiciones, el autor de la Historia de Santa Cruz de Tenerife señala que en 1809, el alcalde advierte a O'Donnell, quien ejercía las funciones de comandante general, la conveniencia de prevenir los desórdenes que podían producirse durante las fiestas. O'Donnell le contestó recordándole que el general Perlasca había autorizado las máscaras y los regocijos, y que en aquellos dos años de libertad "me consta que, aunque hubo mucha alegría, no resultó el menor desorden, pues, únicamente ocupados de los disfraces que llamaban toda su atención y que no creo puedan tener malas consecuencias, siempre que los jefes y magistrados vigilen, fue infinitamente menor el número de embriagueces que en los siguientes, donde por una rigurosa prohibición se privó a las clases bajas del estado de una diversión que las más elevadas disfrutaron en horas harto más sospechosas". Don Carlos O'Donnell es decididamente antiprohibicionista y sorprendentemente demócrata: el alcalde de turno no lo era tanto, ya que, a pesar de todo, acabó prohibiendo las máscaras en la calle, termina diciendo Cioranescu.

 

Pero en los Carnavales de 1914 las cosas pasan al revés en la capital tinerfeña. Es el jefe político Soverón quien prohibe el uso de las máscaras, y el alcalde el que se erige en defensor de la libertad y las autoriza por su propia cuenta, seguro de que "el uso de dichas máscaras, sobre haber sido una costumbre y una diversión propia del Carnaval, sólo lleva aquel título en el nombre, porque rara vez dejan de descubrirse y conocerse las personas que se disfrazan, a más de que nunca ha resultado desorden ni hay por ahora temor de que se experimente, al paso que este pueblo carece de otras diversiones.

 

En años sucesivos ocurrieron cosas muy parecidas. Es curioso comprobar cómo durante la etapa franquista, en la que los Carnavales quedaron tajantemente prohibidos, el alcalde de La Laguna, don Narciso de Vera, y el obispo de la Diócesis, don Domingo Pérez Cáceres, asumieron responsabilidades ante la autoridad gubernativa, y se toleró que la fiesta pudiera celebrarse en calles y plazas, con máscaras incluidas. Gracias al talante liberal e inconformista del pueblo tinerfeño, el Carnaval no se interrumpió, aunque fuese "disfrazado" con el ingenuo título de Fiestas de Invierno.

 

Al revés que en Cádiz y en otras localidades peninsulares, donde el franquismo permitió el desfile callejero del Carnaval, pero desde una dimensión de mero espectáculo, en Tenerife se continuó el rito de la máscara y del disfraz; se permitieron las concentraciones de masas en locales cerrados, calles y plazas, mientras los cuerpos policiales permanecían acuartelados y no se registraba el menor incidente, al revés que en Río de Janeiro. Ni muertos, ni heridos graves o leves. No vale la pena buscar pelea en estos días, porque te meten en el "talego" y luego te pierdes el resto de la fiesta, pudo decir con gracejo uno de esos característicos "matas" chicharreros. Luego, cuando se rebasa la denominada Piñata y el Entierro de la Sardina, no quedan ganas ni para lanzar el clásico Te conozco, mascarita, porque uno ha quedado pal arrastre.

 

 

Ritos y costumbres. En cuanto a los más destacados usos y ritos del Carnaval en Tenerife, Alejandro Cioranescu describe los siguientes: Hasta mediados del siglo pasado, todo el mundo tenía la libertad de entrar en la casa del vecino, sentarse a la mesa de la familia y apurar la copa de fraternidad. Luego empezaron a cerrarse las puertas a la calle: con la multiplicación de los vecinos y del número de desconocidos que participan en la fiesta, los adultos se han hecho más reservados; en cambio la gente joven está interesada en la continuación de una costumbre que le permite invadir la casa ajena, imponer su presencia y pedir vino indiscreta, cuando no insolentemente. También se usaban antes los huevos tacos, cáscaras de huevos cuidadosamente vaciadas y rellenas con polvos de talco o confetti, y las carnavalinas, especie de juguetes llenos con agua de olor; pero acabaron prohibiéndose, por los muchos abusos, ya que algunos desaprensivos tiraban a la cabeza de la gente huevos huecos que habían llenado con arena o líquidos que manchaban el traje.

