Revista nº 797
ISSN 1885-6039

ENDECHAS DE GUILLÉN PERAZA.

Martes, 05 de Abril de 2016
Jorge Rodríguez Padrón
Publicado en el número 621

El hidalgo y conquistador castellano Guillén Peraza (1422-1447), hijo de Hernán Peraza el Viejo y de Inés de las Casas, señores de las Islas Canarias, llega al Archipiélago en 1447, como parte del ejército comandado por su padre.

 

Mientras este queda en Fuerteventura, para organizar su gobierno, Guillén Peraza parte hacia La Palma con un grupo armado de sevillanos e isleños que desembarcan en la cosa oeste de esa isla, en Tihuya. Pronto será atacados por el rey Echedey y sus aborígenes que acabarán por derrotar a los conquistadores. El acontecimiento histórico que hemos resumido, y que sirvió de base a dicha composición, está rodeado de una aureola legendaria: Guillén Peraza habría partido de Sevilla a la conquista de la isla de La Palma; acopiaría fuerzas en Fuerteventura o Lanzarote antes de acometer su empresa y, con tres navíos pertrechados, puso rumbo a la isla de La Palma. Durante el combate con los aborígenes fue derribado, se dice que por una pedrada, y abatido luego por una lluvia de flechas. Las tropas castellanas rescatan su cuerpo y lo trasladan no se sabe bien si a La Gomera o a Lanzarote. Sin embargo, ni su escudo ni su lanza, ni una preciada joya regalo de su tío Hernán Peraza, arcediano de Sevilla y uno de los que recuperaron su cuerpo, aparecerían jamás. Sobre el personaje y su gesta, que resultó vana, se conserva una canción anónima que se tiene por el texto más antiguo de la literatura en Canarias, y que alcanzaría gran popularidad en el siglo XVI. Al sentimiento elegíaco del poema se une la exaltación del paisaje insular. Las endechas debieron ser compuestas en Lanzarote, poco después de la muerte del caballero, y el autor -si lo hubo- pudo ser un poeta del séquito de Peraza. Fueron recogidas por fray Juan de Abréu y Galindo*, en su Historia de la Conquista, escrita entre 1593 y 1604, más de un siglo después de haber sucedido lo que en ellas se recuerda y evoca. El autor franciscano las transcribe como un romancillo pentasílabo. Menéndez Pelayo, que las toma de Abréu, lo hace como si fuesen un poema de versos decasílabos con cesura, agrupados en tres series asonantadas, la primera de seis versos; las otras, de tres versos cada una. En otra ocasión las transcribe también como romancillo pentasílabo, en cuatro series asonantadas de seis versos cada una. Así lo hace también Pedro Henríquez Ureña. La crítica moderna prefiere presentarlas como trísticos monorrimos asonantados, de versos decasílabos con cesura.

 

 

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