 

Hemos constatado que en las zonas rurales de Tenerife, sobre todo en pueblos pequeños y caseríos alejados, se mantiene la costumbre de las puertas abiertas. Vivimos esta experiencia en 1977, en la zona de Las Carboneras y Afur. Por lo que toca a los huevos tacos, su uso es característico del Carnaval palmero, aunque también se mantiene esta costumbre en otros lugares del Archipiélago.

 

En lo que atañe al Carnaval de Las Palmas, Domingo J. Navarro aporta interesantes y valiosos datos: Regocijábanse en Carnaval con el tiroteo de huevos de talco, con los jeringazos de agua no siempre limpia, con las mojigangas del disfraz, con el bailoteo de folías, malagueñas y seguidillas y con engullir el sabroso y picante adobo y el arroz con leche de rígida ordenanza.

 

 

La Quema del Machango y el Entierro de la Sardina. Aunque Domingo J. Navarro, al hablar de la fiesta del Carnaval, señala que el jolgorio popular finalizaba a las doce de la noche del martes, puesto que la Inquisición vigilaba, se sabe que en pueblos y zonas rurales era preferido el rito pagano del Entierro de la Sardina al estricto ayuno que mandaba el Santo Oficio: Los chicos del pueblo solían coger un rolo (tronco del plátano) al que atravesaban con dos palos por la parte inferior y superior para hacer de asideros. Se abría un hueco en el centro como si fuera el corazón, y allí se ponía una vela encendida. En la cabeza se colocaba un sombrero y, en general, se le daba un aspecto de machango. Lo cogían por los asideros cuatro porteadores y comenzaba, entonces, el desfile (...). Con un balde de agua y una escoba, a manera de hisopo, se iba rociando a todo lo que se encontraba en el camino. Después de distintas ceremonias se enterraba o se echaba al barranco".

 

Quizá la Quema del Machango o Pelele tenga su origen en remedos de los actos de fe que organizaba el Santo Oficio contra los judíos u otro tipo de caza de brujas. Pero hay quien estima que el muñeco viene a ser una simple caricatura del diablo, que siempre ha desempeñado un papel fundamental en los Carnavales, según la Iglesia. El rito, tanto en el Carnaval como en otras celebraciones populares, se encuentra muy extendido en la Península, Canarias y América. Citemos, por ejemplo, la pasión y muerte de Pero Malo, en el Carnaval de Villanueva de la Vera (Cáceres), la ejecución del gallo en Guarrete (Zamora) o la destrucción del famoso monigote en el denominado Día del Haragán, que viene a ser una especie de propina en el calendario festero de muchos pueblos. Aunque el programa oficial, siempre firmado por el alcalde y el representante eclesiástico, haya cumplido todos sus objetivos, los vecinos se toman un día más de asueto y rinden culto al machango o haragán, al que acaban por quemar en una hoguera, al filo de la medianoche. Este rito sigue vivo en muchos lugares de Tenerife, como Tejina, Tegueste, Valle Guerra, Bajamar, Punta Hidalgo, etc. También en otras localidades del Archipiélago.

 

Sobre el Entierro de la Sardina, costumbre de mucho arraigo en Agüimes, el escritor Orlando Hernández nos ha ofrecido este curioso relato: El entierro de la sardina en el miércoles de ceniza era celebrado también con gran regocijo. En las divertidas honras fúnebres participaba todo el pueblo, desgañitándose muchos en unas sabrosas suplicas que hacían las delicias de los asistentes, y a veces del muerto, ya que la sardina no era nunca tal pescado, sino un muñeco más o menos amañado, y a veces algún tipo popular llevado en las andas de una escalera como tantas veces hizo de muerto el bueno de Pepe Gómez, puesto que son desde siempre como una necesidad, como un alimento anual que sacia por si mismo. Tal en la coplilla de aquella maravillosa demente, que convertía su locura en cantares, alegrando las blancas calles de la Villa:


Desde niña fui lechera,
lechera de pajonales.
Yo tenía un perro bardino,
lo tenía muerto de hambre,
lo llevé al seto La Orilla
a correrlos Carnavales...

 

 

Música y coplas. En el repertorio canario tenemos polkas que hablan del Carnaval y de la mascarita como la que comienza ¿Quién es esa mascarita / que anoche bailé con ella?. Canciones posteriores, de este siglo, como "¡Salve, Grecia!", de Nijota y el maestro J. Estany, aluden en sus versos a los dioses paganos y mitológicos como Baco, Venus y Pan hasta exclamar:

 

Juntos brindemos por el amor,
¡Ave, Cupido, nuestro señor!
Apolo, Baco. Venus y Pan,
sed nuestro guías en Carnaval.

 

Otras coplas se refieren a viejos ritos carnavaleros, como el clásico Entierro de la Sardina:


La sardina se murió,
ya la fueron a enterrar,
veinticinco palanquines,
un cura y un sacristán.

 

Pero la fórmula más usual en Canarias es la que propone la conocida cuarteta que comienza Ya se van los Carnavales / cosa buena poco dura, apta para diversos desenlaces y colofones, según el lugar en que se cante. El barrendero que recoge la basura cambia de nombre en La Laguna, en Santa Cruz o en Las Palmas.

 

Sobre un rito palmero que tiene el diablo como protagonista, el grupo Los Arrieros, de Los Llanos de Aridane, ha grabado las siguientes seguidillas, con música y ritmo de tanganillo:

 

En La Palma hay un pueblo
que sale el diablo,
lo sueltan en septiembre
desde un establo.

El bicho larga fuego
que es un infierno,
lo mismo por el rabo
que por los cuernos.

Con el fuego y los cuernos
ya se ha logrado,
que tengamos el pueblo
bien alumbrado.

Señores tocadores
estén atentos:
esta fiesta del diablo
no es ningún cuento.

 

En Lanzarote debemos destacar el rito carnavalesco de la parranda Los Buches (el nombre le viene de las tripas del pescado, secas y luego infladas como globos, que en otras islas se llaman fules). Sus componentes danzan de forma pausada y libre al son de típicas canciones marineras que hablan del Carnaval, enarbolando los buches y golpeándose con ellos suavemente en cabezas y hombros. Con música de "La batea", en ritmo de vals o isa, Los Buches cantan:

 

Desde que venga febrero
los marinos van llegando,
y para los Carnavales
los buches se van inflando.

Mi primo el de Basilisa,
con el pellejo arrugao,
pa correr los Carnavales
desde la costa ha llegao.

 

La protesta y la crítica. En los Carnavales de antaño, según las crónicas (ver el librito de Marcos Pérez, por ejemplo), también existía la canción satírica o crítica, que abordaba los más diversos temas. Está claro que las recriminaciones al gobierno de Madrid y el apego a la raza aborigen no son cosas de ahora, sino de siempre. Algunas cuartetas que recoge Marcos Pérez en su descripción del Carnaval de Santa Cruz, ya nos indican por dónde iban los tiros y contra quién:

 

Soy de los guanches de Tenerife
único hijo, raza inmortal,
desde Fernández y sus secuaces
con subterfugios pude escapar.

 

Esta copla, según Marcos Pérez, la cantaba Juan La Rosa Quintero en un guachinche chicharrero denominado La Gabarra, con guitarra atravesada. Hay otras, corno la siguiente:

 

Al bosque voy aburrido
y cuando del bosque vengo
canto mi refrán sabido:
¡Tuve hogar y lo he perdido,
tuve patria y no la tengo!

 

Muy bien pudo ocurrir que el Médico Feo, formidable y agudo versiador lagunero, pergeñase en plenos carnavales la famosa cuarteta en que pone en solfa a la misma tumba del Adelantado. Una copla que Néstor Álamo atribuye erróneamente a Crosita, y que dice así;

 

Aquí yacen -según dice
Maestro Pepe el campanera-
los restos del bandolero
que conquistó Tenerife.

 

Y terminamos con estos apuntes de urgencia, porque el encargo llegó hace unas horas y no había más alternativa que improvisar, echar mano de recuerdos y cosas sabidas, con el riesgo lógico de incurrir en errores y omisiones. Por si los ha habido, pedimos disculpas, y deseamos que en este Carnaval, igual que en los anteriores, los canarios podamos echar fuera los demonios y las frustraciones que hemos almacenado durante un año. Amén.

 

 

Comentarios

José Eduardo Martín Castillo (Director de la AF Aduares y componente de Taburiente) (y 2ª Parte)